MUNDOS PARALELOS
Capítulo 1 - La posada de los Lantales
Aunque la brisa soplaba fresca y mitigaba el azote de los rayos del sol, el día se presentaba claramente caluroso. Al mediodía, apenas se proyectaban las sombras de las copas de los árboles sobre los suelos empedrados de la ciudad. Estos árboles milenarios, llamados Lantales –de cuyo tronco se extraía la base de un licor de regusto amargo y muy caro– salpicaban la costa de Nande, dándole un aire de extraordinario exotismo. Sus troncos gruesos y sus raíces, formaban dibujos excéntricos en su búsqueda por el agua dulce que no abundaba en esas tierras. Por todo ello, era curioso que la gran parte del sostén económico de aquella ciudad fuera precisamente la pesca. Y es que además de su riqueza vegetativa, la fauna marítima de Nande era abundante –y lo más importante– comestible y de excelente sabor.
El padre de Eleanor, poseía una posada en un enclave privilegiado. Cercana a la costa, y enmarcada por aquellos majestuosos árboles que daban nombre a la misma, cobijaba a comerciantes y turistas que en su mayoría sólo estaban de paso. La clientela habitual, sin embargo, eran personas conocidas y los mismos pescadores del lugar, que hacían un alto en el camino recompensando tanto a sus entumecidos huesos como a su entrenado paladar.
Siendo hora punta, y estando la posada medio llena, Eleanor no veía el momento en el que su compañero Devin viniera a relevarle el turno. El muchacho, como de costumbre, llegaba hoy con bastante retraso. No era éste un período de gran ajetreo, no obstante, sí lo habían sido los anteriores tres meses y no por ello había sido puntual.
Con gesto cansado y mohíno, se llevó el dorso de la mano a la frente y retiró un mechón de cabello rubios que caía desmañado sobre ella. Levantó la mirada y se encontró con la de su padre, Damar, que venía de frente portando una bandeja repleta de humeantes filetes de pescado recién cocinados. Al pasar junto a ella le hizo una señal con la mano libre en dirección a la entrada de la posada.
-Devin acaba de llegar –le informó sin dejar de caminar-. No seas demasiado dura con él, cariño.
Eleanor entrecerró los párpados, con evidente fastidio. En cierto modo le resultaba bastante frustrante que su padre no castigara aquella actitud tan poco disciplinada. Bajo su punto de vista, era demasiado condescendiente con él. Molesta, recogió un escanciador de una de las mesas. Unos restos del licor semitransparente de Lantal, rebosó por el borde ante el brusco asimiento de la joven.
Devin llegó hasta ella en dos grandes zancadas y antes de que ésta pudiera articular palabra, abrió la puerta que daba a la cocina y se escabulló dentro. Dispuesta a tener con él más de tres palabras, Elen se precipitó tras él con andar rápido, dejando a sus espaldas un reguero de gotas rosadas sobre el suelo de madera. El posadero sacudió la cabeza resignado, muy consciente del carácter nada templado de su hija.
-Siento el retraso –se defendió el chico precipitadamente al verla entrar como un torbellino–. ¡Esos malditos peces nos abrieron un agujero en la red! Tuve que...
-¡Oh, por Yahel, Devin! –lo interrumpió dejando la botella de licor en la encimera. Si tenía intención de tener piedad, no se le notó en absoluto–. No me salgas con esas de nuevo -protestó-. Llevo desde las seis de la mañana levantada, preparando comida y sirviendo las mesas. ¡Ni siquiera he tenido tiempo de tomarme un vaso de agua!. Y estoy cansada, como tantas otras veces en las que te has inventado excusas parecidas.
El muchacho sonrió con socarronería y mostró unos dientes blancos y perfectos. Junto con sus cabellos negro azabache y su piel morena, podría decirse que tenía un cierto aire atractivo. Claro que... en opinión de la joven, un pez tenía más inteligencia.
-Estarías más guapa con una sonrisa -dijo sin perder su encanto-. No te sienta nada bien esa mueca permanente de tensión. Parece que ya se ha quedado a vivir en tu cara –y terminó enarcando una espesa ceja negra-. ¡Fíjate, que casi me estoy acostumbrando a ella!
Eleanor le dio un manotazo y frunció todavía más el ceño. Inteligente y de marcada autocrítica, toleraba sin embargo relativamente mal cualquier comentario negativo dirigido hacia ella por otra persona. Su sentido de la responsabilidad era igualmente alto, pues la muerte de su madre cuando ella tenía doce años, había fortalecido esa tendencia innata. Y aunque por todo ello, pudiera decirse que era una persona autosuficiente, la verdad era que dependía del constante cuidado y aprobación de los demás.
-No te he pedido tu opinión –sentenció molesta. Y añadió-. Además, si llegaras a tu hora yo no tendría que ocuparme de realizar tantas cosas a la vez. Llevo haciendo el trabajo de dos personas desde hace tres meses. ¡Y a ti no se te ocurren nada más que bobadas!
Devin ladeó divertido la cabeza, en un gesto muy familiar. Esperó pacientemente a que terminara su perorata. La conocía lo suficiente como para saber que hasta que no se quedara satisfecha, continuaría lanzando improperios a diestro y siniestro.
-Y no te creas que porque mi padre te aprecia tanto, voy a ser tan blando como él -le advirtió–. La verdad es que todavía no entiendo qué es lo que siempre ha visto en ti.
¡Eleanor blanda! Desde luego, no pensaba eso en absoluto. Cambió de postura y se cruzó de brazos, ocultando sus manos bajo la camisa, que estaba parcialmente mojada por el agua del mar. El olor salobre comenzó a hacerse intenso en la cocina.
-Me encantaría pasarme el resto de la tarde explicándotelo, Elen -chascó la lengua-, pero la respuesta salta a la vista -añadió sin modestia alguna-, y aunque sé que piensas que soy un inútil sin remedio, sólo me tomo la vida con un poco de más calma ¿Por qué no lo pruebas? -Y diciendo esto dio la espalda a la muchacha y alargó una mano hacia un trapo que había encima de una mesa.
Eleanor dio unos pasos hacia él, cada vez más convencida de lo irreconciliables que eran sus puntos de vista. Fue entonces cuando reparó, en que el trapo de cocina blanco que había cogido Devin, cubría su mano derecha impregnándose poco a poco de sangre.
-¿Qué te ha ocurrido? –una incipiente sensación de pesar recorrió su espalda, amenazando con desbaratar el gran ovillo mental que ya había comenzado a cimentar en su estructurada mente.
El muchacho suspiró sin apenas darle importancia al hecho de que un corte le atravesaba de lado a lado el dorso de la mano y que no dejaba de sangrar.
-No te preocupes, no es nada. Es lo que intentaba decirte antes de que me interrumpieras –su tono se tornó ligeramente irónico-. Esos correosos animalitos acuáticos nos rompieron la red. Tuve que quedarme a repararla con mi tío y me corté mientras lo hacía. Sólo necesito un poco de tiempo para curarme la herida y cambiarme esta ropa que, por si no te has dado cuenta, apesta a pescado.
La puerta abatible de madera, se abrió hacia adentro dando paso a Damar. A través de tres grandes bandejas metálicas que reposaban sobre sus brazos y se apoyaban parcialmente en su delantal manchado, dirigió la mirada a ambos jóvenes. Reparó al instante en la herida de Devin y miró interrogativamente a su hija, que permanecía con los ojos muy abiertos.
-No ha sido ella –bromeó el joven de buen talante y aclaró–. Me he cortado intentando reparar una red. Ahora mismo se lo estaba contando a Elen. Ummmmmm... a todo esto... -Giró la cabeza como si buscara algo-. ¿Dónde habéis puesto ese estupendo ungüento para las heridas?
Damar señaló con la cabeza hacia la parte trasera de la cocina, mientras en sus labios se dibujaba una mueca. En la pared colgaba un armario pequeño de madera, con tiradores artesanalmente labrados.
-Debería estar allí –soltó las bandejas y relajó los músculos de sus cansados brazos. El rumor del comedor subió perceptiblemente de volumen y varias voces nuevas se sumaron a las ya existentes. Damar suspiró con aire resignado-. ¡Ahora sí que estamos a tope!.
Eleanor se llevo las manos al cabello y tiró del cordoncito que lo mantenía sujeto. Su larga melena rubia y ondulada cayó hasta su esbelta cintura, ocultando la lazada de su delantal. Metió sus pequeñas manos en un barreño de agua limpia y se remojó de un sólo gesto tanto el rostro como los cabellos. Como tantas otras veces en estos meses, el agua fresca acudió en su ayuda aliviando sus tensiones. Su rostro reflejó al instante el positivo cambio.
Devin la observó completamente absorto.
Eleanor era una mujer joven, que rondando los 25 años, había desarrollado una hermosa apariencia. Era difícil aceptar que su procedencia era tan poco extraordinaria como la de él mismo, y sin embargo... su definida figura, sus gestos felinos, y sus flexibles movimientos decían todo lo contrario. En su mente, ni las mismísimas diosas podían superar su feminidad. Si Los Siete consiguieran detener el tiempo...
En una época donde las maravillas obradas por el Dios de la Luz y de la Vida; el Dios de la Oscuridad y la Muerte; Los cuatro dioses de los elementos: Agua, Fuego, Mar y Tierra; y la Diosa de la Fortuna y Sabiduría, tenían tanta cabida como las obras de los mismos mortales; donde todo cuanto caía fuera del entendimiento humano pasaba a formar parte instantáneamente del hacer de los dioses, era poco pedir que se inmiscuyeran en sus asuntos amorosos por una vez. Sin embargo, eso jamás ocurría. Y Devin, en momentos como aquellos, se sentía turbadoramente pequeño a pesar de sobrepasarla en dos cabezas. Él, hijo de un pescador, con apenas ciertos estudios y un cuerpo fuerte y curtido por los años faenando bajo el sol y en plena mar, no tenía la más mínima posibilidad. Pese a ello, había aceptado trabajar para Damar, el mejor amigo de su padre, con tal de estar más cerca de ella.
-Devin, vete a casa. -El joven salió de su ensimismamiento, sobresaltado por la voz aparentemente calmada de Eleanor-. Puedo apañármelas perfectamente. Tu no estás en condiciones de estar aquí. Cuídate ese feo corte y si no es mucho pedir, intenta venir mañana más temprano.
Damar se dirigió tras los fogones, manteniéndose al margen de la conversación. Destapó un par de ollas y bandejas. Llenó un plato hondo de un humeante cocido de magnífico aspecto, y sirvió hasta arriba dos platos del fresco pescado recién cocinado.
-De eso nada, pequeña -Devin habló con firmeza, aunque con dulzura-. Me quedaré aquí y os ayudaré en lo que pueda. Verás como entre los tres, pronto despejamos esto -Hizo un guiño a Damar-. Además, a tu padre no le vendrá mal una mano en la cocina -Sonrió con picardía-... aunque desde luego, ¡hoy no puedo echarle dos!
El sonido intermitente de la puerta al cerrarse, les informó de que Damar les había dejado solos. Devin, no pudo reprimir una sonrisa.
-Toma esta camisa –La voz de Eleanor se quebró al hablar. Alcanzó una prenda grisácea de aspecto usado pero limpio, que había sacado de un cajón, y se la dio tímidamente a Devin. Manteniendo los ojos bajos, y evitando en todo momento dirigir su mirada hacia el joven, llenó el escanciador de Lantal hasta arriba y salió finalmente tras su padre.
El muchacho sonrió para sí. Tal vez Asrial, la Diosa de la Fortuna y la Sabiduría le brindara una oportunidad algún día...
Adentrándose más la primavera, el ajetreo diario de la posada que a Eleanor le parecía ya casi perpetuo, comenzó a aflojar. Devin, exceptuando un par de ocasiones, había conseguido incluso llegar temprano todas las mañanas. Por lo que, haciendo balance, el ambiente era ahora mucho más calmado que antes.
Fue por ello por lo que a mediados de abril, y un día cualquiera, Eleanor vivió el suceso más extraño, terrible e inexplicable que había sufrido en su joven vida.
Fue en plena madrugada, cuando se despertó repentinamente, sintiéndose embargada por una oleada de intenso peligro. Se incorporó a medias en la cama con todos sus sentidos alerta y buscó algún ruido extraño, voz o movimiento que hubiera podido sacarla tan bruscamente del sueño.
La puerta de su habitación estaba cerrada, al igual que la ventana. A través de aquella última no advirtió ninguna figura ocultándose furtivamente, ni oyó pasos alejándose en la lejanía. Dentro de la habitación, no había nadie más con ella. Estaba completamente sola.
Aunque llevaba un ligero camisón y la temperatura había descendido durante la noche, sintió que una oleada de calor recorría todo su cuerpo. Se sujetó los rubios cabellos en una improvisada trenza, e intentó respirar hondo. Sus pulmones se llenaron del aire nocturno, costándole cada vez más realizar la siguiente inspiración. Un dolor intenso comenzó a nacer en el centro del pecho, y el miedo se intensificó en lugar de ir disminuyendo.
El ritmo de su corazón se aceleró, acompasándose a su entrecortada respiración. Con cada golpeteo la sangre corría más fuertemente y el calor se convirtió pronto en sudor.
Eleanor se destapó, apartando las delgadas sábanas a un lado. Quiso ponerse en pie con la intención de salir huyendo hacia la habitación de su padre, a pesar de que sabía que estaba sola y ningún peligro real la estaba amenazando. ¡Tenía que llegar hasta él!. ¡Necesitaba ayuda!
Entonces, al dar los primeros pasos, se dio cuenta de que estaba mareada. En lugar de ir hacia la puerta, se dirigió tambaleante y apoyándose en las paredes con sus manos, hasta la ventana. Necesitaba respirar urgentemente aire fresco o se desmayaría. Cada vez era más consciente de que un pánico absurdo pero de increíbles dimensiones, se estaba apoderando de su mente.
Una vez abierta la ventana, intentó respirar con avidez ¡Por todos los dioses! ¿Qué le estaba ocurriendo? ¡Qué sensación tan horrible! ¡Apenas le entraba aire en los pulmones! Estaba segura de que iba a asfixiarse.
El tiempo pasaba lento y fuera lo que fuera lo que le estaba ocurriendo, su malestar no daba signos de mitigarse.
Intentó calmarse. Se echó de nuevo sobre la cama, boca arriba. El techo le daba vueltas y las palmas de sus manos transpiraban copiosamente. A pesar del calor que sentía, su piel estaba fría al tacto y un temblor ajeno a su voluntad sacudía intermitentemente sus miembros.
Aterrada, flexionó las piernas y se hizo un ovillo. Una idea poderosa se iba abriendo en su mente poco a poco. Sencillamente, estaba perdiendo la razón. Iba a convertirse en una de aquellas personas que caminaban por la vida perdidas, dentro de su mundo irreal. Los niños le tirarían piedras por las calles... los perros la mordería... se estaba volviendo loca. Sí... seguramente era eso.
Una oleada de frío recorrió su cuerpo y el temblor hizo que apretara las mandíbulas fuertemente. La lengua, dentro de su boca, estaba pastosa. Los músculos de su cuello se tensaron como la cuerda de un arco. El dolor de su pecho se agudizó todavía más.
El latido del corazón le zumbaba ya en los oídos. Su respiración era cada vez más rápida y entrecortada, el aire que respiraba no aliviaba sus doloridos pulmones. Tenía la sensación de que alguien se hubiera sentado cruelmente sobre ellos. Y multitud de pensamientos horrendos y desmedidos no dejaban de cruzar como en un torbellino por su mente.
Ahora sabía con certeza absoluta que no sólo se estaba volviendo loca, sino que se estaba muriendo.
¡Oh, por Dearis!, Dios de la Luz y de la Vida ¿Qué había hecho ella para merecer semejante castigo?. ¿Acaso su destino era encontrase tan prontamente con Zaltor, Dios de la Oscuridad y de la Muerte?. ¿No había reservado nada más para ella en este mundo terrenal, al cual tan sólo había rozado?
Pero Zaltor no venía a llevársela a pesar de todo el dolor, miedo e incomprensión que la invadía. El tiempo pasaba cruelmente lento. Su alma deseaba ansiosamente que aquella vorágine de tortura acabara en algún momento u otro, si no moría en el transcurso. Sólo podía esperar el desenlace.
Pensó en su padre. Al día siguiente se la encontraría muerta en la cama y nadie podría decirle qué le había pasado. El pueblo la lloraría. y Devin ..., aquel muchacho que para todo tenía una respuesta y al que tantas veces había reprendido... ¿Qué pensaría Devin? ¿La echaría de menos?
Miró con ojos acuosos y turbios uno de sus brazos temblorosos y lo frotó distraídamente. La sensación de hormigueo dio un mínimo signo de ir disminuyendo. La presión de la sangre ya no era tan fuerte.
Se frotó los ojos y ocultó la cara entre sus manos. Permaneció de esta manera algún tiempo más hasta que los temblores dejaron de sacudirla y el latido del corazón le permitió volver a escuchar el silencio de la noche.
Eleanor jamás había podido decirle lo que realmente sentía por él. Bajo una máscara de continuos reproches, había ocultado habilidosamente un sinfín de sentimientos aún por descubrir, sobre todo para ella misma. Y ahora, tal vez fuera demasiado tarde para todo.
Levanto la vista y una mirada más enfocada le devolvió una imagen de su habitación más estática. Las paredes no se inclinaban y el techo ya no parecía caérsele encima. La ligera brisa que entraba por su ventana refrescó por primera vez sus forzados y doloridos pulmones, y secó su sudor.
Increíblemente y en contra de todas sus creencias, había sobrevivido a una de las experiencias más terroríficas y desquiciantes de toda su vida. Pues jamás hasta ahora había sentido nada ni lo más remotamente parecido.
Con una sensación de extraña irrealidad, Elen vertió las lágrimas que no había derramado antes. Exhausta y vacío su interior de toda emoción, se quedó dormida hasta que los rayos del sol se filtraron por su ventana abierta.
Damar hirvió un poco de agua y vertió en el cazo metálico un puñado de hiervas. El vapor humeante extendió un aroma dulce en el ambiente. Esperó a que el agua tomara un color dorado y lo apartó del fuego. Llenó con el brebaje filtrado una taza de cerámica y se la ofreció a su hija.
Los ojos claros de la muchacha estaban velados y su tez rosada y aterciopelada, presentaba aquella mañana una apariencia macilenta. Eleanor, que había dormido unas 4 horas seguidas de puro agotamiento, le había relatado ya todo su padecimiento de la noche anterior.
-Elen, cariño –La voz de su padre sonó protectora-. He mandado a Devin a buscar al Señor Junab para que te visite, como me pediste. Tal vez tarde en llegar. ¿Por qué no intentas dormir un poco en cuanto te tomes la infusión?
Elen negó con la cabeza y su desmañada trenza terminó de deshacerse.
-No puedo, aunque me siento tremendamente cansada. Mi cabeza está embotada y sin embargo, no me atrevo a cerrar los ojos –dijo con un hilo de voz-.
Damar, suspiró, apenado. Se sentó en una de las sillas de la cocina.
-Aunque le doy vueltas intentando comprender todo lo que me has contado -confesó-, no consigo encontrarle una explicación ¿Estás segura de que no había nadie fuera? Tal vez por eso te asustaste y sentiste miedo; no es nada por lo que tengas que avergonzarte.
Eleanor, que estaba derramada en otra silla echó su cuerpo hacia delante con notable esfuerzo.
-No padre, te repito que estaba sola –lo miró a los ojos y añadió-. Además, no fue sólo miedo; Fue.... terrible. No sé cómo hacerme comprender pero, no he sentido nunca tanto pánico en mi vida ¡Jamás! Pensaba que iba a morirme.
El hombre, se revolvió los blancos cabellos y se encogió de hombros.
-No sé qué decirte hija -titubeó-. Me gustaría poder ayudarte y no sé qué hacer. Lo que me cuentas es sorprendente para mí. Tal vez el Señor Junab pueda aclararnos todo esto.
Unos golpes secos sonaron en la puerta de entrada.
-Parece que ya está aquí -dijo levantándose para abrir.
Detrás de la puerta apareció un hombre bajito y regordete, de mediana edad, con el rostro pulcramente afeitado. Llevaba un sombrero gris oscuro sobre su calva cabeza, y una capa de viaje ocultaba un traje del mismo color. En su mano derecha llevaba un pequeño maletín de cuero blando, que parecía muy pesado. Devin, estaba a su lado.
-Querido Damar –lo saludó con voz grave, y estrechándole la mano al entrar- ¿Qué le ocurre a esa hermosa criatura?. ¡Este muchacho me ha hecho correr hasta quedarme sin aliento!
Devin, vestido con una camisa blanca y unos pantalones remangados, que no le llegaban hasta los tobillos, entró tras él y cerró la puerta.
-Siento haberle tenido que molestar a estas horas tan tempranas –se excusó su anfitrión-, pero Eleanor ha insistido en que lo llamara.
Ambos hombres tomaron asiento en el salón.
-Vera, Señor Junab –le explicó Damar, una vez acomodados-. Eleanor me ha contado esta mañana haber pasado un miedo espantoso durante la noche. Y aunque insiste en que estaba completamente sola cuando le sucedió, yo no soy capaz de encontrarle ningún sentido –y agregó encogiendo sus hombros-. La única explicación que me resulta más lógica, es que realmente alguien la hubiera asustado desde el otro lado de la ventana. Algún posible ladronzuelo, bromista... no lo sé.
Junab alzó sus expresivas cejas blanquecinas.
-Entonces, no comprendo por qué me han llamado –respondió éste, sorprendido-. Tal vez deberían haber avisado a los guardias para que echaran un vistazo al exterior de la casa.
Devin sacudió la cabeza.
-Eleanor asegura no haber visto a nada ni a nadie a través de ella. Y además, está convencida de que sufre una grave enfermedad –le informó-. Por eso le hemos llamado.
-Ummmm... vaya, vaya –meditó Junab rascándose la calva cabeza bajo el sombrero-. Sé de algunas hierbas que tras ingerirlas producen un tremendo malestar, aunque normalmente no están al alcance de todos y en cualquier mercado. De hecho, tan solo las usamos nosotros y ciertos clérigos que las utilizan para comunicarse con sus dioses.
-Yo soy un simple posadero que cuenta sólo con las especies necesarias para su oficio –comentó Damar mostrando las palmas vacías al sanador-. No conozco ni poseo ninguna de esas extrañas hierbas. Eleanor no ha tomado, con seguridad, nada de eso.
Junab asintió y guardó silencio unos instantes antes de preguntar.
-¿Me puede decir, por último, si cenaron ayer copiosamente?. No es la primera vez que atiendo a alguien a quien los excesos le hayan producido un profundo dolor o desorientación.
Damar, volvió a negar las palabras del hombre.
-Ambos cenamos ayer un caldo caliente, como los que suelo preparar todas las noches. Nada más.
-Estoy completamente a oscuras –admitió Junab tocándose la barbilla-. Será mejor que le eche un vistazo a la muchacha. Sin más datos no puedo hacer ninguna conjetura.
Damar lo llevó hasta la cocina, agradecido.
Los tres hombres se encontraron frente a Eleanor, desprovista de toda emoción en su pálido rostro. Los miró a todos alternativamente sin levantarse de la silla y saludó escuetamente al recién venido con un asentimiento de cabeza. Parecía que no tenía energías para realizar ningún gesto más complejo que ese.
-Hola querida -le habló el sanador amablemente, dejando el maletín en el suelo-. ¿Cómo te encuentras?
-Cansada –contestó escuetamente y arrastrando las palabras.
Junab asintió y se volvió hacia los dos anfitriones:
-Caballeros, si me permiten, voy a examinar a la joven –informó-. Háganme el favor de esperar fuera -Y diciendo esto cerró la puerta, dejando a Damar y al muchacho a solas en el salón.
Devin comenzó a dar vueltas en círculo mientras el tiempo pasaba con inexorable lentitud. Las voces de Eleanor y el sanador se escuchaban débilmente a través de la puerta. Y aunque su sentido del oído era muy agudo, no podía entender lo que estaban diciendo.
Damar lo observaba, igualmente inmerso en sus propias cavilaciones. Le constaba que el muchacho estaba tan preocupado por Eleanor como él mismo. Cuando nada más llegar a la posada, vio sus puertas cerradas, se encaminó hasta la casa intuyendo que algo importante había ocurrido. Al encontrarse a la muchacha casi desmayada y tan pálida, un torrente de inconexas preguntas brotó de sus labios.
Eleanor, que no tenía ni fuerzas para explicarse por segunda vez, le pidió entonces que mandara a buscar al señor Junab. Por el poco tiempo en que este había vuelto acompañado del sanador, era evidente que se había dado mucha prisa.
La puerta de la cocina se abrió un poco más tarde, dando paso al señor Junab. Su expresión podría definirse como contrariada. El hombre habló, mientras se ajustaba la capa, preparándose para salir de la casa.
-Después de realizarle una revisión general, les puedo decir que Eleanor está un poco agotada tras haber pasado la noche en vela, pero no hay nada en su cuerpo que me lleve a pensar que esté enferma. Y como bien ustedes me comentaron antes, su mayor queja es el inexplicable terror que ha vivido.
Damar parecía desorientado.
-¿Qué es lo que cree usted que le ha sucedido, entonces? –inquirió Devin al señor Junab-. Si realmente nadie la ha asustado, ni ha tomado ninguna hierba extraña, y usted nos asegura que ella está perfectamente... ¿De dónde viene ese miedo tan exacerbado?
-Yo no he dicho que esté perfectamente –rebatió Junab sopesando una idea que le había venido a la mente mientras hablaba con la joven, en privado. Una extraña similitud con un caso en el pasado, le había puesto en alerta.
-No le entiendo –Damar lo miró de hito en hito.
El sanador retrocedió en su avance y se dirigió de nuevo hacia la cocina. Eleanor parecía no tener ninguna intención de moverse de allí.
-Un momento, por favor –le rogó a la joven, cerrándole la puerta para que no pudiera escuchar lo que tenía que decir. Volvió a tomar asiento en un sofá cercano y les explicó a ambos hombres, que continuaban perplejos.
-Hace mucho tiempo fui testigo de un suceso como este, cuando yo era sólo un aprendiz -les explicó con gravedad en su voz-. También se trataba de una mujer joven. Recuerdo que mi maestro y yo, la examinamos minuciosamente. Tras habernos expuesto una situación similar, no encontramos ningún indicio claro, igual que ahora, que diera una explicación plausible a su afección. Tiempo después –continuó diciendo-, su marido nos mandó llamar afirmando que su mujer había vuelto a padecer otro “episodio” parecido, estando incluso en su propia presencia. Nos relató, sorprendido, cómo aquella fue presa de un increíble terror, a plena luz del día y mientras se ocupaba del cuidado de sus hijos pequeños en la casa.
-¿Dice usted que estaba realizando una tarea normal y corriente cuando le sucedió lo mismo que a Elen? –quiso saber Damar.
-Así es –asintió Junab, apesadumbrado-. Desgraciadamente, ni su marido ni nosotros mismos, fuimos capaces de evitar que aquello continuara sucediéndole –Hizo un ademán con las manos-. Le pedimos a éste que vigilara todo lo que ingería, por si alguna sustancia desconocida fuera la causa, pero no tuvimos tampoco mucho éxito.
-¿A qué conclusión llegaron? –preguntó Devin-. Porque supongo que tuvieron que hacerse una opinión...
Junab, resopló. Estaba empezando a sudar. Escogió con cuidados sus palabras, pues sabía que lo que tenía que decirles iba a impactarles rotundamente.
-Como les digo, no encontramos nada anormal en su cuerpo –repitió haciendo especial hincapié en aquellas dos palabras. Y añadió-. La única explicación que hallamos para sus síntomas, fue que el mal estaba...
Sacó un pañuelo blanco del abrigo y se secó la frente. Mientras lo guardaba de nuevo en el bolsillo terminó la frase con el semblante compungido:
- ... en su espíritu.
El contenido de aquellas palabras, como bien había intuido, dejó a ambos sumidos en el más absoluto estupor. Damar palideció como si hubiera visto un fantasma.
-Cuando entendimos que nuestra labor había terminado y que no podía extenderse más allá de administrarle algunas hierbas con efectos calmantes –continuó diciendo Junab muy despacio-, pensamos que lo mejor era mandarla a otro tipo de personas más especializadas en este tema, que nosotros.
Se hizo un tenso silencio entre los tres hombres, que se rompió de nuevo tras la voz ronca de Damar:
-¿A qué clase de personas se está refiriendo?, ¿a los sacerdotes?
El sanador asintió y frunció luego los labios.
-Hay dos tipos de clérigos a los que nosotros solemos recurrir -explicó-: Unos son los clérigos servidores del Dios de la Vida, Daeris. Las otras son las sacerdotisas de Asrial, Diosa de la Fortuna y la Sabiduría. Algunos familiares, suelen acudir a los primeros cuando les decimos que no podemos hacer nada más por sus parientes. Entonces pagan cantidades extraordinarias de dinero para que estos los atiendan, buscando una segunda oportunidad. Las personas con enfermedades en su alma, tienen por otro lado la posibilidad de presentarse ante las sacerdotisas.
Damar se arrellanó en el sillón, tomando conciencia de que aún no estaba todo perdido. No obstante, el semblante de Junab seguía serio.
-Entonces, ¿hay algún impedimento para acudir a ellas? –le interrogó-, ¿Cobran también cantidades desorbitadas?
Junab sacudió la cabeza.
-No, no. Precisamente la labor de las sacerdotisas es casi caritativa. Piden una cantidad moderada para sobrevivir y mantener el Templo a su vez. Sin embargo, y precisamente por esto, las personas que viajan hasta sus puertas son muchas y la mayoría no pueden ser atendidas hasta meses después –precisó-. Además, el Templo de Asrial está casi a una semana de viaje, en Merfis.
Devin alzó una ceja, al decir:
- ¿Y qué otra opción hay?. No veo ninguna más.
Junab se asió la barbilla y carraspeó.
-Tal vez tengáis suerte –y les explicó-. Hay una mujer más cerca de aquí, que también recibe a las personas con una dolencia en su alma. Curiosamente, tan sólo trata a aquellas que han mostrado unos síntomas similares a los de Eleanor –apuntó-. Desconozco si es o no una sacerdotisa. Aunque lo más probable es que lo haya sido y se haya retirado por algún motivo. Sólo otro par de curanderos y yo sabemos de sus prácticas, si bien los rumores se están extendiendo cada vez más.
-¿Fue a esta señora a quien envió la muchacha? -preguntó Damar de nuevo.
-Así es. Por lo que a mí me consta, vive con su marido en los Valles de Numol. Parece que son un matrimonio muy amable. Ambos se sostienen gracias a la fortuna que éste recaudó de joven. Dicen también que ella es una mujer muy bella, aunque ya entrada en años.
Damar miró a Devin y ambos intercambiaron una mirada de alivio. Fue Damar quien continuó preguntando, el ambiente cada vez más distendido.
-¿Cree usted que podrá curar a Eleanor?
-Bueno... -siguió Junab también menos tenso que hace unos minutos-, es una mujer que ha viajado mucho por el mundo. Tanto por occidente como por oriente. No conozco sus métodos, pero me parece que no necesita ningún brebaje para realizar sus curaciones. Se sirve tan sólo de sus conocimientos. Son sus éxitos los que la han hecho popular entre mis colegas de oficio.
¿Es eso posible? –preguntó Devin, confuso-. Yo tengo entendido que, incluso, el poder de las sacerdotisas tiene su fuente en la diosa. Nadie puede realizar tales curaciones sin brebajes o un mínimo apoyo divino. ¿Cómo se puede pretender sanar el alma tan sólo con unas simples palabras?
-No niego ni apoyo esos rumores, joven –contravino Junab-, y como digo, puede tratarse perfectamente de una sacerdotisa retirada que aún cuente con los favores de Asrial, aunque ésta ya no resida en el Templo. No obstante, los rumores van en otra dirección -El sanador se encogió de hombros-. Yo sólo os comento lo que sé.
Damar asintió, menos preocupado por aquella cuestión que el muchacho. Eran otras preguntas las que bailaban en su mente.
-¿Averiguó por casualidad, si ésta pudo curar a la chiquilla?
Junag chascó la lengua.
-Lamentablemente, no puedo estar pendiente de todas las personas que atiendo –y ratificó-. No sé qué fue de ella.
-Si fuera su hija la que se encontrara en estas condiciones, ¿usted la llevaría ante esta mujer?
-¿Por qué no?. No tendría nada que perder... y tal vez sí mucho que ganar.
Tras un corto silencio, el sanador se levantó de su asiento dando a entender que ya había cumplido con su labor, y se ajustó la capa para salir de casa. Ya estaba abriendo la puerta cuando Damar le hizo una última pregunta.
-¿Podría decirnos cuál es el nombre de esta misteriosa mujer?
-Por su puesto. Su nombre es Briana.

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2 comentarios:
Gracias por poner vuestro enlace en la página del Filo, aunque por culpa vuestra voy a tener que dedicar aún menos horas a eso de dormir ;P si quiero ponerme al día con todo lo publicado hasta el momento.
Hasta ahora he leido la historia más reciente y ...me habeis enganchado. Ya he puesto vuestra página en mi carpeta de visitas diarias, así que me vereis por aquí frecuentemente.
Muchas Felicidades por vuestra página Pareja :D
Gracias a ti, Quique. :)))
Pues ya que te ha gustado lo que has leído, echa un vistacito a "El Día del Advenimiento", que no tiene desperdicio. A ver si entre todos animamos a Tharem a que termine ese libro, que tiene muchos capítulos y está muy requetebién. ;-)))
Ahora lo malo, es que cualquiera lo saca del lotro. Ja,ja,ja,ja.
Gracias otra vez. ;-))
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