viernes 30 de noviembre de 2007

Mis Dibujos (Dalthea)


Este blog no estaría completo, si a las palabras no le acompañaran las imágenes.

Aquí podéis ver algunos de mis dibujos, que han llenado muchos de mis ratos de ocio. Pues igual de cómoda me he sentido desde siempre tanto con un bolígrafo entre los dedos, como con un lápiz.

Los animales mitológicos fueron los primeros que despertaron mi interés.
Como no, unicornios y dragones decoraban mi pupitre del colegio. Cuando conseguía plasmarlos en un papel quedaban más o menos así:

Este unicornio lo dibujé tantas veces, y lo regalé a tantas personas, que conozco sus contornos con los ojos cerrados. La "etapa" de dibujar unicornios me duró de los 10 a los 15 años aproximadamente.



Este dragoncito lo vi en una portada de un libro, "Ala de dragón".No pude resistir la tentación y lo dibujé. También era adolescente, así que no "vi" que hubiera quedado mejor si le hubiera hecho las escamas. :-)))


Después, no mucho después de los 14-15 años, mi atención se centró en las postales de animalitos. Más concretamente, de gatos y perros. Como la mayoría de mis dibujos, también regalé estos a mis amigos. Aquí podéis ver algunos de los que me quedé yo.


Normalmente no suelo colorear los dibujos, porque me gusta la textura y matices del lápiz al natural. Sin embargo, estos dibujos los coloreé a petición de la familia.



Creo que no quedaron muy mal...


Aunque, como digo, casi nunca coloreaba mis dibujos.




Después de los 16 -17 años, comencé a interesarme por el dibujo de la figura humana. Concretamente, por el de la mujer.

Las poses que más me llamaban la atención, eran las sensuales. (Si el dibujo no me dice nada, no soy capaz de dibujarlo.)

Los artistas que más me han inspirado han sido: Luis Royo, Larry Elmore, Carl Bang, Jonhaton, Jia Lu, Michael Whelan, Reinert, Avisse, Jim Warren, Marcus Csaba, y otros muchos.

Esta muchacha es el "intento" de bocetar un dibujo de Luis Royo.



Esta otra tiene un ligero toque manga, con los bordes muy marcados.


Y esta es mi mejor obra, hasta el momento: La Elfa



El original es de un dibujo a tinta de Larry Elmore. Yo intenté darle sombras y añadirle parte de "mi estilo". Lo hice desde un principio para regalárselo a Tharem, como así fue cuando estuvo terminado. Ahora que Tharem y yo estamos casados, luce en todo su esplendor en una pared de nuestro dormitorio.

También se coloreó, pero no recuerdo dónde fue a parar (qué pena). Sólo guardo una pequeña imagen que me ha acompañado en los avatares de diversos foros de temática medieval.

La imagen es muy pequeñita




Algún día tengo que volver a coger el lápiz... :-))))



Oda a Perla



Oda a Perla


Queridos lectores de este poema tan singular :

No os extrañéis de que una oda a una gata se pueda crear.

Pues Perla es, sin dudar, un animal muy especial.


Pasemos a describir la personalidad que la define.

Con su tenacidad gatuna, astuta me persigue

y su lamento, al aire lanza con ahínco,

cuando la olvido un rato o de comer me pide.


Sus uñitas de alfiler,

siempre en mis pantalones clava.

Me mira, al comprender,

que se ha ganado una azotaina

Pero sabe que en el fondo,

sólo soy una tontaina,

y siempre me logra vencer,

¡ le sale todo redondo !.


Otro tema es cuando se pone celosa,

porque no soporta que nadie me abrace.

Tengo que darle mimos, me los pide empachosa,

y cuando así ella lo cree, y marcharse le hace,

se va tan campante y me deja, la muy orgullosa.


¿ Y cuando la puerta del comedor cierro,

a eso de las doce de la noche ?.

Siempre saca a relucir sus reproches,

y como una mala ama me siento.

Si a la puerta me asomo, ella está fuera ;

Llora y gime, tras los cristales, la dramática.

Yo diría que hasta se pone antipática,

si no le abro rauda, como el viento.


Algo tiene, esta gata primorosa,

que a pesar de todos sus caprichos de mimosa,

consigue de mí todo lo que quiere

y vive mejor que una rosa.


¡ Ah !. ¡Que fallo más tonto he cometido !.

Ni siquiera he dicho a qué raza pertenece.

Es la más tozuda, porque permanece en sus trece,

y estoy segura de que algo de ella habéis oído.

Paso a daros unas pistas, por si no habéis caído :

Nace blanca, y oscurece mientras crece ;

su carácter, muy fuerte, al cabo se enrarece

y se enfada si la dejas por algo, o acaso, has partido.


Sus ojos son azules, “ blue” como yo los llamo,

y parece que haya salido de la mismísima chimenea,

pues con la cara, patas y rabo, al color pardo se aviene.

Si no desmonta la casa, arañando como reclamo,

se las apaña para molestar : corre, salta y berrea.

¡ Y es que la gata es siamesa !. Bien demostrado lo tiene.

A pesar de todo lo que escribo,

la quiero mucho, ella lo sabe.

Deseo que esté siempre conmigo,

... y si molesta, ¡que moleste !.

¡Eso valen esos ojos celestes

y mucho más que yo no digo !.

¡Que rabien todos los gatos siameses !,

o de otra raza si se prefiere

pues no ha habido nunca animal tan querido,

que aún siendo un trasto le hagan odas,

y aún más si sigue vivo.


¡ Ole mi gata morena !.

¡Qué gracia tienen sus bigotes blancos

y sus dientes de coral !.

Y ese vocabulario tan surtido

que me vuelve loca, ¡ a rabiar !.


¡ Ole su cuerpo serrano,

que en universo gatuno la convierte !.

Y esa barriguita peluda,

que al acariciarla con la mano desnuda

me llena por completo de deleite.

Mi gata se llama Perla.

¿ No os lo había dicho ya ?.

Este es mi último apunte,

no por ello lo vayáis a olvidar.

Y con estos versos me despido.

Señores, la oda llegó a su final.


Una ferviente ama



Autora: Dalthea





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Sueños de Dragón


Sueños de Dragón



Un día soñé que era un dragón ;

Un animal bello, magnífico, alado.

Volaba bajo un cielo despejado,

lento, pacífico y con tiento.


Escamas rojas recubrían mi cuerpo,

brillando como el sol ,en el espacio azulenco.

Húmedas mis pupilas, de ardor violento,

oteaba lado a lado, con frenesí, contento.


Yo volaba por placer,

sin límites que me pudieran retener

y sin la opresión del tiempo.

Mis alas hacía extender

y planeaba libre, de cara al viento.


En el aire respiraba libertad,

frescura, bienestar, distanciamiento.

Jamás había llegado a pensar,

que pudiera gozar yo, tal sentimiento.


Un día soñé que era un dragón.

Un dragón rojo, un animal de ensueño,

una criatura legendaria

de esas que narran en los cuentos.


Quisiera otra vez soñar,

que me elevo mecido, arrullado por el viento

y suspenderme en el dulce pensamiento

de que nunca me he de posar,

que puedo volar por siempre jamás

en mi cuerpo de dragón,

con pasión, poder, conocimiento.


Miro el cielo y me pregunto,

cuándo el destino escuchará mi ruego,

sólo espero que sea pronto,

que aparezcas en mi mundo,

en el país de los sueños.


Aliento de dragón, fuego eterno,

llévame contigo, más allá del sufrimiento.

Sumérgeme en tus fantasías,

lejos de la opresión baldía

que a la tierra va cubriendo.

Yo te espero con paciencia,

y suspiro en tu ausencia.

Ven a mí, al que es sediento.




Autor: Dalthea

(Basado en un magnífico sueño que tuve, hace ya tiempo.
Nunca se me olvidará)





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Una pequeña frontera

Una pequeña frontera




El frío manto de la noche,

tendido sobre tibia piel,

oscuridad que alguno conoce

más que a su pareja más fiel.

Y

Sol amarillo allá en los cielos,

que despierta la primavera,

cálida luz, cual anhelo,

que logra apagar las estrellas.


Amada y poderosa tierra

de cuyas manos come el humano.

Tu corazón de firme piedra;

tu cuerpo de verdes prados.

Y

Cielo azul de libertad,

cuya pureza las aves cruzan.

Templo de eternidad.

Templo da las musas.


Frío y crudo invierno,

cuyas lluvias nos hacen temblar.

Para algunos, blanco infierno.

Para otros, tiempo de paz.

Y

Venturoso y verde verano,

cálida luz en un cielo sin nubes.

Tiempo de enamorarnos

de un mar de aguas azules.


Cuan distintos son

los extremos en este mundo.

Unos deprimidos en lo más profundo.

Otros alzados por la ilusión.


Lejos está el calor del frío,

lejos el blanco del negro,

lejos el invierno y el estío.

Lejos la alondra del suelo.


¿y qué se puede hacer

con las verdades de esta vida?

¡Pues hay otro punto de vista,

aunque sea del reves!


Pues noche y día se aman

al alba y atardecer,

Invierno y verano se encuentran

para ver las flores nacer.

El calor al frío compensa.

El mañana añora el ayer.


Mundos distantes se acercan

para fundirse unos con otros.

No existen las fronteras

si las destruimos nosotros.




Autor: Tharem




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El ocaso




EL OCASO


El ocaso por fin ha llegado.

Los rayos de un sol viejo y caído

tocan las crestas de un mar azul,

con sus etéreos dedos fulgurosos

y envuelven el atardecer en su abrazo,

entre tonos rosáceos, rojos y anarajandos,

vistiendo de hermosura el cincelado paisaje.


Las dunas del desierto,

arena blanca y escurridiza,

ondulan calladas y serenas,

reposando bajo su caliente caricia.

Nadie osa ahondar en su suelo blando,

dejar sus huellas en tan suave tapiz dorado.

Por ello un aire manso y libre

vuela lejos de la prisión del espacio

y se deja llevar a lugares inconcebibles

para la mente de un ser cualquiera,

que no ha comprendido aún, la belleza

que acompaña a tan cálido aliento divino.


El cielo, otrora azul cielo o gris sombra,

se torna bajo su tacto liviano,

en otro más maravilloso si cabe,

lienzo de colores sutilmente entretejidos.

Más allá de las nubes espumosas,

ubicado en su morada ingrávida y eterna,

el Ojo de los Mil Colores baña,

con mesura a veces y con generosidad otras,

a nosotros los mortales, que bebemos ávidos,

necesitados, de su esencia embrujadora.


Las hojas de los árboles, de verdosas tonalidades,

irradian vida y esplendor

en sus tallos y en sus extremidades.

Las gotas de un pronto rocío

magnifican todo cuanto se refleja en ellas,

multiplicando infinitamente el

verdor iridiscente de aquel arbusto,

planta trepadora o tronco anclando a la tierra,

que tan altruistamente le ha dado sostén.


El ocaso ha llegado.

Y con él al atardecer se ha posado en mi corazón.

El calor llega a mi alma sin titubeos y

las tinieblas de mi espíritu se deshacen vencidas.

Un suspiro de color sangre aguada

que por ser longevo y tardío

aporta la sabiduría que la mañana, aún joven e inquieta,

no puede soñar jamás en poseer.

Llamas quietas, transparentes y ensoñadoras.

El cristal de mi ventana

siempre os dará paso a mi mundo ;

Entrad sin dilación y quedaos en él,

pues no puedo concebir ni un sólo atardecer

sin el calor de tu color,

y sin la esencia de tu ser.





Autora: Dalthea








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El espejo milenario



El espejo milenario


Un musgo verde, húmedo y frondoso,

cama de un bosque de ensueño

al que el destino te ha llevado,

guarda para sí tesoros perdidos

que un día fueron abandonados,

por los que un día los poseyeron :

grandes reyes y nobles afamados.

En sus entrañas brillan con fulgor

cual rayos de sol desperdigados;

Su hechizo te habrán ellos lanzado

si tocarlos deseas con la mano.

No busques apresar oro,

monedas, coronas o sacos.

Deja que reposen en el lecho

que la verde espesura ha formado.

Los tesoros son más que joyas :

esmeraldas, rubíes, nácar blanco.

Son recuerdos muy preciados

por las personas que los crearon.

Con ardor en su interior forjaron

una voluntad propia, una dote de mando.

Si eres débil te habrás perdido,

sometido a su influjo habrás quedado

y serás por siempre suyo,

en su sabiduría te habrán ganado.

Si tus dedos encuentran un espejo,

ajado pero bien conservado,

busca su historia en el marco,

pues te dirá mil verdades,

que bien ocultas en su seno,

día a día han esperado.


En su febril reflejo, oscuro manto,

que de tan ínfimo parece apagado,

podrás mirarte con antojo

de frente, de cara o de lado,

según tu orgullo te haya impulsado

a realizar tan sencillo gesto,

con aire altivo, liviano,

o tal vez despreocupado.

Pero lazos que tu visión no han captado

el milenario cristal te ha lanzado.

Un regalo infernal y despreciado

sobre ti mismo ya ha actuado.

Y es que no verás tus ojos entornados,

nariz, boca o cabello ondulado.

Ni siquiera un atisbo,

un retazo del rostro,

que fiel compañía te ha prestado.

El ser que te observa en su fondo,

el que por fin se ha plasmado,

te atrapará sin dilación,

pues por él has sido hipnotizado.

Tu voluntad presa habrá quedado,

de aquel que un día fue su amo.

Pues no debiste ansiar,

con deseo avaro,

poseer lo que no es tuyo,

lo que perteneció al pasado.

El musgo verde de nuevo,

al espejo ha sepultado.

Otro como tu espera ansioso,

que caiga bajo su abrazo.

Para ti ya no hay solución,

tenías que haberlo pensado.

Cuando las luces por ti se alzaron

debiste haberte marchado.

Vete ahora, desconocido.

Desanda los caminos

que hasta aquí te han traído

y que sin miedo has cruzado.

Cumple tu destino

y obedece al fin y al cabo.

Pues al espejo libremente has acudido,

y tu ser a él se ha subyugado.

Ahora, amigo, no lamentes

no ser más que un esclavo.

Tu vida ya se ha decidido.

Tu destino escrito ha quedado.




Nota : Narrado por un ciego afortunado, que escapó de las garras del espejo milenario


Autora: Dalthea.








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Dos almas en la noche





Dos almas en la noche




Un espejo violeta y añil
oculta en sus profundidades eternas,
secretos de voces que cuentan
un sinfín de cosas bellas.

De sus entrañas brotan mil lágrimas
que unidas forman el mar;
aquel en cuyo interior nos reflejamos
dos gotas de agua, nacidas para amar.

Dos almas gemelas, unidas por el destino,
que en distintos cuerpos separadas están.
Lazos que nunca se rompen,
y que siempre atados han de quedar.

Las estrellas iluminan nuestro entorno,
creando una atmósfera casi espectral.
El viento frío de la noche
apenas nos puede rozar,
si estamos juntos, abrazados,
soñando con no despertar.

Una voz, muy cerca, nos llama:
nos susurra con su aliento fantasmal:
“Alimentad de mí vuestras esperanzas,
ya que así no podréis errar,
pues soy vuestra alma liberada,
vuestro inseparable y querido Larán”

Una sonrisa aflora a nuestros labios,
más felices no podemos ser ya.
Si en el horizonte aparecieran dos soles,
que refulgieran como rubíes sin par,
serían sin dudar tu corazón y el mío,
que alegres y livianos, han echado a volar.

Pero es la noche la que nos envuelve
en su manto etéreo, sobrenatural.
Aunque apresar nuestra atención quiere,
ni con mil garras nos puede atrapar.
Y es que nuestros ojos están fijos
en algo que ella no puede captar.
Pues se trata de un amor a raudales,
que hace huir su oscuridad.

Cientos de veces ha llorado
no haber nacido mortal.
Los mares en su lamento ha formado,
de pena, congoja y soledad.
Las estrellas que en su cielo hablan
no le dejan de recordar
que es cierto que dos seres se aman,
con amor puro, incondicional.

Por ello proclamo a los vientos
que este amor no tiene final.
Dos corazones en uno se han fundido,
dos almas, ahora una serán.

Que la noche siempre nos proteja
que nos acune con dulce suavidad;
Que nos meza en su regazo
si es que no lo ha hecho ya.




Autora:

Dalthea








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El Susurro del Viento - Capítulo 6 -.






El Susurro del Viento


Capítulo 6






Los dos jóvenes habían recorrido ya una buena parte del camino hasta Abalach hacia el comienzo de la tarde. Después de atravesar la ciudad de Puerto Elba en su totalidad, Thalin había optado por el camino más corto. Su intuición le decía que Alf no iría por Colintia sino por el bosque del Emigrante.

Cuando llegaron a sus inmediaciones y tomaron el camino inclinado que los llevaba hacia el interior, Noa llamó la atención de su acompañante.

- Mira, Thalin.- Dijo señalando el suelo del camino. Herraduras de cascos de caballo habían levantado la tierra seca y quebradiza.- Esas huellas...

El joven tiró de las riendas de su montura y se situó al lado de ella. Ambos detuvieron a los caballos.

- ¿ Qué pasa ?.- Le preguntó él. Aquellas huellas no le decían nada.

- ¿ No decías que este bosque era muy solitario ?.- Dijo ella extrañada.

- Sí. - Asintió él. -¿ Por qué ?

- Hay muchas huellas.- Noa hizo un mohín.- Parece que hayan pasado por lo menos cuatro o cinco jinetes.

Thalin se encogió de hombros.

- Tal vez un grupo de comerciantes hayan venido por aquí.- Dijo él sin darle la menor importancia. - Los caminos son de todos.

Noa miró al joven y asintió. La seguridad de aquellos ojos casi incoloros le daban seguridad. Thalin estaba muy tranquilo.

- Sí, tienes razón.- Contestó.- Sigamos adelante.

Los dos avanzaron de nuevo por el espeso bosque y se introdujeron bajo la sombra y el frescor de sus árboles. Los rayos del sol pasaban débilmente por sus ramas y ellos, agotados como estaban de pasar calor, agradecieron a los dioses ese intervalo tan gratificante.

En seguida los árboles se abrieron en círculo y el sol volvió a darles en la cara. Atravesaron el claro al trote y llegaron más allá, hacia una colina. Después de bajar por ella muy lentamente para que los caballos no resbalaran, volvieron a estar sobre terreno llano. Unas cuantas rocas de pequeño tamaño aparecían diseminadas sin orden ninguno. Parecía como si una de grandes dimensiones hubiera estallado en mil pedazos repartiéndose por todas partes.

- Será mejor que nos bajemos de los caballos.- Dijo Thalin desmontado.- No quisiera que se torcieran una pata.

- Está bien.- Accedió ella bajándose de Byon.

Guiaron a los animales de las riendas por un trecho. Entonces el joven torció la boca en un gesto de pesar.

- Vaya.- Dijo en voz baja.- Ese hombre no ha tenido mucha suerte.

-¿ Qué hombre ?.- Preguntó la muchacha que estaba detrás de él y no veía lo que tenía delante más allá de dos metros.

Thalin se apartó un poco.

- Allí.- Señaló con su dedo delgado y fino.

Noa distinguió a lo lejos a un hombre inclinado sobre la hierba. Bajo él se encontraba un caballo bayo de color gris tendido en el suelo. Probablemente el animal se habría torcido una pata entre las piedras.

- Deberíamos ir a ver si necesita nuestra ayuda.- Dijo Noa apartándose un mechó de pelo de los ojos. Su trenza se estaba deshaciendo.

El joven lo pensó dos veces.

- No me gusta meterme en los asuntos de los demás.- Objetó.

- Vayamos a ver, Thalin.- Pidió Noa.- De todas maneras queda en nuestra dirección.

El compañero accedió ante la mirada suplicante de la joven.

- Pero si puede arreglárselas por sí solo nos iremos inmediatamente.- Dijo suave pero firme.- Tenemos prisa.

Noa asintió y avanzó confiada tras él, que ya había comenzado a desviarse para propiciar el encuentro. Los metros se acortaron despacio. Ambas figuras se hicieron más cercanas y nítidas.

Thalin enarcó una ceja casi blanca al creer conocer al caballo tendido en el suelo. Le parecía tan familiar...Hubiera jurado que era el caballo de Alf.

El hombre, que debía de ser alto, estaba de espaldas y de cuclillas. Al escuchar que alguien se aproximaba a él, reaccionó con rapidez y sacó un cuchillo de una de sus mangas con tal presteza que Thalin se paró en seco asombrado del todo.

Noa se tropezó ante la repentina parada y cayó de bruces en el suelo entre las patas de su caballo. Dijo unas cuantas palabras que no iban dirigidas más que a ella misma y se sacudió ofendida el polvo de sus ropas.

El hombre observó a la peculiar pareja de jóvenes unos instantes. Parecía decidir qué iba a hacer ante la inesperada interrupción. Después de esos momentos dubitativos se giró de nuevo hacia el animal todavía con el puñal en la mano.

El caballo soltó un bufido lastimero expresando su dolor.

Thalin, recuperado de la sorpresa, reanudó la marcha hacia el hombre pero ya más cauteloso. Aunque esa persona tuviera problemas, llevaba un cuchillo en la mano y no hacía ademán de volverlo a guardar.

Otro quejido del animal hendió el aire. Thalin sintió un miedo muy profundo dentro de su ser. Ahora que estaba ya tan cerca, la impresión de que aquel animal era la montura del clérigo atravesaba su mente como un millar de agujas. Aquellos ojos nobles, el cuello ancho y arqueado, y los lamentos que flotaban en el aire como una canción de muerte, eran una prueba irrefutable.

Pero entonces, pensó, ¿dónde estaba Alf ?, y más inquietante aún, ¿ quién era ese hombre que tenían delante ?.

Thalin dirigió instintivamente una mano a las alforjas de su caballo, Dragon. Sus dedos tocaron el frío metal de su puñal. Lo aferró por la empuñadura y lo sacó con sumo cuidado.

Noa vio como él lo ocultaba tras la espalda sin entender a qué venía aquel gesto. Quiso saberlo.

- Thalin...- Comenzó.

- Noa.- La interrumpió con un murmullo de voz. Su tono era el de siempre pero la joven sintió al apremio del muchacho cuando continuó. - Aléjate de aquí. Quiero que pase lo que pase no te acerques. Pase lo que pase, ¿ me entiendes ?.

- Sí, pero...- Ella era muy curiosa.

- Por favor.- El la miró con ojos brillantes y profundos. Su expresión era seria.- Haz lo que te digo. Aléjate despacio y no hagas nada que pueda parecer extraño.

Noa vio a Thalin como nunca lo había hecho antes.

Sus facciones cinceladas armónicamente tenían un rictus extraño, misterioso. Aquella mirada penetrante parecía revestirlo de un halo de poder. Su cuerpo alto y delgado se había cuadrado dando un aspecto impresionante. En conjunto, aquel joven de cabellos y ojos pálidos como la plata le era del todo desconocido.

La muchacha hizo lo que le pedía y se adelantó a él tirando de las riendas del alazán. Cuando estuvo a una distancia larga de ellos, se giró y contempló la escena con miedo. Sabía que algo malo iba a ocurrir.

Thalin la observó apartarse y cuando creyó oportuno se acercó al hombre con el puñal en la mano ocultándolo a la vista. Este no hizo caso de los sonidos que se producían a su espalda y siguió atento al animal herido.

Entonces, como si acabara de tomar una decisión, el hombre levantó el puñal que sostenía en alto y lo hizo descender de prisa haciendo un semicírculo sobre el cuello del caballo. Un tajo profundo y sangrante se abrió en la sufrida bestia produciéndole casi al instante la muerte.

El hombre oyó un grito de mujer y luego unos pasos ligeros y rápidos. Se giró muy lentamente y quedó de frente a un joven de cabellos blanquecinos con una mirada extraña en los ojos. Era el mismo que había visto de lejos, solo que ahora le parecía mucho más alto.

Este seguía en su avance imperturbable. Darrel adivinó lo que pretendía como si se lo hubieran dicho al oído. Una sonrisa torva se perfiló en su rostro de águila. ¡Qué sensibles eran los jóvenes...y qué estúpidos !

Darrel hizo un gesto con la mano y al instante un perro enorme salió a toda velocidad de la nada en dirección al desprevenido muchacho.

Noa lo vio muerta de miedo y un grito brotó de su garganta.

- ¡Cuidado !.- Gritó con las manos tapándose a medias la cara.- ¡Detrás de ti !.

Cuando Thalin se giró, las fauces del animal ya estaban a medio metro de su rostro. Unas patas potentes y muy fuertes lo tiraron de espaldas al suelo con una facilidad pasmosa. El cuchillo salió por los aires a una distancia inalcanzable.

Los colmillos del perro desgarraron la manga de su víctima en segundos. La sangre escapó del brazo, roja y brillante.

El dolor hizo reaccionar a Thalin y sus manos asieron con fuerza el cuello del horrible animal apartándolo de él con todas sus fuerzas. Pero la fuerza de aquel demonio era superior a la suya y la babeante boca del perro se acercaba a su cuello poco a poco. Thalin se debatió e intentó echar al perro hacia un lado de una patada, pero este lo había inmovilizado con maestría. Las piernas del muchacho solo patearon el aire.

Thalin sintió un pánico como nunca había pensado que podía sentir un hombre. Era la muerte lo que estaba sintiendo aunque todos sus sentidos le demostraran que estaba vivo.

Hizo un último intento por desprenderse de aquel abrazo mortal. Cuando parecía que estaba a punto de hacer ceder al animal, este atacó con renovada fuerza en dirección a su cuello. Los dientes hicieron presa y Thalin pensó que se moría.

A lo lejos Noa gritó de nuevo, ya histérica.

Entonces una luz dorada, muy brillante e iridiscente, estalló en el aire rodeándolo a él y a su atacante. El perro aulló de dolor y se apartó de Thalin como si le hubiera dado una descarga. Thalin, semi inconsciente, solo tuvo fuerzas para abrir los ojos que había tenido fuertemente cerrados.

La luz era muy fuerte y parecía provenir...de él mismo.

Thalin sintió que un calor abrasante le quemaba el cuello. ¿ Sería su sangre que le abandonaba ?. Se tocó con una mano temblorosa y luego la miró.

No había sangre. ¿ De dónde venía entonces aquel calor ?.

Sus manos tantearon de nuevo y esta vez hallaron algo. Se trataba del colgante que le había dado el viejo Rogard. Su tacto siempre frío, era ahora tan caliente que Thalin se vio obligado a volver a dejarlo caer sobre su cuello.

Sin entender lo que estaba ocurriendo, intentó ponerse en pie. Las piernas le flaquearon y se encontró de rodillas en el suelo. La luz del colgante comenzó a mitigarse y poco a poco este volvió a ser el mismo metal frío y vulgar de siempre. Thalin acabó de ponerse en pie.

Miró hacia adelante.

El hombre del perro lo miraba de una manera muy distinta. En sus ojos no había temor, ni siquiera incomodidad. Era como si tratara de comprender lo que acababa de observar con sus ojos. Estaba adoptando una nueva perspectiva del asunto.

El perro había corrido hacia él y aunque no se escondía tras él, si que estaba tremendamente aliviado de permanecer junto a su dueño y bajo su protección.

Noa no estaba. ¿ O qué era aquello que... ?. Sí, sería eso. La muchachita se había desmayado.

- ¿ Quién eres ?.- Le preguntó el hombre sacándolo de su ensimismamiento.

Thalin no contestó. No porque no quiso hacerlo sino por que las palabras no querían salir de su boca.

El hombre avanzó a unos pasos hacia él. Thalin se tensó como un arco.

- No voy a hacerte daño.- Dijo captando el estado de ánimo del joven. Y para demostrarlo añadió.- Lobo, aquí quieto.

El perro gimió. No tenía la menor intención de moverse del sitio. Estaba tan petrificado como el mismo Thalin.

- ¿ Eres mago ?.- Le preguntó el hombre avanzando otro par de pasos hacia él.- No lo pareces.

Thalin siguió mudo como si lo hubiera sido de toda la vida.

- No, no lo eres.- el hombre seguía atando cabos.- Un mago no atacaría con un puñal. Más bien pareces un noble. Un noble elfo. ¿ He acertado?.

Ahora por lo menos Thalin pudo negar con la cabeza. Estaba recuperando el control de su cuerpo.

- ¿ Entonces quién demonios eres ?.- Le preguntó. Estaba a cuatro metros de él.- ¿ Y qué has querido hacer?, ¿matarme ?.

- No, no pretendía eso.- Dijo él con una voz que no reconoció como suya. Era como más ronca.

Los ojos del hombre lo miraron con inteligencia.

- Dices la verdad.- Concluyó.- Querías hacerme pagar que hubiera matado al animal. Sólo darme mi merecido.

Thalin asintió.

- Pues ha sido una estupidez, muchacho.- Continuó el hombre con calma. Ya estaba a tres metros.- Mi perro ha estado a punto de matarte.

- Eres un asesino.- Lo acusó él de repente.

Las cejas del hombre se juntaron formando una fina línea.

- El animal estaba herido.- Le dijo sin ninguna emoción en su voz. - Ya no caminaría jamás. He hecho lo que debía.

- Asesino.

- Piensa lo que quieras. - El hombre estaba a dos metros. Thalin siguió sin moverse.- No me importa.

- ¿ Donde está Alf ?.

Esta pregunta lo pilló por sorpresa. Frunció los labios en una mueca, pensativo.

- Te refieres al dueño del caballo.- Apuntó.

- Sí. - Contestó Thalin.- ¿ Lo has matado ?.

- No.

-¿ Dónde está ?.

- A buen recaudo.

- ¿ Dónde ?.- Thalin estaba extrañamente tranquilo. Continuó con el interrogatorio.- Quiero una explicación.

El hombre se llevó una mano a la barbilla.

- Antes dime quién eres y entonces te lo diré.- Dijo.

- No soy nadie.

- Eso no me lo trago.- Le hombre era duro como una roca.- He visto lo que le has hecho a mi perro.

- Yo no he hecho nada.- La verdad sonó más falsa que una moneda de dos caras.

El hombre asintió. Se volvió hacia atrás y miró a lo lejos.

- Tu amiguita se ha desmayado.- Dijo cambiando de tema.- Cuando se despierte tendrá un terrible dolor de cabeza.

Esta vez Thalin sí que reaccionó y se abalanzó sobre el hombre con los puños desnudos.

Este, que no había esperado algo así, desvió la acometida sin a penas esfuerzo y sujetó el joven por el brazo. Se lo retorció tras la espalda y lo sujetó tan fácilmente como si tuviera un muñeco en sus manos.

- Cálmate, chico. He dicho que no voy a hacerte daño.- Le repitió.- Pero si vuelves a hacer algo semejante a esto...

- No la toques.- Dijo Thalin con la cara colorada por el esfuerzo.

- No seas tonto .- Las palabras salieron con desdén.- Tu amiguita me interesa menos que ese monje estúpido y la mujer de las llanuras.

Thalin dio un respingo.

-¡Khiara !. ¿ Qué has hecho con ella ?

- Ohhh.- Fue la contestación del hombre.- Bonito nombre.

- ¿Qué has hecho con los dos ?. ¡Dímelo de una vez!.- Estalló Thalin presa del miedo y la rabia.

- Ya está bien de perder los nervios .- Lo cortó secamente. El hombre lo hizo caminar hacia adelante, en dirección a Noa.- Tu y tu amiguita nos vamos a ir a dar una paseíto. ¿ Está claro ?. Y no quiero problemas, ya sabes.

Thalin asintió comprendiendo perfectamente. La presión del hombre en su brazo le estaba cortando la sangre.

Ya no volvieron a hablar.

Fueron hasta la joven y entonces el hombre soltó a Thalin. Sabía que el muchacho era inteligente y que había aprendido la lección. Además estaba el perro, que había vuelto al lado de su amo.

Entonces aquel hombre se llevó los dedos a los labios y emitió un agudo silbido. Un caballo alazán acudió veloz a reunirse con él. Era el caballo de Khiara.

En pocos minutos, los tres se hallaban montados a caballo. Noa más bien estaba sujeta a él, pues Darrel le había atado las manos alrededor del cuello para que no cayera mientras permaneciera inconsciente.

Darrel los condujo al campamento a paso lento. Thalin lo seguía por propia voluntad, pues sabía que ofrecer resistencia en aquellos momentos a aquel hombre era poner en peligro tanto su vida como la de la muchacha.

El sonido de los cascos de los caballos solo fue interrumpido una vez por la voz del joven.

- Me llamo Thalin.- Dijo él.

Darrel no contestó ni se giró.

Los tres jinetes se perdieron entre los frondosos árboles dejando el claro silencioso de nuevo. El perro los acompañó moviendo alegremente la cola. Sin embargo el animal procuró no acercarse a Thalin durante lo que duró el viaje. Todavía recordaba el extraño incidente.





- ¿ Estás preparado ?.- Preguntó Khiara al clérigo.

Alf estaba apoyado en una de las paredes de la tenducha a la que los habían arrojado. La herida del brazo estaba muy inflamada y comenzaba a supurar. Su cara estaba contraída en una mueca de intenso dolor. No había perdido el conocimiento por pura voluntad.

El clérigo asintió con la cabeza y esperó con los dientes apretados y los músculos muy tensos a que Khiara le asestara el golpe de gracia.

La mujer sostenía en su mano izquierda un trozo de madera plano y en la otra una piedra de mediano tamaño. Cuando Alf le dio el consentimiento, esta puso la madera apoyada en el extremo de la flecha que ya había partido anteriormente y miró al clérigo mientras balanceaba su mano derecha y ensayaba el golpe que haría salir la flecha por el otro lado. Cuando creyó que el vaivén era el adecuado se decidió a llevarlo a cabo.

- Será un golpe rápido.- Le dijo.- Cuenta hasta tres en voz alta.

El clérigo tragó saliva y comenzó a contar dificultosamente, como le había dicho ella.

- Una...- Comenzó débilmente.- dos...

¡Zas !. Antes de que Alf llegara al tres, Khiara dio un golpe seco y rápido sobre la madera con la piedra que sostenía en su mano derecha. La flecha salió limpiamente del brazo y cayó sangrante al suelo.

La mujer suspiró y tomó aire medio aliviada. El golpe había sido certero.

- Descansa ahora.- Le dijo al clérigo. Y acto seguido le ató un pañuelo que había llevado al cuello alrededor de la herida abierta. Un manchón de sangre comenzó a formarse. Khiara apretó el nudo tanto como pudo. Ella ya no podía hacer más por él, salvo rezar. La mujer rió en su mente ante aquel pensamiento. Ella nunca había creído en el poder de una oración y por ello nunca había rezado.

Sacudió la cabeza y se resignó ante el hecho de que el clérigo había perdido el sentido. El agudo dolor había acabado por ganarle la partida y ahora ella se había quedado sola con sus pensamientos.

Khiara arrojó la madera y la piedra que acababa de utilizar a un rincón. Se dejó caer de cuclillas al lado del clérigo y se pasó una mano por su oscura cabellera con la intención de alisarse el pelo. Sus dedos se quedaron atrapados en aquella maraña de nudos que se habían formado de repente. Se arregló como pudo y se secó el sudor del rostro que había aflorado a él con una de sus mangas. El calor era insoportable.

Ella y el clérigo se hallaban en una cabaña de aproximadamente unos tres metros cuadrados. Sus secuestradores la habían situado en un espacio abierto y por tanto el sol incidía de pleno sobre ellos en aquella hora de la tarde. A través de aquella piel tensada que hacía de paredes, el calor aumentaba por lo menos unos cinco grados en comparación con el exterior. Y teniendo en cuenta la temperatura elevada que había al aire libre, aquel lugar bien podía ser un horno de cocina.

Desde luego a aquellos hombres les importaba muy poco que se frieran vivos. Eran personas descuidadas y de poca inteligencia, a excepción del líder. Y aunque Khiara no había averiguado todavía lo que querían, sí que había caído en la cuenta de que los había tratado relativamente bien. Un par de empujones y miradas desconfiadas habían sido todo.

Durante el tiempo que llevaban allí, ella había intentado escuchar las conversaciones que tenían entre ellos para averiguar algo, pero como a penas soplaba el aire no pudo oír nada. Tendrían que esperar hasta que ellos quisieran para saber qué querían hacer con ellos.

Khiara, experta en meterse en situaciones de este tipo, ya se había hecho una idea bastante aproximada de los motivos que habrían detrás de todo esto. Sin embargo no quería pecar de enterada hasta que no tuviera una certeza absoluta de sus sospechas. No le había comentado nada al clérigo. ¿ Para qué iba a hacerlo ?. En su contrato no estaba el preocuparle.

Pensando en el trato que acababa de cerrar con él, Khiara tuvo que admitir que había desempeñado su trabajo bastante pésimamente. Pero qué se podía esperar de una persona desarmada y sorprendida en medio de un bosque. Sabía que aquello no era una excusa decente, pues ella siempre había presumido de hacer posible lo imposible, sin embargo el martirizarse por puro placer no estaba dentro de su carácter.

Lo que tenía ahora en mente era cómo salir de allí. Miró todos los rincones de aquella inhóspita y agobiante tienda recalentada.

Estaba absolutamente vacía y desprovista de cualquier cosa que Moander hubiera catalogado de potencialmente facilitadora de una huida. Solo la tierra misma y alguna ramita quebradiza les hacía compañía. La madera que ella había utilizado para sacar la flecha del brazo de Alf, sí que la había sacado de allí pero la piedra la había tenido que conseguir escarbando debajo ellos. Había sido una tarea que le había llevado mas o menos media hora.

Khiara llegó a la conclusión de que el problema no estaba realmente en poder escapar al exterior, sino en evitar la vigilancia de los secuestradores una vez lo hubieran conseguido.

En su mente, ella había ideado ya cinco o seis formas de salir de la tienda, pero con Alf herido solo un par le parecían posibles. Distraer la atención de aquellos hombres procurándoles algo más importante de lo que ocuparse, había sido una de las tretas en las que había pensado para ganar tiempo y ocultarse con el clérigo en los árboles más cercanos. Pero metida allí dentro, poca cosa podía hacer para asegurar una distracción lo suficientemente importante como para que aquellos descuidaran sus deberes de vigilancia.

Khiara suspiró de nuevo. La cosa estaba difícil.

Lo mejor sería esperar a que la situación fuese más ventajosa. Convencida de que no podía hacer nada por el momento, giró la cabeza hacia Alf y lo observó sin tener otra cosa mejor en la que ocupar su mente.

El clérigo parecía haber entrado en un sueño reparador. Su respiración era regular y la herida había parado de sangrar. El manchón que se había formado en el pañuelo se había vuelto más oscuro y parecía más seco. La herida cicatrizaría bien en poco tiempo.

Khiara observó los surcos de la cara del clérigo. Parecía que había sido un hombre que había pasado por muchas preocupaciones. Pero el rictus de su boca le decía que había sido un hombre agradable aunque probablemente algo severo. Su pelo se había vuelto gris y lucía la misma calva que había visto anteriormente en Siron. Llevaba un hábito también idéntico en textura y color a su hermano de orden y unas sandalias igual de cómodas. Khiara le calculó una edad de unos cincuenta años largos, aunque probablemente y por lo que acababa de razonar, tuviera sólo unos cuarenta y pico.

Sintiendo un poco de lástima por que aquel hombre ya entrado en años, se acercó a limpiarle el sudor de la cara. Este murmuró algo entre sueños y se removió ante el contacto de la mujer. Khiara apartó la mano y Alf volvió a sumirse en el silencio.

Estaba comenzando a idear otro plan para escapar cuando su afilado sentido del oído escuchó el sonido lejano de unos cascos de caballo. Debía de tratarse de aquel hombre que la había maniatado, que regresaba de buscar a los caballos. Recordando sus ataduras, se frotó las muñecas doloridas y un tanto rojizas. Allí donde estas habían estado, aparecían unas marcas bastante visibles.

Khiara agradeció interiormente el que los desataran una vez que ya estuvieron dentro de aquella cabaña. Moander había dado orden a dos de sus hombres apostados en el exterior que le avisaran ante el menor movimiento extraño de los apresados. Por lo tanto no temía esta limitada libertad. Khiara se preguntó si había tomado esta decisión a causa de su seguridad de control o a que consideraba que un monje herido y una mujer en clara desventaja no era algo que mereciera un tratamiento de excesiva vigilancia. No obstante gracias a eso Khiara había podido medio curar a Alf. Si no lo hubiera atendido la herida se habría infectado sin lugar a dudas.

Más ruidos se produjeron en el exterior.

Además del repiqueteo de cascos, las voces de los secuestradores se levantaron animadas. La voz aflautada de uno y la ronca de otro se superponían en un tono alto. Sonaron palmas y vítores.

Khiara pensó que era una exageración aquel regocijo solo por un par de caballos. Su yegua Rune era un animal de una raza muy noble pero el caballo bayo del clérigo no le había parecido nada del otro mundo.

Esperó a que el primer clamor pasara y el silencio recayera de nuevo. Sin embargo esto no sucedió. Hubo un intercambio de palabras entre el jefe y el hombre que acababa de llegar. Los demás hombres comenzaron a hacer preguntas y a agitarse en sus puestos. Entonces oyó a uno de los que se apostaban en el exterior de su prisión. ¿ Qué había dicho ?. ¿ Algo de otra mujer?.

Khiara arrugó el ceño e intentó escuchar de nuevo. Lo oyó fue más o menos esto :

- ¿ Dónde ... encontrado?.- Decía la voz del jefe. Le fue imposible entenderlo todo. - ¿ Y esta mujer...muerta o herida. ?

- Está inconsciente.- Dijo la voz del otro más claramente.- Hemos perdido a un caballo pero he encontrado a estos dos.

A sí, se dijo Khiara para sí, se trataba de dos personas que probablemente habían corrido la misma suerte de ella.

- ¿ Por qué has.... ?.- Lo interrogó de nuevo Moander.-...tendremos problemas. Deberías...una explicación.

La mujer maldijo para sus adentros el que el jefe estuviera tan lejos como para que sus frases llegaran bien a sus oídos. No conseguía darle un sentido completo a la conversación. Suspiró. Por lo menos la voz del otro sí que le llegaba con nitidez.

- No tuve elección. El chico conoce al monje y a la mujer.- Contestó este.

Aquello sí que no se lo esperaba. Khiara agudizó sus sentido al máximo. ¿ Quién podría andar por el bosque que conociera tanto a Alf como a ella misma ?. No podía haber mucha gente, pues ella era una extranjera en estas tierras y cualquiera que la conociera tenía que ser forzosamente alguien de su tierra pero, ¿que conociera al clérigo también ?. No se le ocurría en absoluto una sola persona que...un momento. ¿No sería Siron ?.

Khiara se tensó por entero. ¿ Habría ido ese estúpido monje tras ella ?. ¿ Acaso ese hombre había caído en la cuenta de lo que pensaba hacer después de salir del templo ?. O peor aún. ¿ Se lo habría dicho su hermana por su propia voluntad ?.

Tenía que averiguar de quién se trataba. El que lo había apresado lo había llamado “chico”. Probablemente se había confundido. La cara jovial de Siron lo hacía parecer más joven de lo que era, al contrario que Alf. Pero, aún no tenía ninguna pista de quién podía ser la mujer de la que también hablaban.

Khiara aguzó sus oídos. Los hombres continuaban hablando.

- ¿ Qué hago con ellos ?.- Oyó preguntar.

- Mételos dentro...desátala.- Dijo Moander.- Rondon y Kinno están vigilando...no pueden escapar.

- Bien.

Y ese fue el final de la conversación. Khiara pronto sabría lo que estaba pasando, por que era evidente que en la calurosa cabaña que ocupaba junto al clérigo iba a tener todavía menos espacio. Dentro de poco, con dos personas más allí dentro, el oxígeno iba a escasear. Khiara agradeció que la mujer de la que habían hablado estuviera inconsciente. Pues por norma general las mujeres no soportaban bien el cautiverio y se ponían muy nerviosas, con lo que respiraban muy rápido. Ella había sido testigo de eso y había tenido que abofetear a algunas para que se calmaran mínimamente. Así que aquella, en su estado apacible, no le daría quebraderos de cabeza. Ya tenía suficiente con compartir aquel invernadero.

Khiara escuchó un forcejeo y un par de protestas, el hombre desmontando del caballo y un gruñido que sería probablemente debido a que alguien había cargado con el peso de la mujer. Los pasos se acercaban y las protestas del hombre se hicieron más fuertes.

Tuvo la impresión de que aquella voz le era conocida. Aquel tono suave pero firme no pertenecía al del hermano Siron. Ni siquiera al de un hombre, sino al de un joven.

La inquietud removió a la mujer nómada. Realmente conocía a aquel muchacho. Era cuestión de segundos el reconocerlo. Tenía su nombre en la punta de la lengua. Era aquel joven, aquel que...

- Pasa dentro.- Dijo la voz ronca de un hombre en el exterior. Era Rondon.- Y no armes jaleo. El que no os mantengamos atados es una cortesía de mi jefe. Pero si intentáis alguna tontería os cortaré el cuello de cuajo. Y tu, Kinno.- Siguió dirigiéndose al compañero.- Trae de una vez a esa rubita. Si no fueras tan enclenque...

- ¿A quién llamas enclenque cara de rana ?.- Protestó el otro a una distancia media.- ¿Acaso no sabes que cuando las personas están dormidas pesan más ?.

- ¡Qué estupidez !.- Replicó Rondon burlón.- ¡Anda y muévete !. Lo único que quieres es escaquearte de tus responsabilidades.

Khiara se echó atrás previendo que en muy pocos instantes aquella extraña pareja de cautivos iban a pasar al interior. La mujer le pegó un codazo al clérigo para ponerlo sobre aviso de la inesperada visita pero Alf, que estaba en siete sueños, no se enteró.

Entonces Rondon, el hombre pelirrojo, asomó su fea cara al interior de la tienda.

- Tu, mujer.- Le dijo a Khiara.- Haz sitio. Aquí te traigo compañía.

Una sombra se recortó en el exterior. Era la de una persona muy alta y delgada. La tela de la entrada se abrió más para dejarle paso. La cara de aquel joven asomó por fin. Tenía un rostro hermoso y unos cabellos casi blancos. Sus ojos claros relucían de rabia contenida.

Rondon lo empujó con grosería y Thalin, como ahora recordaba que se llamaba, cayó de rodillas en su interior. Khiara lo miró fijamente cuando este, al verse libre de las manos de su opresor, comenzó a reaccionar.

Lo primero que hizo Thalin fue quedarse sentado sobre los talones, muy cerca de Khiara. Luego la miró a ella y luego al clérigo. Después sus ojos se abrieron como platos al reparar en la herida de su brazo. Alf tenía todo el aspecto de estar muerto. Por eso Khiara no le reprochó que se lanzara alocadamente sobre ella.

- ¡Lo has matado !.- Sus manos, de dedos largos y pálidos, buscaron su cuello.- ¡Has matado a Alf !. ¡Maldita perra de Zondvarag !. ¡ No mereces vivir !.

Thalin estaba fuera de sí. Khiara lo apartó como pudo y lo lanzó al otro lado de la tienda.

Justo en ese instante metieron el cuerpo de la mujer. De la joven. De aquella joven rubia que había caído de espaldas. Esta vez le tocó ella sorprenderse. Era capaz de conocer a su hermana en cualquier postura en la que estuviera. Hizo ademán de ir hacia ella.

- ¡ Vas a pagar caro lo que has hecho !.- Thalin cargaba de nuevo.

Khiara había perdido las ganas de continuar con aquel juego de toma y daca al ver a Noa. Si aquel muchacho seguía poniéndose pesado tendría que tomar medidas.

- Noa .- La llamó. Thalin se puso en medio - ¡Apártate !.

Thalin la derribó al suelo al dejarse caer sobre ella. Los ojos de la mujer brillaron de cólera. Agarró al joven por los brazos y lo sacudió fuertemente.

- ¡Basta !.- Le gritó.- No está muerto, está inconsciente.

- ¡ Mentira !.- Thalin no la escuchaba.- ¡ He visto la herida !.

- Y qué.- Dijo ella despreciativa.- ¿ Acaso has visto a alguien morirse por una herida en el brazo ?.

Thalin recapacitó ante aquellas lógicas palabras. Después de todo aquella mujer podía estar diciendo la verdad.

- ¿ Está vivo ?.- Preguntó él atragantándose de la emoción.

- Sí.- Fue la corta respuesta de la mujer.- ¡Y apártate de una vez !. No puedo llegar hasta mi hermana si tu sigues en medio.

Thalin se hizo a un lado y se aproximó al clérigo dejando paso libre a Khiara. La mujer llegó hasta la inconsciente Noa y le dio la vuelta. Con sumo cuidado, apoyó su cabeza en sus piernas y observó cómo la respiración de su hermana era regular y fuerte.

- ¿ Qué hace aquí ?.- Preguntó con tono serio.- Le dije que me esperara en el templo.

Thalin se giró hacia ella. Aquella mujer de ojos oscuros parecía verdaderamente preocupada. El casi había llegado a pensar que no tenía alma.

- Quiso venir conmigo y yo se lo consentí. - Dijo él contrayendo las cejas.- Yo no pude dejarla sola como habías hecho tu.

- Pues eres un imbécil.- Le espetó más furiosa que él.- Ahora estamos todos metidos en un lío y Noa no está preparada para afrontar esta situación. Yo la dejé a salvo y tu le has complicado la vida.

- Eso no es cierto. - Replicó el mirándola con sus ojos ambarinos.- Eres tu quien has creado esta situación.

- ¿Qué quieres decir ?.

- Por tu culpa me he visto obligado a ir tras tu busca. - Dijo él.- Noa me contó tus intenciones.

Khiara negó con la cabeza.

- Mi hermana no sabe nada de nada.- Contestó.- Y tu tampoco.

- Entonces explícame que es lo que está ocurriendo.- Pidió Thalin.- Vamos a pasar un tiempo aquí juntos. Es lo mejor que podemos hacer.

Khiara asintió y miró a Noa que todavía permanecía dormida.

- Eso es lo único razonable que has dicho desde que has entrado aquí.- Le dijo.- Pero primero cuéntame tu que le ha pasado a Noa.

Thalin y Khiara se enfrascaron en una larga conversación. Los malentendidos se fueron desenredando poco a poco. Tanto ella como él se habían concedido una tregua absolutamente necesaria. Las rencillas no les ayudarían de ahora en adelante. Si querían sacar algún provecho de aquella situación debían de aprender a confiar el uno en el otro.

El día fue tocando a su fin. El sol había dejado de recalentar la tienda y tras su desaparición en las montañas se les unió otro inconveniente. El frío.

Cuando llegó la noche, Noa y Alf todavía seguían sin despertar. El clérigo dormía en el mismo sitio desde que le sacaran la flecha y había adoptado una posición recogida. Khiara había recostado a su hermana sobre el clérigo para que ambos se dieran calor. Eran los únicos allí que disfrutaban del reposo.

Thalin y la mujer estaban bastante separados. Los dos permanecían despiertos y habían dejado de hablar. Sus miradas se cruzaron varias veces, pero en la penumbra, no pudieron interpretarlas.

Ninguno de los dos supo quién había sido el primero en dormirse.



(Y este es el último capítulo que escribí. Quizás hubiera tenido un futuro prometedor).





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El Susurro del Viento - Capítulo 5 -.






El Susurro del Viento

Capítulo 5





Había sido pura casualidad que La Cuadrilla del Séptimo andara por los caminos de la ciudad costera. Los que conducían al bosque del Emigrante eran muy poco frecuentados. Por ello cuando vieron a aquella mujer de exuberante cabellera castaña, trotando delante de ellos, se sorprendieron mucho.

La cuadrilla hacía tiempo que había extendido su radio de acción hacia las ciudades del sur de Karmania. Las gentes que siempre habían sido tan confiadas eran ahora muy precavidas. No salían de sus casas si no era en grupo o bajo la protección de alguien competente. Y eso les había complicado a la vida a ellos, pues eran caza recompensas.

Gracias a Zondvarag la suerte estaba de su parte.

Desde que la cuadrilla había dado con un jefe astuto y capaz, sus ingresos habían aumentado mucho. Moander el Rojo, como así se llamaba el cabecilla, había pensado que saquear el centro de las ciudades buscando víctimas para vender en el mercado negro, aunque lo hicieran por las noches, era demasiado arriesgado. Lo único que les abría todo un surtido de posibilidades, además de la piratería de la que nunca había sido demasiado partidario, eran los bosques.

Pero la fama era algo que les perseguía sin cesar. Un par de asaltos en un mismo sitio y ya se corría la voz de que aquel era un lugar peligroso. Así que Moander trasladaba a sus hombres con regularidad a donde nada se supiera de su reputación.

Esta vez no había sido su intención atrincherarse en este bosque perdido de las manos de dios - del suyo claro -. Había pensado atravesarlo para llegar al próximo pueblo, Abalach, y reponer provisiones pues se les había acabado la cerveza y a penas tenían comida. Debido a eso habían levantado tan solo un pequeño campamento en el interior del bosque, lo justo como para abandonarlo cuando quisieran y sin muchas complicaciones.

Entonces, si Zondvarag les ponía por delante aquella oportunidad maravillosa, ¿la iban a rechazar ?. No, claro, eso hubiera sido de mala educación. Que esperase Abalach. De todas maneras la ciudad no iba a moverse de allí.

Moander, habiendo tomado una resolución, dio el alto en seguida a sus hombres. Ya le parecía ver en su mano la recompensa que obtendría por vender a la dama y a su vigorosa montura. Una oportunidad como esa no la tenía todos los día.

Sin embargo, Moander no era tonto y había advertido a primera vista que aquella mujer podía darles muchos problemas. Sus ropas le sugirieron que provenía de un lugar donde las mujeres eran fuertes y se defendían por si solas. Y el hecho de que esta se adentrara sola en el bosque del Emigrante daba confirmación a sus sospechas. También había visto el cayado firmemente sujeto en la silla de montar, lo que significaba que sabía luchar y eso era algo que no debía pasar por alto un cabecilla responsable e inteligente.

Debía estudiar cuál sería la mejor forma de aproximarse a ella.

Moander se sintió orgulloso de sí mismo. ¡Que astuto era !. Sin él, ese atajo de botarates que lo seguían a todas partes no harían nada más que rascarse los pies. Suspiró. Era muy duro y agotador enfrentarse cada día a la simpleza y la ineptitud. ¿ Pero qué podía hacer él ?. Al fin y al cabo este contraste de capacidades le daba seguridad en el mando. Seguridad que sería completa si no hubiera reclutado a ese último, el de la nariz aguileña y ojos de halcón. Ese que según él, había mirado directamente a los ojos del dios de la muerte y había conseguido mantenerse con vida. Sin duda sería una fanfarronada, como tantas otras que se había inventado él.

Ese hombre no acababa de gustarle, no encajaba entre ellos. Tal vez por que era demasiado inteligente. Y su perro...ese maldito animal de afilados colmillos y mirada asesina, siempre estaba poniendo a prueba su autoridad. Cada día que pasaba se sentía más convencido de que debía deshacerse de ellos cuanto antes.

- ¡Eldeban !.- Gritó a uno de sus hombres y apartando de su mente esos pensamientos.- Deja de hacer ese ruido tan molesto o te partiré la cabeza en dos. ¿ Me estás oyendo ?. Me pones los nervios de punta.

- Sí, Jefe.- Contestó el reprendido con voz cascada.- Lo que tu digas, lo que tu digas.

- ¿ Y qué estáis haciendo ahí parados ?.- Gritó enfadado el jefe.- ¡Vamos a perder a la mujer !.

- ¿ La sigo jefe ?.- Quiso saber uno al que le faltaban dos dientes delanteros. Se llamaba Kinno.- ¿ Quieres que yo me encargue de ella ?.

- Síguela, sí, pero de lejos. Y no hagas nada más.- Y añadió acusador.- Si se da cuenta de que la sigues y se nos escapa...vete preparando, porque ni nuestro señor podrá salvarte. De hecho le haría un favor si te matara.

- Si, jefe. - Contestó este amilanado, con voz aflautada. - No se dará cuenta, por mi madre que no.

- ¡Más te vale !.- Dijo Moander.- Vete ya. Y los demás seguidme. He de pensar cómo lo vamos a hacer.

Kinno salió disparado por el camino que había tomado la mujer.

-¿ Cómo vamos a hacer el qué ?.- Preguntó tontamente Eldeban.

- ¡A ti que te parece, imbécil !.- Moander no soportaba esa clase de preguntas. Le hacían perder energías.- Cómo vamos a coger a la mujer. A eso me refiero.

- Yo puedo tirarle una navaja y desmontarla del caballo en menos de lo que tardo en apurar una cerveza.- Dijo un hombre llamado Rondon. Era alto y de cabellos pelirrojos. Su cara tenía un aspecto desagradable.- Será coser y cantar.

- No, no es buena idea.- Negó con la cabeza Moander.

- Mi puntería es buena, jefe.- Insistió el hombre enseñándole el puñal en alto. El sol brilló en el sucio metal.

- Ya lo sé, Rondon. Pero esa mujer no es cualquier cosa.

- Eso es verdad.- El hombre llamado Darrel secundó a Moander con voz seria. Frunció los labios antes de volver a hablar.- Esa mujer esquivaría el puñal como si tal cosa. Está entrenada para eso.

Moander el Rojo lo miró y no le contestó. Ese era el hombre que los sacaba de quicio. Tenía razón pero no quiso darle el gusto de demostrárselo. En vez de eso se volvió hacia Eldeban que volvía a hacer aquellos ruidos endemoniados con la boca. Eran algo así como un chasquido continuado e irritante.

- Eldeban deja de hacer eso y escúchame.- Le ordenó Moander sacando paciencia donde no la tenía. Su mente ideaba un plan rápidamente.- Vamos a subir a allá arriba y necesito que estés tan callado como un muerto. ¿ Oyes ?.¡ Ni un ruidito !.

- Claro, jefe.- Dijo el hombre adoptando una expresión un poco tonta.- ¿ Pero, por qué jefe ?. ¿ Qué vamos a hacer ?.

- Vamos a escondernos, ¿comprendes ?.- Le dijo.- Como aquella vez que robamos cabras. ¿ Te acuerdas de las cabras ?.

- Si, jefe. Me acuerdo de las cabras.- Rió el hombre por lo bajo.- Fue muy divertido. ¿ Nos divertiremos hoy también ?.

- Si, hombre sí.- Moander pensaba ya en otra cosa. - Nos divertiremos.

- ¿ Piensas sorprenderla ?.- Preguntó el hombre de ojos de halcón mientras acariciaba las orejas de su perro desde lo alto del caballo.- ¿ Quieres montar una emboscada ?.

Moander lo miró y se rascó la cabeza.

No necesitaba una segunda opinión pero siempre era bueno saber que pensaban sus hombres, Y sobre todo ese. Le dejaría hablar.

- Sí, eso pienso hacer.- Le confesó.- Primero nos esconderemos y luego saltaremos al camino sorprendiéndola. Cuando se de cuenta tendrá cuatro hombres sujetándolas por las muñecas y los tobillos. No la dejaremos reaccionar.

Darrel, entrecerró sus suspicaces ojos y ensayó una sonrisa torva.

- No lo conseguirás.- Le previno.- No saldrá bien.

Moander se enfureció como cada vez que aquel hombre le cuestionaba la eficacia de sus planes. Lo odió con todas sus fuerzas, más se esforzó en preguntar.

- ¿ Qué sugieres tu ?.- Dijo.- ¿ Acaso se te ocurre algo mejor ?.

- Una lluvia de flechas.- Dijo llanamente y con calma. El tono de su voz era firme pero suave. - Es algo que ya empleé una vez, y funcionó.

- ¿ Y si no damos ni una ?.- Preguntó el jefe burlón.- ¿ Y si nuestros bravos y brillantes hombres no aciertan ni por casualidad ?.

- No. No me refiero a herirlos. - Dijo Darrel negando con la cabeza.- Es la distracción lo importante.- Le explicó.- Si saltáis todos a por ella la tendréis en guardia y no te gustarán los resultados. Y si disparas flechas al aire, la tendrás tan preocupada por ocultarse de ellas que no se dará cuenta de nuestra presencia hasta que sea demasiado tarde. Tampoco así será fácil, pero tendréis más ventajas.

-Uhmm.- Pensó Moander. El plan era bueno. Sí, muy bueno. Hasta tuvo que admitir que superaba al suyo.

Moander sintió miedo de aquel hombre. Siempre se había preguntado por qué se había unido a ellos. Estaba bien demostrado que podía rivalizar con él e incluso que era mejor. Fueren cuales fueren esos motivos, no tendrían que ser buenos ni para él ni para sus hombres.

Lo miró receloso. El perro que acariciaba Darrel le enseñó los dientes y gruñó como si hubiese captado sus pensamientos.

- Lobo, calla.- Le ordenó su dueño. El animal obedeció en seguida y desvió su atención a otra parte.

- Ya veré lo que haremos.- Dijo Moander mientras ponía al trote a su caballo.- Primero veamos qué ha averiguado Kinno.

El jefe de La Cuadrilla del Séptimo fue al encuentro de desdentado hombre seguido de Eldeban , Rondon y Darrel. Y por su puesto del perro, para desgracia suya.

Cuando llegaron a lo alto del camino vieron en seguida a Kinno que había desmontado del caballo. Ya estaba Moander ensayando una maldición cuando su explorador les hizo gestos con las manos advirtiéndoles que no hicieran ruido.

- La mujer se ha parado.- Dijo Darrel con seguridad.

- Eso es evidente.- Saltó Moander molesto por la altanería de aquel. Dio un tirón de las ropas de Eldeban, que estaba su lado y le ordenó que desmontara. Tanto él como Rondon y Darrel hicieron lo mismo.

Llevaron a sus monturas muy despacio y las ocultaron en el mismo lugar que había elegido Kinno para ocultar la suya. Luego el hombre les hizo gestos para que se acercaran y habló al oído de su jefe.

- Está más adelante.- Susurró.- Pero no está sola. Hay un hombre encapuchado con ella.

Moander abrió los ojos como platos y tragó saliva. Si aquel hombre encapuchado era un mago estarían todos perdidos. A él le daba igual si era un mago de Vida o de Muerte. Los magos eran magos y la magia no le gustaba en lo más mínimo. Murmuró algo a su dios, Zondvarag, y luego siguió adelante casi de cuclillas.

Caminaron en aquella incómoda postura durante un rato. Luego el desdentado Kinno se paró, se llevó una mano a los labios y señaló en dirección a un claro que había delante de ellos.

- ¿ La ves, jefe ?.- Le dijo el hombre con su voz aguda y silbante.- Está allí sentada. Y ese otro hombre es el que te decía.

Moander les dirigió una mirada escrutadora y luego suspiró aliviado.

El hombre no era un mago sino un maldito monje adorador de la diosa de la Tierra. El no sabía mucho de monjes pero no tenía que ser un iluminado por los dioses para adivinar que era una presa muy fácil.

Ambos estaban sentados uno junto al otro. Sus caballos estaban sueltos y no habían olido ningún olor que los alertara. Aquella ausencia de viento los beneficiaba enormemente.

Moander sonrió de puro placer. Sería más fácil de lo que había supuesto. Sería como había dicho Rondon, coser y cantar. Además, ahora contaba con un caballo de más. El monje no le servía para nada, lo mataría.

El jefe pidió a todos paciencia. Elegiría el momento de atacar cuando él creyera oportuno. Miró a Darrel. Este asintió y se acercó a él. El perro hizo ademán de seguirle, pero al ver la expresión aterrorizada de Moander, el dueño le indicó con un solo gesto que lo aguardara allí. El perro se sentó y no se movió.

- Será mejor esperar a que se levanten.- Dijo Darrel apenas en un susurro. Añadió luego.- Y no convendría herir a la mujer o nos darán muy poco por ella. Deberíamos disparar a discreción sobre sus cabezas para evitar incidentes.

Moander frunció los labios. Eso ya lo había pensado. No era tan estúpido para saber que una mujer en era más valiosa viva que muerta.

Sin contestarle levantó una mano para llamar la atención de sus hombres.

Eldeban, que ya estaba muy nervioso, comenzó a chascar la boca inconscientemente. Moander le dirigió una mirada asesina y éste, comprendiendo, se quedó más tieso que un palo.

- Preparad los arcos.- Ordenó casi más con un gesto que con palabras.- A una orden mía dispararéis. ¿ Me habéis entendido ?.

Todos asintieron.

El perro ladeó la cabeza y se quedó mirándolo con interés. A él tampoco le gustaba ese hombre.

El tiempo transcurrió lento y pesado. Ni la mujer ni el hombre hacían ademán de levantarse y ellos ya comenzaban a tener tirones en las pantorrillas. Eldeban no aguantaba más y Rondon se impacientaba por momentos. Era un milagro si no se le escapaba ninguna flecha antes de tiempo.

Entonces, cuando estaban todos desesperados, - menos Darrel que parecía tener una paciencia de acero igual que su fastidioso perro - el monje se levantó y la mujer hizo lo mismo casi a la vez. La tensión volvió a la cara de Moander.

Este era el momento que habían esperado.

El jefe de la cuadrilla bajó una mano y sus hombres dispararon.

Las flechas volaron libres sobre las cabezas de los desprevenidos. Aquellos a penas acertaron a moverse. Los vieron mirarse entre ellos asombrados. Moander ya estaba ordenando de nuevo que se cargaran los arcos. Al instante otra carga de flechas salieron por los aires.

La primera lluvia no había dañado a nadie. Una de las flechas no obstante, había parado en un árbol muy cerca del monje. La segunda, sí había hecho blanco aunque por casualidad. El brazo del hombre estaba atravesado de parte a parte. La mujer estaba ilesa.

A una orden de su jefe, la cuadrilla cargó por tercera vez los arcos. Lanzaron las flechas.

La mujer se agachó entonces a atender al herido y estas pasaron muy por encima de su cabeza perdiéndose de nuevo entre la maleza.

- Salgamos.- Dijo Moander levantándose y descubriendo a la mujer la trampa.- ¡A por ellos !.

Rondon y Kinno fueron los primeros en salir. Se lanzaron sobre ellos con ferocidad. Eldeban se cogía las piernas como si fuera un niño pequeño. Le había dado un calambre.

- ¡ Sal ya !.- El jefe por poco lo pateó.- Os necesito a todos.

Eldeban se levantó como pudo y cojeó haciendo constantes muecas de dolor. Su voz era lastimera.

- Ya voy, jefe, ya voy.- Dijo mascullando entre dientes. Luego preguntó estúpidamente.- Y ahora hacemos como con las cabras, ahora los cogemos, ¿no ?.

- ¡Sí, como con las cabras !.- Espetó Moander echando a andar en dirección a sus hombres.- ¡Pero muévete de una vez hombre !.

Darrel salió también de su escondite y llamó al perro a su lado. El animal, que no se había movido para nada, se levantó como impelido por un resorte a una orden de su amo.

- Vamos, Lobo.- Le dijo llamándolo a su lado.

El animal corrió hacia ellos y se quedó quieto a una distancia prudencial.

Khiara se había levantado otra vez al ver que las flechas habían parado y se dispuso a defenderse de sus atacantes. Los caballos habían huido y con Rune habían desaparecido también sus armas, el cayado y el puñal élfico. Estaba completamente a merced de aquellos hombres y Alf estaba herido en el suelo casi inconsciente.

Esta era una situación complicada.

Dos hombres, uno pelirrojo y muy alto y otro de aspecto cómico, corrían hacia ella. No tenía muchas opciones. Con el de cara larguirucha podría sin problemas pero el otro era harina de otro costal.

Khiara miró hacia arriba y buscó un arma improvisada. Una rama de árbol serviría. La arrancó con prisas arañándose las manos al hacerlo y se ayudó con el pie para desprenderla del tronco. Se escuchó un clac y la rama con hojas y todo acabó bajo su poder.

A penas tuvo tiempo de pensar qué hacer porque el hombre al que le faltaban los dientes estaba a dos metros de ella. Khiara se preparó para descargar un golpe. Blandió la rama como si fuera su cayado y asestó al desdentado un fuerte golpe en las rodillas derribándolo al suelo. Al instante el otro, el de cabellos color fuego, arrugó la cara en una fea mueca y se lanzó hacia ella con un puñal en lo alto.

Khiara le golpeó primero en la mano, haciendo que éste saltara por los aires. Luego se vio metida en una lucha cuerpo a cuerpo. Otros dos hombres venían hacia ella y un tercero,...no. Ese no contaba.

El larguirucho se levantó sorprendentemente rápido y aprovechó para golpearla por detrás, en la espalda. No le hizo mucho daño pero la desequilibró. La rama dio en el rostro del pelirrojo y le abrió una brecha en la frente. Ahora era mucho más feo.

La mujer cayó al suelo y se quedó boca arriba con la rama en ristre.

El hombre de cabellos rojos estaba muy enfurecido y se limpió la sangre del rostro con ferocidad. Con un movimiento enérgico Khiara rodó por el suelo a tiempo de esquivar el puñal de su agresor que quedó clavado en suelo justo en el sitio que ella acababa de ocupar.

-Ahgrrr.- Rugió el hombre tirando del arma apresada en el suelo.- Esta vez no fallaré.

Pero la mujer no tenía intención de darle una segunda oportunidad, así que cuando este se agachó a recogerlo, ella se incorporó de un salto y descargó la rama de árbol sobre su espalda con todas sus fuerzas. Se oyó un crujido y el hombre cayó inconsciente al suelo.

Khiara miró la rama partida en dos. Ahora tenía dos palos.

Los dos hombres que venían a lo lejos pronto llegarían hasta ella. Miró hacia los lados. No tenía ninguna posibilidad de escapar. Tendría que seguir luchando. Decidida, dio una patada hacia atrás acertando en el estómago del sorprendido larguirucho, quien se dobló dolorido por el golpe. La mujer ni siquiera se molestó en rematarlo pues ya tenía a un formidable oponente frente a ella. Este era un hombre no muy alto pero fornido y de brazos anchos y musculosos. Una barba espesa y oscura le cubría el rostro. Unos ojos astutos la miraron con el convencimiento de que ella pronto sería su presa. El barbudo atacante se lanzó a la carrera hacia ella.

Khiara se agachó y el hombre le pasó por encima dándole la espalda. Ella, viendo la oportunidad, tiró la rama partida y se lanzó sobre él agarrándose desesperadamente a su cuello y dispuesta a ahogarlo. Sabía que aquello era lo único que podía hacer con un hombre de semejante corpulencia y estando desarmada.

El hombre tenía un cuello de toro y el apretón estaba resultando muy lentamente. Cuando la mujer empezó a sentir que su víctima estaba respirando con dificultad, un repentino golpe en un hombro la derribó al suelo. El dolor fue cortante y paralizador.

Khiara había cometido un error al descuidar al último hombre.

Ahora, tendida en el suelo y malherida, vio como sus posibilidades se esfumaban. Apenas tuvo tiempo de ver de cerca la cara de aquel otro porque en seguida se interpusieron en su visión unos aterradores y afilados colmillos que la amenazaron con la muerte al menor movimiento.

Khiara se quedó quieta y fijó su vista en el perro. El animal le devolvió la mirada impertérrito. Intuía que era más poderoso que ella y se lo estaba haciendo saber.

- Lobo.- Dijo una voz firme.- Vigila.

El animal no se movió ni un ápice en su postura. Sin embargo Khiara sabía que el perro había entendido perfectamente la orden de su amo. Ella tampoco se movió. Conocía muchas historias de perros asesinos como ese.

- Coge al monje.- Oyó decir a otra voz. Probablemente la del hombre barbudo. - Y tu, ve a por los caballos.

La mujer sintió cómo los hombres a los que ella había herido o golpeado, comenzaban a levantarse. Maldijo una vez más para sus adentros por haber sido tan incauta. Ahora tanto su vida como la del monje iban a depender de aquellos maleantes.

Los hombres estaban ya todos de pie. El pelirrojo al que la sangre le cubría parcialmente la cara y que era el único que entraba en su campo de visión, parecía realmente cabreado. El la miró con odio y luego escupió al suelo muy fastidiado. No soportaba que una mujer lo hubiera dejado por unos momentos fuera de combate.

Entonces, oyó muy cerca de ella el sonido de unos saltitos torpes. Estupendo, se dijo Khiara, el cojo ya había llegado.

- ¡Ya es nuestra !.- Exclamó este último dando gritos incontrolados.- ¡Ya es nuestra !.

- ¡Pues no será por ti, pedazo de botarate !.- Gruñó el de las barbas. Debía de ser el jefe, a juzgar por el tono de voz autoritario que empleaba.- Eres más inútil que mi abuela. ¡Y deja de cojear o te partiré las piernas !.

- Sí, jefe.- Contestó el otro apoyando la pierna dolorida en el suelo y haciendo una mueca estúpida.- Lo que tu digas jefe, lo que tu digas.

- Bien.- El jefe desvió su atención a otra parte.- ¡Kinno !.- Llamó mirando a tras. Khiara no pudo ver nada. No se atrevía a mover ni el cuello para no provocar al perro que no había apartado los ojos de ella ni un momento.- ¿ Traes ya al monje o tengo que ir yo personalmente a traerlo ?.

- Ya voy jefe.- Contestó una voz aflautada.- Es que pesa mucho el condenado.- Se quejó.

- ¡Tu si que vas a estar condenado si no te das prisa !.- replicó.

- Sí, jefe. Ya lo traigo.

- Darrel.- Llamó a otro de sus hombres. Khiara observó que el tono que empleaba con este era distinto.- Espera. Antes de ir a por los caballos quita a tu perro de en medio.- Le dijo.- No pienso acercarme a la mujer hasta que esta bestia salvaje desaparezca de mi vista.

- Como quieras, Moander.- Le contestó el interpelado.- Yo ataré a la mujer si eso es lo que quieres.

- Sí, hazlo.- Dijo el jefe en tono seco.- Y date prisa.

Khiara vio como el hombre de las barbas negras, a quien el dueño del perro había llamado Moander, se marchaba de su lado seguido del pelirrojo. Ella esperó pacientemente a que aquellos hombres ultimaran los detalles del secuestro. Por que aquello era un secuestro o la habrían matado ya. ¿ O tal vez era un simple robo ?. No, no era probable.

Entonces una sombra se movió a su alrededor.

Khiara tensó los músculos de su cuerpo y se puso alerta.

- Lobo, vete.- Dijo la voz del hombre terriblemente cerca.

El animal descansó en su postura y se marchó alegremente moviendo el rabo y feliz por haber cumplido perfectamente la orden de su amo.

Unas manos la cogieron por las manos y le enredaron una cuerda en las muñecas antes de que ella pudiera ni siquiera parpadear. Khiara forcejeó e hizo ademán de levantarse del suelo.

- Quédate quieta.- El hombre terminó de atar la cuerda y se pudo en frente de ella antes de volver a hablar.- No me des problemas y no tendré que hacerte daño.- Dijo sin levantar la voz.

Los ojos de Khiara llamearon. El hombre no la miraba.

- ¿ Quién sois ?.- Le preguntó ella.- ¿ Y qué queréis de nosotros ?.

- Eso no te importa.- Contestó él secamente.

- Si queréis dinero, os daremos todo lo que tenemos.- Siguió ella.

- Cállate.- Le ordenó dando los últimos tirones a la cuerda para asegurarse de que estaba firmemente sujeta.

Entonces él la miró a los ojos.

Khiara se enfrentó a una mirada fría y sin emoción. El rostro del hombre que era casi atractivo daba sin embargo resquemor debido a aquella nariz de aspecto aguileño. Y aquellos ojos verdes eran inquietantemente peligrosos y ocultaban una gran inteligencia. Esta era una peligrosa combinación para alguien de su condición.

- ¿ Qué vais a hacer con nosotros ?.- Quiso saber, tozuda.- Tengo derecho a saber...

- Cállate te he dicho.- Repitió más duramente.- Ahora has perdido todos tus derechos. Limítate a obedecer y no hagas más preguntas.

La mujer frunció las cejas y sacudió furiosa su larga cabellera. Aquella actitud era intolerable.

- ¿Y qué pasa si no quiero obedecer?.- Le retó.- ¿Es que acaso piensas matarme ?.

El hombre se enfrentó a la mirada llameante de la mujer nómada con todo el aplomo del mundo. Su tono de voz no cambió en absoluto.

- No.- Dijo tirando de ella para que comenzara a caminar.- Pero puedo hacer que las cosas sean más difíciles para ti y para tu amigo. Y ahora silencio.

Khiara se acordó de Alf. Lo buscó con la mirada ahora que ya estaba de pie. No tardó en dar con él. El clérigo estaba cubierto de sudor. Con los ojos semi cerrados, se dejaba arrastrar por el hombre larguirucho sin oponer resistencia. Su brazo herido estaba cubierto de sangre y presentaba un feo aspecto. La flecha, aún clavada en el brazo, lo atravesaba de medio a medio.

Alf murmuró algo entre sus labios temblorosos. Moander, que estaba al otro lado, le dio un golpe en las costillas. El clérigo se quejó de dolor y cayó de rodillas sin fuerzas.

- Si le ocurre algo a ese monje,- empezó ella sin apartar la mirada de la escena que estaba teniendo lugar - os lo haré pagar muy caro.

Su apresor no contestó. Tiró de ella haciéndola caminar más de prisa hasta llegar al grupo. Cuando llegaron allí, Khiara se agachó para ayudar al clérigo. El hombre que aún sujetaba la cuerda no se lo impidió.

- ¿ Estás bien Alf ?.- Le preguntó preocupada ella.- ¿ Puedes caminar ?.

El clérigo la miró con ojos vidriosos. El dolor tenía que ser muy fuerte.

- Creo... que podré hacerlo.- Contestó él a penas inteligiblemente.

- Está bien. Intentaré permanecer a tu lado.- Dijo ella muy bajito.- Esta gente es peligrosa. No intentes nada.

Alf se preguntó en su mente si la mujer estaba en sus cabales. Un dolor sordo y enloquecedor le corría por todo el brazo y se extendía por su pecho impidiéndole respirar con normalidad. Le habían atado también las manos y no le quedaban fuerzas ni para sostener los ojos abiertos. ¿Qué se creía que podía hacer en semejantes circunstancias además de desmayarse ?.

Khiara intuyó lo que pensaba el clérigo nada más haber pronunciado aquellas palabras. Hubiera sonreído de haberse encontrado con diferentes perspectivas. En verdad, Alf era un monje al fin y al cabo .

Moander tiró de las ataduras del clérigo sin delicadezas.

- ¡Ya está bien de tanto parloteo !.- Dijo poniéndolo en pie y empujándolo hacia adelante.- Andando. Ya hemos estado aquí demasiado tiempo.

El hombre de ojos de halcón entregó la custodia de la mujer a Moander.

- Voy por los caballos.- Dijo. Y se alejó de ellos.

Khiara lo vio marchar y perderse entre los árboles en busca de los animales. El perro que parecía hacer desaparecido, salió de repente a su lado trotando a su alrededor. La mano del hombre lo acarició en el hocico cuando este rozó sus piernas.

- ¿ Le esperamos jefe ?.- Preguntó el desdentado con voz aguda.

- No.- Negó rotundamente él.- Nos vamos sin él. Ya sabe dónde encontrarnos.

La Cuadrilla de los Siete, a excepción de su último integrante, salieron camino del campamento que habían levantado en el interior del bosque.

Moander los llevó a paso rápido por los caminos que cada vez eran más tortuosos y estrechos. Khiara procuró caminar al lado de Alf todo el tiempo que pudo, como si su propia presencia pudiera tranquilizar al clérigo.

En menos de un abrir y cerrar de ojos el claro del bosque quedó desierto por completo. Nadie hubiera imaginado lo que allí acababa de ocurrir. No habían quedado rastros de ellos. Tan solo un pequeño charco de sangre que la tierra se estaba encargando de hacer desaparecer también.

En unos instantes ya no quedaría ni eso.






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Guerreros del Ocaso - Cap 05



CAPITULO 5

AGUAS TURBULENTAS.


Casi había caído la noche cuando llegaron al río. El sol-luna se había puesto hacía rato, mientras el más brillante se encaminaba derecho al horizonte. Las aguas eran brillantes y frescas. Les hizo bien remojar las heridas. También se dieron un breve chapuzón, pero en la orilla, con mucho cuidado. La corriente era fuerte, y el río ganaba profundidad muy pronto. Nicolás se quitó la camisa, y en un momento estaba en el agua. Christine, por su parte, se metió vestida, y cuando le tocó salir, pidió a Nicolás que se volviese de espaldas un momento mientras se quitaba la blusa y la retorcía para escurrirle el agua. A pesar de sus esfuerzos, la prenda se le seguía quedando adherida al cuerpo, y aunque llevaba debajo puesto sujetador, le daba vergüenza que se resaltasen de ese modo sus formas. De todos modos no había mucho más que pudiese hacer para remediarlo. Indicó al chico que podía darse la vuelta, y enrojeció cuando este lanzó una fugaz mirada a la zona que ella se había esforzado por disimular. La blusa era bastante opaca, pero se empeñaba en quedarse pegada. Gracias a Dios, él parecía también azorado, y cuidó mucho de mirarla directamente a los ojos cuando le hablaba... al menos hasta que la prenda estuvo de nuevo seca.

Se sentaron en unas piedras pequeñas para recuperar sus posesiones. Nicolás había dejado allí su linterna y su navaja, mientras ella había soltado un pañuelo que envolvía el puñal, recuperado tras el encuentro con la serpiente, una caja de cerillas, un rollo de cordel, y un llavero con la forma de águila con las alas extendidas, del que pendían dos llaves. También había un tirachinas de metal, pequeño, como si hubiera sido hecho para un niño de ocho años, con una banda de goma elástica rematada en una cazoleta de cuero.

-- ¿Para cazar? –preguntó Nicolás de broma, examinando el objeto, pero ella asintió con expresión grave.

-- Es más útil de lo que piensas –dijo tomándolo en sus propias manos, y balanceando la cazoleta como un péndulo.

-- Apenas tendrá fuerza. Parece un juguete.

Ella en lugar de contestar, buscó a su alrededor, hasta encontrar una pequeña piedra irregular entre la arena. La montó en el arma, y estiró la goma, apuntando a un árbol solitario a unos cinco metros. Disparó, y el proyectil salió despedido con suficiente violencia como para aterrizar treinta metros más allá de su objetivo. Por desgracia, pasó a un metro a la derecha de este. Christine se encogió de hombros.

-- Es difícil dirigir el tiro con una piedra que tiene lados planos.

-- ¿Y con qué sueles tirar? –inquirió el chico divertido.

Ella se desabrochó el botón superior de la camiseta, y Nicolás enrojeció como un tomate. Un cordón de cuero negro pendía de su cuello, y atado a él, había un saquito también de cuero negro. La chica extrajo este, y lo vació sobre su mano, mostrando tres esferas metálicas de un centímetro y medio de diámetro.

-- Son muy precisas –dijo ella, mirándolas en su palma abierta-. Con una de estas no hubiera fallado.

Nicolás cogió una de las canicas en su mano, y la notó cálida, pesada. La imaginó saliendo despedida veloz del tirachinas, y supuso que la chica tenía razón, pero por alguna razón, aquel le seguía pareciendo un juguete de niños.

Ella guardó de nuevo las esferas y abrochó el botón de su blusa. Nicolás se sintió mejor. No sabía qué había imaginado cuando ella lo había abierto. Una tontería, sin duda alguna, un pensamiento infundado que de pronto se le había colado sin querer... algo así, tal vez, como le había ocurrido a ella poco antes. Sólo que él lo había imaginado porque... porque quizá dentro de él había ahora alguien más, empujando al niño que siempre había sido fuera de su lugar.

No quería pensar en ello, y se alegró cuando la sucia y ajada prenda se cerró de nuevo sobre su piel blanca.

-- ¿Són las llaves de tu casa? –preguntó tras un rato de silencio, señalando el llavero.

Christine parecía hipnotizada, viendo balancearse la goma delante de sus ojos. Cuando escuchó la pregunta, bajó el tirachinas, y dirigió la mirada al horizonte, como si recordara el pasado. El sol casi se había puesto. El fulgor rojizo reflejaba en sus ojos dándole una tonalidad dorada.

-- Lo son –dijo en un murmullo, y tras una prolongada reflexión, añadió, casi con desdén-. La verdad es que no sé por qué las conservo.

-- No es malo querer volver a casa.

Ella lo miró por un momento, antes de regresar su mirada al sol poniente.

-- Pero yo no quiero volver –su voz fue casi inaudible, pero Nicolás dio un respingo.

-- ¿Qué no quieres volver? –preguntó-. ¿Por qué? –cuando no obtuvo respuesta, siguió-, después de todo, aquel es tu hogar. Tendrás a gente preocupados por...

-- ¡No quiero volver, y punto! –exclamó ella, levantándose de su asiento, y caminando unos pasos en dirección al árbol al que había apuntado hacía un momento. Sus ramas estaban en su mayoría muertas, a pesar de algún pequeño brote que había nacido del tronco principal.

Nicolás se levantó y dio unos tímidos pasos en dirección a ella. La chica no se volvió.

-- Quizá no tienes familia –probó en voz baja-. ¿Han muerto tus padres?

Christine alzó la cabeza al cielo, y resopló como si se riera de la idea. Seguidamente, partió de un tirón una rama seca, y comenzó a hacerla pedazos pequeños.

-- Como si lo estuvieran –dijo en voz baja-. ¿Y sabes qué?. Me alegro de estar en este desierto.

-- Es broma, ¿verdad? –preguntó él, con el corazón encogido, aunque sabía que no lo era.

-- ¡No, maldita sea!, no es una jodida broma. Y ahora déjame, ¿vale?

El chico creyó oír como intentaba decir algo más, pero no podía. Aunque no comprendía muy bien lo que pasaba, hizo lo que le pedía, y se volvió para comenzar a recoger leña por su propio lado.

Christine se quedó allí, descargando su furia en la madera, sintiendo como los ojos le escocían, otra vez, y sintiendo más furia hacia sí misma por ello. Era como si una parte de sí misma quisiera seguir para siempre sufriendo por lo mismo. Escuchaba al chico partiendo leña a cierta distancia, despacio. Hubiera deseado que no se volviera. Hubiera querido que se quedara allí, que se acercara, que la girara y que escuchase en silencio hasta que ella se hubiese cansado de insultarlo sin motivo y de gritarle que la dejase sola. Hubiera querido que a pesar de todo no se hubiese marchado, que la hubiese abrazado fuerte, y que la hubiese seguido apretando contra él hasta que su llanto hubiese cesado.

¡Pero qué mierda esperas!, se dijo, sorbiendo por la nariz la humedad que sentía, es sólo un níño... sólo un niño.


¿Y qué soy yo?, se preguntó un momento después, pero no logró encontrar ninguna respuesta.



En silencio se volvieron a encontrar junto a las piedras en las que habían estado sentados. El sol se había puesto del todo, y el frío comenzaba a hacerse sentir. Habían estado apilando leña varias veces, aunque no se habían cruzado ninguna de estas. Ahora tenían un montón más que suficiente para hacer frente a la temperatura hasta que el sol volviese a salir. Juntaron algunas ramas delgadas, y sobre estas hicieron un armazón de troncos más gruesos. Christine buscó entonces la caja de las cerillas y encendió una para aplicarla a la base. En breves segundos, las llamas estaban consumiendo la paja, y comenzaban a lamer ansiosas los troncos superiores. Las sombras retrocedieron unos metros, reticentes, como valerosos soldados que se negaran a abandonar el campo de batalla al enemigo.

Se sentaron junto a la lumbre. No tenían el fuego entre ellos, pero aún así los separaba aproximadamente un metro. Nicolás tenía sus ojos perdidos en las llamas. No había pronunciado palabra desde que ella se exaltara anteriormente, y Christine era consciente de que tenía que romper el silencio... de algún modo, diciendo cualquier cosa. De pronto no hizo falta que dijese nada. Su estómago, hastiado de beber agua, lanzó al silencio nocturno un prolongado gruñido que no se detuvo cuando ella se apretó el vientre.

-- Tengo hambre –dijo en voz baja, agradeciendo el brillo rojo de la fogata, que sin duda disimularía el explosivo rubor de su rostro.

El chico rió con un sonido musical.

-- Creo que yo también –convino, sujetándose su propio estómago, aunque ella no escuchó ningún gruñido.

Rieron juntos un momento, pero el silencio volvió al cabo, pastoso, y un poco incómodo.

-- De todos modos es más fácil sobrevivir al hambre –musitó Christine, y el chico asintió con la cabeza, sonriendo vagamente al fuego.

Ella sabía que estaba eludiendo la cuestión. De algún modo, más tarde o más temprano, acabarían hablando de lo que había pasado. No quería, pero al mismo tiempo necesitaba que llegara ese momento.

-- Nicolás –dijo, y él levantó sus ojos para mirarla-. ¿Cómo llegaste a este mundo?

-- Vi un árbol brillar –contestó sencillamente, cogiendo un largo palo de la pila de leña, y examinándolo lenta y detenidamente.

-- ¿Cómo dices? –el rostro de Christine reflejaba extrañeza. Nicolás casi la imaginó como un personaje de cómic, con un inmenso signo de interrogación dibujado sobre su cabeza.

-- Estaba de vacaciones de navidad –comenzó su historia, mientras removía con su palo las brasas, hasta hacer arder su extremo-. Yo insistí en salir de excursión al bosque. Estábamos paseando mis padres y yo –Nicolás sintió como la mención de sus padres despertaba recuerdos nostálgicos. Se dio cuenta de que apenas había pensado en ellos desde que comenzó a atravesar el desierto. La verdad es que apenas había pensado en nada que no fuera sobrevivir. Ahora lo hizo. Se preguntó qué habría seguido ocurriendo en su mundo. Habían pasado días. ¿Qué habían hecho sus padres durante todo ese tiempo?. Supuso que mucha gente había estado buscándolo por el bosque, no sólo donde él había desaparecido. Se extenderían por todas partes porque, por supuesto, allí no lo encontrarían. Quizá con un poco de suerte, alguien tocase el mismo tronco que él y desapareciera. Si eso ocurría, los científicos tendrían mucho de lo que hablar, pero también significaría que alguien más estaría en ese desierto buscándolo. Era una posibilidad. Muy vaga, pero una posibilidad a fin de cuentas. Repentinamente se rió con amargura al pensar que el antiguo año había acabado ya, y que en algún momento, mientras vagaban medio muertos por el desierto, había nacido mil novecientos noventiocho. Esas serían, sin duda, las Navidades más tristes que sus padres hubiesen pasado nunca. ¿Qué estarían haciendo ahora, mientras él se calentaba en aquel fuego?, ¿qué estaría pasando por sus cabezas?, ¿lo habrían dado por muerto?

Christine respetó sus cavilaciones, sin decir nada. Nicolás se fue dando cuenta de que había dejado la historia por la mitad. La continuó con la voz apagada.

-- Mientras caminábamos por el bosque, yo vi algo brillar. Me separé, y fui a ver qué era. Para eso tuve que entrar en una maraña de arbustos muy cerrados que no dejaban pasar la luz a su interior. Comprobé que era el tronco de un árbol el que brillaba –el chico extrajo el palo del fuego, y acercó a sus ojos la llama prendida a él. Luego lo volvió a dejar caer y golpeó suavemente las ascuas. Una lluvia de chispas se levantaron en la noche, como pequeños fuegos artificiales-. Aquel tronco brillaba como si su superficie fuera de nácar, como esas conchas que a veces te encuentras en la playa, y que cuando les da el sol brillan con los colores del arco iris.

-- Nunca he visto el mar –murmuró ella, notando como su tono tomaba una cualidad nostálgica que no había pretendido.

-- Cuando toqué aquella madera, me sentí mal, mareado. Me pareció que me dejaban caer desde un cuarto piso. Salí corriendo de allí, pero fuera del arbusto ya no estaba el bosque –Nicolás guardó silencio un momento recordando aquel instante, y toda la maraña de pensamientos que lo había inundado en aquellos primeros minutos. Había sido... tan... confuso. Pensó que si alguna vez tuviera que describir lo que había sentido entonces, sería incapaz de hacerlo-. Supongo que eso es todo –finalizó-. Encontré algunos árboles muertos. A mi alrededor sólo había arena, así que empecé a caminar.

Terminada la historia, el chico se levantó para coger una nueva carga de troncos partidos, que distribuyó lentamente sobre las llamas. Las pocas ocasiones en que habían ido de acampada sus padres, su hermano y él, jamás había podido hacerse cargo del fuego. Era como si no lo encontraran preparado para hacerlo, o temieran que se le ocurriese sentarse sobre las llamas, o cualquier otra tontería peligrosa de niños. Un extraño pensamiento, demasiado maduro quizá, cruzó por su mente para ofrecerle la respuesta tan largamente buscada a esta cuestión. No era nada de esto. Era sólo que ellos habían olvidado cuando tenían trece años. No recordaban que con esa edad, e incluso antes, un niño ya no es tan niño.

Recuperó su lugar junto al fuego, que ahora iluminaba más espacio. Las llamas bailaban sobre el rostro de Christine, confiriéndole una apariencia fantasmagórica.

-- El árbol –murmuró.

-- ¿También tú lo viste?.

Ella asintió. Dejó que sus pensamientos se ordenaran antes de comenzar a hablar.

-- Vivo cerca de un bosque –dijo, y enseguida rectificó-. Vivía en una casa, cerca del bosque, pero también cerca de una ciudad. Podía ir todos los días al colegio en un trayecto de media hora en coche. Los fines de semana, a veces me iba de acampada con la tienda de campaña, algunas cosas en la mochila, el saco de dormir...

-- ¿Tú sola? –la interrumpió el chico con asombro. Enseguida temió haberla enfadado al haber cortado su historia. Ella no pareció darse cuenta, o puede que no le importase. Sus ojos estaban clavados en las llamas.

-- Yo sola –afirmó-. No necesitaba a nadie más. Me gustaba pasar tiempo en el bosque, quizá... –dudó unos segundos antes de continuar. Nicolás temió que se arrepintiera de haber empezado su historia-. Quizá porque odiaba estar en casa –continuó al cabo-. Odiaba estar entre aquellas paredes, a pesar de los lujos, a pesar de... a pesar de todo... El último día del año no tenía ganas de pasarlo allí –Nicolás frunció el ceño sin darse cuenta-. Cogí las cosas y me fui al bosque. Me adentré en la zona más profunda, donde nadie pudiera encontrarme, y allí monté la tienda de campaña. Di algunas vueltas, exploré un poco, y cuando fue a anochecer, decidí no usar la tienda.

-- ¿Qué...? –comenzó el chico. Ella lo detuvo con un gesto. Sonrió un poco.

-- No puedo explicar por qué decidí eso. Fue una mezcla de rabia, de rebeldía... y de algo más. La tienda... me la habían regalado mis padres. No tenía ganas de dormir en ella. La había utilizado decenas de veces, pero fue esa noche cuando decidí dejarla de lado. Cogí el saco de dormir y la cantimplora y, como había comido, lo que sobró lo guardé dentro de la tienda, para protegerlo de animales nocturnos. Yo por mi parte, me alejé unos cuantos metros, hasta encontrar un lugar que me gustó. Había un árbol alto y frondoso. Recuerdo que no reconocí haber visto antes otro igual, a pesar de todas las veces que había dormido en el bosque. También recuerdo que en ese momento no me importó lo más mínimo. Mis pensamientos estaban ocupados en otras cosas. Sus ramas podían protegerme del rocío de madrugada, y bajo él se estaba bien. Con eso bastaba. Me sentía una criatura de la noche –su rostro se iluminó mientras hablaba-. No lo puedo explicar muy bien, era como darte cuenta de pronto de que sigues viva. No sabía que hora era. Había dejado el reloj en mi cuarto, pero me parecía que faltaba muy poco para que en el resto del mundo todos estuvieran celebrando el año nuevo. Yo, sin embargo, estaba en la naturaleza, entre plantas y animales... seres a los que no les importaba qué día era, y qué hacían los demás en ese día. Me sentí bien, como si no necesitara formar parte de su sociedad. Me quedé dormida al pie de aquel árbol. Lo último que recuerdo de aquella noche es que mi cabeza reposaba junto a sus raíces, y que mi mano se quedó apoyada allí. Cuando desperté... bueno, supongo que el resto de la historia es igual que el tuyo. Me encontré en medio de ninguna parte, sólo con lo que había traído. Gracias a Dios, la cantimplora había estado conmigo esa noche.

-- Eso nos ha salvado la vida a los dos –afirmó Nicolás-. Pero hay algo que no acabo de comprender. Dices que eso ocurrió el último día del año –ella asintió-. ¿Cuánto tiempo caminaste desde que llegaste hasta encontrarme?

Christine se encogió de hombros.
-- No puedo decirlo con seguridad –contestó-. Los soles no corren a la misma velocidad que en nuestro mundo y la...

-- Pero una idea aproximada –pidió el chico, impaciente.

-- No sé... por lo menos tres o cuatro días.

-- ¿Cómo mínimo? –ella asintió, y el rostro de Nicolás se ensombreció.

-- ¿Qué ocurre?

-- No me encaja –sentenció el chico con expresión grave-. Yo llegué aquí la víspera de Navidad y tú una semana más tarde, así que supongo que yo llevaba caminando por el desierto una semana cuando llegaste tú. Y tardaste unos cuatro días más hasta encontrarme. Eso es un mínimo de diez días sin beber agua. No creo que nadie hubiera podido resistir tanto tiempo. No en estas condiciones –reflexionó un poco más, y acabó añadiendo en voz baja-, ni en ninguna otra.

Christine asintió. Nicolás tenía razón, pero no encontraba el fallo en el razonamiento. En el mejor de los casos, y con toda seguridad, entre Navidad y Año Nuevo habían pasado siete días. Ya eso era demasiado, inaceptable. Sin agua y en condiciones de calor extremas un niño no hubiera podido sobrevivir más de tres, cuatro... como mucho cinco días. Nicolás había demostrado estar hecho de otra materia... pero incluso así.

-- Quizá no solo se viaja en el espacio –propuso él-. A lo mejor también nos hemos movido en el tiempo.

-- ¿Te refieres a que, aunque hayamos partido en fechas distintas, hayamos llegado aquí a la vez?

-- Supongo –Nicolás se encogió de hombros-. Bueno, qué más da.

Ella lo miró con asombro.

-- ¿Qué quiere decir “qué más da”? –preguntó notando como un asomo de rabia aparecía en su tono. Lo aplastó con el pié antes de que se adueñara de su voz.

-- Bueno, no creo que logremos saber la verdad aquí –contestó, apoyando su cabeza sobre las rodillas, que tenía pegadas al cuerpo-. Además, creo que en un mundo donde se viaja tocando árboles y donde las serpientes salen de la arena, el que el tiempo tampoco sea fijo, no es gran cosa.

Christine se rió del razonamiento.

-- Tienes algo de razón –dijo-. Pero me extraña lo poco que te interesa encontrar explicaciones. Es como si lo aceptases sin titubeos. “Es así, porque en este mundo todo es distinto”. No me parece la mejor forma de afrontar lo desconocido.

-- Estamos en blanco –se defendió el chico-. No podemos saber por qué ocurren las cosas. Las piedras no hablan.

La chica sintió como, a su pesar, empezaba a perder la paciencia. Intentó olvidarse del tema. Él tenía razón; un poco, al menos, pero por su naturaleza, ella no podía aceptarlo sin más y tenderse a dormir. Nicolás había descubierto algo peculiar. Algo muy peculiar, y justo después de decirlo, sus siguientes palabras eran para quitarle importancia. Puede que él se quedase tranquilo, pero a ella le crispaba los nervios el que las cosas sucediesen sin explicación. Y le crispaba que a los demás eso no les pareciese importante.

Guardó silencio, por no provocar una discusión sobre un tema que no hubiera tenido nada que ver con el original. Si hubiese hablado habría sido para acusar a Nicolás de conformista. Lo hubiera impelido a que diera más importancia a esas cosas, y posiblemente hubiese perdido los nervios mientras hablaba.

Por eso hubo silencio hasta que el propio Nicolás lo rompió, y sus palabras hicieron olvidar a la chica todo lo que había estado pensando.

-- Grande –murmuró él, aún con su cabeza apoyada, y sus ojos perdidos en el fulgor rojizo de las ascuas-, azul. Da algo de miedo la primera vez que lo ves. Tanta agua junta... Tú estás en la arena, y miras hacia delante, pero no hay nada hasta el horizonte. Se parece un poco al desierto cuando el viento mueve las nubes de arena de un lugar a otro... y también es distinto. El mar brilla. Refleja el sol en millares de puntitos luminosos, como si fuera un diamante siempre moviéndose. Cuando es de noche, y hay luna llena, parece que el agua se transformase en plata –levantó la mirada para dirigirla a ella-. Es muy bonito. Deberías verlo en cuanto tengas oportunidad.

Ella no dijo nada. Nicolás la miró fijamente, pero no lograba, aunque lo intentaba, distinguir sus rasgos. Había estado mirando al fuego demasiado tiempo, y este había dejado manchas luminosas en su retina.

-- ¿Christine? –murmuró.

Ella se levantó despacio, en silencio, y se situó al otro lado del fuego. Allí se sentó en la arena.

-- Tengo sueño –dijo, y el chico le notó la voz quebrada, como si un profundo cansancio apenas la dejara hablar-. Creo que voy a dormir un poco.

Nicolás calló un momento antes de desearle buenas noches tímidamente. Ella ya no contestó. Sólo se tendió, de espaldas al fuego y a él. Permaneció mirándola largo rato, pensando qué era lo que había dicho equivocadamente. La miró hasta que su respiración se hizo regular, y hasta que el fuego se hubo casi apagado. Echó una nueva carga de leña sobre las cenizas de las anteriores, y se acostó en su propio lado de la fogata. Cuando se quedó dormido, mucho más tarde, no sabía aún si había cometido algún error.


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Nicolás despertó de un agradable sueño en el que su madre había estado cocinando para él. Ella había estado allí, preparando toda clase de exquisitos manjares, primero carne, luego tortilla de patatas, más tarde espaguetis, y finalmente, unos suculentos filetes de pescado. Salió del sueño, sin haber podido probar nada, aún con el agradable olor del pescado friéndose en la sartén. ¡Lo que hubiera dado por atrapar algo de todo aquello!. Sin embargo Rosa no había dejado de repetir, con su sonrisa prendida en los labios, que esperase para que no se le quitase el apetito. Luego almorzarían todos juntos. Nicolás había tratado de explicarle. Le había dicho que hacía una semana que no comía, y que había estado caminando por el desierto. Que, por favor, le dejase comer algo antes de almorzar. Su estómago, para darle la razón, no había parado de gruñir todo el tiempo, pero su madre había hecho oídos sordos a los ruidos, y a las explicaciones del chico, sin dejar de repetir que esperase un poco. En unos minutos todo estaría listo y entonces...

Y entonces, ¡maldición!, despertó.

Se levantó frotándose los ojos, oyendo el río a su lado, y aún con el maravilloso olor de su sueño prendido en su nariz.

-- ¡Vaya, ya te has despertado! –dijo una voz jovial a sus espaldas-. Estupendo. El sol ha salido hace ya horas. Pensabas que te quedarías aquí para hibernar.

Nicolás se volvió para dar los buenos días a la chica, y los ojos casi se le salieron de sus órbitas.

Ella estaba allí, con una sonrisa cálida y luminosa, con las mangas de su blusa recogidas hasta el codo, junto a otro fuego que había encendido a unos metros de donde ellos habían estado durmiendo esa noche, y en ese fuego... ¡Oh, Dios, oh, Cielo Santo, oh, todos los espíritus bienhechores que habitaban el mundo... cualquier mundo!... En aquel fuego se estaban asando varios peces, prendidos de varillas verdes de madera. No pudo apartar los ojos, desmesuradamente abiertos, de allí, por temor a que un simple parpadeo acabara con el espejismo.

-- Pensé que tendrías hambre –continuó ella, invitándolo con un gesto a que se acercara al fuego-. He estado preparando el desayuno, pero no he comido nada aún. Te estaba esperando.

Aquello no era real. ¡Dios!, no podía ser real. Nicolás estaba seguro de seguir soñando. Sencillamente había pasado de un sueño bonito a otro maravilloso. No podía ser cierto.

Su boca se deshacía en líquidos. Sueño o no, se lanzó hacia delante, y Christine le tendió uno de los pescados que ya estaban cocinados, envueltos en varias hojas de los escasos árboles vivos por los alrededores. El chico casi había empezado a devorarlo, pero hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para esperar unos segundos más.

-- ¿No has comido nada aún? –preguntó, con el bocado a un palmo de su boca.

Ella negó, sonriendo aún, y cogió otro de los peces, asimismo envuelto en hojas verdes.

-- Es de mala educación empezar a comer sin esperar al resto de la familia –explicó-, y perdidos en este desierto, creo que las circunstancias nos hacen ser algo así como familia.

-- ¿Me has estado esperando para comer? –inquirió Nic, aturdido.

-- Si –asintió Christine, acercando el pescado a sus labios. Se disponía a dar el primer mordisco, pero antes añadió-, aunque si no te hubieses despertado tú solo, en unos dos o tres minutos más te hubieses despertado nadando en medio del río.

Nicolás se echó a reír, mientras ella empezaba a comer. Fueron tan explícitos sus gestos de deleite, que las risas se cortaron, como si en su pecho se hubiese cerrado el grifo del buen humor, y se lanzó también a por el manjar. Este no estaba ni mucho menos en su punto, ni tenía sal, ni el sabor de las especias... pero el chico pronto se descubrió haciendo las mismas muecas que ella, como si los dioses hubieran bajado algo de su ambrosía para que ellos dos la degustaran.

De algún modo, y aunque ellos hubieran afirmado que podrían comerse una vaca entera, empezando por el rabo y terminando por los cuernos, sus estómagos estuvieron llenos mucho antes de lo que esperaban. Apenas fueron capaces de acabar esa primera tanda, y mucho menos los otros pescados que aún se asaban lentamente al fuego. Cuando apartaron los restos, satisfechos, y se sentaron a la sombra de uno de los árboles, disfrutando de un placer tan simple como era comer, beber, y ocultarse del sol ardiente, Nicolás pasó a otro tema que había pospuesto hasta estar seguro de que no soñaba.

-- ¿Christine? –dijo en voz baja.

-- Me imagino lo que me vas a preguntar –contestó ella, con una risa clara como el agua del río. Nicolás no recordaba haberla visto jamás, desde que la conocía, tan... abierta, tan real.

-- ¿Y bien?

-- Quieres saber cómo es que tu estómago está ahora lleno, cuando hace unos momentos estaba vacío.

-- Eso es. No vi ninguna caña de pescar entre los objetos que dejaste ayer en la arena.

La chica volvió a reír.

-- Hay otras formas de pescar. Creo que no ves suficientes documentales. Apuesto a que sólo veías en la televisión los dibujos animados y las películas de acción.

Nicolás pareció turbado, pero no se lo tomó a mal. Christine no había perdido su sonrisa.

-- No tiene nada de malo –se defendió-. Y para que lo sepas, también veo las noticias, y los documentales.

-- Ya.

-- Bueno, algunos.

-- Está bien. Entonces sabrás como se pescaba antes de que se inventase la caña.

-- Creo que ese me lo perdí.

Ella señaló hacia la orilla del río, a unos cuatro metros de ellos, donde un largo palo descansaba junto al agua. Era completamente recto, salvo uno de sus extremos, donde se ramificaba repetidas veces. Cada una de estas terminaciones había sido cortada, afilada, y tallada como una punta de flecha. Al clavarse quedaba enganchado, y no había peligro de que la presa escapase.

-- ¡Tachan! –exclamó.

-- ¡Vaya! –exclamó Nicolás a su vez, levantándose, tomando el instrumento y volviendo para sentarse junto a ella-. ¿Lo has hecho esta mañana?

Christine asintió, resplandeciente su rostro.

-- Vi algunos peces ayer en el agua, y pensé que con la suficiente paciencia...

-- Eres increible –el chico admiraba la cuidadosa talla que constituía la madeja de anzuelos. Ciertamente, un golpe rápido y bien dirigido en el agua, y el pez estaba en la cesta-. Creo que si te conocieran, acabarías con la fama de Mac Guiver.

-- Sin duda alguna, Pequeño Saltamontes –contestó ella, simulando la voz del viejo maestro de la serie Kung Fu.

Ambos rieron durante un buen rato.

-- Estamos salvados –dijo al cabo Nicolás-. De este modo tenemos comida y agua asegurada. Podríamos pasar todo el tiempo que quisiéramos aquí.

Christine intentó decir algo demasiado deprisa, y se atragantó. Cuando tosió unas cuantas veces, volvió a empezar.

-- Hay más sorpresas esta mañana.

Nicolás la miró con renovado respeto, aunque bromeó:

-- ¿También has tenido tiempo de hacer un aeroplano?

-- Tú lo has dicho. Uno de dos plazas –afirmó ella seriamente, pero sin desprenderse de esa maravillosa sonrisa suya.

-- ¡Vamos!. ¿Qué es?

-- Te lo acabo de decir. ¿No me crees? –Nicolás la miró como un bobo, pero no dijo nada-. Ven, te lo mostraré.

Ella se levantó, y comenzó a caminar hacia el fuego. El chico, a pesar de ser consciente de la imposibilidad de lo que ella decía, y quizá por su inocencia infantil, no pudo evitar lanzar una detenida mirada a los alrededores. Por supuesto, allí no había ningún tipo de aeronave, ni de dos plazas, ni de una, ni de ninguna.

-- ¿Vienes? –insistió Christine desde más allá de las cenizas del fuego nocturno. Por primera vez desde que despertase esa mañana, si se exceptuaba el tiempo que estuvo comiendo, Nicolás la vio adoptando una expresión seria. Él corrió hasta situarse a su lado.

-- ¿Qué es? –volvió a preguntar. Esta vez la respuesta fue más concisa.

-- Lo encontré mientras buscaba un lugar poco profundo para pescar –dijo ella, mientras seguía avanzando por entre los árboles, algunos de ellos muy próximos entre sí-. Hasta ahora no hemos tenido ninguna prueba de que por este desierto haya caminado jamás algún otro ser vivo.

-- Sí. Ha sido toda una casualidad el que nos hayamos encontrado.

-- No empieces a decir ese tipo de cosas –le conminó ella-. Tienes razón. Ha sido algo más que una casualidad, pero lo siguiente que dirás es que no tiene importancia, y que no merece la pena intentar averiguar por qué ocurrió.

El chico se encogió de hombros.

-- Es que...

-- ¡Vale, de acuerdo! –lo interrumpió ella, intentando recuperar su expresión jovial. Le resultó más difícil, pero aún había mucho de auténtico en ella-. Volviendo al tema. He encontrado una prueba irrefutable de que alguna vez por aquí se han movido seres vivos. Es más, nos han dejado un gran regalo.

Habían caminado a lo largo de la orilla hasta casi el límite del pequeño “bosque”, si se le podía llamar así, en el que se encontraban, cuando Nicolás, atento tan sólo a las palabras de Christine, reparó ahora en algo que le había pasado desapercibido.

Al principio sólo era otra roca más junto a la rivera, contra la que la corriente chocaba creando blanca espuma. Enseguida, sin embargo, reparó en la extraña forma geométrica de la roca en cuestión, tan plana y alargada como un bloque de roca caliza.

Un segundo más tarde ya no podía ignorar los longitudinales surcos que separaban un tronco de otro, ni las cuerdas con que estaban unidos. Nicolás apresuró el paso, y un segundo después se lanzó a la carrera hacia delante. Christine lo siguió, renovando en los gestos del chico la misma emoción que ella había sentido unas horas antes cuando había encontrado la balsa.

-- Debe de llevar varada aquí bastante tiempo –dijo mientras Nicolás la observaba desde todos los puntos de vista, incluso entrando en la corriente del río para ver el lado que quedaba sumergido bajo las aguas-, o a lo mejor se soltó de sus amarres río arriba y ha venido a encallar aquí.

Nicolás cesó en su examen para mirar a la chica con ojos brillantes.

-- Entonces significa que podríamos encontrar a más gente si vamos hacia el nacimiento.

Christine sacudió la cabeza, sin compartir el entusiasmo del chico.

-- Es posible –convino-, pero por el desgaste de las cuerdas, creo que esta balsa lleva hecha mucho tiempo. Puede que si seguimos río arriba no encontremos nada... o algún cadáver olvidado.

La expresión de Nicolás se ensombreció, pero no tardó en volver a centrarse en el descubrimiento.

-- Podemos viajar sobre ella río abajo entonces, ¿no?. Nos ahorraría muchos kilómetros a pie.

-- Es lo que había pensado –convino con una sonrisa la chica, mientras se adentraba en el agua para ver con más detalle como habían resistido las cuerdas que unían unos troncos a otros-. No nos resultará demasiado difícil ponerla a flote, y seguro que adelantamos mucho camino. Lo único que necesitamos es algo con lo que hacerla maniobrar.

-- ¿Unos remos?

Christine negó despacio.

-- Sería estupendo tenerlos, pero no podemos tallarlos sólo con un cuchillo. Tardaríamos demasiado tiempo. Estaba pensando mejor en un par de pértigas.

-- Como las de las góndolas.

-- Hay muchos troncos rectos por aquí, y la corriente no es muy rápida. Creo que con eso bastaría para gobernar la balsa.

Abandonaron momentáneamente el lugar, y durante un rato se dedicaron a la tarea de fabricar los improvisados medios de guía. No tardaron mucho tiempo antes de conseguir tres nudosas y gruesas ramas secas que cumplirían con su cometido a la perfección.

Cogieron y cargaron sobre la precaria embarcación sus escasas pertenencias, sin olvidar el resto de los pescados que habían cocinado y el arpón de pesca.

Christine suspiró cuando todo estuvo listo, sintiendo en los latidos de su corazón la emoción de empezar algo nuevo. Buscó confirmación en la mirada de Nicolás, y cuando este asintió enérgicamente con la cabeza, empujaron al unísono.

El primer segundo no lograron ningún progreso, y cuando comenzaban a pensar que se habían excedido en su optimismo, la arena se quejó y liberó su débil presa con un prolongado susurro. La plataforma se hundió por un lado en la corriente, pero no tardó en reaparecer, flotando victoriosa sobre las aguas, girando sobre sí misma despacio, como con pereza, mientras empezaba a alejarse río abajo.

Christine y Nicolás no perdieron un segundo en encaramarse a los maderos, y disfrutaron de los primeros minutos de travesía, mientras el bosque de árboles moribundos iba quedando poco a poco atrás.

Así comenzó la travesía. En un principio, aquellos seis metros cuadrados les parecieron muy estrechos, aunque enseguida se habituaron al espacio. La comida, las pértigas, y cualquier cosa importante fue colocada en el centro de la plataforma, donde la posibilidad de salir despedida con alguna oscilación era más remota. Ellos estaban situados a un lado y otro de ese pequeño almacén común, sentados, ya que les era muy difícil mantener el equilibrio de rodillas, y mucho menos de pie. Permanecieron callados, absortos en el viaje. La balsa era un medio fabuloso para avanzar a buen paso, sin cansarse, y sin alejarse de una fuente inagotable de agua (y con suerte, también de alimentos). Por otro lado, un río en el desierto debía ser un bien de lo más preciado. Sin duda, y esto estaba en la mente de los dos, no tardarían en encontrar a alguien, algún poblado, pueblo, ciudad... cualquier muestra de civilización... si es que en aquel lugar perdido había vida.

De momento, no se habían atrevido a ponerlo en duda, a pesar de la colosal distancia que llevaban caminada. Había desiertos grandes en su mundo de origen. ¿Cuán grande era este?


Nicolás se quitó los zapatos, y se sentó en la proa de la balsa (proa en ese momento, ya que como él mismo había supuesto que ocurriría, la embarcación no permanecía siempre en la misma posición en el río). Sus pies se refrescaron con las aguas, dejando pequeños surcos que el frente de troncos devoraba inmediatamente.

-- Creo que es estupendo poder navegar –dijo mirando hacia delante-. Además, el fondo no está demasiado profundo. Sobrará la mitad de la pértiga.

-- Por el momento –afirmó ella, sin adivinarse sus pensamientos por el tono de su voz.

Nicolás pensó durante un buen rato antes de decidirse a hacer una pregunta.

-- Christine, ¿tenías amigos en nuestro mundo?

-- ¿Por qué preguntas eso? –su tono se volvió áspero-. Claro que los tenía.

-- Es que... bueno. No los habías mencionado, y... por la historia que contaste anoche, pensé que eras una persona... en fin, solitaria.

-- Creo que todos pueden ser como les dé la gana, ¿no?

Su tono se iba volviendo gélido, y el chico perdió en un solo momento sus deseos de hacer preguntas.

-- Si, supongo.

Nadie dijo nada durante un buen rato. Al fin, Christine tomó la palabra, pero su voz no había subido grados de temperatura.

-- Era solitaria, en parte porque quería, y en parte porque se me obligaba.

-- ¿Te...?

-- ¡Me obligaban las circunstancias! –continuó ella, cortando la frase de Nicolás-. Nadie que viva en una casa a media hora de la civilización suele tener demasiadas visitas, y menos si tienes que ser llevada y recogida por tus padres, ¿no crees?

-- ¿Por qué vivías allí? –inquirió tímidamente.

-- ¡Vaya tontería de pregunta!. Pues porque mis padres vivían allí... al menos de palabra. En realidad mi padre no estaba nunca.

-- Y... –Nicolás se disponía a hacer alguna pregunta relacionada con su familia, pero ella lo interrumpió de nuevo al principio de su frase.

-- ¿Y tú? –preguntó-. ¿Tenías amigos?

-- Claro –contestó, tras un breve silencio-. Yo vivía en la ciudad. A veces venían ellos a casa, y otras veces iba yo a las suyas. Vivíamos bastante cerca.

-- Supongo que eran buenos amigos –dijo con un repentino tono reflexivo.

-- ¡Claro! –los defendió Nicolás, volviéndose sobre su hombro para mirarla por un momento. Ella estaba sentada en un lateral, con las piernas cruzadas, dejando que su mano abriera surcos en el agua. Su mirada estaba perdida en los destellos dorados de la superficia, y no pareció darse cuenta de que Nicolás la observaba-. Me gustaba jugar con ellos, y nos divertíamos mucho.

-- Me refería a... Bueno, olvídalo.

Y el chico olvidó este punto de la conversación. Tenía una idea de lo que ella había querido decir, pero no lograba comprender del todo la pregunta. Suponía que ella se había referido a si eran realmente “buenos” amigos. Y según su entendimiento, un amigo no podía ser “mal” amigo. En aquel momento él creía, convencido que una persona era amiga, o no lo era, y que ser amigo de otra persona incluía todo... Quizá porque aún no había dependido de un amigo para algo importante, si se exceptuaba a Christine en el desierto, y ella había estado ahí para salvarle la vida.

-- Te cuesta hablar mucho de tu vida –se atrevió a decir Nicolás, dirigiendo de nuevo su mirada hacia delante, y sabiendo que esta afirmación podía costarle una lluvia de reproches malhumorados-. Supongo que no has tenido muchas cosas buenas, pero si quieres contármelas, creo que soy tu amigo.

Hubo un corto silencio. De pronto, algo gélido corrió por la espalda del chico, haciéndolo dar un salto que casi acaba con él en el agua. Se dio cuenta de que no eran más que algunas salpicaduras frías en el mismo momento que escuchaba la risa de la chica. “Igual de musical que esta mañana”, pensó alegre.

-- ¡Claro que eres mi amigo, tonto! –dijo ella, mientras continuaba salpicándolo de agua-. El único bueno que tengo, creo, y si sigues dándome la tabarra, tendré que acabar contándotelo, pero no ahora. ¿Entendido?

-- Claro, jefa –dijo el chico, llenando el cuenco de sus manos de agua, y duchando con ella la cara de Christine.

-- Pero esto... esto es la guerra –exclamó escandalizada, y redobló sus esfuerzos por mojar al chico. Este adoptó una postura más cómoda para defenderse, ¡y se defendió!

Unos minutos más tarde estaban completamente chorreando, y riendo a mandíbula batiente. Christine extendió una mano hacia el centro de la plataforma, y cogió algo pequeño, e igualmente mojado de allí. Era la caja de cerillas. Se miraron el uno al otro preocupados, sólo por un momento y nuevamente se echaron a reír, sin poder evitarlo, ante lo cómico de la situación.

Ninguno de los dos reparó en que las ropas de Christine habían vuelto a quedar pegadas a su cuerpo. Cansados por el juego, se tendieron, cada uno en su lado de la balsa.

-- ¿Y si nos quedamos dormidos? –preguntó Nicolás, y a la frase siguió un largo bostezo.

-- Duerme tú si quieres –contestó ella-. Yo no dormiré, y aunque lo hiciera, la corriente es muy suave. No hay peligro de que ocurra nada.

Nicolás se relajó, y en poco tiempo se quedó dormido. Fue vagamente consciente de que el sueño profundo de la noche anterior apenas había bastado para librarlo de todo el cansancio atrasado que tenía. El vaivén suave de la embarcación era como una mecedora, y la mente acabó escurriéndose por las grietas del sueño.

Christine se quedó mirando al cielo durante un buen rato. El sol de la noche, apenas había iniciado su largo recorrido que acabaría en ocaso bastante tiempo después. El sol del día estaba en su punto más alto, y su calor hacía evaporar rápidamente el agua que empapaba las ropas de ambos. Las cerillas, extendidas sobre la madera, no tardarían en volver a quedar secas. De no haber sido por la presencia del río, habrían sufrido el mismo calor insoportable que los había acompañado en todo momento a través del desierto.

Ahora, sin embargo, era distinto. No quería hacerse ilusiones, pero en algún lugar había leído que el río era la fuente de la vida... o algo parecido. Por lógica, mientras surcaran su superficie, no les faltaría sustento, y avanzarían poco a poco hacia algún lugar. El “donde” no importaba de momento. Todos los ríos acababan antes o después desembocando en otro río, o en el mar.

A su pesar vio como, contrariamente a sus palabras, el sueño tampoco le era ajeno. Ese endiablado cabeceo de la plataforma acababa adormeciendo a cualquiera. Luchó durante largos minutos contra la sensación, en parte por orgullo, y en parte porque tenía una responsabilidad, después de lo que había dicho a Nicolás. En cualquier caso, todo el que se haya enfrentado alguna vez con el sueño mientras realiza alguna tarea monótona, como viajar, sabe que esa batalla casi siempre está perdida de antemano.

Quizá para tener un motivo; alguna excusa, Christine alzó su cabeza para mirar hacia delante. En el horizonte, el río seguía fluyendo como un eterno hilo, extendido sobre una irregular tela de color tostado.

Cerró los ojos, satisfecha con ese último examen. Por el momento no había peligro, y se quedó dormida pensando en esto.


El despertar no fue tan dulce, ni tan apacible. En sus sueños, alguien la había atado a un caballo loco, y lo había lanzado al galope por un terreno pedregoso y lleno de agujeros. Después de rebotar contra la silla durante un periodo de tiempo que pareció hacerse eterno, alguien la cogió y la abrazó con manos duras, hirientes. Una mano le golpeó en su estómago, quitándole el resuello. La otra se apoyó en su pecho izquierdo, produciéndole un dolor agudo. En ese momento en que abrió los ojos, sólo deseaba saber quién había osado hacer semejante gesto, y descargar toda su furia contra él.

Al mirar por primera vez a su alrededor, se dio cuenta de muchas cosas al mismo tiempo. Lo primero es que quien había “osado”, era Nicolás, de rodillas junto a ella, encendido como la luz roja de un semáforo, pero a pesar de ello, sin quitarle sus manos de encima. Lo segundo, es que aquel caballo loco seguía galopando. Lo tercero, que su pierna izquierda estaba mojada, y más concretamente, hundida en el agua.

-- Lo siento –murmuró el chico, atropelladamente, y apartando su mano izquierda como si hubiera estado posada sobre una serpiente venenosa. Con la derecha la ayudó a incorporarse.

Christine, aturdida aún, olvidó por un instante lo que había pensado al despertar. El río se había transformado sustancialmente. Su cauce se había ensanchado, y al mismo tiempo había perdido profundidad. Por otro lado, las aguas habían acelerado su paso, y en algunos lugares formaban crestas de espuma sobre los rápidos y pequeños remolinos. Nada peligroso si uno estaba despierto, sin duda.

La chica sacó su pierna del agua.

-- ¿Qué ha pasado? –preguntó.

-- Siento haber tenido que... yo... tú... –trató de decir Nicolás. En otras circunstancias su turbado balbuceo habría quedado gracioso-. Casi te caes al agua.

-- Creo que me quedé dormida –dijo aún confusa, mientras recuperaba el aliento, con una mano apretándose bajo las costillas.

-- Yo... lo siento. De verdad...

-- ¡Olvídalo ya, Nicolás! –exclamó en voz baja-. Pareces un... –se interrumpió abruptamente.

-- Un niño, supongo –terminó él, sin saber si sentirse humillado por el insulto o por la situación.

-- Me has librado de una peligrosa ducha fría –dijo Christine, tras dudar un poco-. ¿Me vas a pedir perdón por eso?

-- No pedía...

-- Ya lo sé –interrumpió de nuevo ella, tratando de esbozar una sonrisa comprensiva-. Somos amigos, ¿no?

La balsa dio un salto, al pasar sobre uno de los desniveles del río, y casi perdieron el equilibrio. Se acercaron más al centro de la plataforma.

-- ¿De verdad no te ha importado? –preguntó sin mirarla a los ojos.

-- Te digo que me has salvado. No me ha importado por esta vez, pero tendrás que buscar tus manos muy lejos si vuelves a repetirlo. Digamos que tendrás que quitárselas de la boca al león de la MGM.

Nicolás rió nervioso, y ella le dio un puñetazo en el hombro.

-- Además –continuó-. Fui yo la que dijo que se quedaría despierta para vigilar. Es culpa mía el haber estado a punto de despertar en remojo. ¿Llevabas mucho tiempo despierto?

Nicolás negó con la cabeza, mientras fruncía el ceño, recordando.

-- No –dijo-. Y fue raro. Tenía un sueño agradable. No recuerdo todos los detalles, pero creo que estaba en algún parque de atracciones, con mis... con mi familia. De pronto algo ocurrió. No sé qué. Esa parte no la puedo recordar, como... como una pieza que alguien ha quitado de un puzzle. Algo cambió... El sueño se volvió una pesadilla, y desperté sobresaltado. Fue por un pelo, Christine. Ni me dio tiempo a limpiarme el sudor de la frente. Cuando estaba levantando el brazo para hacerlo, te vi rodando sobre tu espalda, poniéndote de lado, e introduciendo una pierna en el agua. Salté justo a tiempo para... para sujetarte. De verdad. No pude elegir...

-- Repítelo otra vez –desafió Christine alzando su puño-, y el siguiente golpe dejará tu nariz dos tallas más pequeña. Ya sé que eres un chico decente, maldita sea. No hace falta que me lo restriegues por la cara.

De pronto, sus ojos se enfocaron en algún lugar mucho más alejado. Sus labios se ensancharon en una sonrisa, y bajó el puño para, con las dos manos, girar suavemente el rostro de Nicolás en esa dirección.

-- Por fin algo nuevo –dijo la chica.

El horizonte había dejado de ser liso, para ondularse en una serie de formaciones montañosas, más o menos altas. El río se dirigía en aquella dirección, pero no era esta la única prueba de que el paisaje estaba cambiando. Aunque las montañas estaban aún lejos, a su alrededor las dunas se habían ido haciendo más dispersas, y también más altas. Por otro lado, las orillas aparecían cada vez mas sembradas de grandes rocas, e incluso algún monolito natural surgía de las arenas hasta un par de metros de altura, como un dedo acusador. En suma, parecía que debajo de todas las toneladas de arena, y cada vez más a flor de superficie, el lecho de roca maciza venía mostrándose aquí y allá.

-- Si que hemos avanzado –afirmó el chico.

-- El sol del día está casi poniéndose. Cuando me quedé dormida estaba en el punto más alto.

-- Varias horas –sentenció Nicolás, y ella asintió-. Pero no sé si me siento mejor o más cansado.

Christine se dio cuenta de que le sucedía lo mismo. Había dormido, sí, y sin embargo no había descansado nada. Se sentía agotada, y como si pudiera quedarse dormida de nuevo. Bostezó.

-- De ningún modo dormiremos navegando –afirmó cuando pudo-. Si pensamos que el sueño nos va a vencer, empujaremos la balsa a la orilla, y lo haremos sobre la arena.

Nicolás se mostró de acuerdo. Tras este comentario, guardaron silencio durante un tiempo impreciso, cada cual volcado en sus reflexiones internas. Las montañas se fueron acercando, y el río se hizo a la vez más estrecho y más rápido, al tiempo que las orillas ganaban pendiente y perdían toda su arena para quedar en la roca pelada. Los rápidos y remolinos se hicieron más frecuentes.

De pronto, Nicolás retomó la conversación, como si no hubiera pasado más de un par de segundos, aunque su tono mostraba una evidente inquietud.

-- No sabemos si seremos capaces de detener la balsa –afirmó clavando sus ojos en los de la chica.

Christine dirigió su mirada al río como si lo hiciera por primera vez, y su ceño se frunció al no gustarle lo que vio.

-- La corriente se ha hecho muy rápida –dijo poniéndose a gatas y tomando una de las pértigas-. Y además, las orillas están demasiado inclinadas como para que la balsa embarranque con facilidad. Será mejor que paremos ahora que aún podemos y decidamos qué hacer.

Como si el destino se riera de su propuesta, la plataforma pasó sobre una roca poco profunda, y toda la estructura saltó hacia arriba, como si estuviera suspendida sobre un trampolín muy poderoso. El agua se precipitó hacia arriba cuando los troncos tomaron de nuevo contacto con el río. Nicolás quedó tumbado de espaldas, y Christine, que se sostenía en una postura precaria, rodó de lado y estuvo a punto de caer a la corriente. La pértiga que sostenía se le soltó de la mano y resbaló hasta caer por la borda.

Tras soltar una maldición, volvió a ponerse a gatas y tomó una de las dos que quedaban, mientras se apartaba el pelo mojado de la cara con un gesto furioso. Dio un rápido vistazo hacia delante para asegurarse de que no hubiera ninguna otra sorpresa inmediata, aunque la superficie del río estaba ahora tan surcada de pequeñas crestas espumosas que resultaba muy difícil saber a cuanta profundidad se ocultaban las rocas de su fondo.

-- Coge el otro palo –exclamó con voz autoritaria, y en ese momento también se dio cuenta de que el rumor del agua se había transformado paulatinamente en un grave bramido que se sobreponía a sus propias palabras-. Vamos a parar esto ahora mismo.

Nicolás no necesitó oírlo dos veces. Hizo lo que se le decía y, al igual que la chica, comenzó a hundir la pértiga en el agua. Los dos primeros intentos no logró tocar fondo. Avanzaban a más velocidad de la que había supuesto, y la fuerza del agua arrastraba hacia atrás al palo. En la tercera ocasión lo introdujo contracorriente.

Cuando el extremo de su bastón tocó fondo, una violenta sacudida se comunicó desde sus muñecas hasta sus hombros, arrancando brutalmente la madera de sus manos. Perdió el equilibrio, y cayó de espaldas con un brazo y la cabeza sumergidas en las salvajes aguas. Reptó asustado hacia delante, temiendo que una nueva sacudida sorpresa lo arrojara por el borde de la balsa. El Corazón le palpitaba furiosamente en el pecho cuando se consideró lo bastante a salvo para mirar a Christine.

Al otro lado de la plataforma, la chica compartía sus dificultades. Seguía sujetando su pértiga, pero fracasaba a cada momento en el intento de impulsar la balsa hacia la orilla. Cada vez que el extremo tocaba fondo una sacudida recorría todo su cuerpo y la madera parecía querer escapársele de entre las manos. Nicolás se sintió culpable por haber perdido su pértiga tan pronto, pero era evidente que la chica estaba haciendo titánicos esfuerzos en vano.

Tras un par de infructuosos intentos, Christine aferró la madera con ambas manos, y la lanzó al agua con un grito de pura rabia.

Nicolás abrió los ojos desorbitadamente.

-- ¿Qué haces? –exclamó por encima del ruido del río.

-- ¡Es inútil! –gritó ella, con el rostro desencajado, y dirigió su brazo hacia la orilla-. Hemos perdido la oportunidad.

En realidad hablar de orillas era ya impropio, ya que la fuerte inclinación había dado paso a paredes verticales, primero de escasa altura, y mientras Christine apretaba sus puños con una mezcla de rabia y miedo, se transformaron en un auténtico desfiladero.

Nicolás abrió la boca para decir algo, pero en ese momento la plataforma pasó sobre los brazos de un remolino y giró media vuelta sobre sí misma. Ambos fueron lanzados al suelo de la balsa de nuevo.

Al menos estaban vivos. A cada momento, sentían como escollos que no asomaban a la superficie golpeaban la parte inferior de los troncos haciendo peligrar a la precaria embarcación. La chica había visto la cuerda por encima, y a pesar de que no había llegado a ver la parte de debajo de la embarcación, era previsible que estuviera aún más desgastada que las que pisaban sus propios pies. Cada vez que chocaban, su corazón bombeaba unas cuantas veces en estallidos. “Ya está”, decía su mente, “ahora sí que se ha partido”. Pero no era así... al menos hasta casi el final.

Los rápidos se fueron haciendo más abruptos, y los desniveles más pronunciados Nicolás se cogía desesperado a las cuerdas desgastadas para no caer a las aguas embravecidas. Christine no pudo luchar mucho tiempo más que él. La embarcación se movió sin control por el cañón, chocando con las pareces y todos los obstáculos que aparecían delante de ella. El ruido se había vuelto ensordecedor. En uno de los choques más violentos, algo golpeó justo bajo el punto al que se agarraba desesperado Nicolás. El chico saltó literalmente por el aire, y cayó en el borde de la balsa, con medio cuerpo fuera de esta. En el lugar del impacto, tres extremos de los troncos se habían partido, y las cuerdas se habían soltado. Poco a poco, otros troncos se iban desgajando del conjunto, para flotar libres en aquel caos.

Nicolás chilló, agarrándose con dedos como garfios a aquel precario asidero. Christine soltó una mano para auxiliar al chico, y este la tomó de la muñeca apretando como un diablo. Ella sintió que le hacía daño de este modo, y a pesar de eso, al mismo tiempo era consciente de que se le escapaba, centímetro a centímetro, gritando. Gritando siempre.

Sus voces eran sofocadas por el rugido salvaje del río.

Sin poderlo evitar, Christine notó como el chico se soltaba de ella, para desaparecer bajo las aguas. Justo en ese momento, en que comenzaba también ella a gritar, notó que un ruido aún más ensordecedor arrancaba ecos atronadores de las paredes del desfiladero. Cuando se giró a mirar hacia delante, sólo tuvo tiempo de cogerse a una de aquellas cuerdas sueltas, antes de que la balsa, ella, los troncos, y posiblemente también Nicolás, se precipitaran por el borde de una cascada al tranquilo lago que los esperaba abajo. Tras un vuelo que se le antojó eterno, las aguas se cerraron sobre ella, trayendo el olvido.




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El Día del Advenimiento - Cap 04

Historial del libro:

Introduccion
Capitulo 00
Capitulo 01
Capitulo 02
Capitulo 03


12 : 20 horas.




Cuando finalmente abrí los ojos, surgí a un mundo más oscuro aún que aquel del cual provenía. Me pareció que había dormido mucho más tiempo del que señalaba mi reloj. Tenía la cabeza embotada, y tardé unos momentos en recordar qué era lo último que había ocurrido. La simple luz tenue de mi reloj bastó para deslumbrarme. Nunca hubiera pensado que esa luz que en circunstancias normales apenas bastaba para efectuar su cometido pudiera iluminar tanto.

En cualquier caso, esto bastó para darme cuenta de que estaba nuevamente solo. El ser al que me había enfrentado, si es que podía llamarse enfrentamiento a lo que había ocurrido, había vuelto a llevarse a Thais, y no entendía por qué. Primero la arrastraba a todo lo largo de la cueva, y luego se la llevaba de regreso por el mismo camino. Encendí mi mechero para asegurarme. Esto también reveló que la piedra preciosa que había visto de reojo relucir en el altar, y en la cual apenas había tenido tiempo de fijarme, tampoco estaba.

Me invadió el desánimo. Había estado inconsciente casi dos horas. Todo ese tiempo lo había tenido de ventaja la criatura para hacer con la Gema lo que hubiese querido. Lo más seguro es que la hubiese destruido ya, sin esperar más tiempo. De hecho, algo me decía que si me fijaba en el suelo que estaba pisando, posiblemente vería fragmentos de la piedra. Miré, por si acaso, y respiré aliviado. Si había destrozado la Gema de un golpe, no había sido allí. El suelo era tan mate como la oscura piedra de la que estaba hecho. Nada brillaba con destellos cristalinos.

El mechero comenzaba ya a quemarme los dedos, así que busqué por el suelo la vela que había traído, y que si no recordaba mal, había caído al suelo cuando yo lo hice. No tardé en encontrarla, y con ella, otra mala noticia: la vela no se había apagado con la caída, sino que parecía haber continuado ardiendo sola durante largo rato. Sólo mucho más tarde, y Dios sabía por qué, se había apagado. El resultado es que apenas le quedaba unos cinco centímetros de altura. Supuse que me bastaría para llegar a la luz del día, pero eso no me animó mucho. Lo que sí que me dio fuerzas para ponerme de pie y emprender el regreso fue la repentina convicción de que la Gema aún podía gozar de algún tiempo de vida. No sabía la razón, pero supe que no era tan fácil de destruir como había supuesto hasta el momento. De hecho, creí recordar que necesitaba un prolongado ritual para poder acabar con su poder, y finalmente, una vez eliminado este, destrozar su superficie y de este modo, todo su ser.

Eché a andar hacia la entrada. Intenté correr, pero cada vez que lo hacía, la llama de la vela oscilaba peligrosamente, y su luminosidad descendía. Traté vanamente de recordar las palabras del hechizo de luz. Se me escapaban, al igual que las de todos los otros hechizos que trataba de recordar. Tuve mucho tiempo para acordarme del sortilegio que había acabado conmigo, en lugar de ocuparse de la criatura. Supe que había sido fallo de pronunciación, y también supe que había tenido suerte. Una parte de mi sabía que las consecuencias de lanzar un hechizo erróneamente, rara vez eran tan benévolas. En ese momento podría haber estado muerto, en lugar de esforzarme por salir de la cueva a un mundo que, a cada minuto, se volvía más extraño.

Tuve mucho tiempo para pensar, y mucho tiempo para preocuparme, antes de regresar al exterior. En primer lugar, y antes que todo, por cómo estaría Thais. No podía olvidar que todo esto había sido por dejarla sola casi media hora. Si hubiera sido más previsor... Se suponía que éramos un equipo. Dos enviados a velar por la Gema, y no sólo uno. Deberíamos habernos movido juntos, cualquier paso que hubiéramos dado.

Ya no tenía mucho remedio, pero hubiera dado cualquier cosa por saber donde estaba ella en ese momento. Y además, una posibilidad que había tenido de rescatarla a ella, y la había fastidiado. Me sentía igual que me había sentido aquella vez ante mi padre, como un niño vistiendo una túnica que le venía excesivamente grande. No era más que un humano que no alcanzaba a comprender todo aquello de lo que era capaz. Si Velenor acabara de salir de las sombras en las que estaba sumido...

Debía admitir, que a pesar de lo ilógico del argumento, Thais era más importante para mi en ese instante que la suerte del mundo. Si hubieran sido dos criaturas en lugar de una, y se hubieran repartido la Gema y a Thais, posiblemente hubiera seguido a la segunda. Al menos, de eso estaba convencido cuando me apresuraba por el accidentado suelo de la gruta. Gracias a los dioses que no se me había obligado a decidir.

Cuando mi reloj marcaba ya las doce y media muy avanzadas, tropecé con la sierra que había abandonado al entrar en la gruta, y estuvo a punto de hacerme caer. Junto a ella estaban mis libros. Los tomé a una y otros casi sin pensar, ni preguntarme de qué me iba a servir todo aquello ahora. Lo único en lo que pensaba era qué iba a hacer cuando un momento después me bañara de nuevo la luz del sol. ¿Dónde iba a ir?. No tenía ni idea. Thais quizá hubiera tenido alguna sugerencia. Pero no estaba. Sólo estaba yo, fuera quien fuera.

Unos momentos después, los primeros resplandores provenientes del exterior comenzaron a bombardear mis ojos. Tuve que hacer la salida muy progresivamente. Lloraba y parpadeaba, incapaz, al principio de soportar la luz del mediodía. Finalmente, con los ojos entornados, empujé la verja de hierro, que se quejó ruidosamente, y salí al anfiteatro romano. La arena de aquella zona estaba muy alborotada, pero creí distinguir algunas pisadas más recientes: dos pares. Uno de ellos, parecía ir descalzo, o eso me pareció. La verdad es que rastrear huellas nunca había sido mi fuerte, ni en uno ni en otro plano, y aunque lo hubiera sido, difícilmente hubiera podido encontrar nada en un suelo tan duro.

Y allí estaba yo, aunque suene melodramático, rodeado de piedras e historia por todas partes, sin saber qué hacer y, si la suerte no hacía algo, con el destino del mundo dependiente de mis acciones. A mis ojos, al menos, la idea era realmente descorazonadora.

Me dirigí con paso cansado a las primeras filas de asientos, y allí me dejé caer. Puse a un lado la sierra y mis libros. Fue entonces cuando me di cuenta.

Habían cambiado. Mis libros de la universidad habían cambiado. Su imagen despertó recuerdos en mi mente.

Mi viejo libro de hechizos...

En su tapa, ahora más pequeña, de piel negra, habían unos extraños símbolos incomprensibles.

No eran incomprensibles. Pude entender fácilmente el título: “Magia avanzada”, y debajo, en runas posteriores, un nombre: Velenor

Abracé el libro contra mi pecho. Lo miré un instante con un sentimiento cercano a la veneración. Luego lo abrí por la primera página, y tras ojearlo un momento, lo volví a abrazar.

Entendía el lenguaje. Aún lo entendía.

Podía leer magia. Yo, Cris-Velenor, podía leer magia, y aprender hechizos en este, el Nuevo Mundo. Intenté sofocar mi prematura alegría. Recordaba lo suficiente como para saber que eso no iba a ser tan rápido ni tan fácil como pensaba.

Miré rápidamente al otro libro. Estaba cambiando, pero aún no era nada. Seguía teniendo el gran tamaño de mis libros de la Universidad, pero sus páginas parecían estar arrugándose y amarilleando. Las letras, por su parte, eran ahora completamente ilegibles para mi. Parecían signos en pleno proceso de transformación. De hecho, si me quedaba unos momentos mirando fijamente, acababa mareado, como si la imagen fija no fuera más que la suma de millones de pequeños cambios, demasiado diminutos como para percibirlos.

La sierra, por su parte, seguía siendo una sencilla sierra de metales. No pude apreciar ningún cambio en ella.

Recogí mis posesiones, y me puse en marcha. No sabía por qué, pero algo me impulsaba a moverme, como si supiera que sabría a donde me dirigía a su debido tiempo. Ascendí por los escalones de piedra, y busqué el camino que me llevaría de regreso a la ciudad. Mientras tanto comencé a recordar fragmentos de mi pasado...


“Unos extraños, gigantescos y tétricos jardines, se extendían ante nosotros, tras nosotros y a nuestros lados. No me sentía cómodo, a pesar de saber que nada debíamos de temer. Era el mismo Bershoo quien nos había dado permiso para permanecer en su torre. Eso era una garantía, a pesar de saber que en otras circunstancias, su alianza hubiera sido tan de fiar como la de un escorpión. Pero estaba en problemas. El nigromante sentía peligrar su propia existencia, al igual que todos nosotros, al igual que yo, y al igual que el mago rojo que caminaba a mi lado, dando evidentes muestras de sentirse tan cómodo como yo. Su nombre era Sakharn, y como uno de los máximos responsables de su orden, había sido enviado para instruirme. Su alto poder no parecía darle la suficiente confianza para concentrarse en su historia, dentro de los dominios de Bershoo. Sus plantas vivientes ocupaban todo cuanto alcanzaba la vista, desde el horizonte, muy cercano, dado que la torre del hechicero estaba situado en el interior de una depresión entre montañas, hasta el mismo centro del valle, donde estaba situada la torre negra. La monstruosa vegetación se movía con voluntad propia, y cambiaba en grotescas formas ante nuestros ojos. Se movía a veces junto a nosotros, y a veces alejándose de nosotros. El único terreno que no habían ocupado, al menos mientras observábamos, era el camino por el que paseábamos. Por alguna razón que no comprendíamos ninguno de los dos, el Consejo de Vigilantes había elegido aquella torre para organizar la misión. Intenté borrar de mi mente todo lo que no fuera concerniente a la historia, y concentrarme en esta.

--Velenor -me estaba diciendo-. Los planos son semejantes. Muy semejantes, realmente, aunque hay diferencias de peso. No sólo geográficamente hablando, aunque estas son las diferencias que más deberías aprender. De hecho, en el momento que te llegue el advenimiento, tú y tu par seréis uno sólo, y las costumbres serán tan tuyas como si siempre las hubieras tenido. Pero hay cosas que debes memorizar, porque si no, tú no las sabrás, y él puede que tampoco. Pertenecer a un sitio no significa que se conozca este. Además, él no ha sido preparado para lo que se avecina. ¡Maldita sea, Velenor! -comenzó a gritar al darse cuenta de que mi atención volvía a desviarse a la flora viviente-, ¿me estás escuchando?. El ni siquiera sabrá qué va a ocurrir, y el que sea consciente de todo en el mismo momento en que se funda contigo, no lo va a preparar más.

--Bien -dije redoblando mis esfuerzos por atender-. ¿Qué es todo eso que debo aprender sobre la geografía del otro plano?

Lo miré fijamente, y noté qué también él debía hacer un gran esfuerzo para abstraerse del terreno por el que estábamos paseando. Intenté comprender la razón por la que habíamos venido a charlar el tema a un sitio semejante. Quizá porque la torre estaba atestada de gente ocupándose de diferentes tareas, y apenas había un lugar tranquilo para el mago rojo, que al parecer tenía problemas para concentrarse en sus enseñanzas si no gozaba de la más absoluta tranquilidad. Me reí para mis adentros. Quizá a esas alturas estuviera arrepintiéndose de su decisión.

--Primero, los lugares que guardan relación con la Gema. Estos son los únicos que no cambiarán, o lo harán en menor medida, ya que son los más tempranos en la corriente de la historia -El mago sacó un pergamino enrollado de uno de los pliegues de su túnica, y comenzó a desplegarlo-. Puede que todo esto no te llegue a servir para nada, ya que cuando el mundo se va a sumir en los océanos del cambio, tal vez unos simples escollos inalterables no sean fácilmente visibles. En cualquier caso, puede que también llegue a ser vital para ti. Mira. Esta ciudad guarda el antiguo emplazamiento de la Gema. Antes había estado sellado a cal y canto, de modo que ningún tipo de ser viviente pudiera siquiera aproximársele, pero el día está muy próximo, y los sellos han caído, para que el Orden del Cambio pueda actuar. Ahora comenzará a ser vulnerable para las fuerzas del Caos.

Intenté memorizar la localización de la ciudad, y dentro de ella, ese semicírculo de piedra donde comenzaba el túnel. No creía que me fuera a ser muy difícil llegar allí. Más aún si, como se me había dicho, el Orden del Cambio se ocuparía de que mi advenimiento me llegara en esa ciudad. Aún así, miré todas las ciudades del alrededor, por si algo llegara a salir mal. Alguna distancia hacia el norte, había otra ciudad marcada con un círculo rojo.

--Marathar -dije pensativo-. ¿Por qué está marcada?

-- Hay otro antiguo asentamiento allí -fue la respuesta de Sakharn-. Es importante en el caso de que llegaras a perder la Gema -lo miré con fijeza, y el me devolvió un encogimiento de hombros-. Hay que tener en cuenta todas las posibilidades. En principio no ha de haber ningún problema. Llegareis al lugar con alguna ventaja sobre los enviados del Caos. Por otro lado, creemos fervientemente que ellos no conocen el emplazamiento de la Gema en ese plano -el mago rojo se interrumpió un momento, distraído. Miré a ver cual era la causa, y vi como a unos pasos por delante de nosotros, una de las gigantescas flores que adornaban aquel siniestro jardín, había asomado su cabeza multicolor sobre la vertical del camino. A pesar de no tener ojos, dio la impresión de que nos observaba fijamente un segundo. Luego retrocedió, y se perdió entre otras plantas. Sackarn se aclaró la garganta antes de continuar-. Ni que decir tiene, que nosotros vigilamos el emplazamiento de nuestra propia Gema desde hace semanas. Es virtualmente imposible que alguien ajeno a nosotros pueda acceder a ella.

--El Caos se oculta en los corazones -dije, repitiendo algo que había escuchado alguna vez-. Puede que esté más cerca de nuestra Gema de lo que crees.

El túnica roja me miró con una mezcla de asombro y disgusto.

--Creía que debías tu lealtad a la magia. ¿Ahora estudias teología?. Si es así, puede que podamos cambiar tu túnica por una de clérigo.

Esta vez me encogí de hombros yo. El hizo una pausa antes de continuar.

--Como te decía, vuestra misión es realmente fácil. Llegar a la construcción lo antes posible, recobrar la Gema, huir del lugar y aguardar a que termine el día. Mientras permanezcáis en movimiento, no podrán encontraos. Tomad un tren que valla lejos, y esperad en él.

--¿Tren?

--Cuando llegues allí sabrás qué es.

Medité un momento y luego pregunté acerca de algo que había escuchado repetidas veces en su discurso, y no había acabado de entender.

--Creo haber escuchado alguna vez la palabra “Vuestra”, “Id”, o “Encontraos”. Creía que sólo yo iría a la misión.

Me sonrió como lo habría hecho ante un niño que hiciera una pregunta inocente. Por alguna razón me sentí muy incómodo, y algo enojado con él.

--Muchas personas serán enviadas cuando comience ese día. Tantas como podamos. Algunas sólo serán de apoyo, y otras no tendrán nada que hacer a menos que ocurran varias cosas. Todas ellas están únicamente para el caso de que se os compliquen las cosas.

--Otra vez esa expresión. Has dicho “se os compliquen”

--Déjame terminar -dijo el túnica roja con un tono severo. Incliné la cabeza ante un superior, pero mi corazón ardía por sacarle la información como fuera-. He comenzado a explicarte como está tejida la misión, al menos de un modo general. En realidad, sois dos quienes vais a tener todo el peso sobre vuestros hombros: tu y Thais.

El corazón me dio un vuelco. Thais.

--¿Por qué Thais? -exclamé con un tono excesivamente alto. La vegetación se movió inquieta a mi alrededor, como mecida en brazos de un viento que no existía-. Sabéis que es sólo una aprendiz.

Sakharn se encogió de hombros con una expresión de sincera interrogación.

--Ojalá lo supiera -dijo-. Yo no lo he decidido. Los vigilantes habrán tenido alguna buena razón, y no creo que sea la relación que mantenéis los dos. Quizá sea por el hecho de que es la única hechicera aparte de ti cuyo advenimiento la llevará a esa ciudad.

--¿Estás seguro de eso?

Negó con la cabeza.

--No. No puedo asegurártelo.

--¡Maldita sea! -exclamé sin importarme ya el tono, y si quien estaba delante mía era uno de los superiores de la orden de la neutralidad. Mi túnica negra me daba algún privilegio a ese respecto-. Espero que esos Vigilantes tengan una buena razón para arriesgar la vida de Thais. Y espero que me la digan antes de dos días.

--¿Qué quieres decir? -quizá fuera mi imaginación pero creí percibir cierto temor en su tono.

Le quité importancia al asunto con un gesto de la mano, y una sonrisa, pero en mi interior no había perdido prioridad. Si había sido algún ardid de mi padre, o de algunos de sus partidarios, para presionarme, la misión se encontraría en un punto muy crítico. Traté de abstraerme de este asunto, al menos por el momento, y presté nuevamente atención al mago rojo.

--Bueno -prosiguió-. Todo se reduce a lo que te expliqué hace un momento: tomar la Gema y tenerla con vosotros hasta que se ponga el sol. Pero en el caso de que por cualquier razón la perdierais, o no estuviera ya allí cuando llegarais, este es el lugar donde deberíais ir -su dedo se apoyó sobre la ciudad del círculo rojo: Marathar.

--¿Qué hay en ese lugar?

--Hay otro asentamiento de antiguos, pero de una tribu más oscura. Podemos decir que en los albores de nuestra historia, fueron de los primeros que rindieron culto al Caos. Allí es donde ellos serían fuertes para destruir la Gema. Si la consiguen, llevarán a cabo el ritual, y acabarán con ella, pero el ritual lleva tiempo. Una hora y media, aproximadamente. Quizá algo más si no son los suficientes. Deberíais detenerlos antes de que eso ocurriera.

--¿Qué necesitarían para ese ritual?

El mago me miró con curiosidad.

--Se a donde quieres ir a parar -dijo-, pero no necesitan para el ritual nada más, aparte de ellos mismos, que no puedan conseguir en poco tiempo: lo más difícil es quizá un diamante tallado, y la sangre de una persona pura. Con eso podrían rallar la Gema. El resto del ritual haría lo necesario...

La sangre de una persona pura...

Marathar...

Thais...

Un brutal estremecimiento me recorrió todo el cuerpo mientras descendía por el camino del monte, sumido en todos los recuerdos. Thais. La conocía de mucho tiempo. Velenor la conocía. Habíamos sido mucho en aquel mundo... durante muchos años... pero la magia lo había sido todo para nosotros. Habíamos sido todo... menos amantes. Thais era aún una persona pura. Si el Orden del Cambio funcionaba como yo pensaba, también Noelia lo sería.

Mis piernas comenzaron a temblar, amenazando con precipitarme al suelo. Traté de controlar las convulsiones que comenzaban a extenderse por mi cuerpo.

Thais...

Y se la habían llevado hacía dos horas.

A Marathar.




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El Susurro del Viento - Capítulo4 -.






El Susurro del Viento


Capítulo 4







Hacía tiempo que Noa se había despertado ya. Los rayos del sol entraban con fuerza por su ventana y la claridad de los mismos le impedía volver a dormirse. Tiritando de frío, se acurrucó formando un ovillo con su cuerpo para entrar en calor. Las habitaciones del templo eran todas bastante inhóspitas. Las paredes, al ser de piedra, filtraban la humedad por las oquedales y ni siquiera el hecho de que estuvieran en la estación del verano las calentaba.

Siron le había dicho que estas en las que se alojaban ellas eran las más cálidas, pues tenían orientación sur. Las demás, eran verdaderamente frías.

Indecisa a salir de la cama, observó con la mirada el interior de la habitación.

Era pequeña, rectangular ; Un escritorio sencillo se apoyaba en una de las paredes. También había un espejo redondo y una alfombra en el suelo. En un rincón se apiñaban parte de sus pertenencias, junto a las patas de una silla. Sólo se había traído lo indispensable para asearse y cambiarse de ropas.

Suspiró. Noa agradecía que el anciano hubiera preparado habitaciones separadas para ella y Khiara. No le apetecía hablar con su hermana. Desde la discusión, la otra tarde, no habían cruzado ni una sola palabra. Para su consuelo, Thalin había demostrado cierta preocupación por ella. Sus atenciones hacían que se sintiera menos sola en este lugar extraño.

Parpadeó. Miró a través de la ventana de su cuarto.

El sol había ascendido un poco más. Resignada a levantarse, se desperezó y buscó sus ropas. Una vez vestida, abrió la puerta y buscó la cocina. Sus tripas pedían urgentemente comida.

Cuando hubo saciado su apetito salió al patio del templo.

El sol le dio de lleno en la cara y se llevó una mano a los ojos para protegérselos. No vio a nadie. Ni un alma. ¿Dónde estarían todo el mundo ?.

Noa miró por todos lados pero era evidente que estaba sola. Tal vez los monjes estarían rezando en la sala de oraciones. A punto estaba de volver sobre sus pasos cuando vio a Thalin con aspecto meditabundo y deambulando con la mirada perdida.

Se acercó a él.

- Hola, Thalin.

- Hola - Le contestó él saliendo de su ensimismamiento.- Espero que hayas descansado bien.

- Si, gracias.

- Me alegro.- Dijo sinceramente el joven.

- Y dime, - Comenzó ella - ¿dónde están todos ?. Eres la primera persona que veo esta mañana.

Thalin señaló con la mano una parte del templo.

- Allí.- Dijo.- Están rezando sus oraciones a la diosa.

- Oh. - Y añadió.- ¿ Siempre se levantan tan temprano para rezar?.

El muchacho sonrió, reanudando su paseo por los jardines. Ella le siguió.

- Si te digo la verdad - le explicó -, hace más de cuatro horas que pusieron los pies en el suelo. Desde entonces, esta es la tercera vez que realizan los servicios.

- ¿ Y mañana harán lo mismo que hoy ?.

- Todos los días, y a la misma hora.- Le dijo él.- El orden aquí es muy importante.

- ¡Vaya !. Yo pensaba que la vida aquí sería más divertida, menos monótona.

Thalin se encogió de hombros.

- Yo no se cómo es una vida más divertida.- Le dijo.- Siempre he vivido aquí. Desde que tengo uso de razón sólo recuerdo estas paredes.

-¡No es posible !.- Exclamó Noa asombrada.- ¡Has vivido todo tu vida en un monasterio !.

- Sí, así es.

- Pues deberías salir.- Le dijo ella convencida.- Ver las ciudades, sus gentes, y aprender nuevas cosas.

- ¿ Conoces tu muchos sitios ?.- Le preguntó él.

- Pues...no. La verdad es que...no.- Reconoció ella.

- ¿ Y como es eso ?. Pensaba que los nómadas viajaban mucho.

- Y así es.- Asintió Noa.- Pero yo apenas acabo de empezar a hacerlo. No había salido antes de mi poblado hasta que Khiara vino a buscarme.

El rostro de la joven se ensombreció como si una nube le hubiera privado del sol. Thalin, repentinamente alertado, no se dio cuenta.

- Por cierto...hablando de tu hermana.- Recordó Thalin buscando a su alrededor con la mirada.- ¿ Donde está ?. ¿ No ha salido al patio contigo ?.

- No.- Le contestó.- Ya te he dicho que no he visto a nadie antes que a ti. Ni siquiera a ella.

- Bueno, no tiene importancia.

- ¿ Pasa algo ?.

- No, no. Es mejor así.- Dijo él.- Prefiero dártelo a ti.

- ¿ El qué ?.

- Alf me pidió antes de marcharse que os diera ocho monedas de plata. - Le contó.- No sé a cuento de que venía esto. Me dijo que Siron lo sabía.

- Oh. - Noa sintió el vértigo en la garganta.- El clérigo se ha marchado ya...

- Sí, esta misma mañana. Hará solo unas horas.

La joven se puso pálida como la leche. ¿ Lo sabría Khiara ?.

- Noa, ¿estás bien ?.- Le preguntó preocupado Thalin viendo cómo el color de la cara se le había ido por completo.

- Ehhh...sí, claro.- Mintió. - Tengo que irme.

Sin despedirse del joven salió corriendo hacia el interior del templo, derecha a la habitación de la hermana.

Noa subió escaleras y cruzó pasillos a toda prisa. Tropezó dos veces y una de ellas cayó al suelo, pero no se detuvo en sus propósitos. Casi en unos instantes estaba ante la puerta de la habitación que el monje había dispuesto para Khiara.

Con el resuello cortado y el corazón palpitante, Noa abrió la puerta.

Una habitación vacía y en la que parecía que nadie había entrado desde hacía tiempo se mostró ante sus ojos. A parte de los muebles, no había nada allí. Ni ropas, ni objetos personales...ni su hermana. ¡Khiara se había marchado !.

La respiración de Noa era muy rápida. El miedo de la verdad la había sobrecogido. Debía recoger sus cosas, buscar a Khiara,...¡Hacer algo !.

Corrió en dirección contraria. Tenía que llegar a su habitación lo más rápidamente posible. No había tiempo que perder. Apunto estuvo de caer rodando cuando Thalin apareció casi de la nada, delante de ella. El joven la había seguido.

Este observó perplejo como la joven entraba a tropel en su cuarto y amontonaba sus cosas unas sobre otras y las sujetaba debajo del brazo.

Noa miró rápidamente a su alrededor para cerciorase de que lo había cogido todo y salió corriendo de nuevo escaleras abajo hacia el exterior del templo.

-¡Noa !.- Le gritó él siguiéndola otra vez.- ¿ Qué ocurre ?.

Esta se paró en el centro del patio para respirar el aire que se le había agotado.

- Se ha ido, Thalin.- Dijo asustada.- Se ha marchado.

- ¿ Qué dices ?.- El la miró a los ojos y la sujetó por los brazos.- Cálmate.

- Khiara se ha ido.- Repitió ella con voz entrecortada.

- ¿ Qué dices ?. - Thalin negó con la cabeza.- ¿ A dónde ?.

- Se ha marchado de Puerto Elba.

- ¿ Qué ?. ¿ Cómo va a marcharse sin ti ?. No puede hacer eso.

- Sí que puede y lo ha hecho.- La voz de la joven era un gemido lastimero.

Thalin la sujetó por los brazos intentando que ella se tranquilizara.

. Noa, lo más probable es que haya ido a comprar algo al centro del pueblo.

Ella negó frenéticamente con la cabeza.

- ¿ Cómo estás tan segura ?, dime.

La joven, alterada , intentó explicárselo.

- ¿Recuerdas el otro día,...cuando me preguntaste por qué ella y yo...discutíamos ?.- Tenía que pararse de vez en cuando para tomar aliento. La carrera la había agotado.

- Si, lo recuerdo.- Asintió Thalin.

- Fue por eso.- Continuó.- Me dijo que iba a marcharse. A marcharse sin mi.

Los ojos del joven refulgieron de rabia.

- No es posible. - Objetó.- Eso es absurdo.

- Sí, lo es. - Dijo ella mordiéndose el labio inferior.- Y eso no es lo peor.

- ¿ Hay más ?.

- Sí. - Noa se llevó las manos a la cara. Todo había sido un error .- Khiara cree que Alf tiene el dinero. Siron dijo que se lo llevaría todo para el viaje.

- ¿ Y eso que tiene que ver ?.- Thalin no entendía nada.

- Todo.- Unas lágrimas cayeron por sus mejillas.- Khiara a ido tras Alf para recuperar nuestro dinero.

El joven comenzó a atar cabos. ¿Estaba Alf en peligro ?. Era eso lo que estaba insinuando la muchacha.

- ¿ Qué va ha hacer exactamente tu hermana ?.- Le preguntó.- No pensará hacerle daño...

- No, claro que no.- Negó con la cabeza.- Ella no es así. Solo quiere el dinero. Es todo lo que tenemos.

- ¿La estás defendiendo ?.- La acusó.- Noa, ¡te ha dejado aquí !. No le importas nada.

- ¡Eso no es cierto !.- La joven se tapó los oídos.- No quiero oírte. No quiero.

- ¡Pues vas a hacerlo !.- Thalin la obligó a apartar las manos.- Lo que ha hecho esa mujer es detestable.

- Tu no la entiendes.- Lo acusó.- Ella ha sufrido mucho. No puedes comprender por qué lo hace.

- Noa, eres demasiado buena.- Le dijo.- Y además es tu hermana. Por eso eres tu la que no lo comprende.

Thalin comenzó a caminar en dirección a los establos.

- ¿ Dónde vas ?.- Lo siguió.- ¿ Qué vas a hacer ?.

- Voy a buscar a Alf.- Dijo escuetamente.- Necesitará mi ayuda.

La joven estaba asustada de verdad.

- ¿ Vas a marcharte tu también ?.- Preguntó limpiándose la cara mojada por las lágrimas.- ¿ Qué voy a hacer ?.

- Es mejor que te quedes aquí. - Dijo él.- Viajaré más rápido solo.

- ¿ Y qué le digo a Siron y a los demás ?.

Thalin, que había comenzado a ensillar a un caballo negro, joven y nervioso, se encogió de hombros al contestar.

- Diles que he tenido que salir. Lo que se te ocurra. Pero no les digas la verdad.- Le advirtió.- Se preocuparían por mi.

-¡Y qué pasa conmigo !.- Protestó Noa. - ¡Yo también quiero ir contigo !. ¿ Qué harás si te tropiezas con mi hermana primero ?.

El joven pensó que si viera a esa odiosa mujer le daría su merecido. Desde luego no podía decirle eso a la sensible muchacha. ¡Diantre !. ¿ Por qué tendrían que ser hermanas ?.

- Ya veré cómo me las apaño. Ahora lo importante es el tiempo.- Dijo acabando de poner el bocado al brioso animal. - Debo salir cuanto antes. Ya me han sacado demasiadas horas de ventaja.

Noa, con todas sus pertenencias todavía debajo del brazo, las miró compungida. Eran lo único que tenía, además de a Byon que aun seguía en el establo. Este bufó al reconocer a su dueña. La yegua de Khiara, por supuesto, no estaba.

- Me da igual lo que digas.- Dijo tirando sus cosas al suelo y caminando hacia su alazán. Lo sujetó por la cabeza y comenzó a ponerle el arnés.

-¿ Qué haces ?. Ya te he dicho que no puedes venir.

Noa sacó del miedo fuerzas para contestar.

- He oído eso demasiadas veces en muy poco tiempo.- Dijo dolorida.

Thalin sintió una punzada en el estómago. Estaba actuando igual que Khiara. Miró a Noa y vio la resolución en sus ojos por primera vez desde que la conociera. Asintió más por detener sus remordimientos que por otra cosa.

- De acuerdo.- Cogió al caballo de las riendas y lo sacó del establo.- Pero date prisa, por favor. No me fío de esa hermana tuya.

Noa lo miró de reojo dispuesta a protestar pero se calló. Lo observó tranquilizar al negro animal mientras lo llevaba a las puertas del templo y lo ataba a una argolla.

- Noa, ahora vengo.- Le dijo.- Tengo que coger unas cuantas cosas y hablar con Siron. Espérame en la puerta.

Y diciendo esto echó a correr hacia el interior del templo, donde los monjes oraban.

Ella metió de nuevo sus pertenencias en las alforjas del caballo y le dio unas palmaditas en el hocico.

- Tranquilo.- Le susurró.- Vamos a buscar a Khiara y a Rune.

El alazán cabeceó arriba y abajo y coceó en el suelo, como si comprendiera.

La joven terminó de ensillarlo y lo llevó a la puerta junto al caballo que había escogido Thalin. Noa esperó pacientemente a que él reapareciera.

Durante el tiempo en que tardó en volver el joven, los animales tuvieron tiempo para provocarse y dirigirse una cuantas miradas amenazadoras. Noa no se habría alterado si no hubiera sido por que los dos, machos jóvenes y vigorosos, se encabritaron de golpe y comenzaron a cocearse violentamente.

- ¡Quietos !.- Chilló desde una distancia prudente. Los furiosos animales podían herirla.- ¡Parad de una vez !.

Por suerte para ella, Thalin apareció en ese preciso momento y la ayudó a separarlos.

- ¿ Se han herido ?.- Le preguntó mientras los inspeccionaba con una mirada rápida.

Noa negó con la cabeza.

- No. Creo que están bien.- Contestó un poco avergonzada de no haber podido mantener el control de los animales.

- Perfecto.- Dijo él montando en el caballo negro.- Entonces vámonos.

Noa montó también con bastante agilidad para sorpresa del joven.

Thalin se dijo que no debería de asombrarse ya que ella, aunque no lo pareciera en lo más mínimo, era una mujer bárbara al fin y al cabo.

Cuando ambos estuvieron acomodados en las sillas de sus monturas, espolearon con fuerza a los animales y salieron raudos en dirección a Abalach. La misma que había tomado Alf esa misma mañana y la misma que habría tomado Khiara con toda seguridad.

Con el sol ya en pleno cenit, los jóvenes galoparon tras ellos.

Habían transcurrido ya unas cuantas horas desde que Alf dejara el templo de Jarms. Como él había supuesto, el sol, al alcanzar su punto máximo era ahora muy fuerte. El sudor empezaba mojarle el escote del hábito y sentía escoceduras en las piernas al rozarse con la silla de montar a cada trote del caballo. Se pasó una mano por la frente para limpiarse.

La estación del verano estaba siendo muy calurosa en la zona sur de Karmania, se dijo. Siempre había habido aunque fuera, un poco de viento fresco para aliviar a los sufridos habitantes, pero él se había percatado de que desde hacía algunos años, una veintena aproximadamente, el clima se había descontrolado por completo.

Los veranos eran terriblemente calurosos y los inviernos eran muy fríos también. Esto era normal en el norte, pero no allí en el sur. Además, últimamente había aparecido un nuevo fenómeno climatológico relacionado con el viento. Los elfos de Gehena lo llamaban Xar.

Alf no había visto ninguno desde que conocía su existencia, pero sabía que los Xars aparecían sobre todo por la zona media del continente, justo donde vivían los elfos. Por lo que había oído eran similares a los tornados. Aparecían bruscamente, sin avisar, y se llevaban todo cuanto se les pusiera al paso. La fuerza que desataban era impresionante, al igual que su desaparición. Los afortunados que lo habían presenciado sin vivenciarlo, aseguraban que era como ver al dios Yevhai en persona materializándose en su forma esencial.

Unos pensaban que era un castigo, otros que era una muestra del poder del dios, y los blasfemos decían que el dios del viento debía de estar borracho como una cuba cuando esto sucedía.

Sea por el motivo que fuere, estos Xars eran mortales y peligrosísimos. Lo mejor que podía hacer uno al verlo era echar a correr en dirección contraria con todas las fuerzas que se tuvieran.

Y aún así...no todos escapaban de sus garras.

Alf hizo el signo de la diosa Mara para que lo protegiera de todo mal. Y dio gracias por lo afortunado que era, pues en el fondo de su mente una vocecilla le decía que todos sus problemas en Puerto Elba no eran más que minucias comparadas con los que tendría el resto de Karmania. Por eso había tenido que salir de su apacible templo y aceptar su cargo en Abalach. Aunque estaría allí un tiempo, el suficiente como para no levantar murmullos, tenía muy claro que su camino no acababa ahí, sino que comenzaba.

El caballo de Alf piafó cansado. El clérigo tiró de las riendas y paró la marcha hasta un paso lento. Fizz tenía la boca cubierta de espuma blanca.

- Descansemos un ratos.- Le dijo dándole una palmada en su cuello gris. - No hay razón para ir como si nos persiguiera una manada de lobos.

Alf había mantenido a su montura al trote durante el camino, había parado ya dos veces y pararía las veces que hicieran falta para que descansase el animal. No había motivos para tener prisa.

El clérigo había detenido la marcha en la entrada del bosque del Emigrante.

Había dos formas de llegar a Abalach. Una era atravesar la ciudad de Colintia y otra era pasar por el bosque. El camino más corto era sin duda el que había elegido pues atravesar Colintia suponía dar un rodeo bastante grande.

Alf no le tenía miedo a los bosques ni a los que pudieran ocultarse en él. Ni siquiera el hecho de que Siron hubiera tenido ese desafortunado incidente con las mujeres bárbaras le había hecho cambiar de actitud.

Sin embargo, tomarse a la ligera los caminos boscosos en aquellos tiempos tan revolucionados era simplemente una temeridad. Recordaba haber desaprobado el que Siron aceptara la protección de las mujeres, pero ahora que miraba los árboles altos y frondosos que apenas dejaban pasar los rayos del sol, se dijo que tal vez no hubiera sido mala idea hacerse acompañar por alguien.

Lo que le hizo pensar inmediatamente en Thalin.

El pesar volvió a pellizcarle las entrañas. Conscientemente se decía que había tomado la decisión correcta pero en el fondo de su mente o tal vez de su corazón sentía que había cometido un error. Un error imperdonable si además tenía en cuenta el pasado del joven. Los recuerdos se agolparon en su mente pidiendo entrar, Alf los desterró sabiendo que si lo consentía sería capaz de dar media vuelta en busca del muchacho.

Y eso no podía hacerlo, se dijo. Era por el bien de Thalin. El mundo no estaba preparado para recibirlo y el abrirse a él solo le traería desdichas y sufrimientos incalculables. No, había hecho lo que debía. Aunque aquello significara no verle nunca más.

Fizz coceó el suelo y piafó ruidosamente. Alf desmontó del caballo, le quitó la silla de montar y lo ató a un árbol próximo. Metió la mano en las alforjas y sacó un pedazo de carne seca, pan y un par de zanahorias. Dio las hortalizas al agradecido animal y él se sentó a la sombra de las ramas del árbol dando un par de mordiscos al pan y a la carne.

Aún le quedaba una tarde entera a caballo para cruzar el bosque y tenía previsto llegar al monasterio de Abalach no muy entrada la noche. Por tanto era una buena decisión tomar algo ahora y esperar a que el sol descendiera un poco y remitiera su calor.

El clérigo suspiró aliviado de haber encontrado cobijo del sol bajo aquel espigado árbol. No había viento pero aun así era una delicia ocultarse un tiempo de aquellos rayos abrasadores. Sentado con las piernas extendidas, dio fin a la frugal comida. Luego, sus manos callosas de tanto trabajar el huerto, levantaron a penas el hábito hasta las rodillas e inspeccionaron sus piernas de arriba a abajo. Unas rojeces habían comenzado a formarse en la parte interna de los muslos y sus pantorrillas se había arañado un poco probablemente debido a algún arbusto alto del camino.

Desde luego, se dijo, montar a caballo con un hábito y unas sandalias no era lo más apropiado, pero no pensaba quitárselo por nada del mundo. Aceptaría los inconvenientes a pesar de que sabía que aquello era una cabezonada infantil.

Entonces, un sopor empezó a embargarle por todo el cuerpo. El cansado ejercicio de la cabalgata, el calor que había soportado por el camino y la comida que acaba de ingerir, contribuyeron todo ello a que sus párpados le pesaran enormemente.

Fizz, aquel dócil y noble animal que le había traído hasta allí, ya le había tomado la delantera y cabeceaba sumido en apacibles sueños.

La idea era atrayente, desde luego. Alf miró a derecha e izquierda oteando el lugar en el que se había parado. Era una zona boscosa con un claro en el centro donde el sol daba de lleno. Alrededor de ese claro los árboles formaban un círculo irregular y solitario. Alf había escogido uno de esos árboles al azar con tal de que el sol no diera en él.

Era un sitio bonito y tranquilo. Los pajarillos revoloteaban sobre ellos buscando tal vez el frescor tan ansiado aquellos días. De vez en cuando sonaba una grulla o algún otro animal de pequeño tamaño. La fauna era menos peligrosa de lo que podía serlo el cansancio en un jinete que viaja por caminos poco transitados.

Otra cosa eran los asaltantes de caminos o los ladrones. Estos podían estar en cualquier parte y aparecer en cualquier momento. Cualquiera podía ser sorprendido tanto despierto como dormido, y Alf pensó que sus posibilidades, dado que él era un monje pacífico, serían prácticamente las mismas. Así que cerró los ojos y se dispuso a dormir un rato.

No habían pasado ni unos instantes cuando el clérigo se sobresaltó al oír el sonido de unos cascos lejanos que se aproximaban a él. Abrió los ojos como si le hubiera caído un rayo y se levantó rápidamente.

Fizz salió también de su amodorramiento y bailoteó intranquilo alrededor del árbol. Dio un par de tirones a las riendas intentando soltarse de sus ataduras, pero no lo consiguió.

La figura de un jinete se recortó en el camino.

Iba al paso y parecía haber advertido ya que no estaba solo. No daba señas de hostilidad pero tampoco de lo contrario. El clérigo no pudo ver claramente de quién se trataba, pues la luz que daba a sus espaldas se lo impedía. Tendría que esperar a que fuera él quien se acercara.

- ¿ Todos los monjes sois tan poco precavidos ?.- Sonó una voz de mujer. - Dormir en los bosques sin protección es un suicidio.

Aquella voz...la conocía. Alf se llevó una mano a la frente y entrecerró los ojos para ver mejor. La figura era ya más nítida y a cada paso que daba hacia él le parecía más familiar.

- ¿ Quién eres ?.- Preguntó.- No puedo verte bien.

La mujer hizo que su caballo se desviara un poco hacia la derecha y la luz del sol la iluminó desde otro ángulo. Esta vez el clérigo sí que la reconoció.

- ¡ Por la diosa !.- Exclamó sin dar crédito a lo que veía.- ¿ Qué haces aquí ?.

Khiara llegó muy cerca de Alf. Paró a su yegua y desmontó.

- No me gustan los templos.- Replicó con voz seca mientras se acercaba a él.- Y no me gusta tener cuentas pendientes.

- No te entiendo.- Alf desató a su caballo y le dio unas palmaditas en el cuello.

- Sabes perfectamente de lo que estoy hablando.- Le espetó resabidamente ella.- Sé que Siron ha hablado contigo y que te has negado a darme el dinero que me debes.

Alf negó con la cabeza. Khiara estaba a un escaso metro de él y lo miraba con una intensidad abrumadora.

- Eso no es cierto.- Contestó él con voz grave.

- No lo niegues.- Dijo ella apoyando el peso de su cuerpo sobre una de sus piernas.- Se que es verdad.

- No. Te repito que estás equivocada, mujer.- Se reafirmó Alf. Luego le invitó con gesto a que se sentara.- Pero por favor, hablemos calmadamente.

Khiara se lo pensó unos instantes y asintió por fin. Dejó a su montura suelta para pastara libremente y se sentó en la hierba. Alf tomó asiento a su lado.

- Me gustaría pensar que no has recorrido todo este camino para recuperar tu dinero.- Comenzó él.- Me decepcionaría enormemente esa actitud.

La mujer sacudió su cabellera en un gesto enérgico y se carcajeó irónicamente. Su mirada era salvaje.

- ¡ Me importa muy poco lo que piense nadie de mí !.- Dijo desafiante.- Hace tiempo que he dejado de vivir preocupada por lo que opinen los demás.

Alf asintió respetuosamente.

- Me lo supongo.- Y dijo mirando alrededor.- ¿ Has venido sola ?.

- ¿ Te parece que hay alguien más conmigo ?.- Contestó ella señalando a su alrededor con un gesto rápido.- Claro que he venido sola.

- La joven...tu hermana, está en el templo.

- Sí, la he dejado allí.

Alf se llevó una mano a la barbilla.

- ¿Qué puedo hacer por ti ?. - Le preguntó yendo al grano.

- Eso es evidente.- Dijo ella.- Necesito mi dinero, pero quiero ser una persona justa.

- ¿ A qué te refieres ?.- Preguntó él alzando una ceja.

- Te propongo un trato.- Dijo ella.

Alf no pareció sorprendido. Aquella mujer parecía vivir de los tratos.

- Te escucho.- Concedió al fin.

- Podría llevarme mi dinero ahora.- Dijo ella segura de sí misma.- Y también me lo habría podido llevara en el templo si hubiera querido. Pero no me hubiera traído buena cuenta.

- Digamos que no habrías sacado provecho.

- Exactamente.- Dijo ella.- Tengo que invertir mis bienes.

- Quieres ver tus ocho monedas de plata convertidas en veinte.- Dijo él siguiendo los pensamientos de la mujer.

- Algo así.- Asintió ella.

- ¿ Y cómo piensas hacerlo ?.- Le preguntó el clérigo.

- Verás. Es muy sencillo.- Los ojos de Khiara brillaron de manera extraña.

Por primera vez a Alf le pareció peligrosa.

- Se trata de lo siguiente.- Continuó ella con voz sibilante.- Yo te ofrezco protección por una temporada discutible y tu me pagas las ocho monedas que me debes más las que me haya ganado hasta entonces por mis servicios. Es sencillo, ¿no ?.

- Ya veo.- Dijo el clérigo cruzando las piernas y llevándose una mano al mentón. - Me ofreces el mismo trato que le ofreciste hace unos días a mi hermano Siron, ¿no es cierto ?.

- Es parecido, sí.

- ¿ Y qué pasa si no acepto ?.- Dijo Alf tanteando a la inteligente mujer .- ¿ Que pasa si decido devolverte ahora mismo tus ocho monedas de plata y te buscas la vida en otra parte ?.

- Ohhh.- Khiara sonrió tranquilamente. Había esperado esa respuesta del monje.- Podrías hacerlo, claro. Nadie te lo impide.

Alf intuyó que algo se estaba quedando en el aire. Algo peligroso.

- Pero crees que no debo hacerlo. - Dijo hurgando en la mente de la mujer. - Piensas que debería aceptar tu trato. ¿ Por qué ?.

Khiara ensanchó aún más su sonrisa.

- Eres más listo de lo que me pensaba. - Le dijo.- Casi le quitas el encanto a mis argucias.

Alf no contestó y la miró con ojos severos. Esperó a que ella se pronunciara.

- Sí, ya te he dicho que es un trato parecido.- Dijo suavemente.- Pero hay algunas diferencias. No hace falta que te lo desvele todo en caso de que aceptes.

- Siempre he preferido saber todos los detalles antes de tomar una decisión.- Le contestó él conciso.

La mujer nómada se encogió de hombros.

- Como quieras.- Y se dispuso a explicarse con claridad.- Mi trato es sencillo. Puedes aceptar y en tal caso contar con mi leal protección....O bien puedes rechazarlo. En este último caso, además de entregarme el dinero que me debes, tendrías que pagarme unos intereses por haberme tomado la molestia de seguirte hasta aquí.

Alf asintió.

- ¿ Te refieres a dinero cuando hablas de intereses ?.- Preguntó él todavía receloso. - ¿ O a otra cosa ?.

- Eso que dices es interesante.- Khiara fingió meditar las palabras del clérigo como si a ella no se le hubieran ocurrido antes.- Realmente interesante. Me sorprendes, clérigo.

- No puedo decir lo mismo.- Contestó él mirándola con lástima.

Khiara reaccionó a esa actitud con una ira volcánica. Se mantuvo sentada por pura fuerza de voluntad y cuando habló su tono cambió casi imperceptiblemente pero sus ojos llameaban.

- En mi tierra, los trueques son muy frecuentes.- Dijo.- Siento que no estés acostumbrado a ellos.

- ¿ Trueque o extorsión ?.- Precisó Alf.

- Llámalo como quieras.- Dijo Khiara.- La decisión es tuya. Acepta mi oferta o dame mi dinero y ...tu caballo.

Alf había supuesto algo así, pues no podía ofrecerle nada más.

Entre ellos se hizo un denso silencio. El clérigo se levantó muy despacio de la hierba para no dar una sensación errónea a la mujer, pues no era esa su intención. Khiara imitó su gesto y ambos quedaron de nuevo frente a frente.

La mujer nómada era más alta que él, estaba en plena forma y parecía dispuesta a saltar a la menor provocación. Alf estaba en desventaja. No le quedaba otra salida.

- Sea como tu quieres.- Dijo. - Acepto el trato.

La mujer sonrió triunfante. No había nada que ella no pudiera conseguir.

- Has hecho bien, clérigo.- Le dijo apartándose un poco de él.- No te arrepentirás.

- Ya me estoy arrepintiendo.- Contestó Alf .- Sabes que he aceptado por que no me queda más remedio. No puedo llegar a Abalach a pie ni comprar otro caballo en Colintia. No llevo dinero suficiente para eso.

- Ya lo sé.- Khiara rió. Era una risa corta y sin emoción.- Contaba con ello.

Alf tuvo que admitir que la pericia de aquella mujer era admirable. Se dijo para así que en su vida habría tenido que salvar muchos obstáculos.

La mujer, que vio como el clérigo la observaba, esbozó una sonrisa. Había sido todo muy fácil. Pronto reuniría el dinero suficiente que necesitaba, solucionaría unos asuntos pendientes y volvería al templo a recoger a su hermana Noa. Debía dar gracias a los dioses por que el destino le estuviera siendo propicio en estos momentos.

Alf se atrevió a hacer una pregunta más.

- ¿ Eres buena en este trabajo ?. Quisiera saber que por lo menos estoy en manos de una profesional.

- Por supuesto que soy buena.- Dijo orgullosa.- Soy la mejor.

- Eso me tranquiliza.- Asintió Alf.- Quería asegurarme de que el trato era equitativo.

Entonces ocurrió algo inesperado tanto para ella como para el clérigo. Una flecha voló rauda por los aires y se clavó en un árbol próximo a Alf.

La flecha había pasado a medio metro de la cabeza del clérigo, a la altura de los ojos. Khiara lo miró dando a entender que ella también estaba sorprendida.

No tuvieron tiempo de reaccionar cuando otra flecha idéntica a la anterior hizo blanco en un brazo de Alf. El clérigo se retorció de dolor y cayó al suelo como un saco roto. La mujer nómada se inclinó al instante sobre él y una lluvia de flechas pasó volando por encima de su cabeza hundiéndose en la maleza.

Khiara levantó la vista y tuvo tiempo de ver cómo unas sombras se movían por entre los árboles allí donde antes no había habido nada. Los caballos habían huido despavoridos y era cuestión de tiempo que otra andanada de flechas hiciera puntería con ellos. Con mudo pavor, Khiara tuvo que admitir un hecho indiscutible que no había previsto y que podía acabar con su vida además de con sus planes. Y era algo muy simple.

Que los estaban atacando y que sus probabilidades de resistir a un ataque como ese eran muy pocas. Entonces el clérigo le tiró de una manga y consiguió pronunciar una frase entre toses :

- Querida.- Dijo balbuceante.- Quédate con mi caballo.






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El Susurro del Viento - Capítulo 3 -.





El Susurro del Viento

Capítulo 3






Siron suspiró aliviado de haberse librado de aquella mujer nómada. Debía de reconocer que tenía su parte de razón pero su comportamiento era inaceptable. ¡Cómo podía haberse atrevido a amenazarlo !. Bueno, solo había sido una insinuación, pero para él era demasiado. La próxima vez tendría más cuidado al hacer tratos con alguien.

Después de haber elevado sus plegarias a la diosa, pensó que lo mejor era hacerle una visita al clérigo. No podía ocultarle a su superior por más tiempo el asunto que había tratado con Khiara. Se sentía culpable si no lo contaba todo. Y por supuesto, Alf se merecía la verdad. Así que tomó la dirección que su instinto, más que su memoria, le indicó y se dirigió a los aposentos de Alf.

Los pasillos estrechos y sombríos lo condujeron hasta una puerta de madera noble algo ajada por los años. Sí, se trataba de la habitación que buscaba. Con un poco de suerte, su hermano de orden estaría en ella.

Llamó a la puerta.

- ¿ Sí ?.- La voz del clérigo se oyó tras ella.- Adelante.

Siron la abrió despacio y asomó la cabeza sin atreverse a entrar.

- Soy yo.- Dijo.- ¿ Puedo pasar ?.

- Por supuesto, hermano Siron.- Concedió Alf con un gesto de la mano.

El monje acabó de pasar y tomó asiento en una silla que su anfitrión le tendió.

- Gracias.

- ¿ En qué puedo ayudarte ?.- El clérigo mostró sus manos abiertas.

Siron carraspeó antes de hablar.

- Veras, hermano...- Su voz estaba un poco afónica, seguramente por haberla forzado en su conversación con la mujer bárbara.

- ¿ Tenemos algún problema con las extranjeras ?.- Apuntó Alf, que no tenía un pelo de tonto.- Me ha parecido que la mayor, Khiara si mal no recuerdo, se encontraba un poco molesta por algo. ¿ Se trataba de algún asunto de dinero ?.

- No...quiero decir, sí. Bueno...- El monje se miró sus manos regordetas.- Digamos que sí.

-¿ Y bien ?.- Esperó Alf pacientemente.

- Le prometí que le daría diez monedas de plata por escoltarme hasta aquí.

Alf abrió los ojos como platos.

- ¿Escoltarte ?.- Dijo asombrado.- Hermano Siron, que yo sepa de Thiras hasta Puerto Elba no hay un camino excesivamente peligroso. Además, lo has hecho otras veces.

Siron asintió confuso.

- Ella...no sé cómo lo hizo. La cuestión es que me convenció.

- Bien, si lo creíste conveniente...- afirmó Alf encogiéndose de hombros.- Bien está lo que bien acaba.

Entonces la cara del monje se contrajo en una mueca indefinible.

- Esa es la cuestión.- Dijo bajando la voz. Su calva cabeza comenzaba a sudar otra vez.- Que no ha terminado bien. En realidad no ha terminado en absoluto.

- ¿ Y eso por qué ?.- Alf negó con la cabeza.- Vamos, hermano, no tengo todo el día. Habla de una vez sin rodeos, por favor.

El clérigo tosió un par de veces esperando a que Siron se arrancara de una vez. Rezó por que fuera pronto.

- A lo que iba, - continuó el otro haciendo un evidente esfuerzo - le prometí diez monedas de plata y sólo le he pagado dos.

- ¿ Y bien ?.

- Le dije que cuando llegara a este templo...bueno, que cuando llegara, tu...o sea - titubeó muerto de vergüenza -, que...le pagarías.

Alf suspiró y frunció los labios, disgustado.

- Hermano, ¿ cómo has podido cerrar un trato así ?.- Le dijo sin alzar la voz. No estaba enfadado sino importunado.

- Comprendo que he cometido un error. Lo siento.- Se disculpó mientras se retorcía las manos nerviosamente.

- Sabes que todo lo que tengo lo comparto gustosamente con mis hermanos.- Dijo Alf intentando hacerse comprender.- Pero en estos momentos no puedo desperdiciar ni una sola moneda de cobre. No sé cuanto tiempo voy a estar fuera.

- Lo sé, lo sé.- repitió el monje.

El clérigo miró a Siron. Este último estaba consternado.

- Aunque si no hay más remedio,- concedió Alf condescendiente - me haré cargo de las restantes ocho monedas de plata. Si has acordado pagarle, le pagaremos. Ya las devolverás a la orden cuando puedas.

Siron arrugó la cara deshecho de amor por su viejo y querido amigo Alf.

- Gracias, hermano, gracias. - Y añadió.- Pero eso no será necesario porque las mujeres han aceptado quedarse aquí unos días.

- Bien. No hay ningún inconveniente.

- Entonces, puedes pagarles a la vuelta. Ellas están de acuerdo.

Alf meditó unos momentos lo que Siron acababa de decir. Eso podía complicar las cosas. El iba a ausentarse por un tiempo indefinido. Tal vez no volviera.

- Hay, hermano. Eres una calamidad.- Le dijo sin ánimo de ofenderlo.- Siempre metido en líos.

- Tienes toda la razón, Alf.- Reconoció el monje con desánimo.- No debería llevar este hábito. No me lo merezco.

- No digas tonterías.

- Soy un inconsciente. Salgo de una y me meto en otra aún peor.

- Eso sí es verdad.- reconoció Alf.- Pero no te preocupes más. Y en cuanto al dinero...

- Ellas esperarán a que regreses.- Dijo Siron de nuevo.- No pueden irse sin nada en los bolsillos. Cuando vuelvas saldaremos las cuentas. Y en cuanto consiga ocho monedas de plata te las devolveré íntegramente.

Siron no captó el brillo de los ojos de Alf cuando pronunció esas palabras. El clérigo había decidido no contarle a nadie sus verdaderos propósitos. Que se iba tal vez para siempre. A nadie excepto a Thalin a quien nada podía ocultarle.

Su voz estaba cargada de pesar cuando contestó.

- Está bien, hermano. Todo se solucionará cuando regrese.

Siron se sintió más aliviado. Se levantó de la silla y abrió la puerta.

- Por cierto, Alf. Cuidaré muy bien de Thalin.- Le aseguró.- Casi, como lo harías tu mismo.

- Sé que lo harás mejor que yo. El muchacho no podría tener un mentor mejor. De eso estoy seguro.

- Entonces, hasta la próxima. Y buen viaje.- Le deseó Siron sonriente.

Alf le devolvió la sonrisa y lo observó mientras se marchaba.

En su corazón había un gran peso que aumentaba cada vez más. Era un dolor sordo agazapado en lo más profundo, pero ahí estaba.

- Tal vez no haya una próxima vez, amigo mío.- Dijo para sí en un tono apenas audible.- Tal vez esta sea la última para los dos.

Thalin había visto salir corriendo a la joven muchacha de cabellos rubios. Su primera intención había sido ir tras ella pero sus ojos tropezaron entonces con los de Khiara. Vio su determinación y frialdad en ellos y sin saber por qué se encontró devolviéndole una mirada tan fría como la suya. Cómo podía alguien causar el menor daño a aquella otra, tan delicada y cándida. Siron le había dicho que eran hermanas. ¡Quién lo hubiera imaginado !. No se parecían en absoluto.

Sostuvo la mirada de la mujer bárbara hasta que esta se giró y se fue. La observó largamente varios segundos más, indeciso a moverse de allí. Cuando estuvo solo se acordó de la joven rubia.

Había ido hacia el lado este de los jardines. Donde los rincones eran la norma y las estatuas y bancos de piedra ofrecían un escenario misterioso y casi mágico.

Thalin había pasado muchas horas en esa zona que él consideraba privada, pues a parte de Alf nadie solía frecuentarla. Sin tener noción de ello, la joven había buscado refugio en ese místico lugar.

Sin que su mente opusiera resistencia, sus pies comenzaron a andar hacia allí. No tardó mucho en encontrarla, echada sobre un banco cubierto de musgo. La joven lloraba entrecortadamente. Thalin se quedó quieto sin atreverse a romper el silencio. Quería hablar con ella, consolarla, pero no quería invadir la intimidad de la muchacha.

Miró al cielo.

La fuerza del sol se estaba debilitando y sus rayos ya no tocaban el jardín. Pronto la humedad sustituiría al calor y el viento se levantaría llevándose con él las hojas de los árboles.

El no debería estar allí, se dijo. Dio media vuelta dispuesto a marcharse. Entonces cayó en la cuenta de que el llanto de la joven había cesado y de que lo había sustituido el silencio. ¿ Debía darse la vuelta o marcharse ?. A lo mejor ella ya se había dado cuenta de que no estaba sola.

- Tu eres Thalin, ¿ verdad ?. - Sonó en el aire.

La voz de la muchacha era dulce como la miel. Su tono era suave y cálido. De repente quería marcharse a toda prisa. Se sentía tan vulnerable...

- Sí.- Contestó escuetamente girándose lentamente.

Noa, se había incorporado. Ya no llevaba aquellas ropas pardas y verduscas del día anterior. Llevaba un sencillo traje color azul intenso, que resaltaba el de sus ojos. Su cabello rubio caía suelo y despeinado sobre su rostro mojado e hinchado por el llanto. Su figura esbelta pero menuda era armónica y bien proporcionada. A Thalin le pareció preciosa.

- Tu eres el que ha venido a cuidar Siron, ¿no ?.- Preguntó de nuevo.

- No ha venido a cuidarme.- Le rectificó Thalin acercándose a ella.- A venido a enseñarme.

- Bueno, eso quería decir.

El asintió perdonando su error y se sentó en un extremo del banco. Los separaban dos metros aproximadamente. Thalin no quiso sentarse más cerca por temor a que ella se sintiera incomodada.

- Mi tutor, Alf, confía mucho en Siron. Es un buen monje y una buena persona.

Noa no contestó. Sorbió por la nariz ruidosamente.

- Alf va a marcharse.- Continuó él mirando a unos árboles que tenía en frente. - Le han llamado desde Abalach. Allí lo necesitan.

- ¿ Lo aprecias mucho ?.- Preguntó ella.

- ¿Qué ?.

- Me refiero a Alf.- Dijo dándose a entender.

Thalin apartó la mirada de los árboles y la miró.

- Nunca hemos estado mucho tiempo separados. Eso es todo.- Le confesó.

Noa respiró el aire puro del jardín sintiéndose reconfortada.

- No os parecéis mucho.- Dijo distraída.

- No.

- ¿ Cómo es eso ?.

Noa no obtuvo respuesta. Miró a Thalin.

- ¿ Qué ocurre ?.- Le preguntó. El joven parecía ensimismado.

- Nada. Déjalo.

La joven se encogió de hombros.

Estuvieron unos instantes en silencio. La joven a pesar del disgusto que se había llevado antes, daba el aspecto de encontrarse más calmada. Aquel lugar de árboles verdes y fresco aroma la hacía sentir bien.

- ¿ Por qué discutíais tu hermana y tu ?.- Le preguntó él entonces.

La muchacha suspiró antes de contestar.

- Asuntos de familia.- Dijo .- No tiene importancia.

Thalin esperó a que continuara.

- De verdad.- Siguió ella .- Es que tiene mal genio, pero su corazón es bueno.

Los ambarinos ojos del joven brillaron con ironía. Había visto la mirada de aquella salvaje mujer y allí no había nada de bueno.

- Y...sois nómadas ¿no ?.

- Sí.- Le explicó.- Nacimos en el valle Varo.

Thalin observó su pelo rubio y sus ojos claros.

- No se me habría pasado por la cabeza que fueras de allí. Mas bien...- se llevó una mano a su fina barbilla. - pareces del norte, de las montañas.

Noa rió.

- ¡Las montañas !. ¡Qué frío !.- Dijo sujetándose los brazos como si lo tuviera de verdad.- No, no. Para nada. En realidad soy una excepción por lo que a mi físico se refiere. En mi familia todos son como Khiara : Ojos castaños , cabello oscuro y tez morena.

- Ya. Supongo que tiene que ser así.

- ¿ Y qué me dices de ti ?.- Se aventuró ella a preguntar.- Nunca he visto a nadie como tu...tan alto, tan pálido, y... con esos ojos.

Thalin fijó su mirada en un ciprés mecido por el viento. Este se había levantado de repente y serpenteaba entre los ramajes frondosos. Su rincón privado parecía estar dotado de vida propia. Como si estuviera escuchando cada palabra que ellos decían.

En su mente saltó la eterna pregunta que se había hecho desde siempre. Nunca había obtenido la respuesta. Sintiéndose incómodo de nuevo, se levantó del asiento y se dispuso a marcharse. En el aire, flotaron sus palabras.

- Nadie ha visto a alguien como yo.

Noa miró al joven.

Allí de pie, con la mirada perdida y esa expresión tan vacía en sus ojos, le pareció la persona más solitaria del mundo. Aunque sólo estaba a unos metros de ella, la joven sintió que él se hallaba lejos, muy lejos.

Estuvo tentada de decirle algo. Que la perdonara si había dicho algo que le hubiera incomodado, que no había tenido la intención de hacerlo sufrir. Pero no tuvo ocasión de hacerlo, pues Thalin ya había comenzado a andar hacia el templo dejándola sola de nuevo.

El aire que había soplado en el jardín cesó de pronto. Las hojas cayeron y Noa sintió que ya no quería estar allí.

Miró hacia el templo.

Thalin había desaparecido. Sería mejor que ella también entrara. Era probable que alguien la estuviera buscando. Sin pensarlo más, tomó el mismo camino que segundos antes había elegido el joven para entrar en el templo.

El jardín de las estatuas, con sus formas casi vivas y sus expresiones mudas, quedó atrás.

Las ropas de Alf estaban ya preparadas y guardadas en su práctica bolsa de viaje. Se había pasado toda la mañana supervisando sus pertenencias para cerciorarse de que no se dejaba nada importante. Un par de mudas, unas cuantas cosas de aseo personal, un pequeño cuchillo para cortar carne, alimentos varios y sus preciados libros que tanto le habían enseñado.

Alf cogió uno y acarició sus cubiertas con cariño. Era viejo, de color oscuro y estaba cuidado con esmero a juzgar por su buen estado. Los recuerdos se agolparon en su mente. Su juventud había transcurrido entre libros y mas libros como los que guardaba en su bolsa.

De todos los que había leído estos cinco eran los más preciados para él.

Se los llevaría sabiendo que los iba a necesitar. Sus enseñanzas siempre lo habían enriquecido en momentos de duda e incertidumbre.

Alf sabía que estaba emprendiendo un camino sin vuelta atrás. Que era una decisión arriesgada y que pasaría momentos muy difíciles. No sabía lo que iba a buscar ni dónde encontrarlo pero como muy bien había dicho Thalin, no podía quedarse en el templo cerrando los ojos a lo que se avecindaba.

Tres golpes sordos sonaron en su puerta. Alf hizo pasar a quien llamaba. Era el anciano Rogard.

- Hola, hermano.- Lo saludó.

El anciano, medio encorvado, le devolvió el saludo con un gesto rápido de la mano mientras revoloteaba a su alrededor.

- Oh, vaya.- Dijo mirando la bolsa de viaje de Alf.- ¡Sí señor !. Ya está todo listo. Ya nos vamos.

- Sí.- Asintió él.- Ya he terminado.

- Oh, no señor.- El anciano le tiró de la túnica como si fuera un chiquillo.- Aún falta algo, falta algo.

Alf echó una mirada global a su habitación buscando lo que podía haberse olvidado. No vio nada.

- ¿ Qué falta ?.- preguntó.- Tengo todo lo que necesito.

El anciano negó con la cabeza tozudamente.

- ¡Los jóvenes !.- Dijo.- Siempre creen que lo saben todo.

Alf hizo una mueca.

- Ya no soy tan joven, Rogard.

- Uhmm.- Refunfuñó el viejo.- Siempre replicando.

- Qué buscas, hermano, ¿puedo ayudarte ?.- Se ofreció Alf viendo que el anciano pasaba sus nervioso ojos por toda la habitación.

- ¿ Dónde, donde... ?- decía.- No está, no.

- ¿ El qué ?.

- ¡Qué va a ser !.- Replicó furioso.- ¡El escurridizo colgante !.

¿Un colgante ?. Alf no sabía que él tuviera ningún colgante. Intentó decírselo.

- Rogard, me parece que no...

- Estaba aquí.- Se dijo rascándose su anciana cabeza.- Pero ahora ya no. No señor, no lo veo por ninguna parte. Se ha ido.

- ¿Cómo ?.

-¡Que se ha ido !.- Repitió frunciendo los labios.- Siempre hace lo que le da la gana. Siempre se esconde, si señor. Se cree más listo que el viejo Rogard.

Alf no entendía lo que hablaba. Con los años, el anciano monje había comenzado a sufrir la senilidad de la vejez.

Dejó allí al entretenido hombre y salió de la habitación con su bolsa en la mano. Era mejor así. No tendría que despedirse de él.

Cuando llegó al patio vio a Thalin de pie, esperándolo.

Pobre chiquillo, se dijo. Cuánto le apenaba tener que separarse de él. Era casi como un hijo. El joven señaló el exterior del templo. La puerta estaba abierta. Un caballo bayo gris plomizo esperaba atado a una aldaba. Era hora de partir.

Alf llegó hasta el pálido joven y puso una mano en su hombro.

- Cuídate.- Le dijo emocionado.- Y cuida el templo en mi ausencia. Ah... - Añadió acordándose de Bellac.- y no permitas que se mancille el nombre de nuestra diosa, Mara. Aunque los tiempos sean difíciles, hay que tener fe.

El joven asintió.

- Te dejo en buenas manos.- Siguió el clérigo.- Siron te ayudará en todo lo que pueda, y los demás hermanos también. Con Rogard simplemente ten paciencia, es mayor y ya no sabe lo que dice.

- Como digas, padre.- Concedió Thalin.

- Y respecto a las mujeres...- Le explicó.- Son libres de quedarse o de marcharse cuando quieran. He dejado ocho monedas de plata en mi cofre. Dáselas a la mayor y que ellas decidan qué hacer. Los tratos han de zanjarse cuanto antes.

- ¿ Qué tratos ?, ¿ y por qué he de darle dinero ?.- Thalin no estaba enterado de nada.

- Pregúntale a Siron, hijo. Es una historia muy larga. - Dijo.- El te la contará mejor que yo.

Aunque el joven no comprendió prometió hacer lo que Alf le pedía.

- ¿Cuando volverás ?.- Le preguntó. Sabía que era una pregunta estúpida, pues sabía la respuesta. Tampoco había nadie con ellos para que ambos tuvieran que representar un papel fingido.

- No lo se. Pero te escribiré

Para Thalin aquello no era suficiente. No se lo dijo.

- Entonces, ya no nos veremos más.

- Eso solo los dioses pueden decirlo.- Le dijo el clérigo. - Espero que no sea así.

- Yo también. Aún creo que debería acompañarte.- Intentó por última vez.

- No es posible.

- Bien, entonces.- Thalin se apartó del contacto del clérigo. - Cuídate tu también.

Alf asintió pesaroso. Nunca había pensado que llegara el día en que tuvieran que tomar caminos separados. Pero ese día había llegado.

- Me voy ya. No hagamos más largo esto. - Y diciendo esto se dio media vuelta y caminó hacia el exterior del templo. Acomodó su bolsa en el lomo del animal, lo desató y montó en él. No miró a Thalin mientras lo hacía dar la vuelta. Habría sido un error.

Alf clavó la vista en el horizonte. El sol estaba comenzando a despuntar y sus rayos pronto serían fuertes. Debía darse prisa si no quería empaparse en sudor. Sintiendo que todavía Thalin no se había marchado, tiró de él una necesidad imperiosa de girarse y abrazar al muchacho. Decirle cuanto lo echaría de menos y que perdonara haberlo puesto en esa situación.

Sin embargo no hizo nada de eso.

Espoleó a su caballo, Fizz, y lo hizo salir al trote. Los cascos de su montura levantaron el polvo envolviéndolo en un halo de invisibilidad.

Thalin lo vio partir desde las puertas del templo. No sabía cómo pero había conseguido mantenerse más entero de lo que había supuesto. A pesar de que ahora se quedaba solo, todavía no sentía la ausencia de Alf. Lo veía todo como en un ensueño, como si él fuera un espectador más que un participante, aunque en le fondo sabía que no era así y que con el tiempo se hundiría en la amargura. ¿ Cómo había podido Alf dejarlo allí ?. Cómo él lo había consentido.

A sus espaldas y unos pasos ligeros, que se arrastraban con irregularidad alertaron a Thalin que tenía compañía. Una voz gruñona y farfullante le gritó algo mientras se acercaba.

- ¡Aquí lo tengo, aquí lo tengo !. Ya lo he encontrado.

Thalin se giró y vio a Rogar corriendo hacia él. Llevaba algo en la mano sostenida en alto.

- Se pensó que podría engañar al viejo Rogard...- Comenzó. Pero cayó en la cuenta de algo.- ¿ Dónde está Alf ?.

- Se ha ido.- Dijo él aparentemente tranquilo, con voz vacía de emoción.

- ¡Pero no puede ser, no señor !.- Exclamó el anciano molesto.- No puede irse sin el colgante. Lo necesitará.

Thalin se encogió de hombros.

- ¿ Y para qué quiere un colgante ?.

- Ah, jovencito. - Lo regañó Rogard con un dedo acusador.- Este no es un colgante cualquiera. Perteneció al fundador de este templo.- Le explicó.- Dicen que se lo entregó la propia diosa Mara en persona. Es un talismán protector, sí señor, eso dicen.

Thalin negó con la cabeza. Alf acababa de advertirle que tuviera paciencia con él. Asintió por darle gusto al anciano.

- Tómalo.- Dijo entregándoselo con sus manos arrugadas.- Se lo darás tu.

- No. No lo quiero.- Dijo.

- ¡Tómalo, testarudo muchacho !.- Insistió él obligando al joven a que se lo colgara del cuello.- Póntelo y no protestes. ¡La juventud !. Yo a tu edad obedecía a los mayores sin rechistar, si señor.

Thalin se lo puso deseoso de que Rogard lo dejara en paz. En estos momentos no tenía mucha paciencia.

- Cuando vayas a buscarlo...- continuo el anciano.- se lo darás.

- Cuando vaya a buscar a quién.

- ¡A Alf, botarate !,- lo reprendió.- ¿ A quién iba a ser si no ?.

Thalin lo miró. ¿Por qué decía eso el anciano ?.

- Yo debo quedarme aquí.- Le dijo. Era la verdad.

- Pero te marcharás, si señor.- Decía con voz convencida el anciano.- Yo soy viejo, yo sé. Y Alf no volverá.

Esta vez Thalin sintió que el corazón le daba un vuelco.

- ¿ Qué te ha contado Alf, anciano ?.- Le preguntó entrecerrando su ambarinos ojos en busca de respuestas. Pero el viejo parecía haber perdido interés por la conversación y murmuraba para sí con la mente perdida en sus cavilaciones.

- ¡Rogard, hermano !.- Lo llamó Thalin de nuevo.- ¿ Por qué has dicho eso ?.

Pero el viejo se había dado la vuelta y se marchaba a otra parte.

- No volverá, no señor.- Decía.- Se ha marchado para siempre.

Thalin estuvo a punto de detenerlo y sacudirlo como a un fardo. Pero pronto el viejo comenzó a decir necedades y tonterías incomprensibles. El viejo había acertado de pura casualidad, por que Thalin sabía que Alf no había dicho nada a nadie. No habría sido capaz de enfrentarse a la mirada implorante de todos ellos.

En el fondo lo maldijo, por que sí que había sido capaz de dejarlo a él.

Thalin tocó el colgante que Rogar le había colgado al cuello, distraído. Era suave y muy frío al tacto. Hubiera jurado que estaba hecho de una aleación de cobre y plata. Parecía una medalla vulgar y corriente. Lo miró intentando ver qué dibujos se grababan en la superficie rugosa.

Lo más sobresaliente eran dos cabezas leoninas con las fauces abiertas que se enfrentaban entre ellas. Los ojos de ambas parecían ser gemas, del color del rubí. Eran tal vez lo más valioso del colgante. Detrás de ellas se alzaba un sauce llorón tallado toscamente, seguro que por una mano inexperta. Y a los pies del mismo, un ave que no reconoció se posaba en el suelo.

En conjunto era bonito, de color plateado con vetas rojizas que hacían juego con aquellos ojos rojos. Pero no era más que un colgante, pensó, no un artilugio mágico.

Thalin lo dejó caer sobre su pecho. El frío metal le arrancó un escalofrío.

Echó a andar despacio sin pensar a dónde iba. No había nadie por los alrededores e incluso Rogard había desaparecido. Aquel viejo monje le había puesto la carne de gallina por unos instantes. Había dicho que él se marcharía a buscar a Alf. Qué estupidez. Y dejar sus responsabilidades, a Siron y a todos los demás. No, no podía irse.

No debía irse.

Además estaban aquellas mujeres a las que debía atender debidamente. ¿ Y qué significaba lo del dinero ?. Daba igual. Mañana se lo daría a la primera que viera y no haría preguntas. Si fuera realmente importante Alf se lo habría explicado todo antes de marcharse.

Y luego estaba Siron.

Aquel monje era como un segundo padre para él. Era olvidadizo y un poco lento de entendederas pero siempre había cumplido con sus deberes en la orden, tanto en Thiras como en Puerto Elba. Y debía de reconocer que era uno de los más devotos servidores de la diosa de la Tierra.

No, no debía irse. Alf había rechazado todos sus intentos de ofrecerse como su compañero de viaje. Era evidente que quería estar solo, que no necesitaba a nadie. Y de haberse inclinado a tener uno sin duda que habría sido él, ya que a pesar de que Thalin era muy joven nadie más que él comprendía claramente al clérigo.

Una hoja húmeda cayó sobre su mejilla izquierda y se quedó pegada a ella. La apartó sin contemplaciones y la tiró al suelo.

O mejor dicho al césped del jardín.

Thalin se había ido acercando en sus vagabundeos a su refugio preferido, al jardín de las estatuas. Otra vez estaba ante sus figuras, contorsionadas en movimientos gráciles e inmóviles.

Miró a aquellas, sin vida, como tantas otras veces había hecho. A lo mejor esperaba que se la devolvieran como si pudieran hacerlo. No lo hicieron.

El viento se levantó suavemente y le despeinó los blancos cabellos tapándole los ojos. Los ramas de los árboles danzaron para él y Thalin escuchó el sonido del aire al pasar por ellas. De repente se sentía en calma. Extrañamente tranquilo. No supo cuanto tiempo estuvo allí, de pie, acunado por el místico escenario de piedras, cipreses y musgo verdecino.

Sus pensamientos eran transportados por el aire en ondas invisibles y nítidas. Susurraban :

Marcharse...,marcharse lejos...,muy lejos...







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INDICE DE CONTENIDOS DEL BLOG

EL DIA DEL ADVENIMIENTO

Introduccion
Prólogo
Capítulo 01
Capítulo 02
Capítulo 03
Capítulo 04


GUERREROS DEL OCASO

Introduccion
Capítulo 01
Capítulo 02
Capítulo 03
Capítulo 04
Capítulo 05
Capítulo 06
Capítulo 07


GREENWOOD

GREENWOOD -libro completo-


EL SUSURRO DEL VIENTO

Capítulo 01
Capítulo 02
Capítulo 03
Capítulo 04
Capítulo 05
Capítulo 06


POESIAS

Oda a Perla
Sueños de Dragón
Una Pequeña Frontera
El Ocaso
El Espejo Milenario
Dos Almas en la Noche
Ríos de Plata
Poesías Escaneadas


RELATOS

Laêe


EL CIRCULO DEL PODER

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12

El Susurro del Viento - Capítulo 2-.





El Susurro del Viento



Capítulo 2






El clérigo, Alf, se mantenía ocupado como cada día a la misma hora encendiendo las velas ceremoniales del templo de Jarms. Estaba plenamente dedicado a ello. Cualquiera que lo observara diría que estaba en éxtasis con su diosa Mara. El hombre encendía metódicamente cada vela, una a una con calma y sin prisas. Sus pies apenas hacían ruido cuando iba de acá para allá en su labor.

Alf, encendió una nueva mecha. La del cirio ceremonial situado en el centro del altar. Tan absorto estaba que no advirtió que el joven Thalin se acercaba por su espalda. Cuando este último tocó su brazo, Alf trastabilló de la impresión y a punto estuvo de dejar caer el cirio. Cuando se giró, el clérigo vio unos ojos que esperaban los reproches de su superior. Sin embargo, Alf solo pensó en reprenderlo un poco, como una madre haría con su hijo.

- Lo lamento, hermano Alf, yo...- Comenzó a decir tímidamente el muchacho disculpándose. Thalin era aun joven y estaba nervioso. Sabía que los días venideros iban a estar llenos de incertidumbre y que él tendría un papel importante en ellos. Ahora mismo no podía evitar tropezar con todo, pues su mente y su cuerpo vivían realidades distintas.

A pesar de que Alf nunca lo había tratado con dureza, el joven bajó la mirada y esperó pacientemente las palabras de su superior. Al ver que estas no llegaban, levantó la vista más por curiosidad que por temor. El clérigo lo miraba con condescendencia y una sonrisa a penas pronunciada en los labios. Puso por fin una mano en su delgado hombro.

- Soy yo quien debe disculparse. Como tu mentor debería haberme dado cuenta de que me he descuidado en mis deberes. Te prometí instruirte en tus nuevas obligaciones y todavía no lo he hecho. Se que la impaciencia es la causante de todo. ¿ Verdad, muchacho ?.

- Sí, supongo que sí. - Los claros ojos azules del joven, casi ambarinos, miraron de nuevo hacia el suelo. Su cabello pálido como la plata cayó libre sobre su rostro en ondas suavemente insinuadas. - Venía a informarte de un problema. - Dijo de un tirón.

- ¿De qué se trata ?.- Alf juntó sus espesas cejas en una línea, preocupado.- ¿ Acaso tiene algo que ver con mi marcha ?.

- No, padre.- Contestó Thalin. - No se trata de eso.

- ¿Entonces ?.¿Es que no quieres encargarte de mi trabajo ?.- Alf hizo un gesto tranquilizador con la mano.- No te preocupes. El hermano Siron viene a ayudarte, ya lo sabes. El te enseñará cualquier cosa que yo me haya olvidado de hacerlo.

- Gracias, Alf, pero tampoco se trata de eso.

El clérigo apretó los labios. Con una mano alzó el rostro del joven para poder verlo mejor. Lo observó como si fuera esta la primera vez.

Con el paso del tiempo se había convertido en un muchacho notable, de profunda mirada y facciones delicadas. De hecho, para ser un hombre sus rasgos eran demasiados bellos, perfectos y simétricos. Alf siempre había pensado que su joven pupilo tenía sangre elfa, no podía explicarse de otra manera su inusual apariencia. Sin embargo lo más llamativo de Thalin era la armonía de sus gestos y movimientos a pesar de su increíble altura. Detalle que una vez más hacían al clérigo dudar de la completa humanidad del muchacho. Por último, y no menos importante, estaba aquella mente prodigiosa que leía tan a menudo sus pensamientos ; aquella forma de adelantarse a los acontecimientos, de ir siempre un paso más rápido que los demás ; aquella madurez innata en un cuerpo inmaduro ; la mirada sabia de unos ojos inocentes que todavía no habían visto el mundo.

Alf lo miró como tantas otras veces había hecho. A pesar de que él mismo había criado al muchacho, no pudo evitar sentir aquella sensación de lejanía, de que el joven no le pertenecía y de que pronto sería reclamado por el destino. Era una sensación que había tenido desde el primer día que lo tuvo entre los brazos, desde que sus ojos claros lo miraron más allá de donde verían otros ojos mortales.

El clérigo asintió y desvió la mirada para salir del trance de sus pensamientos.

- Una trifulca. - Dijo al fin volviendo a la realidad.- El pueblo de nuevo se a levantado.

- Algo así, - confirmó el chico - En realidad se trata sólo de Bellac. Otra vez está armando jaleo.

- Gracias, hijo. Iré en unos instantes. - El clérigo terminó de encender las velas que le quedaban antes de seguir a Thalin.

El clérigo conocía a Bellac desde hacía años. Anteriormente había sido un asiduo visitante de este templo. Pero desde que los ensalmos y las oraciones habían dejado de hacer parte de su efecto, el mal humor había caído sobre los residentes del lugar. Algunos lo tomaban mejor que otros. Bellac lo llevaba fatal. Alf no entendía por qué ocurría esto ; por qué las oraciones no eran escuchadas, por qué las velas se apagaban sin ninguna causa, por qué moría el ganado si no había lobos y muchas más cosas extrañas que estaban sucediendo allí. Alf trazó en el aire el signo de la diosa Mara. Se sintió mejor.

Thalin terminó de cruzar el pasillo del templo y salió al exterior. Alf pudo ver a Bellac, un humilde agricultor, esperando furioso bajo el tórrido sol.

- ¡Malditos sean los dioses !- Chilló este colérico.- ¡ Y maldito seas tu también, clérigo !.- El hombre estaba fuera de sus casillas. Sus puños se habían alzado en alto, retadores.

- Por favor, Bellac - pidió Alf, acercándose a él, sin alterarse -, respeta este templo sagrado y modera tus palabras. No tengo intención de escucharte si tu propósito es sólo difamar.

Por un momento pareció como si los ojos de aquel hombre fueran a salírsele de las órbitas. Su voz tronó roncamente.

- ¡Por supuesto que vas a oírme !. ¡Tu y tu diosa de la Tierra y todos los demás si quieren !.- Sus puños seguían apretados.- Bien sabes que la he servido y venerado tanto como el que más. Durante muchos, muchos años. ¡Toda mi vida si he de ser exacto !.¡Y mira !.

Bellac abrió una de sus manos apretadas y dejó caer al suelo un puñado de tierra estéril, negra y maloliente.

- ¡Mira !.- Repitió señalándola con un dedo acusador.- ¿Crees que me merezco esto ?,¿eh ?. Yo y todo el pueblo sufrimos el hambre y la miseria.

Alf miró desolado la tierra esparcida por el suelo y comprendió la difícil situación que pasaban en Puerto Elba. Si había algo que podía hacer enloquecer a un hombre era que el porvenir le trajera duras penurias, tanto a él como a su familia. Sentía pena e impotencia por todo su pueblo y deseaba con toda su alma que las cosas cambiaran, no obstante no estaba dispuesto a seguir el camino que había tomado Bellac, como tantos otros. La profanación de la casa de un dios no les iba a devolver el bienestar. Si los problemas debían solucionarse no lo harían mediante insultos. Si quería que este asunto no se le fuera de las manos, e impedir que otros ciudadanos imitaran a Bellac siguiendo su mal ejemplo, debía imponerse fríamente ante este y exigir un mínimo de respeto por su templo y por la divinidad que durante tantos años había venerado.

Encarándose al enfurecido hombre, Alf habló con dureza.

- Bellac, sal ahora mismo de este templo sagrado.- Ordenó.- No permito rebeliones y las irreverencias están de más. Si tienes algo que discutir, por favor, hagámoslo fuera de aquí.

El granjero tragó saliva ante las palabras del clérigo, más se atrevió a pisotear la tierra caída en el suelo de mármol. A continuación escupió en ella, se dio media vuelta y gritó mientras se alejaba.

- ¡Ningún dios sirve para nada !.¡Nos han abandonado !. ¿ Has oído ?. Nos han dejado a todos. Y yo voy a encargarme de que nadie pise este templo hasta que las cosas sean como antes.

- Te equivocas.- Se dijo Alf tan suavemente que sólo Thalin que estaba a su lado lo oyó.- Somos nosotros quienes les hemos abandonado.

El joven no supo por qué pero sintió un pellizco en su estómago al escuchar a su mentor. De repente tenía ganas de vomitar.

Bellac, ya en el exterior, dio un empujón a uno de los monjes más ancianos de Jarms. Lo conocía tan bien como al mismo Alf y seguramente se habría reprimido de no estar tan furioso. Thalin deseoso de hacer algo, corrió hacia él. El anciano se sujetaba el pecho con las dos manos como si le costase trabajo respirar. Con una mano arrugada y encallecida de tanto trabajar los huertos, hizo ademán de apartarse del joven quien lo miraba muy preocupado.

- Quítate de en medio, chico. Déjame recobrar el aliento.- Se quejó malhumorado. Thalin no hizo caso.- Todavía no soy un decrépito anciano. Puedo mantenerme en pie sin ayuda.

- Solo pretendía ayudar.

- Pretendías, pretendías...- repitió con voz gruñona.- Esta juventud...Yo a tu edad era muy diferente, si señor. Muy diferente.- Y añadió mirándolo de reojo.- ¡Y no era tan alto !. Mi padre decía que el palo alto y larguirucho se quiebra antes que el corto y romo. Si, eso decía, si señor. Un hombre sabio.

Thalin se encogió de hombros y se apartó del anciano. Era mejor no contrariarlo. Dejándolo entre murmullos seniles, el muchacho fue de nuevo hasta el clérigo. Este recogía con sus manos la tierra pisoteada y humillada con sumo cuidado. Cuando la tuvo toda en sus manos, rezó una rápida oración y la lanzó a los vientos.

Hubiera sido bonito que el viento se la llevara, pero lejos de suceder esto, volvió a caer como lo haría el plomo sobre el suelo.

- Yo la recogeré.- Se ofreció adelantándose a Alf.

- No te inquietes.- Negó el clérigo con la mirada triste.- Déjala donde está. Tal vez sea mejor así.

- No te entiendo.- Thalin sintió un escalofrío.

- La tierra llama a la tierra.- Meditó Alf atrapado en su mente.- ¿ En qué nos hemos equivocado ?.

El rostro del clérigo se había vuelto ceniciento.

- Escucha, muchacho - Continuó. Con una mano atrajo a Thalin hacia el. Los dos comenzaron a pasear en torno al templo.- Son tiempos de incertidumbre, muy duros y difíciles. Pero pasarán, no te inquietes.

El joven vaciló y en su hermosa cara se pintó la duda. Inclinó la cabeza y su cabellos plateados reposaron en sus hombros.

- No estoy asustado, padre. Sólo entristecido.- Dijo.- No se si seré capaz de hacer lo que debo hacer mientras estás fuera. Ni siquiera con Siron o con diez monjes más.- Dijo sincerándose.- Siento como si nuestras fuerzas fueran siempre insuficientes. Como si a pesar de que hagamos lo humanamente posible haya algo que desbarate todos nuestros esfuerzos, nuestros propósitos.

Alf miró detenidamente a aquel joven que conocía tan bien y que sin embargo a veces le parecía ser un extraño. Ahora era uno de esos momentos.

- Thalin.- Le dijo parándolo en su paseo.- Tu tienes un don especial. Ves en los corazones de la gente, ves el alma de las cosas. Pero no te atreves a admitirlo, a aceptarlo.

- ¿ Qué quieres decir ?.- Le preguntó con ojos brillantes.

- Que tu vida sería mucho más fácil si tu mismo te liberaras de tus ataduras.

El muchacho no respondió.

- Se que hace tiempo te has dado cuenta de que mis poderes ya no son los que eran.- Siguió el hombre.- Que mis oraciones no son escuchadas y que apenas podemos hacer nada por ayudar a nuestro pueblo. Pero no piense que por eso somos unos inútiles.

- Yo no pretendía...

- No.- Lo cortó Alf.- Déjame acabar. Dime, ¿por qué piensas que voy a emprender un viaje ?.- Le preguntó.

Thalin juntó sus manos y miró sus finos dedos.

- Por que te necesitan en Abalach. Para atender un nuevo cargo más importante.- El joven retorció sus dedos nervioso.

Alf lo miró de frente. A Thalin le costó mantener su mirada.

- Te he preguntado, ¿por qué piensas tu que me voy ?.- La voz del clérigo era insistente. Tenía un ligero tono de urgencia.

- Porque eres más necesario en otro lugar.

- ¿ De verdad ?.- Dijo Alf enarcando una ceja.

Thalin bajó la mirada intimidado por quien para él era su verdadero padre.

- No. no pienso eso. Creo que te necesitamos en todas partes. - Admitió.- Es que...no sé como hacerme entender.

- Inténtalo.

- Creo...creo que estás asustado.- Dijo el joven temiendo la reacción del clérigo. Como no ocurrió nada continuó.- Asustado como lo está Bellac, como lo estoy yo y todo Puerto Elba. Pero se que hay algo más.

- ¿ Qué más ?.- Alf lo instigó a ver dentro de su mente.- Quiero que me lo digas tu.

Thalin tuvo cuidado en elegir bien las palabras. Era difícil expresar lo que sentía. Decidió retroceder un poco en el tiempo para hacerlo.

- Cuando de pequeño me asustaba, yo corría a esconderme a tu lado. Buscaba tu protección.- Dijo mirando fijamente al clérigo.- Sin embargo, recuerdo que me cogías de la mano y me decías, “¿de qué tienes miedo ?. Enséñamelo ”. Yo señalaba a mis espaldas temiendo ver seres terribles y malvados que querían hacerme daño y entonces tu me mostrabas que no había nada que pudiera herirme. Que todo estaba en mi imaginación.

Thalin tragó saliva. El pasado, no muy lejano, había entrado en su mente con incómoda viveza.

- Continúa.- Pidió Alf.

- Yo huía del miedo, creía que así todo se solucionaba.- Se explicó.- Como Bellac hace ahora con sus tierras. Tiene miedo y se aleja de ellas. - Entonces Thalin bajó la voz como si temiera despertar a alguien.- Pero tu luchabas contra el miedo. Tu te enfrentabas a él y lo destruías.- Lo miró a los ojos con intensidad.- Creo que ahora buscas de laguna forma la mejor manera de enfrentarte de nuevo a él. Por eso quieres marcharte.

Alf sintió un frío repentino en su espalda. ¡Qué ciertas eran esas palabras !. Tenía miedo si, un miedo atroz como nunca antes había sentido. Y su joven novicio lo sabía. Sabía la verdad.

- Es cierto. Lo que dices es cierto.- Repitió en un susurro.- Pero esta vez hay un ligero cambio. Esta vez no perseguimos fantasmas. Esta vez son realidades.

Thalin asintió.

- Quiero acompañarte, padre.- Dijo de repente rompiendo la intimidad que se había creado a su alrededor.- Quiero ir contigo.

- De ninguna manera.- Alf se negó en redondo.

- Pero yo puedo ayudarte.- Dijo anhelante.- Y Siron está más preparado que yo para relevarte en el cargo. Puede encargarse perfectamente de todo. Además, no son muchos los que vienen ya.

- No, hijo.- Insistió el clérigo.- Iré primero a Abalach por que me lo han pedido. Mucho me temo que allí tienen los mismos problemas que aquí. Permaneceré unos días y luego volveré a marcharme, y esa vez mi destino sólo los dioses lo sabrán.

- Me das la razón.- Objetó el muchacho con una mirada consternada.- Piensas deambular por ahí para obtener respuestas. Me necesitarás a tu lado. No puedes viajar solo, no lo consentiré.

El clérigo sonrió al muchacho y le desordenó el cabello con la mano.

- No te preocupes más, Thalin. La decisión ya está tomada.

El joven se remordió por dentro pero calló esta vez. Encontraría otro momento para insistir. Ardía en deseos de ir con él, sobre todo ahora que sus sospechas habían sido confirmadas.

Caminaron juntos por el jardín del templo, cada uno perdido en sus cavilaciones. Se cruzaron con el anciano que Bellac había estado a punto de tirar al suelo. Todavía refunfuñaba.

Cuando Alf estuvo al alcance de su mano, Rogard, como así se llamaba el viejo, tiró de su manga.

- ¿Qué ocurre, hermano ?. ¿hay algún problema ?.- Le preguntó.

- ¿Y cuando nos los hay, joven ?.- Le dijo a Alf con los labios fruncidos.- Mis ancianos huesos ya no soportarán muchas primaveras, no señor. ¿Es mucho pedir un poco de reposo ?.

- ¿Y quién os molesta ahora, anciano ?.- Quiso saber Alf buscando otro ciudadano ofuscado por los alrededores. No lo vio.

- ¡Por los siete cuernos de Efes !.- Protestó de nuevo el monje.- Aquí no los verás. Están en la entrada del templo.

- ¿ Quienes ?.- Intervino Thalin curioso.

- ¡Ellos !.- Chilló con su boca desdentado.- Se creen que van a entrar aquí con sus maneras extranjeras y desafiantes. ¡Y nadie amenaza a Rogar !,no señor. Si yo digo que no pueden pasar es que no pueden pasar.

- Pero, hermano - Comenzó pacientemente Alf.- No se le puede negar el paso a nadie en el templo de Jarms. Este es un refugio para todo aquel que lo solicite.

El anciano arrugó su cara con perspicacia. Sus ojos apenas se veían.

- ¿Incluso si son mujeres ?.- Dijo haciendo más aguda su voz. - ¿Mujeres extranjeras que secuestran a monjes como nosotros?.

Thalin no entendía nada. Miró a Alf haciéndose ambos la misma pregunta.

- Vayamos a ver, muchacho.- Decidió el clérigo. Iban a aclarar antes las cosas que haciendo mil preguntas al anciano monje.

Una vez que llegaron a la entrada, Alf abrió la puerta.

Tres figuras montadas a caballo esperaban con aire de resignación tras ella. Rogard había dicho la verdad, a medias. Dos de ellos eran mujeres de apariencia nómada. Una más joven que la otra. Sus caballos alazanes pateaban el suelo cansados de permanecer quietos tanto tiempo al sol. La otra figura llevaba un hábito como el suyo salvo por la ornamenta del cinturón que ellos no llevaban. Era un monje de todas, todas. Como aquel llevaba la capucha echada, Alf no pudo ver su rostro ni dar signos de conocer al hermano.

Entrecerró los ojos y esperó a que alguien se pronunciara.

Entonces el monje se bajó la capucha y dejó ver un rostro afable, redondeado y con tajo muy feo en la calva cabeza. El hombre sudaba a chorros y respiraba con dificultad. Ahora, el clérigo, sí que lo reconoció.

- ¡Hermano Siron !.- Exclamó al tiempo que dirigía una mirada de reproche a Rogar, que estaba a su lado.- Lamento haberos hecho esperar bajo este sol tan abrasador. Entrad.- Dijo abriendo las puertas al trío. Luego se dirigió a su hermano de orden. - Pero, ¿estás herido ?,¿qué ha sucedido ?.

- Es una larga historia.- Resopló él mientras entraban. Estaban agotados.

Alf comprendió que no era momento de preguntas y calló. Hablarían más tarde, cuando hubieran descansado lo suficiente.

El anciano preparó tres habitaciones y los acomodó, sin dejar de refunfuñar por supuesto. Los viajeros pasaron el resto de la tarde disfrutando del refugio que ofrecía el sagrado templo. Siron fue atendido casi al instante por un monje sanador que lavó su herida y le proporcionó una poción para calmar el dolor. Agradecido, el monje ocupó su tiempo libre orando a la diosa Mara en la capilla. Las mujeres prefirieron recuperar fuerzas y cuando cayó la noche ya estaban dormidas.

Era ya por la mañana cuando Alf y Thalin se habían sentado a escuchar el relato sobre el accidentado viaje del hermano Siron.

Estaban todos reunidos en una sala pequeña, acogedora. Los muebles eran pocos, como cabría esperar en un templo. Sin embargo, estos estaban finamente trabajados en reconocimiento a la diosa de la Tierra, la cual les proporcionaba las preciadas maderas de las cuales habían obtenido forma. La luz entraba por una ventana orientada al norte, iluminando cálidamente la estancia. El ambiente era relajado y distendido.

De hecho lo hubiera sido más, si Siron so se hubiese sentido acribillado por la penetrante mujer nómada de ojos oscuros. Pero aquello no era posible porque cada vez que hacía alusión a algún detalle referente a las hermanas, era objeto de una observación total por parte de la misma.

La más joven estaba, no obstante, completamente embelesada con Thalin. Desde que lo había visto en las puertas de Jarms sus ojos ya no le obedecían y se desviaban continuamente al alto y pálido muchacho. Por todo ello, el monje tenía una audiencia limitada.

Contó cómo la mujer nómada lo había tirado del caballo a un solo golpe de su cayado, abriéndole ese profunda herida en la cabeza ; cómo lo había atendido “amablemente”, y el acuerdo que habían establecido para viajar juntos después de aquella conversación en la taberna del “Gato Pardo”. Pero se dejó un detalle que no le pasó ni mínimamente inadvertido a la atenta mujer.

- Y por su puesto.- Apuntó ella para que todo quedara bien claro.- Cuanto antes zanjemos el trato, antes nos marcharemos mi hermana y yo.

- ¿Qué trato?.- Alf miró al monje al hacer la pregunta.- Creí que era un acuerdo amistoso.

Siron carraspeó y tomó aire fuertemente.

- Más o menos.- Dijo con voz insegura.- Acordé algo, eso es verdad.

- Acordó pagarme.- Khiara sonrió y se recostó en el sofá que ocupaba con su hermana.

Siron aguantó la respiración y se puso rojo. Cuando lo soltó las palabras salieron sin control.

- Y te pagaré, te pagaré.- Dijo rápidamente.- Pero ahora creo que no es momento de saldar el resto de la cuenta.

- ¿ Y eso por qué ?.- Preguntó repentinamente crispada Khiara. La voz tensa de su hermana, hizo que Noa volviera al mundo real.- Supongo que habrá una explicación para eso.

- Si, claro...bueno.- Siron miró a Alf y el calor volvió a subir a su rostro. Se dirigió a la mujer.- Te lo explicaré luego. Y ahora,- Dijo levantándose de la silla deseando marcharse.- ¿Por qué no vamos a tomar el aire fuera ?. Aquí dentro empieza a hacer mucho calor.

Los ojos de la mujer lo miraron excrutadoramente. ¿Qué tramaba aquel monje ?. ¿ Acaso pretendía engañarla ?.

- Siron, espera.- Lo retuvo Alf interviniendo de pronto.- ¿ Acaso hay algo que yo deba saber ?.

- No, no.- Repuso él secándose el sudor de la frente con la manga del hábito. No le gustaba mentir a un superior.- Es un mal entendido sin importancia. Khiara y yo lo arreglaremos a solas.

- Es una buena idea.- Dijo ella levantándose del asiento. Dio un tirón al brazo de su hermana.- Noa, vamos.- Por cierto, hermano Alf.- Añadió como si recordara algo.- No le he dado aún las gracias por acogernos aquí. Lo hago ahora. Gracias.

- Es nuestro deber abrir las puertas del templo a quien lo solicite.- Contestó él.- Podéis quedaros tanto tiempo como queráis. Aquí sois bien recibidas.

- Gracias de nuevo, clérigo. Pero no creo que permanezcamos por mucho tiempo más. Tenemos prisa.

- Como quieras.

La conversación terminó. Las dos mujeres salieron de la estancia seguidas por Siron.

Una vez fuera, Khiara cogió a este por la túnica y señaló con la cabeza el jardín del templo. Siron asintió comprendiendo que esta vez no se escaparía.

- ¿Qué pasa ?.- Le preguntó ella cuando estuvieron bajo la protección de los árboles perennes del templo. - ¿ Me estás ocultando algo, monje ?. Creo que nuestro acuerdo fue sencillo. Me pagarías en cuanto llegáramos aquí. ¿A qué viene este cambio de planes ?.

- No ha habido ningún cambio de planes y te pagaré. Es sólo que ahora no es posible. Además, deberías ser más precavida al hablar.- La reprendió Siron arrugando la frente.

- ¿ Qué quieres decir ?.- Preguntó ella ladinamente.- Habla claro, monje.

- ¡Lo que digo es que no deberías haber dicho nada del dinero delante de Alf !.- Se quejó molesto.- Se lo pediré cuando yo lo considere adecuado. ¡Con la de problemas que tiene él ahora!.

- ¡Problemas !.- Khiara lo miró de hito en hito.- Yo si que voy a tener problemas si no me pagas. Gasté todo mi dinero en ese puñal élfico.

- Eso es cosa tuya.- Dijo él no muy convencido.- No haberlo hecho. Hay que contar con las consecuencias de lo que se hace.

- Contar con las consecuencias...- Repitió Khiara en un voz baja.

Siron la miró de reojo. Parecía un gato a punto de saltar sobre un ratón impertinente y que ya lo ha molestado demasiado. No se equivocó.

- ¿Sabes cual va ser tu consecuencia si no me pagas, hermano ?.- Khiara sonreía de una manera aterradora. Siron tragó saliva.- ¿ Quieres que te la diga ?. Estoy desando que me digas que sí.

Siron negó con la cabeza.

- No me interesa.

- ¡Claro que si !.- Exclamó ella.- Te concierne de pleno.

- ¿ No estarás amenazando a un hombre santo ?.- Siron hizo el signo del dios de la Vida sobre su pecho.

- ¡Bobadas !.- Le espetó furiosa !.- No eres más santo que yo.

- ¡Soy un monje !.- replicó él.

- ¡Y a mí que !.- Khiara se reafirmó.- Dame mi dinero ahora y no te molestaré más. Te lo prometo.

- Ya te he dicho que no puedo. ¡Qué obstinación !.

- Si no le pides lo que me debes al clérigo ya mismo, iré yo personalmente. ¿Está claro?. - Insistió ella.

- Deja que te explique.- Siron intentó calmar a la mujer. - Mira, Alf necesita todo el dinero que pueda reunir para su viaje. Cuando vuelva, estoy seguro de que te lo dará gustoso. Pero ahora...

- ¿ Y mi hermana y yo de qué vivimos mientras tanto ?.- Le espetó ella furiosa. Noa, que estaba detrás, se adelantó unos pasos para escuchar mejor.- ¿ Del aire ?.

El monje se rascó la calva, pensativo.

- Podéis quedaros en el monasterio, como ha dicho Alf. Nosotros los monjes procuraremos que no os falte de nada mientras estéis aquí.

- ¡Esta sí que es buena !.- Dijo Khiara dándose una palmada en los muslos.- ¡Encerradas en un templo !. Ni hablar.

- Pues no tienes otra opción. Además,- le recordó - piensa en tu hermana.

Khiara miró a su hermana. Noa se había apartado un poco de ellos, aunque estaba segura de que había oído la conversación al completo. Esta parecía distraída, ensimismada. La mujer sacudió la cabeza, consternada. El monje tenía razón. No podía viajar sin dinero llevando a su hermana con ella. Empezar desde cero era siempre peligroso y se necesitaba un temperamento fuerte para enfrentarse a las trampas de la vida. Estaría dispuesta a correr los riesgos si hubiera venido sola, pero con Noa... Eso era distinto. ¡Maldita chiquilla !.¿ Por qué habría tenido que llevársela con ella. Era la peor idea que había tenido nunca.

-¿ Nos ofreces tu asilo entonces ?. ¿ Podemos quedarnos ?.- Preguntó.

- Por supuesto.- dijo Siron aliviado de que la mujer cediera al fin.- Yo creo que es lo más acertado.

Khiara lo observó con inteligencia. Asintió.

- Nos quedaremos entonces.

Y diciendo esto, se marchó con Noa pisándole los talones.

Siron, agradeciendo a la diosa que le diera este respiro, suspiró aliviado. Tal vez era hora de rezarle otra plegaria y de pedirle más favores. Ultimamente estaba tan necesitado...

Khiara escuchó sus pasos rápidos hacia la capilla y miró en aquella dirección. Después se detuvo y se pasó una mano por la melena a la vez que intentaba ordenar sus pensamientos. Estaba jugando con una baraja de doble filo. En su mente había comenzado a urdirse un plan.

- A mi no me parece tan mal.- Dijo tímidamente la chiquilla.- Me gusta este lugar. Estaremos bien aquí.

Khiara, que miraba todavía hacia donde había salido corriendo el monje no le prestó atención. Noa la tocó en el hombro para sacarla de su ensimismamiento.

- ¿ Qué quieres ?.- Le espetó de malos modos.

Noa se sobresaltó.

- Decía que... lo de quedarnos en el templo, a mi no me parece mal.- Dijo con voz trémula.

Khiara la miró de los pies a la cabeza. A ella debía decirle la verdad. O parte de la verdad.

- Me alegro de que te guste la idea. Porque vas a quedarte por aquí un tiempo.</