lunes 3 de diciembre de 2007

Mundos Paralelos - Capítulo 2




MUNDOS PARALELOS


Capítulo 2 - Umbrales de Marfil




Con sumo cuidado, consciente de que estaba tratando con un ser vivo, la mujer mojó la punta de un trozo de tela en leche de cabra y la pasó delicadamente sobre una hoja. Esta era suave y tersa al tacto. Su tamaño, de un palmo de largo y de unos tres o cuatro dedos de ancho, le facilitó la aplicación. Al roce con la tela, la hoja adquirió un saludable brillo y resaltó aún más su intenso color verde.

De clima templado y muy húmedo, Briana había tenido que procurarle un ambiente en igualdad de condiciones, para que la misma floreciera. Y aunque no había sido difícil mantener la temperatura y la humedad diurna que esta necesitaba, por la similitud entre su clima de origen y el de Numol, sí le había planteado cierto reto recrear una bajada acusada de la temperatura durante la noche. Tras mucho estudio y dedicación, no obstante, aquella maravilla de la naturaleza había florecido.

Cuando hubo terminado con las demás hojas, retrocedió y admiró la belleza de la extraña y tropical planta, satisfecha. Unas flores grandes, de formas igualmente redondeadas y de un color blanco puro, pendían elegantemente. A medio metro de altura, sobre sus hojas, dos esbeltas y flexibles varas que habían brotado de los laterales en su base, se convertían en el lazo de unión.
Gracias a Asrial, la paciencia, la dedicación, unos acertados conocimientos y un ambiente adecuado, habían dado sus frutos.

Briana, limpió y ordenó los materiales que habían estado utilizando durante toda la mañana antes de abandonar el invernadero. Una vez en la puerta se giró y sonrió. Las otras aproximadamente 50 plantas tropicales gozaban igualmente de buena salud. Flores de todos los colores; amarillas, rosadas, anaranjadas, fucsias, blancas de labelo rojo, blancas de labelo amarillo, violetas e incluso bicolores, vivían conjuntamente en aquel recinto particular que durante años había ido construyendo con su marido.

Teniendo especial cuidado en que la humedad creada artificialmente no se evaporara en lo más mínimo, la mujer cerró la puerta de aquel recinto particular.

Una suave brisa y un cálido sol, le acariciaron el rostro al salir. Un simple parpadeo de sus ojos verdes fue suficiente para acostumbrarse al cambio. Respiró hondo y su mirada se perdió en la vasta lejanía.

A su alrededor, los inmensos valles de Numol, vestían con una manta espesa y fresca el fértil terreno. Una amplia gama de tonos verdes y dorados entretejía un tapiz de cálidas formas y colores. Pequeñas casas de tejas rojizas, muy separadas unas de otras, se entremezclaban entre los campos de trigo.

Como cada mañana, Briana esperó a que la placidez que estos emanaban se introdujera en su interior; aquel gesto había comenzado a formar parte de su propio ritual. Sin embargo, también como cada día, percibió cómo aquella sensación se escapaba con la misma facilidad con la que recorría todo su cuerpo. Un dolor sordo en lo más profundo de su alma, pulsaba su latido como una vieja herida de guerra, enturbiando su paz y diluyendo el presente.

-¿De nuevo perdida en tus pensamientos, princesa?-. Una mano ligera y grácil, se posó sobre su hombro.

Briana, sonrió a su marido.

-Estaba admirando estos espléndidos valles –adujo con voz melodiosa, aunque con un deje de pesar-. Después de veinte años observándolos, aún consiguen estremecerme.

Se volvió hacia Tharis y deslizó sus torneados brazos sobre su cuello.

-Igual que tu –agregó besándolo en la frente. Sus ojos recobraron su luminoso brillo cuando lo miró.

Con sus casi cuarenta años, Briana no había perdido la hermosura con el paso del tiempo. De aproximadamente la misa edad que su marido, mantenía una grácil y armoniosa figura. Su rostro delicado y juvenil, sus gestos pausados y una sabiduría lentamente adquirida, la habían llevado hasta las puertas de una compleja madurez.

Tharis, un poco más alto que ella, de constitución delgada y afable carácter, la amaba con ternura.

-¿Alguna novedad de interés? –preguntó con aire jubiloso, fingiendo que no había captado aquel instante de tristeza en su voz.

-Las flores están preciosas –rió ella alegremente-. Pero si me estás preguntado por mis investigaciones... No. Todavía no hay resultados.

El hombre asintió.

-Ya. Sigues buscando lo imposible.

Briana puso un dedo sobre los labios de él, y le rectificó:

-No hay nada que resulte inalcanzable. El mayor impedimento para lograr algo en esta vida es nuestra propia mente; nos autolimitados y perdemos la perspectiva.

-No lo voy a discutir ¡los dioses me libren! –exclamó echando a caminar hacia la casa, situada a sus espaldas.

La mujer le dio un pequeño empujoncito reprobadoramente.

-Verás como algún día te doy una sorpresa –. Lo agarró del brazo y ambos entraron dentro.

Briana atravesó el vestíbulo, subió las escaleras y abrió la puerta de su despacho. Tomando asiento detrás de su escritorio, asió la pluma y la mojó en tinta negra. Se encontraba ya garabateando los resultados de sus experimentos con las plantas, cuando la voz lejana de su marido, cargada ligeramente de ironía, resonó desde la primera planta.

-¿Por qué?... ¿Acaso has pensado en tener otro hijo?

Briana hizo una mueca, acostumbrada a su extraño humor, más no le contestó concentrada en lo que estaba escribiendo.

Un par de apuntes más y pospondría sus estudios sobre el mundo vegetal, para pasar a profundizar en el conocimiento sobre el comportamiento humano. Pues si algo la apasionaba más incluso que el cultivo de aquellas plantas, era entender porqué las personas se comportaban tal y como lo hacían, y qué era lo que estaba detrás de su conducta; la individualidad del ser humano más allá de influencias divinas, su propia esencia en combinación con un entorno siempre dinámico y cambiante, que contribuía en todas las ocasiones a formar parte de una fórmula única y magníficamente enigmática y misteriosa.

En algún momento de su vida plagada de viajes a confines poco explorados y tras haber conocido a gentes de todas las religiones que profesaban su fe a un dios distinto, la visión sobre cómo éstas se enfrentaban a sus miedos y esperanzas con un mismo patrón, le había hecho comprender que “El Todo” era más que la suma de sus partes, independientemente de los dioses a los cuales veneraban. La semilla precursora que la alentaba en cada paso hacia delante, no obstante, era la misma que le producía aquel cruel dolor del que no podía desembarazarse, y la sumergía en el infinito mundo de las preguntas sin respuestas. Pese al misterio que envolvía el camino que había tomado, escindiendo a Los Siete de -hasta entonces- una clara contribución en los planos mortales, tenía un vasto campo aún por descubrir y someter a su particular perspectiva. Y si había resaltar cuál era el rasgo por excelencia de aquella singular mujer, era su tenacidad.

Dejando a un lado la pluma y cerrando el grueso tomo en el cual todo estaba adecuadamente anotado, caminó hasta su habitación y se cambió la ropa por otra más cómoda. Preparada para introducirse en las profundidades de su mente, siendo ella misma la máxima exponente de sus estudios, se dirigió hacia la sala donde practicaba asiduamente una tabla de ejercicios físicos y mentales compuesta por ella misma. Al abrir la puerta, la familiar estancia se mostró ante sus ojos.

Siete metales eran los que componían el cuenco cantor de 15 cms de diámetro: Oro, plata, hierro, mercurio, plomo, estaño y mayoritariamente cobre. Todos ellos estaban aleados en las debidas proporciones, de manera que al deslizar la baqueta por su borde, el cuento producía un sonido limpio, armónico y continuo, que equilibraba el espíritu del que se hallaba en su presencia. De dimensiones poco profundas y apariencia mate, estaba ricamente decorado en su base con voluptuosas filigranas, y una silueta felina muy característica, era el símbolo que había sido elegido por Briana a modo de firma personal.

Esta fantástica y mística campana vibrante se había convertido en una de sus más preciadas adquisiciones de oriente y formaba parte de la cuidadosamente seleccionada decoración de la habitación.

Ataviada sencillamente con una camisa y un pantalón blancos, y portando su oscuro cabello recogido en una cola, tomó posición en el centro de la misma con los pies descalzos y sus brazos y piernas en forma de cruz, e inició así el primero de los 10 ejercicios que llevaría a cabo durante los próximos cuarenta y cinco minutos.

Cerró los ojos y tomó aire hondamente.

La tibieza de la oscuridad y el silencio circundante la trasladaron en instantes hasta las profundidades de su diestra mente. Diversas posturas en las cuales, a veces estaba de pie y en otras se sentaba o tumbaba, se dieron paso unas a otras con estudiada coordinación de movimientos. Era evidente que ya las había practicado con anterioridad, fluyendo el ritmo de las posturas con total naturalidad.

Apoyándose sobre sus rodillas y sus manos, su cuerpo formando un ángulo de 60 grados y manteniendo la cabeza baja, Briana llevó a cabo el último de los ejercicios de su tabla. Con su concentración enfocada en la cadencia de la respiración, inhaló el aire unos instantes, exhalándolo más tarde con procurada lentitud. Un meticuloso repaso mental a sus órganos internos, le reportó el feedback necesario para cerciorarse de que su cuerpo se encontraba preparado para iniciar la siguiente etapa, libre ya de tensiones externas.

Dejando que sus ojos se adaptaran a las penumbras de la habitación, levantó muy despacio la cabeza y se puso en pie.

Un óleo de considerables dimensiones se alzaba a su frente, en la pared. El oscuro muérdago se abría dando paso a una briosa cabeza blanca, de sedosa crin y poderoso cuello nevado. Sus cascos de pequeño tamaño, se posaban apenas levemente sobre las extrañas flores. El mágico cuerno finamente torneado, aparecía hundido en las ondeantes aguas de un lago en calma. Una luz brillante y amarilla penetraba hasta su mismo fondo, pareciendo que el magnífico unicornio de gracia majestuosa, iba a materializarse en cualquier momento, saliéndose del cuadro.

Briana, había imaginado tal escena en movimiento miles de veces en sus visualizaciones. El magnífico animal, trotaba en unas sobre la fresca hierba o cruzaban sus miradas en otras, durante un lapso de tiempo difícil de cuantificar. A veces, una lluvia de pétalos de flores caía del cielo claro, posándose livianamente sobre la quietud del agua, para desaparecer seguidamente en la nada.

Tres velas situadas a su izquierda, proveían a aquella habitación de una tenue y titilante iluminación. Una pequeña fuente de cuarzo rosa a su derecha, hacía brotar un fino chorro de agua de agradable sonido. En su cúspide, una bola de cuarzo blanco veteada, giraba sobre sí misma proyectando la luz incidente hacia el exterior, con agradable cadencia.

Un palo de lluvia, fabricado con bambú y hueco por dentro, colgaba en la pared que daba su espalda. También lo había utilizado en incontables ocasiones para, a través de su espiritual canturreo, calmar los pensamientos.

Bajo sus pies, una gruesa alfombra de lana virgen vestía el centro de aquella habitación; de tonos crudos y naturales, Nuyami, la había tejido especialmente para ella. Aquella anciana mujer, de cuyos consejos había sacado tantas enseñanzas...

Briana, se tendió finalmente boca arriba sobre la alfombra. Su último ejercicio, propiamente de relajación y visualización estaba a punto de comenzar.

Poniendo las palmas boca arriba, los pies un poco separados con las puntas ligeramente inclinadas hacia el suelo, cerró los párpados y concentró su mente en su pie derecho. Sin moverse en absoluto e imaginando todo lo más nítidamente posible el pie, acompañó cada imagen de las siguientes palabras:

“Mi pie derecho pesa..., pesa mucho, ....cada vez más...., y más......, y más.......”
“ No se mueve nada...., nada......, nada.......”

Mientras repetía estas palabras en su mente, susurrándolas para sí misma, casi canturreándolas y arrastrándolas con dulzura, la sensación de que la sangre fluía cálidamente por él, empezó a recorrer esa determinada zona.

Continuando con el ejercicio, se concentró seguidamente en su pantorrilla derecha y repitió el proceso, diciéndose las mimas palabras en completo silencio. Tan sólo el murmullo del agua se elevaba en el ambiente.

“Mi pantorrilla derecha pesa...., pesa mucho....., cada vez más......y más....., y más.....”

“No se mueve nada....., nada....., nada.....”.

La sensación de que su pierna derecha se inclinaba casi imperceptiblemente más hacia el suelo, le indicaba que las frases iban surtiendo el efecto deseado. Los músculos de la pantorrilla colgaban completamente relajados, ajenos a cualquier esfuerzo tanto voluntario como involuntario.

Mi muslo derecho pesa........, pesa mucho......., cada vez más......y más......., y más....”

“No se mueve nada....., nada....., nada.....”.

Briana repaso mentalmente toda su pierna derecha al completo, antes de pasar a relajar su pierna izquierda. El proceso que siguió fue exactamente el mismo, y cuando advirtió que sus piernas estaban totalmente relajadas, quietas, como el resto de su cuerpo, continuó ascendiendo por él y se concentró entonces en abdomen. La zona central de su cuerpo requería un tratamiento selectivo, por lo que tras el abdomen, siguió con el estómago y después subió hasta la zona del plexo solar.

Las palabras acudían suavemente a cada zona de su cuerpo y ella ordenaba que ésta se relajara. Una inmensa calma se iba repartiendo a través de su torrente sanguíneo. Incluso las zonas que no había tratado, se estaba beneficiando de tan preciado ejercicio.

Llegando a la altura del plexo, hizo un alto en las aprendidas frases para practicar un breve ejercicio de respiración. Este ejercicio requería que el aire entrara muy suavemente a través de la nariz, sin mover ni abrir la boca, dejando que éste llegara hasta las profundidades de su abdomen ya relajado. No tenía que forzar absolutamente ningún músculo, pues sabía que la contracción de cualquiera de ellos era precisamente lo que no pretendía. La cuestión estaba en canalizar mentalmente el camino del aire, dejando que éste encontrara por sí mismo los últimos recovecos de sus pulmones, de manera fluida.

Briana, quien ya dominaba tal técnica, inspiró muy lentamente por la nariz y con continuidad. En su mente, viajo con él hasta que llegó lo más lejos que pudo. El abdomen se elevó casi milimétricamente, sus músculos seguían completamente relajados. El sonido del agua moviéndose limpiamente, la acompañaba en su imaginación. Pues el aire era un río de bienestar que inundaba de placer todos sus sentidos.

Retuvo unos instantes el aire, experimentando una maravillosa plenitud y tan lentamente como lo había inspirado, comenzó a dejarlo salir igualmente por la nariz. Esta vez su recorrido fue mentalmente a la inversa. El aire buscó sin avidez la salida, con la misma delicadeza con la que había entrado. Lo acompañó hasta sus últimos restos abandonaron sus pulmones.

Satisfecha y disfrutando del bienestar en cada instante, realizó las respiraciones dos veces más. Era consciente de que este ejercicio bañaba tan profundamente su interior que un exceso en su ejecución, significaba el posible comienzo del mareo. Por ello, a la tercera vez, reanudó el ritmo normal de la respiración y siguió con su ascenso mental a través de su cuerpo.

Tras haber relajado la zona central de su cuerpo, se concentró en las palmas de sus manos, luego en sus antebrazos y por último en sus brazos. En la zona de los hombros y el cuello se concentró especialmente, ya que las tensiones de la jornada tenían tendencia a resistirse a al relajación. Su imaginación viajó por sus hombros, su cuello y los músculos de su espalda de arriba abajo. Las sensaciones de calor, eran inmensamente reconfortantes e hizo hincapié en frases más específicas.

“Los músculos de mi espalda están muy relajados...., muy relajados...., muy relajados....”.

“El calor recorre libremente mi espalda......, el calor recorre mis músculos......, el calor me aporta bienestar.....”

“Mi espalda......relax........, mi espalda.....relax......, mi espalda.......relaaaaaaaaax”.

El ejercicio de relajación muscular estaba prácticamente terminado. Tan sólo debía centrarse en su cabeza. Primeramente en sus ojos, después en los músculos faciales y en la boca. Y para finalizar en su cuero cabelludo, sobre todo, en la parte baja y posterior de la cabeza.

“Mis ojos están suavemente cerrados......, relajados......., calmados”.

“ Mis ojos pesan......, pesan mucho......, cada vez más......., y más........., y más.......”.

“No se mueven nada........., nada......., nada........, nada.......”.
“Mis ojos..........relax......., mis ojos........., relax........, mis ojos......, relaaaaaaaaax.....”

Con todo su cuerpo plenamente relajado, sus músculos distendidos y una agradable sensación de flotabilidad, Briana se perdió en su mente, dejándose llevar hasta las profundidades de sus pensamientos. Estos ya no se sucedían con ritmo frenético e inconexo, sino que flotaban como en un mar de calma, desplazándose débilmente de un lugar inmaterial a otro. Sin detenerse en inspeccionarlos como habría hecho estando en vigilia, los observaba con aprendida distancia y desconexión de la realidad, haciéndolos desaparecer. El dolor oculto en lo más recóndito de su sí misma, pareció diluirse también durante aquel lapso de tiempo, concediéndole momentáneamente la paz.

Su mente estaba en calma, habiendo cedido esta a la relajación.

El espacio y el tiempo se abrieron libremente y la sumergieron en sus espléndidas aguas. Las ondas de un espacio inexistente, la mecieron hasta la orilla de un claro estanque de aguas transparentes. Un ligero roce en su superficie, fue producido por unas sedosas y radiantes crines blancas. Avalon, el unicornio de ojos sabios y poderoso espíritu, bebía mansamente en él. Al sonido de unas notas puras, que llegaron a sus perfectas y pequeñas orejas, éste alzó su contorneado cuello blanco, y se lanzó al trote por las inmensidades de su mente.

Pronto cruzaba senderos de verdes valles ilimitados, mientras los demás animales del bosque se detenían a observarlo a su paso. Con el cuerno de marfil apuntando hacia lo alto, el unicornio galopó etéreamente, con la armonía propia de quien sólo vive en una mente magistralmente educada y trabajada para proporcionarse semejante y placentero relax.





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1 comentarios:

Quique_OrdendelFiloPlateado dijo...

Umm ...conforme leíao esta historia, me he ido escurriendo de la silla, cada vez más relajado... aunque también me ha puesto algo nervioso el pensar qué pasaría si cuando llega a ese estado no fuera capaz de despertar, de recuperar el control.
Me ha encantado ;)