lunes 3 de diciembre de 2007

Mundos Paralelos - Capítulo 3





MUNDOS PARALELOS


Capítulo 3 - Viaje a Numol






Medianoche, era una yegua magnífica. De brillante pelambre negra, mediano tamaño y temperamento dócil. Su ritmo era hipnótico, regular y marcaba el paso de manera plácida, bajo la guía de Eleanor. A su lado, Devin montaba un brioso alazán castaño, de gran tamaño y con una pincelada blanca en su frente. Sus movimientos eran, al contrario que los de la yegua, fogosos y difíciles de dominar. Dos años más joven que aquella, Zalagar encabezaba la marcha, deseoso de emprender de nuevo el trote. Sus patas pintadas como calcetines blancos, levantaban la tierra ante la fuerza de sus cascos.

Los altos y hermosos lantales de Nande iban abriéndoles el paso a medida que ellos se adentraban cada vez más en las profundidades de la ciudad. Cercanos a la frontera con Jerón, delgados afluentes de un río poco caudaloso, mojaba la incipiente y colorida vegetación que bebía de sus aguas. Miles de hojas diminutas se esparcían por doquier, yaciendo doradas, sobre las oscuras rocas lavadas.

Zalamar coceó inquieto el húmedo suelo y dilató su hollares.

-Eleanor, deberíamos detenernos unos instantes. Los caballos necesitan beber –propuso Devin refrenando firmemente las riendas de su briosa montura. Esta emitió un sonoro bufido en señal de protesta–. Tras cruzar el río, tendremos que ponerlos al galope si queremos llegar antes del anochecer a Numol.

Eleanor, detuvo a la yegua y suspiró con gesto preocupado. Miró con sus grandes ojos claros al muchacho, quien estaba absorto en el terreno que aún tenían que recorrer, tras el río. Al rato, Devin le devolvió la mirada.

-¿Qué ocurre?

El silencio de la joven fue su única respuesta.

Eleanor bajó la mirada al suelo y la clavó en una piedrecilla del camino. Un remolino de hojas mojadas la tapaban casi por completo. La duda y el miedo se arremolinaban desordenadamente en su interior, al igual que aquellas hojas caídas. El recuerdo de la visita del sanador a su casa y la conversación posterior que había mantenido con su padre en privado, no dejaban de acudir a su mente.

Damar le había hablado de la incapacidad de Junab para sanarla, y de la existencia de una extraña mujer, por la cual ella misma había decidido emprender este viaje. Sin embargo, ahora se sentía abatida y sin fuerzas, y no tenía esperanzas de que el malestar que sentía en su cuerpo tuviera curación.

-¿Crees que estamos haciendo lo correcto? –le preguntó en un murmullo, sin levantar la mirada.
Devin, desmontó de su caballo y se acercó a Eleanor.

-¿Por qué dices eso? –le preguntó palmeando cariñosamente el cuello de Medianoche. El animal bajó su musculoso cuello para recibir mejor las caricias. Elen jugueteó nerviosa con las riendas de la yegua.

-Ni siquiera un curandero ha podido sanarme y ahora vamos en pos de los remedios de una supuesta sacerdotisa.

El muchacho, posó delicadamente sus manos sobre las de Eleanor, antes de contestar, con lentitud.

-Seguro que lo es –dijo convencido Devin-. Digan lo que digan los rumores, no se puede curar el espíritu sólo con palabras. Eso es absurdo. La verdad será que se trata de una sacerdotisa que habrá dejado el Templo por alguna cuestión que ni nos incumbe. Lo importante –continuó-, es que nos reciba y te acepte para que pueda sanarte. Entonces nos iremos a casa, y si los dioses quieren, todo esto habrá sido tan sólo una oscura pesadilla.

-Los dioses... –repitió apesadumbrada-, seguramente son los responsables de mi mal. Todavía no sé en qué, pero es muy probable que los haya ofendido en algo y estos me hayan castigado por ello.

Devin, apretó más firmemente las manos de la muchacha, invitándola a que lo mirara. Cuando ésta así lo hizo, pudo ver cómo la sombra de unas lágrimas velaba sus ojos claros. El rostro marcadamente masculino del chico se desdibujaba ante ella, como una acuarela bajo la lluvia.
-Escúchame bien –El tono de Devin sonó firme y protector-. Aunque mis conocimientos no se extienden más allá de cómo hay que pescar y utilizar las redes, estoy casi seguro de que ningún dios se ha dignado a mirar hacia la tierra para perturbar tu alma.

Devin, esperanzado en que la supuesta sacerdotisa solucionara la afección de Eleanor, había apoyado en todo momento la valiente decisión de la joven sobre la necesidad de emprender aquel viaje. Y aunque veneraba a Yahel, como buena parte de los habitantes de las zonas costeras, tenía la impresión de que las divinidades no se inmiscuían en absoluto en la vida de las personas.

Damar se había visto obligado a aceptar la insistente petición de Devin, de acompañar a la muchacha hasta Numol. Aunque aquél se resistió a separarse de su hija, Devin le expuso con evidente lógica, los avatares a los que el duro viaje iba a someterlos. Su avanzada edad y las largas horas a lomos de los caballos, por no hablar de las obligaciones que lo encadenaban a la posada, hicieron ceder finalmente la voluntad del hombre. El joven, le aseguró, no obstante, que cuidaría de ella y que le mandaría noticias con asiduidad.

Eleanor suplicó para sí misma que las palabras del muchacho fuesen ciertas, y que algo de la seguridad que él demostraba, calmara sus temores. Muy a su pesar, las dudas surgían a pares.
-¿Por qué no? –inquirió insistente.

Un intermitente viento comenzó a levantarse filtrándose por entre la maleza. La humedad empezaba a impregnar las ropas de ambos, y el frescor de aquel recodo del camino pronto se convertiría en frío.

-Porque entonces –continuó Devin, retirando un mechó de cabellos rubios que caía sobre la cara de la muchacha y observando sus perfiladas facciones con detenimiento-, con sólo mirarte a los ojos, habría caído irremisiblemente en sus profundidades, presa de tu belleza y ternura...

Eleanor parpadeó sorprendida. Una chispa de excitación surgió repentinamente de la nada, encontrando un hueco hacia las recónditas profundidades de su alma, sin su consentimiento.

Devin calló unos instantes y ladeó la cabeza. Sus cabellos casi tan negros como los del animal que Elen montaba, rozaron sus manos. Una expresión jovial se materializó en su perfecta sonrisa y un brillo divertido bailó en el fondo de sus oscuros ojos.

- ... y desde luego... - terminó cambiando el tono de su voz por otro casi cómico. La magia de aquel momento pareció no haber sido más que un sueño-, jamás habría podido volver a los cielos, convirtiéndose en un pobre y aquejado mortal.

Eleanor no pudo reprimir una sonrisa, y esta dio paso a una sonora carcajada. Devin sintió como si las mismísimas estrellas hubieran tintineado desde lo alto. Hacía tiempo que no escuchaba el sonido su risa, y casi había olvidado lo cristalina que era.

-No sé cómo he aceptado venir contigo, en lugar de con mi padre –dijo Elen un poco más animada.

Devin la ayudó a bajarse de su montura mientras respondía.

-Ya me he dado cuenta de que en términos generales, soy un misterio para ti –Devin sujetó a Medianoche por las riendas y la llevó junto a Zalamar –. Dejemos que los caballos beban un poco antes de continuar.

Elen observó cómo conducía a ambos con especial cuidado y les daba unas palmadas en la grupa antes de soltarlos para que estos calmaran su sed, libremente. En breves momentos, regresó de nuevo a su lado, desandando sus propios pasos.

Ataviados ambos con ligeras ropas de viaje y una saca a medio llenar de provisiones, habían partido hacía aproximadamente unas dos horas de Nande. La parte más fácil pero más cansada de la travesía, estaba aún por llegar. Pues aunque el bosque de Alora era una planicie poco intrincada, sus monturas no contarían de nuevo con agua fresca hasta que llegaran hasta la misma ciudad de Numol. Según la ruta que Devin había trazado, debían bordear la ciudad de Jerón atravesando primeramente la zona boscosa, hasta dar con el acceso a las montañas que precedían a los valles. Aproximadamente, les quedaban por recorrer otras seis horas más, manteniendo una buena velocidad.

Eleanor se frotó los brazos, intentando que su cuerpo entrara en calor. La fina camisa de hilo que había sacado de su armario, dejaba entrar la humedad con bastante facilidad.

Devin, revisó por segunda vez desde el inicio del viaje, las sillas de montar para asegurarse de que estaban bien afianzadas. Zalamar piafó intuyendo que reemprenderían muy pronto la marcha. La oscura piel de la yegua se estremeció, deseosa también por dirigirse a un lugar más cálido y seco.

-Vayámonos ya –dijo él cuando todo estuvo listo, entregándole las riendas de Medianoche a la muchacha-. No quiero que la noche nos sorprenda entre las montañas. Los animales podrían lesionarse en un tropiezo.

Asintiendo, y reanimada por el descanso, la chica se alzó sobre un estribo y se agarró con una mano al pomo de la silla. Con la otra sujetó las riendas de la yegua y dio unos golpecitos a sus costados, instigándola a emprender el paso.

Devin, pasó con Zalamar trotando por su derecha, y fue el primero en cruzar el río. Las resbaladizas hojas de su orilla quedaron atrás. Viendo como poco a poco se quedaba rezagada, Eleanor sacudió sus talones más fuertemente. A su contacto, la obediente yegua apresuró su ritmo y se acompasó al de Zalamar, atravesando con velocidad la entrada al bosque de Alora.
Muy pronto los árboles de delgado tronco y elevadas copas, ofrecieron una imagen móvil y confusa. El breve calentamiento del trote, se tornó en galope y ambos se perdieron como fantasmas dentro de una verde niebla.






A una hora muy temprana de la mañana, Damar se encontraba limpiando y organizando las mesas de la posada. Mientras pasaba el trapo mojado por las tapas de madera, no dejaba de pensar en su hija y en el muchacho. Hacía ya unas horas que ambos habían emprendido el viaje y no veía el momento en el que se sucedieran los días para tener noticias de ambos.

Sentía por Devin una confianza absoluta, pues había sido partícipe de la crianza del muchacho y mantenido una estrecha amistad con su tío. Algo muy importante para él, era saber que su hija –a pesar de los continuos reproches que le dirigía-, también le depositaba su fe. Por ello, cuando Devin había insistido en ser él quien la acompañara durante el viaje, cedió a sus peticiones con la condición de que lo mantuvieran en todo momento informado.

A sus sesenta años, podía considerarse un hombre afortunado. Hacía ya mucho tiempo que había perdido a su mujer, pero en cambio, había tenido la oportunidad de ver crecer a Eleanor día a día y convertirse en una hermosa jovencita. Se sentía tremendamente orgulloso de la muchacha y apreciaba el valor que estaba demostrando al enfrentarse de una manera tan adulta a su extraña y repentina dolencia. Pues había sido su firme decisión, el recorrer los caminos hacia un futuro incierto y afrontarlo con esfuerzo y madurez. Sólo esperaba que aquella encontrara lo que había ido a buscar, fuera lo que fuera, lo que le hubiera deparado el destino... o los mismísimos dioses.

Damar terminó de pasar el trapo a la última de las mesas y echó un rápido vistazo al interior de la posada, antes de abrir sus puertas a los clientes. Satisfecho de la limpieza, se metió en la cocina y cogió su usado delantal. Un escanciador de licor de Lantal, permanecía olvidado sobre una esquina de la encimera. Sin poder evitarlo, su mirada se clavó fija en él y juntando sus manos estropeadas por los años de duro trabajo en los fogones, elevó una plegaria a Los Siete, pidiendo que le trajeran a su hija sana y salva muy pronto a casa.





El paso a través de las montañas, exigió a los jóvenes desmontar de los caballos en varias ocasiones. El bosque de Alora se comunicaba con una abrupta pendiente de calcáreas rocas que debían cruzar necesariamente para llegar a su destino, y a los animales les costaba sobremanera afianzar sus cascos en ella. La larga galopada había mermado sus energías, y aunque llegado el inicio del atardecer habían realizado un segundo descanso, Medianoche ya no atravesaba el terreno con tanta seguridad. De vez en cuando sus herraduras resbalaban por las blancas y sueltas piedrecillas, perdiendo el equilibrio.

Zalamar seguía encabezando la marcha, y descendía muy despacio, bajo la atenta guía de Devin. Este lo detenía y desviaba del camino, cuando divisaba una senda alternativa que proporcionara a los corceles más firmeza en sus pasos. Eleanor, que iba detrás muy próxima a ellos, procuraba no estamparse contra los cuartos traseros del rojizo alazán en cada parada, y permanecía muy atenta a las indicaciones que el joven le daba. A pesar de que ella no era una amazona inexperta, no había tenido que enfrentarse hasta ahora a terrenos tan escarpados y peligrosos como aquél y se sentía insegura.

-Refrena a Medianoche –le pidió Devin-. Es mejor que guardes un poco la distancia. Estáis casi encima de nosotros.

La joven, que caminaba al lado de la yegua, tiró temblorosamente de las riendas de esta. Medianoche no dio signos de aminorar el paso. Zalamar presintiéndola muy cerca, se removió inquieto y agitó su cola con energía.

-No puedo –le dijo sintiendo un miedo creciente- ¡Se está resbalando otra vez!

La yegua, fatigados sus músculos por el esfuerzo continuo que suponía el descenso por la pendiente, apoyó sus patas débilmente sobre el corredizo terreno y trastabilló. Piafó y mordisqueó el bocado, nerviosa, salpicando de espuma blanca la grupa de Zalamar. Este último, echó las orejas hacia atrás y dio un fuerte tirón con la cabeza. Todo ocurrió, entonces, muy deprisa.

Devin sintió cómo las riendas de su montura quemaban sus manos, escapándose de su agarre. Emitió un gemido de dolor, y el brioso corcel castaño se encabritó sobre sus dos patas delanteras. Medianoche, con los ojos desorbitados por el terror, intentó recular hacia atrás y perdió totalmente el equilibrio, cayendo por la pendiente.

-¡Suéltala, Eleanor! – le gritó Devin presuroso- ¡Te arrastrará con ella!

Elen, sorprendida y terriblemente asustada al mismo tiempo, cayó hacia atrás sobre el suelo. Se quedó quieta boca arriba, mientras era testigo de cómo el animal se precipitaba hacia abajo a gran velocidad, arrastrando tras ella gravilla y una gran nube de polvo gris.

Devin corrió hacia la joven, ahogado entre toses. La herida que tenía en su mano derecha, había vuelto a abrirse.

- ¡Por Yahel! ¡Estas sangrando de nuevo! –exclamó Eleanor al verla.

- No es nada, no te preocupes -la tranquilizó- ¿Tu estás bien?

Eleanor asintió con la cabeza. Sus rubios cabellos estaban revueltos y sus pantalones se habían arañado con la caída.

-¿Estás segura? –insistió él con voz grave. No podía llegar a imaginar qué habría hecho él si en lugar de precipitarse la yegua por la ladera, hubiera sido ella. Ni siquiera quería detenerse a pensarlo.

-Sí, estoy bien -le aseguró, notando su profunda preocupación.

Devin, suspiró consternado y tomó entonces las riendas de su caballo, a unos cuantos pasos de él. Bajo la atenta mirada de la joven, comenzó a descender internándose dentro la nube de polvo.

-Quédate aquí. No te muevas -le dijo mientras su figura se tornaba difusa, a lo lejos-. Voy a buscar a la yegua. Estaré aquí en unos instantes.

Eleanor se incorporó, inquieta. La idea de quedarse sola en aquel árido paraje, le arañó las entrañas.

-¡No me dejes sola! –gritó al vacío- ¡Devin!

Pero el muchacho ya había desparecido y su respuesta le llegó confusa.

Eleanor miró repentinamente aterrada hacia todos los lados. La escarpada pendiente se alzaba inexpugnable tras ella, y a su alrededor, un mar de arena caliza se extendía hasta donde le alcanzaba su vista. Varios árboles de copa alta y tronco quebradizo salpicando el blanco terreno, eran su única compañía.

La joven comenzó a sentir un miedo profundo, en medio de aquella vasta soledad. Muy a lo lejos, el sonido de los cascos del caballo de Devin dejó de repiquetear, sumándose el silencio a aumentar su malestar.

¡Por los Siete!. ¿Y si en aquel lugar perdido y alejado de toda posibilidad de auxilio, volvían a asaltarle sus miedos?, ¿quién escucharía sus ruegos?, ¿quién la ayudaría entonces?

Eleanor, respiró hondo, pasándose las manos por los cabellos en un intento por alisarlos. Sus dedos se pusieron repentinamente fríos y un conocido resquemor recorrió su cuerpo. La respiración se fue haciendo de nuevo rápida y entrecortada, como en aquella terrorífica noche, y a pesar de su esfuerzo por evitar caer en la vorágine del miedo, su corazón comenzó a latir con más fuerza; la opresión en el centro del pecho volvió a asfixiarla y sus ojos se llenaron de lágrimas.

-¡Devin! –chilló aterrorizada- ¡Por favor!. ¿Dónde estás?

El silencio la envolvió como si el aire se hubiera convertido en plomo. Sus gritos fueron tragados por el vacío, impidiendo que sus ecos llegaran a oídos del joven. La nube de polvo que la yegua había levantado en su caída, ya se había dispersado casi en su totalidad y Eleanor pudo ver cómo a lo lejos, el muchacho se hallaba en cuclillas, con sus manos apoyadas en las patas de un caballo. Con la visión borrosa, no pudo distinguir si se trataba de Zalamar o de la yegua. Al lado de ellos el otro animal daba vueltas, ajeno a las maniobras de Devin.

Tras lo que a ella le pareció una eternidad, el chico se levantó y comenzó a ascender montaña arriba. Eleanor se enjuagó las lágrimas en un ademán rápido y sacudió la suciedad de sus pantalones. No podía permitir que él se diera cuenta del torbellino que acababa de arrasar por segunda vez su interior. Se sentía perdida y avergonzada al mismo tiempo, pues seguía sin comprender lo que le estaba ocurriendo.

Devin cubrió rápidamente el último trecho que la separaba de ella. Estaba visiblemente cansado y la herida de su mano estaba cubierta por una venda parcialmente limpia, que él mismo había atado a la muñeca. Miró a Eleanor, y dijo con voz entrecortada por la falta de aliento.

-Medianoche está bien. Se ha clavado una astilla seca en una de las patas, pero es una herida superficial. Se la he vendado –le explicó, tomando aire entre frase y frase–. Gracias a los dioses no se ha fracturado nada.

Devin se dobló por la cintura, ajeno los pensamientos de la joven que bullían tormentosos, y respiró hondo para llenar sus pulmones.

-Será mejor que bajemos –Se incorporó-. Los caballos nos esperan en un llano un poco más abajo.

Devin levantó la mirada y reparó entonces en el rostro macilento de la joven.

-Todo esto ha sido por mi culpa -dijo Eleanor en un susurro evitando mirar al joven.

Devin se acercó a ella. Acto seguido, le pasó un brazo por sus pequeños hombros y reemprendieron el descenso muy despacio.

-No digas eso –la contravino, protector-. Este terreno es muy escarpado y las rocas se desprenden muy fácilmente. Soy yo el que tenía que haber previsto que esto podía ocurrir. Quizás debimos tomar el camino de Valmor y no cruzar estos bosques.

Eleanor dejó que el peso de su cuerpo reposara cada vez más en él. La calidez y seguridad que desprendía la hacía sentirse segura.

-Menos mal que mi padre no ha venido con nosotros –dijo la muchacha recobrando poco a poco la serenidad-. Ha sido muy considerado por tu parte, ofrecerte a traerme hasta aquí.

Devin negó con la cabeza, y sonrió.

-Lo he hecho con sumo gusto, pequeña. Además –esa expresión de sorna tan característica en él brilló en sus ojos- ¿te imaginas a Damar, con sus sesenta años, dando botes con sus cansados huesos sobre un caballo?

Eleanor rió, divertida. Las sombras de sus miedos sólo restaban en las huellas que las lágrimas habían dejado en sus mejillas.

-Sí. La verdad es que no soy capaz de imaginarlo fuera de su mundo. Aunque me consta, que de no haber sido tu tan tozudo –se atrevió a bromear también-, lo tendríamos aquí con nosotros quisiéramos o no.

Devin asintió sin dejar de sonreír. Unos pasos más y habrían llegado al llano, junto a los caballos.
-Espero que no te incomode montar conmigo en Zalamar –le dijo con tono suave, cambiando de tema-. No conviene forzar más a tu yegua.

Eleanor se sonrojó al instante y apartó la mirada antes de responder.

-¿Por qué iba a molestarme? -Su voz tembló casi imperceptiblemente.

Devin miró hacia el cielo. El atardecer se iba convirtiendo poco a poco en anochecer. En menos de una hora, no podrían ver apenas el camino.

-Tendremos que darnos prisa –le dijo–. Así que tendrás que sujetarte fuertemente a mí –y le guiñó un ojo tan azabache como sus cabellos.

Eleanor se carcajeó soltándose del abrazo del joven. La pendiente se había suavizado y sus pies se sujetaban con mayor firmeza al suelo. Medianoche piafó al verlos llegar y Zalamar avanzó al paso hacia su amo. Devin tomó las riendas de su montura y las pasó por encima de su cabeza. Ató después las riendas de Medianoche a la parte trasera de la silla de su corcel y montó en él. Tendió la mano a Eleanor al decir:

-Ciertamente, no me hubiera perdido este viaje por nada del mundo.

Eleanor aceptó su mano y montó tras él, en la grupa del animal. Devin sujetó con la mano izquierda las riendas de Zalamar y azuzó suavemente sus costados con los talones de sus botas. Ella se sujetó a su cintura y sonrió para sí.

-¿Preparada? – se aseguró el muchacho.

-Adelante –respondió ella a sus espaldas, apretándolo un poco más con sus brazos.

Devin también sonrió antes de dar un toque de nuevo a Zalamar, esta vez con más contundencia, para que éste entrara en galope. Medianoche, que había sido convenientemente atendida y su herida vendada, siguió la marcha del corcel sin dificultad y sin dar muestras de experimentar ningún dolor.




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Mundos Paralelos - Capítulo 2




MUNDOS PARALELOS


Capítulo 2 - Umbrales de Marfil




Con sumo cuidado, consciente de que estaba tratando con un ser vivo, la mujer mojó la punta de un trozo de tela en leche de cabra y la pasó delicadamente sobre una hoja. Esta era suave y tersa al tacto. Su tamaño, de un palmo de largo y de unos tres o cuatro dedos de ancho, le facilitó la aplicación. Al roce con la tela, la hoja adquirió un saludable brillo y resaltó aún más su intenso color verde.

De clima templado y muy húmedo, Briana había tenido que procurarle un ambiente en igualdad de condiciones, para que la misma floreciera. Y aunque no había sido difícil mantener la temperatura y la humedad diurna que esta necesitaba, por la similitud entre su clima de origen y el de Numol, sí le había planteado cierto reto recrear una bajada acusada de la temperatura durante la noche. Tras mucho estudio y dedicación, no obstante, aquella maravilla de la naturaleza había florecido.

Cuando hubo terminado con las demás hojas, retrocedió y admiró la belleza de la extraña y tropical planta, satisfecha. Unas flores grandes, de formas igualmente redondeadas y de un color blanco puro, pendían elegantemente. A medio metro de altura, sobre sus hojas, dos esbeltas y flexibles varas que habían brotado de los laterales en su base, se convertían en el lazo de unión.
Gracias a Asrial, la paciencia, la dedicación, unos acertados conocimientos y un ambiente adecuado, habían dado sus frutos.

Briana, limpió y ordenó los materiales que habían estado utilizando durante toda la mañana antes de abandonar el invernadero. Una vez en la puerta se giró y sonrió. Las otras aproximadamente 50 plantas tropicales gozaban igualmente de buena salud. Flores de todos los colores; amarillas, rosadas, anaranjadas, fucsias, blancas de labelo rojo, blancas de labelo amarillo, violetas e incluso bicolores, vivían conjuntamente en aquel recinto particular que durante años había ido construyendo con su marido.

Teniendo especial cuidado en que la humedad creada artificialmente no se evaporara en lo más mínimo, la mujer cerró la puerta de aquel recinto particular.

Una suave brisa y un cálido sol, le acariciaron el rostro al salir. Un simple parpadeo de sus ojos verdes fue suficiente para acostumbrarse al cambio. Respiró hondo y su mirada se perdió en la vasta lejanía.

A su alrededor, los inmensos valles de Numol, vestían con una manta espesa y fresca el fértil terreno. Una amplia gama de tonos verdes y dorados entretejía un tapiz de cálidas formas y colores. Pequeñas casas de tejas rojizas, muy separadas unas de otras, se entremezclaban entre los campos de trigo.

Como cada mañana, Briana esperó a que la placidez que estos emanaban se introdujera en su interior; aquel gesto había comenzado a formar parte de su propio ritual. Sin embargo, también como cada día, percibió cómo aquella sensación se escapaba con la misma facilidad con la que recorría todo su cuerpo. Un dolor sordo en lo más profundo de su alma, pulsaba su latido como una vieja herida de guerra, enturbiando su paz y diluyendo el presente.

-¿De nuevo perdida en tus pensamientos, princesa?-. Una mano ligera y grácil, se posó sobre su hombro.

Briana, sonrió a su marido.

-Estaba admirando estos espléndidos valles –adujo con voz melodiosa, aunque con un deje de pesar-. Después de veinte años observándolos, aún consiguen estremecerme.

Se volvió hacia Tharis y deslizó sus torneados brazos sobre su cuello.

-Igual que tu –agregó besándolo en la frente. Sus ojos recobraron su luminoso brillo cuando lo miró.

Con sus casi cuarenta años, Briana no había perdido la hermosura con el paso del tiempo. De aproximadamente la misa edad que su marido, mantenía una grácil y armoniosa figura. Su rostro delicado y juvenil, sus gestos pausados y una sabiduría lentamente adquirida, la habían llevado hasta las puertas de una compleja madurez.

Tharis, un poco más alto que ella, de constitución delgada y afable carácter, la amaba con ternura.

-¿Alguna novedad de interés? –preguntó con aire jubiloso, fingiendo que no había captado aquel instante de tristeza en su voz.

-Las flores están preciosas –rió ella alegremente-. Pero si me estás preguntado por mis investigaciones... No. Todavía no hay resultados.

El hombre asintió.

-Ya. Sigues buscando lo imposible.

Briana puso un dedo sobre los labios de él, y le rectificó:

-No hay nada que resulte inalcanzable. El mayor impedimento para lograr algo en esta vida es nuestra propia mente; nos autolimitados y perdemos la perspectiva.

-No lo voy a discutir ¡los dioses me libren! –exclamó echando a caminar hacia la casa, situada a sus espaldas.

La mujer le dio un pequeño empujoncito reprobadoramente.

-Verás como algún día te doy una sorpresa –. Lo agarró del brazo y ambos entraron dentro.

Briana atravesó el vestíbulo, subió las escaleras y abrió la puerta de su despacho. Tomando asiento detrás de su escritorio, asió la pluma y la mojó en tinta negra. Se encontraba ya garabateando los resultados de sus experimentos con las plantas, cuando la voz lejana de su marido, cargada ligeramente de ironía, resonó desde la primera planta.

-¿Por qué?... ¿Acaso has pensado en tener otro hijo?

Briana hizo una mueca, acostumbrada a su extraño humor, más no le contestó concentrada en lo que estaba escribiendo.

Un par de apuntes más y pospondría sus estudios sobre el mundo vegetal, para pasar a profundizar en el conocimiento sobre el comportamiento humano. Pues si algo la apasionaba más incluso que el cultivo de aquellas plantas, era entender porqué las personas se comportaban tal y como lo hacían, y qué era lo que estaba detrás de su conducta; la individualidad del ser humano más allá de influencias divinas, su propia esencia en combinación con un entorno siempre dinámico y cambiante, que contribuía en todas las ocasiones a formar parte de una fórmula única y magníficamente enigmática y misteriosa.

En algún momento de su vida plagada de viajes a confines poco explorados y tras haber conocido a gentes de todas las religiones que profesaban su fe a un dios distinto, la visión sobre cómo éstas se enfrentaban a sus miedos y esperanzas con un mismo patrón, le había hecho comprender que “El Todo” era más que la suma de sus partes, independientemente de los dioses a los cuales veneraban. La semilla precursora que la alentaba en cada paso hacia delante, no obstante, era la misma que le producía aquel cruel dolor del que no podía desembarazarse, y la sumergía en el infinito mundo de las preguntas sin respuestas. Pese al misterio que envolvía el camino que había tomado, escindiendo a Los Siete de -hasta entonces- una clara contribución en los planos mortales, tenía un vasto campo aún por descubrir y someter a su particular perspectiva. Y si había resaltar cuál era el rasgo por excelencia de aquella singular mujer, era su tenacidad.

Dejando a un lado la pluma y cerrando el grueso tomo en el cual todo estaba adecuadamente anotado, caminó hasta su habitación y se cambió la ropa por otra más cómoda. Preparada para introducirse en las profundidades de su mente, siendo ella misma la máxima exponente de sus estudios, se dirigió hacia la sala donde practicaba asiduamente una tabla de ejercicios físicos y mentales compuesta por ella misma. Al abrir la puerta, la familiar estancia se mostró ante sus ojos.

Siete metales eran los que componían el cuenco cantor de 15 cms de diámetro: Oro, plata, hierro, mercurio, plomo, estaño y mayoritariamente cobre. Todos ellos estaban aleados en las debidas proporciones, de manera que al deslizar la baqueta por su borde, el cuento producía un sonido limpio, armónico y continuo, que equilibraba el espíritu del que se hallaba en su presencia. De dimensiones poco profundas y apariencia mate, estaba ricamente decorado en su base con voluptuosas filigranas, y una silueta felina muy característica, era el símbolo que había sido elegido por Briana a modo de firma personal.

Esta fantástica y mística campana vibrante se había convertido en una de sus más preciadas adquisiciones de oriente y formaba parte de la cuidadosamente seleccionada decoración de la habitación.

Ataviada sencillamente con una camisa y un pantalón blancos, y portando su oscuro cabello recogido en una cola, tomó posición en el centro de la misma con los pies descalzos y sus brazos y piernas en forma de cruz, e inició así el primero de los 10 ejercicios que llevaría a cabo durante los próximos cuarenta y cinco minutos.

Cerró los ojos y tomó aire hondamente.

La tibieza de la oscuridad y el silencio circundante la trasladaron en instantes hasta las profundidades de su diestra mente. Diversas posturas en las cuales, a veces estaba de pie y en otras se sentaba o tumbaba, se dieron paso unas a otras con estudiada coordinación de movimientos. Era evidente que ya las había practicado con anterioridad, fluyendo el ritmo de las posturas con total naturalidad.

Apoyándose sobre sus rodillas y sus manos, su cuerpo formando un ángulo de 60 grados y manteniendo la cabeza baja, Briana llevó a cabo el último de los ejercicios de su tabla. Con su concentración enfocada en la cadencia de la respiración, inhaló el aire unos instantes, exhalándolo más tarde con procurada lentitud. Un meticuloso repaso mental a sus órganos internos, le reportó el feedback necesario para cerciorarse de que su cuerpo se encontraba preparado para iniciar la siguiente etapa, libre ya de tensiones externas.

Dejando que sus ojos se adaptaran a las penumbras de la habitación, levantó muy despacio la cabeza y se puso en pie.

Un óleo de considerables dimensiones se alzaba a su frente, en la pared. El oscuro muérdago se abría dando paso a una briosa cabeza blanca, de sedosa crin y poderoso cuello nevado. Sus cascos de pequeño tamaño, se posaban apenas levemente sobre las extrañas flores. El mágico cuerno finamente torneado, aparecía hundido en las ondeantes aguas de un lago en calma. Una luz brillante y amarilla penetraba hasta su mismo fondo, pareciendo que el magnífico unicornio de gracia majestuosa, iba a materializarse en cualquier momento, saliéndose del cuadro.

Briana, había imaginado tal escena en movimiento miles de veces en sus visualizaciones. El magnífico animal, trotaba en unas sobre la fresca hierba o cruzaban sus miradas en otras, durante un lapso de tiempo difícil de cuantificar. A veces, una lluvia de pétalos de flores caía del cielo claro, posándose livianamente sobre la quietud del agua, para desaparecer seguidamente en la nada.

Tres velas situadas a su izquierda, proveían a aquella habitación de una tenue y titilante iluminación. Una pequeña fuente de cuarzo rosa a su derecha, hacía brotar un fino chorro de agua de agradable sonido. En su cúspide, una bola de cuarzo blanco veteada, giraba sobre sí misma proyectando la luz incidente hacia el exterior, con agradable cadencia.

Un palo de lluvia, fabricado con bambú y hueco por dentro, colgaba en la pared que daba su espalda. También lo había utilizado en incontables ocasiones para, a través de su espiritual canturreo, calmar los pensamientos.

Bajo sus pies, una gruesa alfombra de lana virgen vestía el centro de aquella habitación; de tonos crudos y naturales, Nuyami, la había tejido especialmente para ella. Aquella anciana mujer, de cuyos consejos había sacado tantas enseñanzas...

Briana, se tendió finalmente boca arriba sobre la alfombra. Su último ejercicio, propiamente de relajación y visualización estaba a punto de comenzar.

Poniendo las palmas boca arriba, los pies un poco separados con las puntas ligeramente inclinadas hacia el suelo, cerró los párpados y concentró su mente en su pie derecho. Sin moverse en absoluto e imaginando todo lo más nítidamente posible el pie, acompañó cada imagen de las siguientes palabras:

“Mi pie derecho pesa..., pesa mucho, ....cada vez más...., y más......, y más.......”
“ No se mueve nada...., nada......, nada.......”

Mientras repetía estas palabras en su mente, susurrándolas para sí misma, casi canturreándolas y arrastrándolas con dulzura, la sensación de que la sangre fluía cálidamente por él, empezó a recorrer esa determinada zona.

Continuando con el ejercicio, se concentró seguidamente en su pantorrilla derecha y repitió el proceso, diciéndose las mimas palabras en completo silencio. Tan sólo el murmullo del agua se elevaba en el ambiente.

“Mi pantorrilla derecha pesa...., pesa mucho....., cada vez más......y más....., y más.....”

“No se mueve nada....., nada....., nada.....”.

La sensación de que su pierna derecha se inclinaba casi imperceptiblemente más hacia el suelo, le indicaba que las frases iban surtiendo el efecto deseado. Los músculos de la pantorrilla colgaban completamente relajados, ajenos a cualquier esfuerzo tanto voluntario como involuntario.

Mi muslo derecho pesa........, pesa mucho......., cada vez más......y más......., y más....”

“No se mueve nada....., nada....., nada.....”.

Briana repaso mentalmente toda su pierna derecha al completo, antes de pasar a relajar su pierna izquierda. El proceso que siguió fue exactamente el mismo, y cuando advirtió que sus piernas estaban totalmente relajadas, quietas, como el resto de su cuerpo, continuó ascendiendo por él y se concentró entonces en abdomen. La zona central de su cuerpo requería un tratamiento selectivo, por lo que tras el abdomen, siguió con el estómago y después subió hasta la zona del plexo solar.

Las palabras acudían suavemente a cada zona de su cuerpo y ella ordenaba que ésta se relajara. Una inmensa calma se iba repartiendo a través de su torrente sanguíneo. Incluso las zonas que no había tratado, se estaba beneficiando de tan preciado ejercicio.

Llegando a la altura del plexo, hizo un alto en las aprendidas frases para practicar un breve ejercicio de respiración. Este ejercicio requería que el aire entrara muy suavemente a través de la nariz, sin mover ni abrir la boca, dejando que éste llegara hasta las profundidades de su abdomen ya relajado. No tenía que forzar absolutamente ningún músculo, pues sabía que la contracción de cualquiera de ellos era precisamente lo que no pretendía. La cuestión estaba en canalizar mentalmente el camino del aire, dejando que éste encontrara por sí mismo los últimos recovecos de sus pulmones, de manera fluida.

Briana, quien ya dominaba tal técnica, inspiró muy lentamente por la nariz y con continuidad. En su mente, viajo con él hasta que llegó lo más lejos que pudo. El abdomen se elevó casi milimétricamente, sus músculos seguían completamente relajados. El sonido del agua moviéndose limpiamente, la acompañaba en su imaginación. Pues el aire era un río de bienestar que inundaba de placer todos sus sentidos.

Retuvo unos instantes el aire, experimentando una maravillosa plenitud y tan lentamente como lo había inspirado, comenzó a dejarlo salir igualmente por la nariz. Esta vez su recorrido fue mentalmente a la inversa. El aire buscó sin avidez la salida, con la misma delicadeza con la que había entrado. Lo acompañó hasta sus últimos restos abandonaron sus pulmones.

Satisfecha y disfrutando del bienestar en cada instante, realizó las respiraciones dos veces más. Era consciente de que este ejercicio bañaba tan profundamente su interior que un exceso en su ejecución, significaba el posible comienzo del mareo. Por ello, a la tercera vez, reanudó el ritmo normal de la respiración y siguió con su ascenso mental a través de su cuerpo.

Tras haber relajado la zona central de su cuerpo, se concentró en las palmas de sus manos, luego en sus antebrazos y por último en sus brazos. En la zona de los hombros y el cuello se concentró especialmente, ya que las tensiones de la jornada tenían tendencia a resistirse a al relajación. Su imaginación viajó por sus hombros, su cuello y los músculos de su espalda de arriba abajo. Las sensaciones de calor, eran inmensamente reconfortantes e hizo hincapié en frases más específicas.

“Los músculos de mi espalda están muy relajados...., muy relajados...., muy relajados....”.

“El calor recorre libremente mi espalda......, el calor recorre mis músculos......, el calor me aporta bienestar.....”

“Mi espalda......relax........, mi espalda.....relax......, mi espalda.......relaaaaaaaaax”.

El ejercicio de relajación muscular estaba prácticamente terminado. Tan sólo debía centrarse en su cabeza. Primeramente en sus ojos, después en los músculos faciales y en la boca. Y para finalizar en su cuero cabelludo, sobre todo, en la parte baja y posterior de la cabeza.

“Mis ojos están suavemente cerrados......, relajados......., calmados”.

“ Mis ojos pesan......, pesan mucho......, cada vez más......., y más........., y más.......”.

“No se mueven nada........., nada......., nada........, nada.......”.
“Mis ojos..........relax......., mis ojos........., relax........, mis ojos......, relaaaaaaaaax.....”

Con todo su cuerpo plenamente relajado, sus músculos distendidos y una agradable sensación de flotabilidad, Briana se perdió en su mente, dejándose llevar hasta las profundidades de sus pensamientos. Estos ya no se sucedían con ritmo frenético e inconexo, sino que flotaban como en un mar de calma, desplazándose débilmente de un lugar inmaterial a otro. Sin detenerse en inspeccionarlos como habría hecho estando en vigilia, los observaba con aprendida distancia y desconexión de la realidad, haciéndolos desaparecer. El dolor oculto en lo más recóndito de su sí misma, pareció diluirse también durante aquel lapso de tiempo, concediéndole momentáneamente la paz.

Su mente estaba en calma, habiendo cedido esta a la relajación.

El espacio y el tiempo se abrieron libremente y la sumergieron en sus espléndidas aguas. Las ondas de un espacio inexistente, la mecieron hasta la orilla de un claro estanque de aguas transparentes. Un ligero roce en su superficie, fue producido por unas sedosas y radiantes crines blancas. Avalon, el unicornio de ojos sabios y poderoso espíritu, bebía mansamente en él. Al sonido de unas notas puras, que llegaron a sus perfectas y pequeñas orejas, éste alzó su contorneado cuello blanco, y se lanzó al trote por las inmensidades de su mente.

Pronto cruzaba senderos de verdes valles ilimitados, mientras los demás animales del bosque se detenían a observarlo a su paso. Con el cuerno de marfil apuntando hacia lo alto, el unicornio galopó etéreamente, con la armonía propia de quien sólo vive en una mente magistralmente educada y trabajada para proporcionarse semejante y placentero relax.





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domingo 2 de diciembre de 2007

Mundos Paralelos - Capítulo 1

Historial del libro:
Prólogo




MUNDOS PARALELOS


Capítulo 1 - La posada de los Lantales




Aunque la brisa soplaba fresca y mitigaba el azote de los rayos del sol, el día se presentaba claramente caluroso. Al mediodía, apenas se proyectaban las sombras de las copas de los árboles sobre los suelos empedrados de la ciudad. Estos árboles milenarios, llamados Lantales –de cuyo tronco se extraía la base de un licor de regusto amargo y muy caro– salpicaban la costa de Nande, dándole un aire de extraordinario exotismo. Sus troncos gruesos y sus raíces, formaban dibujos excéntricos en su búsqueda por el agua dulce que no abundaba en esas tierras. Por todo ello, era curioso que la gran parte del sostén económico de aquella ciudad fuera precisamente la pesca. Y es que además de su riqueza vegetativa, la fauna marítima de Nande era abundante –y lo más importante– comestible y de excelente sabor.

El padre de Eleanor, poseía una posada en un enclave privilegiado. Cercana a la costa, y enmarcada por aquellos majestuosos árboles que daban nombre a la misma, cobijaba a comerciantes y turistas que en su mayoría sólo estaban de paso. La clientela habitual, sin embargo, eran personas conocidas y los mismos pescadores del lugar, que hacían un alto en el camino recompensando tanto a sus entumecidos huesos como a su entrenado paladar.

Siendo hora punta, y estando la posada medio llena, Eleanor no veía el momento en el que su compañero Devin viniera a relevarle el turno. El muchacho, como de costumbre, llegaba hoy con bastante retraso. No era éste un período de gran ajetreo, no obstante, sí lo habían sido los anteriores tres meses y no por ello había sido puntual.

Con gesto cansado y mohíno, se llevó el dorso de la mano a la frente y retiró un mechón de cabello rubios que caía desmañado sobre ella. Levantó la mirada y se encontró con la de su padre, Damar, que venía de frente portando una bandeja repleta de humeantes filetes de pescado recién cocinados. Al pasar junto a ella le hizo una señal con la mano libre en dirección a la entrada de la posada.

-Devin acaba de llegar –le informó sin dejar de caminar-. No seas demasiado dura con él, cariño.
Eleanor entrecerró los párpados, con evidente fastidio. En cierto modo le resultaba bastante frustrante que su padre no castigara aquella actitud tan poco disciplinada. Bajo su punto de vista, era demasiado condescendiente con él. Molesta, recogió un escanciador de una de las mesas. Unos restos del licor semitransparente de Lantal, rebosó por el borde ante el brusco asimiento de la joven.

Devin llegó hasta ella en dos grandes zancadas y antes de que ésta pudiera articular palabra, abrió la puerta que daba a la cocina y se escabulló dentro. Dispuesta a tener con él más de tres palabras, Elen se precipitó tras él con andar rápido, dejando a sus espaldas un reguero de gotas rosadas sobre el suelo de madera. El posadero sacudió la cabeza resignado, muy consciente del carácter nada templado de su hija.

-Siento el retraso –se defendió el chico precipitadamente al verla entrar como un torbellino–. ¡Esos malditos peces nos abrieron un agujero en la red! Tuve que...

-¡Oh, por Yahel, Devin! –lo interrumpió dejando la botella de licor en la encimera. Si tenía intención de tener piedad, no se le notó en absoluto–. No me salgas con esas de nuevo -protestó-. Llevo desde las seis de la mañana levantada, preparando comida y sirviendo las mesas. ¡Ni siquiera he tenido tiempo de tomarme un vaso de agua!. Y estoy cansada, como tantas otras veces en las que te has inventado excusas parecidas.

El muchacho sonrió con socarronería y mostró unos dientes blancos y perfectos. Junto con sus cabellos negro azabache y su piel morena, podría decirse que tenía un cierto aire atractivo. Claro que... en opinión de la joven, un pez tenía más inteligencia.

-Estarías más guapa con una sonrisa -dijo sin perder su encanto-. No te sienta nada bien esa mueca permanente de tensión. Parece que ya se ha quedado a vivir en tu cara –y terminó enarcando una espesa ceja negra-. ¡Fíjate, que casi me estoy acostumbrando a ella!

Eleanor le dio un manotazo y frunció todavía más el ceño. Inteligente y de marcada autocrítica, toleraba sin embargo relativamente mal cualquier comentario negativo dirigido hacia ella por otra persona. Su sentido de la responsabilidad era igualmente alto, pues la muerte de su madre cuando ella tenía doce años, había fortalecido esa tendencia innata. Y aunque por todo ello, pudiera decirse que era una persona autosuficiente, la verdad era que dependía del constante cuidado y aprobación de los demás.

-No te he pedido tu opinión –sentenció molesta. Y añadió-. Además, si llegaras a tu hora yo no tendría que ocuparme de realizar tantas cosas a la vez. Llevo haciendo el trabajo de dos personas desde hace tres meses. ¡Y a ti no se te ocurren nada más que bobadas!

Devin ladeó divertido la cabeza, en un gesto muy familiar. Esperó pacientemente a que terminara su perorata. La conocía lo suficiente como para saber que hasta que no se quedara satisfecha, continuaría lanzando improperios a diestro y siniestro.

-Y no te creas que porque mi padre te aprecia tanto, voy a ser tan blando como él -le advirtió–. La verdad es que todavía no entiendo qué es lo que siempre ha visto en ti.

¡Eleanor blanda! Desde luego, no pensaba eso en absoluto. Cambió de postura y se cruzó de brazos, ocultando sus manos bajo la camisa, que estaba parcialmente mojada por el agua del mar. El olor salobre comenzó a hacerse intenso en la cocina.

-Me encantaría pasarme el resto de la tarde explicándotelo, Elen -chascó la lengua-, pero la respuesta salta a la vista -añadió sin modestia alguna-, y aunque sé que piensas que soy un inútil sin remedio, sólo me tomo la vida con un poco de más calma ¿Por qué no lo pruebas? -Y diciendo esto dio la espalda a la muchacha y alargó una mano hacia un trapo que había encima de una mesa.

Eleanor dio unos pasos hacia él, cada vez más convencida de lo irreconciliables que eran sus puntos de vista. Fue entonces cuando reparó, en que el trapo de cocina blanco que había cogido Devin, cubría su mano derecha impregnándose poco a poco de sangre.

-¿Qué te ha ocurrido? –una incipiente sensación de pesar recorrió su espalda, amenazando con desbaratar el gran ovillo mental que ya había comenzado a cimentar en su estructurada mente.
El muchacho suspiró sin apenas darle importancia al hecho de que un corte le atravesaba de lado a lado el dorso de la mano y que no dejaba de sangrar.

-No te preocupes, no es nada. Es lo que intentaba decirte antes de que me interrumpieras –su tono se tornó ligeramente irónico-. Esos correosos animalitos acuáticos nos rompieron la red. Tuve que quedarme a repararla con mi tío y me corté mientras lo hacía. Sólo necesito un poco de tiempo para curarme la herida y cambiarme esta ropa que, por si no te has dado cuenta, apesta a pescado.

La puerta abatible de madera, se abrió hacia adentro dando paso a Damar. A través de tres grandes bandejas metálicas que reposaban sobre sus brazos y se apoyaban parcialmente en su delantal manchado, dirigió la mirada a ambos jóvenes. Reparó al instante en la herida de Devin y miró interrogativamente a su hija, que permanecía con los ojos muy abiertos.

-No ha sido ella –bromeó el joven de buen talante y aclaró–. Me he cortado intentando reparar una red. Ahora mismo se lo estaba contando a Elen. Ummmmmm... a todo esto... -Giró la cabeza como si buscara algo-. ¿Dónde habéis puesto ese estupendo ungüento para las heridas?

Damar señaló con la cabeza hacia la parte trasera de la cocina, mientras en sus labios se dibujaba una mueca. En la pared colgaba un armario pequeño de madera, con tiradores artesanalmente labrados.

-Debería estar allí –soltó las bandejas y relajó los músculos de sus cansados brazos. El rumor del comedor subió perceptiblemente de volumen y varias voces nuevas se sumaron a las ya existentes. Damar suspiró con aire resignado-. ¡Ahora sí que estamos a tope!.

Eleanor se llevo las manos al cabello y tiró del cordoncito que lo mantenía sujeto. Su larga melena rubia y ondulada cayó hasta su esbelta cintura, ocultando la lazada de su delantal. Metió sus pequeñas manos en un barreño de agua limpia y se remojó de un sólo gesto tanto el rostro como los cabellos. Como tantas otras veces en estos meses, el agua fresca acudió en su ayuda aliviando sus tensiones. Su rostro reflejó al instante el positivo cambio.

Devin la observó completamente absorto.

Eleanor era una mujer joven, que rondando los 25 años, había desarrollado una hermosa apariencia. Era difícil aceptar que su procedencia era tan poco extraordinaria como la de él mismo, y sin embargo... su definida figura, sus gestos felinos, y sus flexibles movimientos decían todo lo contrario. En su mente, ni las mismísimas diosas podían superar su feminidad. Si Los Siete consiguieran detener el tiempo...

En una época donde las maravillas obradas por el Dios de la Luz y de la Vida; el Dios de la Oscuridad y la Muerte; Los cuatro dioses de los elementos: Agua, Fuego, Mar y Tierra; y la Diosa de la Fortuna y Sabiduría, tenían tanta cabida como las obras de los mismos mortales; donde todo cuanto caía fuera del entendimiento humano pasaba a formar parte instantáneamente del hacer de los dioses, era poco pedir que se inmiscuyeran en sus asuntos amorosos por una vez. Sin embargo, eso jamás ocurría. Y Devin, en momentos como aquellos, se sentía turbadoramente pequeño a pesar de sobrepasarla en dos cabezas. Él, hijo de un pescador, con apenas ciertos estudios y un cuerpo fuerte y curtido por los años faenando bajo el sol y en plena mar, no tenía la más mínima posibilidad. Pese a ello, había aceptado trabajar para Damar, el mejor amigo de su padre, con tal de estar más cerca de ella.

-Devin, vete a casa. -El joven salió de su ensimismamiento, sobresaltado por la voz aparentemente calmada de Eleanor-. Puedo apañármelas perfectamente. Tu no estás en condiciones de estar aquí. Cuídate ese feo corte y si no es mucho pedir, intenta venir mañana más temprano.

Damar se dirigió tras los fogones, manteniéndose al margen de la conversación. Destapó un par de ollas y bandejas. Llenó un plato hondo de un humeante cocido de magnífico aspecto, y sirvió hasta arriba dos platos del fresco pescado recién cocinado.

-De eso nada, pequeña -Devin habló con firmeza, aunque con dulzura-. Me quedaré aquí y os ayudaré en lo que pueda. Verás como entre los tres, pronto despejamos esto -Hizo un guiño a Damar-. Además, a tu padre no le vendrá mal una mano en la cocina -Sonrió con picardía-... aunque desde luego, ¡hoy no puedo echarle dos!

El sonido intermitente de la puerta al cerrarse, les informó de que Damar les había dejado solos. Devin, no pudo reprimir una sonrisa.

-Toma esta camisa –La voz de Eleanor se quebró al hablar. Alcanzó una prenda grisácea de aspecto usado pero limpio, que había sacado de un cajón, y se la dio tímidamente a Devin. Manteniendo los ojos bajos, y evitando en todo momento dirigir su mirada hacia el joven, llenó el escanciador de Lantal hasta arriba y salió finalmente tras su padre.

El muchacho sonrió para sí. Tal vez Asrial, la Diosa de la Fortuna y la Sabiduría le brindara una oportunidad algún día...

Adentrándose más la primavera, el ajetreo diario de la posada que a Eleanor le parecía ya casi perpetuo, comenzó a aflojar. Devin, exceptuando un par de ocasiones, había conseguido incluso llegar temprano todas las mañanas. Por lo que, haciendo balance, el ambiente era ahora mucho más calmado que antes.

Fue por ello por lo que a mediados de abril, y un día cualquiera, Eleanor vivió el suceso más extraño, terrible e inexplicable que había sufrido en su joven vida.

Fue en plena madrugada, cuando se despertó repentinamente, sintiéndose embargada por una oleada de intenso peligro. Se incorporó a medias en la cama con todos sus sentidos alerta y buscó algún ruido extraño, voz o movimiento que hubiera podido sacarla tan bruscamente del sueño.

La puerta de su habitación estaba cerrada, al igual que la ventana. A través de aquella última no advirtió ninguna figura ocultándose furtivamente, ni oyó pasos alejándose en la lejanía. Dentro de la habitación, no había nadie más con ella. Estaba completamente sola.

Aunque llevaba un ligero camisón y la temperatura había descendido durante la noche, sintió que una oleada de calor recorría todo su cuerpo. Se sujetó los rubios cabellos en una improvisada trenza, e intentó respirar hondo. Sus pulmones se llenaron del aire nocturno, costándole cada vez más realizar la siguiente inspiración. Un dolor intenso comenzó a nacer en el centro del pecho, y el miedo se intensificó en lugar de ir disminuyendo.

El ritmo de su corazón se aceleró, acompasándose a su entrecortada respiración. Con cada golpeteo la sangre corría más fuertemente y el calor se convirtió pronto en sudor.

Eleanor se destapó, apartando las delgadas sábanas a un lado. Quiso ponerse en pie con la intención de salir huyendo hacia la habitación de su padre, a pesar de que sabía que estaba sola y ningún peligro real la estaba amenazando. ¡Tenía que llegar hasta él!. ¡Necesitaba ayuda!

Entonces, al dar los primeros pasos, se dio cuenta de que estaba mareada. En lugar de ir hacia la puerta, se dirigió tambaleante y apoyándose en las paredes con sus manos, hasta la ventana. Necesitaba respirar urgentemente aire fresco o se desmayaría. Cada vez era más consciente de que un pánico absurdo pero de increíbles dimensiones, se estaba apoderando de su mente.

Una vez abierta la ventana, intentó respirar con avidez ¡Por todos los dioses! ¿Qué le estaba ocurriendo? ¡Qué sensación tan horrible! ¡Apenas le entraba aire en los pulmones! Estaba segura de que iba a asfixiarse.

El tiempo pasaba lento y fuera lo que fuera lo que le estaba ocurriendo, su malestar no daba signos de mitigarse.

Intentó calmarse. Se echó de nuevo sobre la cama, boca arriba. El techo le daba vueltas y las palmas de sus manos transpiraban copiosamente. A pesar del calor que sentía, su piel estaba fría al tacto y un temblor ajeno a su voluntad sacudía intermitentemente sus miembros.

Aterrada, flexionó las piernas y se hizo un ovillo. Una idea poderosa se iba abriendo en su mente poco a poco. Sencillamente, estaba perdiendo la razón. Iba a convertirse en una de aquellas personas que caminaban por la vida perdidas, dentro de su mundo irreal. Los niños le tirarían piedras por las calles... los perros la mordería... se estaba volviendo loca. Sí... seguramente era eso.

Una oleada de frío recorrió su cuerpo y el temblor hizo que apretara las mandíbulas fuertemente. La lengua, dentro de su boca, estaba pastosa. Los músculos de su cuello se tensaron como la cuerda de un arco. El dolor de su pecho se agudizó todavía más.

El latido del corazón le zumbaba ya en los oídos. Su respiración era cada vez más rápida y entrecortada, el aire que respiraba no aliviaba sus doloridos pulmones. Tenía la sensación de que alguien se hubiera sentado cruelmente sobre ellos. Y multitud de pensamientos horrendos y desmedidos no dejaban de cruzar como en un torbellino por su mente.

Ahora sabía con certeza absoluta que no sólo se estaba volviendo loca, sino que se estaba muriendo.

¡Oh, por Dearis!, Dios de la Luz y de la Vida ¿Qué había hecho ella para merecer semejante castigo?. ¿Acaso su destino era encontrase tan prontamente con Zaltor, Dios de la Oscuridad y de la Muerte?. ¿No había reservado nada más para ella en este mundo terrenal, al cual tan sólo había rozado?

Pero Zaltor no venía a llevársela a pesar de todo el dolor, miedo e incomprensión que la invadía. El tiempo pasaba cruelmente lento. Su alma deseaba ansiosamente que aquella vorágine de tortura acabara en algún momento u otro, si no moría en el transcurso. Sólo podía esperar el desenlace.

Pensó en su padre. Al día siguiente se la encontraría muerta en la cama y nadie podría decirle qué le había pasado. El pueblo la lloraría. y Devin ..., aquel muchacho que para todo tenía una respuesta y al que tantas veces había reprendido... ¿Qué pensaría Devin? ¿La echaría de menos?

Miró con ojos acuosos y turbios uno de sus brazos temblorosos y lo frotó distraídamente. La sensación de hormigueo dio un mínimo signo de ir disminuyendo. La presión de la sangre ya no era tan fuerte.

Se frotó los ojos y ocultó la cara entre sus manos. Permaneció de esta manera algún tiempo más hasta que los temblores dejaron de sacudirla y el latido del corazón le permitió volver a escuchar el silencio de la noche.

Eleanor jamás había podido decirle lo que realmente sentía por él. Bajo una máscara de continuos reproches, había ocultado habilidosamente un sinfín de sentimientos aún por descubrir, sobre todo para ella misma. Y ahora, tal vez fuera demasiado tarde para todo.

Levanto la vista y una mirada más enfocada le devolvió una imagen de su habitación más estática. Las paredes no se inclinaban y el techo ya no parecía caérsele encima. La ligera brisa que entraba por su ventana refrescó por primera vez sus forzados y doloridos pulmones, y secó su sudor.

Increíblemente y en contra de todas sus creencias, había sobrevivido a una de las experiencias más terroríficas y desquiciantes de toda su vida. Pues jamás hasta ahora había sentido nada ni lo más remotamente parecido.

Con una sensación de extraña irrealidad, Elen vertió las lágrimas que no había derramado antes. Exhausta y vacío su interior de toda emoción, se quedó dormida hasta que los rayos del sol se filtraron por su ventana abierta.

Damar hirvió un poco de agua y vertió en el cazo metálico un puñado de hiervas. El vapor humeante extendió un aroma dulce en el ambiente. Esperó a que el agua tomara un color dorado y lo apartó del fuego. Llenó con el brebaje filtrado una taza de cerámica y se la ofreció a su hija.

Los ojos claros de la muchacha estaban velados y su tez rosada y aterciopelada, presentaba aquella mañana una apariencia macilenta. Eleanor, que había dormido unas 4 horas seguidas de puro agotamiento, le había relatado ya todo su padecimiento de la noche anterior.

-Elen, cariño –La voz de su padre sonó protectora-. He mandado a Devin a buscar al Señor Junab para que te visite, como me pediste. Tal vez tarde en llegar. ¿Por qué no intentas dormir un poco en cuanto te tomes la infusión?

Elen negó con la cabeza y su desmañada trenza terminó de deshacerse.

-No puedo, aunque me siento tremendamente cansada. Mi cabeza está embotada y sin embargo, no me atrevo a cerrar los ojos –dijo con un hilo de voz-.

Damar, suspiró, apenado. Se sentó en una de las sillas de la cocina.

-Aunque le doy vueltas intentando comprender todo lo que me has contado -confesó-, no consigo encontrarle una explicación ¿Estás segura de que no había nadie fuera? Tal vez por eso te asustaste y sentiste miedo; no es nada por lo que tengas que avergonzarte.

Eleanor, que estaba derramada en otra silla echó su cuerpo hacia delante con notable esfuerzo.

-No padre, te repito que estaba sola –lo miró a los ojos y añadió-. Además, no fue sólo miedo; Fue.... terrible. No sé cómo hacerme comprender pero, no he sentido nunca tanto pánico en mi vida ¡Jamás! Pensaba que iba a morirme.

El hombre, se revolvió los blancos cabellos y se encogió de hombros.

-No sé qué decirte hija -titubeó-. Me gustaría poder ayudarte y no sé qué hacer. Lo que me cuentas es sorprendente para mí. Tal vez el Señor Junab pueda aclararnos todo esto.

Unos golpes secos sonaron en la puerta de entrada.

-Parece que ya está aquí -dijo levantándose para abrir.

Detrás de la puerta apareció un hombre bajito y regordete, de mediana edad, con el rostro pulcramente afeitado. Llevaba un sombrero gris oscuro sobre su calva cabeza, y una capa de viaje ocultaba un traje del mismo color. En su mano derecha llevaba un pequeño maletín de cuero blando, que parecía muy pesado. Devin, estaba a su lado.

-Querido Damar –lo saludó con voz grave, y estrechándole la mano al entrar- ¿Qué le ocurre a esa hermosa criatura?. ¡Este muchacho me ha hecho correr hasta quedarme sin aliento!

Devin, vestido con una camisa blanca y unos pantalones remangados, que no le llegaban hasta los tobillos, entró tras él y cerró la puerta.

-Siento haberle tenido que molestar a estas horas tan tempranas –se excusó su anfitrión-, pero Eleanor ha insistido en que lo llamara.

Ambos hombres tomaron asiento en el salón.

-Vera, Señor Junab –le explicó Damar, una vez acomodados-. Eleanor me ha contado esta mañana haber pasado un miedo espantoso durante la noche. Y aunque insiste en que estaba completamente sola cuando le sucedió, yo no soy capaz de encontrarle ningún sentido –y agregó encogiendo sus hombros-. La única explicación que me resulta más lógica, es que realmente alguien la hubiera asustado desde el otro lado de la ventana. Algún posible ladronzuelo, bromista... no lo sé.

Junab alzó sus expresivas cejas blanquecinas.

-Entonces, no comprendo por qué me han llamado –respondió éste, sorprendido-. Tal vez deberían haber avisado a los guardias para que echaran un vistazo al exterior de la casa.

Devin sacudió la cabeza.

-Eleanor asegura no haber visto a nada ni a nadie a través de ella. Y además, está convencida de que sufre una grave enfermedad –le informó-. Por eso le hemos llamado.

-Ummmm... vaya, vaya –meditó Junab rascándose la calva cabeza bajo el sombrero-. Sé de algunas hierbas que tras ingerirlas producen un tremendo malestar, aunque normalmente no están al alcance de todos y en cualquier mercado. De hecho, tan solo las usamos nosotros y ciertos clérigos que las utilizan para comunicarse con sus dioses.

-Yo soy un simple posadero que cuenta sólo con las especies necesarias para su oficio –comentó Damar mostrando las palmas vacías al sanador-. No conozco ni poseo ninguna de esas extrañas hierbas. Eleanor no ha tomado, con seguridad, nada de eso.

Junab asintió y guardó silencio unos instantes antes de preguntar.

-¿Me puede decir, por último, si cenaron ayer copiosamente?. No es la primera vez que atiendo a alguien a quien los excesos le hayan producido un profundo dolor o desorientación.

Damar, volvió a negar las palabras del hombre.

-Ambos cenamos ayer un caldo caliente, como los que suelo preparar todas las noches. Nada más.

-Estoy completamente a oscuras –admitió Junab tocándose la barbilla-. Será mejor que le eche un vistazo a la muchacha. Sin más datos no puedo hacer ninguna conjetura.

Damar lo llevó hasta la cocina, agradecido.

Los tres hombres se encontraron frente a Eleanor, desprovista de toda emoción en su pálido rostro. Los miró a todos alternativamente sin levantarse de la silla y saludó escuetamente al recién venido con un asentimiento de cabeza. Parecía que no tenía energías para realizar ningún gesto más complejo que ese.

-Hola querida -le habló el sanador amablemente, dejando el maletín en el suelo-. ¿Cómo te encuentras?

-Cansada –contestó escuetamente y arrastrando las palabras.

Junab asintió y se volvió hacia los dos anfitriones:

-Caballeros, si me permiten, voy a examinar a la joven –informó-. Háganme el favor de esperar fuera -Y diciendo esto cerró la puerta, dejando a Damar y al muchacho a solas en el salón.

Devin comenzó a dar vueltas en círculo mientras el tiempo pasaba con inexorable lentitud. Las voces de Eleanor y el sanador se escuchaban débilmente a través de la puerta. Y aunque su sentido del oído era muy agudo, no podía entender lo que estaban diciendo.

Damar lo observaba, igualmente inmerso en sus propias cavilaciones. Le constaba que el muchacho estaba tan preocupado por Eleanor como él mismo. Cuando nada más llegar a la posada, vio sus puertas cerradas, se encaminó hasta la casa intuyendo que algo importante había ocurrido. Al encontrarse a la muchacha casi desmayada y tan pálida, un torrente de inconexas preguntas brotó de sus labios.

Eleanor, que no tenía ni fuerzas para explicarse por segunda vez, le pidió entonces que mandara a buscar al señor Junab. Por el poco tiempo en que este había vuelto acompañado del sanador, era evidente que se había dado mucha prisa.

La puerta de la cocina se abrió un poco más tarde, dando paso al señor Junab. Su expresión podría definirse como contrariada. El hombre habló, mientras se ajustaba la capa, preparándose para salir de la casa.

-Después de realizarle una revisión general, les puedo decir que Eleanor está un poco agotada tras haber pasado la noche en vela, pero no hay nada en su cuerpo que me lleve a pensar que esté enferma. Y como bien ustedes me comentaron antes, su mayor queja es el inexplicable terror que ha vivido.

Damar parecía desorientado.

-¿Qué es lo que cree usted que le ha sucedido, entonces? –inquirió Devin al señor Junab-. Si realmente nadie la ha asustado, ni ha tomado ninguna hierba extraña, y usted nos asegura que ella está perfectamente... ¿De dónde viene ese miedo tan exacerbado?

-Yo no he dicho que esté perfectamente –rebatió Junab sopesando una idea que le había venido a la mente mientras hablaba con la joven, en privado. Una extraña similitud con un caso en el pasado, le había puesto en alerta.

-No le entiendo –Damar lo miró de hito en hito.

El sanador retrocedió en su avance y se dirigió de nuevo hacia la cocina. Eleanor parecía no tener ninguna intención de moverse de allí.

-Un momento, por favor –le rogó a la joven, cerrándole la puerta para que no pudiera escuchar lo que tenía que decir. Volvió a tomar asiento en un sofá cercano y les explicó a ambos hombres, que continuaban perplejos.

-Hace mucho tiempo fui testigo de un suceso como este, cuando yo era sólo un aprendiz -les explicó con gravedad en su voz-. También se trataba de una mujer joven. Recuerdo que mi maestro y yo, la examinamos minuciosamente. Tras habernos expuesto una situación similar, no encontramos ningún indicio claro, igual que ahora, que diera una explicación plausible a su afección. Tiempo después –continuó diciendo-, su marido nos mandó llamar afirmando que su mujer había vuelto a padecer otro “episodio” parecido, estando incluso en su propia presencia. Nos relató, sorprendido, cómo aquella fue presa de un increíble terror, a plena luz del día y mientras se ocupaba del cuidado de sus hijos pequeños en la casa.

-¿Dice usted que estaba realizando una tarea normal y corriente cuando le sucedió lo mismo que a Elen? –quiso saber Damar.

-Así es –asintió Junab, apesadumbrado-. Desgraciadamente, ni su marido ni nosotros mismos, fuimos capaces de evitar que aquello continuara sucediéndole –Hizo un ademán con las manos-. Le pedimos a éste que vigilara todo lo que ingería, por si alguna sustancia desconocida fuera la causa, pero no tuvimos tampoco mucho éxito.

-¿A qué conclusión llegaron? –preguntó Devin-. Porque supongo que tuvieron que hacerse una opinión...

Junab, resopló. Estaba empezando a sudar. Escogió con cuidados sus palabras, pues sabía que lo que tenía que decirles iba a impactarles rotundamente.

-Como les digo, no encontramos nada anormal en su cuerpo –repitió haciendo especial hincapié en aquellas dos palabras. Y añadió-. La única explicación que hallamos para sus síntomas, fue que el mal estaba...

Sacó un pañuelo blanco del abrigo y se secó la frente. Mientras lo guardaba de nuevo en el bolsillo terminó la frase con el semblante compungido:

- ... en su espíritu.

El contenido de aquellas palabras, como bien había intuido, dejó a ambos sumidos en el más absoluto estupor. Damar palideció como si hubiera visto un fantasma.

-Cuando entendimos que nuestra labor había terminado y que no podía extenderse más allá de administrarle algunas hierbas con efectos calmantes –continuó diciendo Junab muy despacio-, pensamos que lo mejor era mandarla a otro tipo de personas más especializadas en este tema, que nosotros.

Se hizo un tenso silencio entre los tres hombres, que se rompió de nuevo tras la voz ronca de Damar:

-¿A qué clase de personas se está refiriendo?, ¿a los sacerdotes?

El sanador asintió y frunció luego los labios.

-Hay dos tipos de clérigos a los que nosotros solemos recurrir -explicó-: Unos son los clérigos servidores del Dios de la Vida, Daeris. Las otras son las sacerdotisas de Asrial, Diosa de la Fortuna y la Sabiduría. Algunos familiares, suelen acudir a los primeros cuando les decimos que no podemos hacer nada más por sus parientes. Entonces pagan cantidades extraordinarias de dinero para que estos los atiendan, buscando una segunda oportunidad. Las personas con enfermedades en su alma, tienen por otro lado la posibilidad de presentarse ante las sacerdotisas.

Damar se arrellanó en el sillón, tomando conciencia de que aún no estaba todo perdido. No obstante, el semblante de Junab seguía serio.

-Entonces, ¿hay algún impedimento para acudir a ellas? –le interrogó-, ¿Cobran también cantidades desorbitadas?

Junab sacudió la cabeza.

-No, no. Precisamente la labor de las sacerdotisas es casi caritativa. Piden una cantidad moderada para sobrevivir y mantener el Templo a su vez. Sin embargo, y precisamente por esto, las personas que viajan hasta sus puertas son muchas y la mayoría no pueden ser atendidas hasta meses después –precisó-. Además, el Templo de Asrial está casi a una semana de viaje, en Merfis.

Devin alzó una ceja, al decir:

- ¿Y qué otra opción hay?. No veo ninguna más.

Junab se asió la barbilla y carraspeó.

-Tal vez tengáis suerte –y les explicó-. Hay una mujer más cerca de aquí, que también recibe a las personas con una dolencia en su alma. Curiosamente, tan sólo trata a aquellas que han mostrado unos síntomas similares a los de Eleanor –apuntó-. Desconozco si es o no una sacerdotisa. Aunque lo más probable es que lo haya sido y se haya retirado por algún motivo. Sólo otro par de curanderos y yo sabemos de sus prácticas, si bien los rumores se están extendiendo cada vez más.

-¿Fue a esta señora a quien envió la muchacha? -preguntó Damar de nuevo.

-Así es. Por lo que a mí me consta, vive con su marido en los Valles de Numol. Parece que son un matrimonio muy amable. Ambos se sostienen gracias a la fortuna que éste recaudó de joven. Dicen también que ella es una mujer muy bella, aunque ya entrada en años.

Damar miró a Devin y ambos intercambiaron una mirada de alivio. Fue Damar quien continuó preguntando, el ambiente cada vez más distendido.

-¿Cree usted que podrá curar a Eleanor?

-Bueno... -siguió Junab también menos tenso que hace unos minutos-, es una mujer que ha viajado mucho por el mundo. Tanto por occidente como por oriente. No conozco sus métodos, pero me parece que no necesita ningún brebaje para realizar sus curaciones. Se sirve tan sólo de sus conocimientos. Son sus éxitos los que la han hecho popular entre mis colegas de oficio.

¿Es eso posible? –preguntó Devin, confuso-. Yo tengo entendido que, incluso, el poder de las sacerdotisas tiene su fuente en la diosa. Nadie puede realizar tales curaciones sin brebajes o un mínimo apoyo divino. ¿Cómo se puede pretender sanar el alma tan sólo con unas simples palabras?

-No niego ni apoyo esos rumores, joven –contravino Junab-, y como digo, puede tratarse perfectamente de una sacerdotisa retirada que aún cuente con los favores de Asrial, aunque ésta ya no resida en el Templo. No obstante, los rumores van en otra dirección -El sanador se encogió de hombros-. Yo sólo os comento lo que sé.

Damar asintió, menos preocupado por aquella cuestión que el muchacho. Eran otras preguntas las que bailaban en su mente.

-¿Averiguó por casualidad, si ésta pudo curar a la chiquilla?

Junag chascó la lengua.

-Lamentablemente, no puedo estar pendiente de todas las personas que atiendo –y ratificó-. No sé qué fue de ella.

-Si fuera su hija la que se encontrara en estas condiciones, ¿usted la llevaría ante esta mujer?

-¿Por qué no?. No tendría nada que perder... y tal vez sí mucho que ganar.

Tras un corto silencio, el sanador se levantó de su asiento dando a entender que ya había cumplido con su labor, y se ajustó la capa para salir de casa. Ya estaba abriendo la puerta cuando Damar le hizo una última pregunta.

-¿Podría decirnos cuál es el nombre de esta misteriosa mujer?

-Por su puesto. Su nombre es Briana.

Mundos Paralelos

Nota de la autora (Dalthea): Este es mi último trabajo, todavía sin terminar. Un día se me ocurrió que tal vez fuera viable escribir un libro de autoayuda para todas aquellas personas que han padecido el miedo, las fobias y el pánico, en el cual se mezclaran los ambientes medievales como marco de fondo. Los personajes narran las situaciones más habituales de estos padecimientos de la manera más fiel que he podido. Todavía necesita muchos retoques y harían falta muchos capítulos para plasmar las variadas técnicas de relajación, métodos o situaciones que suelen darse en la vida real. Sin embargo, creo que es un proyecto en bruto muy interesante y que merece la pena pulir.


Aquí os cuelgo lo que llevo escrito de momento. Y espero que ayude al que lo lea, pues esa es la finalidad principal de este libro.


Gracias a todos por leerlo.


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MUNDOS PARALELOS

PROLOGO



La humedad que las rocas habían filtrado durante aquellos doscientos años, había lavado la superficie de las paredes del inmenso y enrevesado sótano, convirtiéndolas en un mosaico de formas desiguales y redondeadas. La profundidad a la que se encontraba era tal que tan sólo la oscuridad más densa habitaba sus recovecos, y las tres adeptas del Templo de Asrial se habían asegurado de disponer de dos candiles y varias velas, temiendo que el exiguo aire que respiraban, les dificultara el prender estas últimas.

Vania, más adelantada que sus dos compañeras, se cubrió aún más con la gruesa capa de lana y ocultó su rostro bajo la protección de la ancha capucha. El frío entumecía sus jóvenes huesos calándola hasta la mismísima médula, y el olor a moho era insoportable. Sin embargo su determinación era firme y estaba dispuesta a avanzar a pesar del inhóspito subterráneo.

-Deberíamos, volver –dijo Sasmara, con voz trémula tirando de los ropajes de la atrevida muchacha-. Este lugar me da escalofríos.

-Ya te he dicho que no nos va a pasar nada, miedica -repuso la primera en tono cortante y con desafío, girando a la derecha en uno de los pasadizos-. Y no me interrumpas con más quejas si no quieres que nos perdamos aquí dentro.

La tercera, cuatro años menor que las otras, no pudo reprimir un estornudo y el eco agudo del mismo rebotó en las paredes, magnificándose el sonido. Si la chiquilla hubiera podido ver la mirada de desdén que rezumaron los ojos castaños de su guía, se hubiera detenido y dado la vuelta al instante.

-Sasmara –la llamó, presa de una ira mal contenida-. ¿Por qué demonios has tenido que traer aquí a la huerfanita?. Seguro que acaba trayéndolos problemas. Ya te dije que la dejaras en la habitación.

La novicia sacudió la cabeza y unos bucles cobrizos aparecieron bajo la capucha. Los halos de luz de una vela que sostenía en su mano derecha se reflejaron en ellos, de manera que la escena cobró un aspecto de aterradora irrealidad.

-No seas tan cruel con ella, Vania –la reprendió sin atreverse a levantar demasiado el volumen de su voz, conociendo el carácter nada apacible de la otra-, sólo es una niña.

-Pues entonces contrólala y que no haga más ruido –espetó la adepta de más alto rango concentrada en recordar el camino que había recorrido la noche anterior y memorizado en su mente con precisión-. Si las sacerdotisas nos descubren aquí abajo no quiero saber el castigo que nos caerá. En cierto modo, vamos a transgredir la ley más sagrada de todas.

El paso se hizo más estrecho y las tres muchachas tuvieron que ponerse una detrás de otra. Sus figuras encapuchas y de mediano tamaño, se recortaron claramente contra las heladas y resbaladizas piedras que entumecían sus costados. La última, apenas alcanzaba en altura los hombros de sus compañeras.

Vania, continuando a la cabeza, fue seguida muy de cerca por Sasmara. La pequeña adepta, de tan sólo ocho años de edad, se agarró fuertemente a su capa, intentando no soltarse de su protectora. La desorientación, el miedo y la acuciante sensación de estar cometiendo un grave error, desbordaban su mente infantil.

El aire se hizo más pesado a medida que avanzaban, y la llama de la vela que Sasmara agarraba como si fuera un objeto de salvación, titiló débilmente hasta que segundos después se apagó por completo. La oscuridad se hizo plomiza y sus pies tropezaron con los de la astuta muchacha.
-¿Seguro que sabes el camino? –preguntó Sasmara con voz trémula y percibiendo que el frío de aquel lugar perdido del abrazo protector de la diosa, le hacía rechinar los dientes -. Ya deberíamos haber encontrado La Puerta Secreta, ¿no?

Vania no respondió, demasiado ensimismada en decidir si ahora debía continuar en la misma dirección o desviarse hacia la izquierda. Estaba completamente segura de que había seguido exactamente la misma ruta que hacía veinticuatro horas. Entonces, se detuvo y se agachó en cuclillas para poder iluminar mejor las losas del suelo con su candil. El trazo de unas líneas rápidamente dibujadas, apareció borroso bajo un delgado charco de agua recién formado. Una sonrisa de triunfo asomó a sus finos labios.

-Aquí esta –dijo hablando para ella misma-. Debería encontrarse... –se incorporó velozmente, avanzó cinco pasos perfectamente medidos hacia su izquierda, y luego dijo como si hubiera desvelado el misterio de un juego de magia-, justamente aquí.

Vania alzó su delgado brazo y la luz se proyectó sobre un arco semicircular, labrado en una madera de tono opaco. Los tablones de la puerta estaban gastados y una ligera arenilla blanca parecía indicar que las insidiosas termitas habían dado cuenta de buena parte de su interior. Desde luego, aquella no parecía una puerta más magnífica que la del trastero viejo y ajado de su padre. Sasmara frunció el ceño, sospechando que su compañera le estaba gastando una broma pesada.

-Ya sé lo que estás pensando – dijo Vania, todavía con el orgullo brillando en sus pupilas como ascuas al rojo–, pero lo que vas a ver ahora te dejará sin aliento.

La joven de bucles cobrizos, encendió el otro candil que llevaban como si su resplandor pudiera imbuirle algo de entereza. Bajo su fulgor, pudo discernir cómo el rostro de la más pequeña estaba aterido de terror y tan pálido como un cadáver. Ni siquiera se había atrevido a soltar su túnica y mantenía sus dedos fuertemente cerrados en la tela.

-Vania, todavía podemos volver –sugirió-. Lo que estamos haciendo es muy peligroso y tampoco sabemos si funcionará.

-¡No me salgas con esas de nuevo!. Ahora no estamos para lecciones morales –le recordó agriamente-. Da la vuelta tú si quieres, pero yo no he llegado tan lejos para irme sin echarle aunque sea un vistazo.

-Pero tú eres la única que conoce el camino...

-¡Entonces cállate ya y deja de lloriquear! –su voz sonó como el chasquido de un látigo-. Ahora, apartaos tú y la huerfanita, y dejadme hacer.

Sasmara retrocedió unos pasos lentamente, cubriendo con su cuerpo el de la niña, que la imitó torpemente. Desde la prudente distancia, observó como la obstinada joven sacaba un saquito de diminuto tamaño del interior de su atuendo y tiraba del cordoncito dorado que lo mantenía cerrado. Sin pensárselo dos veces, Vania introdujo los dejos dentro del mismo y sacó un puñado de lo que parecía ser un polvo finísimo. Retrocediendo ella también un paso largo, se centró delante de la fea y tortuosa puerta, y los lanzó sobre sus tablones mientras entonaba con claridad unas extrañas palabras. A su término y sabiendo lo que iba a pasar a continuación, hizo un gesto a sus compañeras de que se cubrieran el rostro y cerraran los ojos.

El efecto del cántico fue casi instantáneo y una luz tan cegadora como diez lunas, estalló de la nada en todas direcciones. Pese a la protección elemental con la que habían protegido sus ojos, la deslumbrante luminiscencia atravesó con tremenda facilidad todos sus sentidos, produciéndoles un agudo dolor en todo su ser. Después de un tiempo que no supieron calcular, los haces de luz perdieron parte de su brillo y las tres discípulas miraron aturdidas la escena que aparecía ante ellas.

El grotesco marco que otrora daba sostén a los tablones, refulgía ahora de manera sobrenatural y había perdido su esencia sólida, tornándose etéreo y muy vivo. Su tono frío y cambiante, como de la más pura plata fundida, les mostró un interior desconocido e inmenso, pues donde antes habían estado los listones, ahora sólo restaba un vacío negro y de enorme atracción.

Vania fue la primera en reaccionar al tremendo fogonazo de luz y cruzó el umbral de inmaterial consistencia con una avidez casi obsesiva. Sasmara vaciló en seguirla, intuyendo en lo más hondo de su alma que al atravesar La Puerta Secreta, custodiada por la Gran Matriarca, y sin embargo libre hoy de su vigilancia, traería nefastas consecuencias tanto para ellas como para el resto del mundo. Volviéndose hacia la chiquilla, que no se había movido un ápice, le dijo dudando sobre la veracidad de sus propias.

-Tu quédate aquí. No te preocupes, no pasará nada –y mirando de soslayo hacia dentro añadió-. Si oyes cualquier ruido, avísanos y saldremos lo antes que podamos. No tengas miedo.

La niña asintió con la cabeza y observó atenazada cómo su protectora entraba también en la negrura de aquella vorágine, dejándola sola por completo, con la única compañía del candil. Se dejó caer luego sobre el suelo mojado y apoyó su pequeña espalda contra la húmeda pared. El frío pareció aumentar repentinamente y sin poderse controlar, su cuerpo tembló como una hoja arrastrada y rota por el viento. El olor del moho se infiltró por sus fosas nasales, sumiéndola más aún en el desamparo y la incertidumbre. Juntando sus manitas en actitud contemplativa, agachó su cabeza y rezó, tartamudeando por la baja temperatura, una oración a Asrial, Diosa de la Fortuna y la Sabiduría. En su inocencia, advirtió con ironía, que todo lo que estaba sucediendo aquella noche, no tenía nada de sabio ni afortunado, y que era un acto de total descreimiento demandar el amparo a quien precisamente estaban profanando uno de sus habitáculos sagrados. No obstante, no sabiendo a quien más dirigir sus ruegos, recitó los párrafos de una plegaria básica pidiendo su protección en aquella hora aciaga.

En aquellos precisos instantes, Phaemila, la más anciana y alta sacerdotisa de Asrial, que oficiaba la ceremonia de la Transmutación en coordinación con sus discípulas de más alto nivel, en el gran salón de mármol, interrumpió sobresaltada el canturreo de las frases arcanas que vocalizaba. Un terror enorme, recorrió sus viejos y cansados huesos con una fuerza inhumana. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y su cuerpo se desplomó ante la atónita mirada de las hermanas. La imagen de la Puerta Secreta, evanescente ante su intenso fulgor, apareció en su mente antes de...

La oscuridad.




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sábado 1 de diciembre de 2007

En el baúl de los recuerdos...

Nota de la autora (Dalthea): Estos dibujos son también unos de los más antiguos que tengo. Los hice cuando yo tenía unos 12 años y en la televisión emitían la serie de "Los Caballeros del Zodiaco". Por entonces, la fiebre de dibujar al estilo manga me había alcanzado a mí también. ¿Quién de entre vostros, que haya visto esa famosa serie de dibujos animados, no ha intentado dibujar alguna vez al caballero del Dragón, al del Cisne, al del Feniz, al del Pegaso o a la mismísima Atenea?.

Pues yo no iba a ser menos, así que aquí tenéis uno de los dibujos que guardé. Aunque dibujé a casi todos ellos, sólo Atenea ha perdurado en mi "Baúl de los recuerdos".






Desde luego, no hace falta que yo diga que no es una obra de arte. Ahora, cuando lo veo, me trae muchos recuerdos de mi infancia: las meriendas delante de la tele, los deberes del instituto, esas tardes patinando por el pasillo de mi casa... y mi madre detrás riñéndome porque le arañaba el suelo con las ruedas; Las insidiosas matemáticas, las clases particulares de inglés... etc.

Y también, cómo no, las innumerables tardes leyendo "El Señor de los Anillos", "Dragonlance", "Reinos Olvidados", "Darkover"...

Hablando de la Saga Dragonlance, ¿a qué no sabéis cómo me imaginaba a Raistlin, el mago, a los 12 años?. Un día me atreví a plasmarlo en el papel, al mismo estilo manga en el que dibujé a Atenea y esto fue lo que me salió. Reconozco que se me olvidó ponerle los ojos como relojes de arena. Aún así, lo colgé de la pared de mi habitación unos cuantos meses. Me encantaba. :)))







Y para finalizar, os cuelgo aquí un dibujo que he encontrado, y que hice posterior a estos. Quizás sobre los 16-18 años. No guardo muchos recuerdos de cuándo lo dibujé, o de quién era la modelo en la que me inspiré. Supongo que no era de mis preferidos. Aviso, que no es manga.






Y esto es todo por el momento... ;-))











Poesías Escaneadas

Nota de la autora (Dalthea): Estas tres poesías que escribí ,también hace algunos años, han aparecido entre mis archivos (no informáticos). Para no quitarles el encanto de cada formato de letra, he preferido que las leáis tal y como las tengo yo. Así que he escaneado los originales.

Espero que os gusten. ;-))


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LA CIUDAD DORMIDA




MUNDOS PARALELOS



DESEO





El Círculo del Poder - Capítulo 12 (último)






EL CIRCULO DEL PODER


Capítulo 12 - El Desenlace







Había pasado ya una semana. Ulquier estaba tumbado en un sillón de la gran sala del fuerte de Rinos. Ariana y Egolas le hacían compañía. Mantenían una conversación rutinaria y despreocupada. Todos deseaban aliviar un poco la tensión que había hecho presa en ellos durante los días anteriores.

La puerta de la sala se abrió entonces y entró por ella el maestro Travis seguido por Liriel.

Se acercaron a ellos y tomaron asiento también en los sillones.

- Maestro.- Dijo Ariana.- Me alegro de veros de muevo. Habéis pasado muchas horas en vuestra habitación.

- Es cierto, pupila.- Dijo Travis.- Pero he estado muy ocupado.

- ¿Habéis resuelto ya el código de los mensajes ? - Le preguntó ella impaciente.

Travis se echó hacia delante en su asiento.

- Pues sí, Ariana. Creo que ya puedo explicaros lo que dicen realmente. - dijo el maestro desplegando delante de ellos llas anotaciones en las que estaban dibujadas aquellos extraños signos -.Al principio me resultó bastante complicado, sin embargo, una vez convencido de que cada símbolo correspondía a una letra y aplicando la lógica, la solución se me fue haciendo más clara.

El primer mensaje que me dio Liriel era tan breve que resultaba imposible descifrarlo. Era este mismo que ahora os expongo.



La única conclusión que me permitió sacar era que el símbolo debía de ser por semejanza el equivalente a la letra O de nuestro vocabulario.

El siguiente mensaje que encontramos en uno de los libros de Nereida era el siguiente:




Como podéis apreciar volvemos a encontrar el mismo símbolo en estas dos divisiones que yo he calificado como palabras. En estas, el símbolo o viene seguido por el símbolo . Deduje que se trataba de la letra S, pues en nuestro idioma detrás de las vocales suele emplearse esta para formar el plural. Tenemos entonces dos palabras en plural.

También pensé que los símbolos más repetidos debían ser posiblemente vocales. Estos eran por lo que podéis ver y . Las vocales que más se usan en cualquier palabra son la A y la E indiscutiblemente. Pero aún no sabía cuál era cual.

La parte más difícil vino cuando tenía que identificar los otros símbolos ya que las letras T,N,B,R,D,L y P suelen aparecer con la misma frecuencia unas y otras el combinarlas hasta encontrar una palabra con sentido sería interminable.

Pasé entonces al último mensaje que tenemos:


.

Había en él un detalle que me ayudó inestimablemente. Se trataba de nuevo del símbolo . Me di cuenta de que aparecía en solitario dos veces. Debía corresponder sin duda a la letra A que precedía a dos palabras más. Además también hacían su aparición nuevos símbolos que parecían complicar mi labor.

Me fijé entonces en la segunda palabra de tres letras. Si el símbolo era la A, entonces por descarte el símbolo debía de ser la E. Lo que hacía que las cosas nos quedaran así :

A _E _ A


Me costó mucho trabajo averiguar eso dos símbolos restantes. Tenía varias palabras que podían encajar pero no tenían sentido entre ambas vocales, lo que me llevó a una única posibilidad. Se trata del verbo VER. Tenía sentido esta parte : A VER A. El símbolo que aparecía en los anteriores mensajes ya tenía sustitución por la letra R, quedando la segunda palabra del segundo mensaje como sigue :


_RE _ARAOS


Por lógica, el símbolo correspondía a la letra P.



PREPARAOS


Una palabra inquietante, ¿verdad ?. Encaja bastante bien con una amenaza y con la posibilidad de que estos sean los causantes de que Kelmor y Nereida huyeran. Pero no adelantemos acontecimientos. Dejémoslos para más tarde. Sigamos con los nuestro.

La primera palabra del mismo mensaje nos quedaría también así :

RE_E_ADOS

¿ Qué podía significar tratándose el mensaje de una amenaza ?. Le di muchas vueltas a los posibles significados que podría tener esta palabra. Pensad. ¿ En qué se convertiría una persona si huyera de algo o de alguien ?. En un TRAIDOR o en un RENEGADO. Ahí tenemos nuestro primera palabra : RENEGADO, por supuesto.

Luego el segundo mensaje quedaría al completo de esta manera :

PREPARAOS RENEGADOS

Parece el principio de una frase completa. Recordé entonces lo que había dicho Ariana por casualidad cuando encontramos el tercer garabato; que podía tratarse de la continuación de este que acabamos de descifrar. Uniendo ambas anotaciones ya descifradas tendríamos :


PREPARAOS RENEGADOS A VER A


No supe al principio qué significado podía tener la última palabra. Volví mi atención al primer mensaje de todos. Al que trajo Liriel. Medio traducido tenía este aspecto :


_E _AN EN _ON _RADO


Sin dudarlo identifiqué la segunda palabra como HAN, tenía mis dudas con respecto a esta otra TAN, pero gracias a Kiril la lógica me ayudó una vez más.

La primera palabra podía ser LE, ME, TE y alguna que otra más, pero teniendo en cuenta que la segunda era HAN sólo las dos últimas encajaban. Suponiendo que el mensaje estaría escrito en primera persona por el que mandaba la carta me quedé definitivamente con lo siguiente :


ME HAN EN_ON_RADO


No quedaba mucho por resolver. Estaba ya muy claro que la frase era : ME HAN ENCONTRADO.

¡Era un dato impresionante !. Kelmor no parecía ser el único que huía. Mantenía correspondencia con alguien que también lo hacía. Por algún motivo Kelmor al recibir ese mensaje salió tal vez en busca del misterioso remitente.

¿ Qué nos quedaba pues ?. Tres mensajes que eran en realidad dos, y escritos en diferente época. Los encontrados en el libro decían unidos:

RENEGADOS PREPARAOS A VER A


Comprendí entonces su significado. Cuando se amenaza a alguien de muerte casi siempre se nombra la palabra DIOS , en este caso se usó su nombre divino KIRIL. Luego tenemos :


RENEGADOS PREPARAOS A VER A KIRIL.


Una amenaza de lo más aterradora. Ahora me explico que se ocultaran y que ni si quiera me escribiera a mí. Era demasiado peligroso para ellos.

Eso es todo lo que he podido averiguar a través de estas anotaciones. No os puedo decir nada más.

Los compañeros habían estado escuchando con suma atención las explicaciones de Travis y ahora que habían terminado no acertaban a decir palabra. Esto revelaba un pasado de Kelmor y Nereida desconocidos por todos.

Liriel fue la primera en hablar.

- Si eso es cierto y mi padre ha ido en busca esa persona que le escribió el mensaje, puede estar ahora mismo en peligro.- Dijo asustada.

- No os preocupéis, Liriel.- Le dijo Travis.- Estad tranquila. Kelmor está bien.

- ¿ Cómo lo sabéis ?.

- Espero a vuestro padre aquí dentro de unos momentos.

- ¡Pero qué estáis diciendo !.- Liriel se había levantado de un salto del sillón al oír aquello.

- Eso mismo. - Insitió él.- Le he escribí ayer tarde y le he pedido que venga. Debe de estar al llegar.

Ariana negó con la cabeza.

- Creí que habíais dicho que escribirle podía entrañar peligro para él y para liriel.- Le recordó al maestro.- Además, ¿por qué tendría que venir por que vos se lo pidierais ?. Si hubiera querido hacerlo, lo hubiera hecho antes por su propia voluntad.

- Ahora es distinto.- Travis parecía muy convencido de lo que decía.- Creo que le redactado un mensaje que no le dejará ninguna otra opción.

- No os comprendo.- Dijo Liriel aún sorprendida.

- Ahora lo sabremos todo.- Dijo Travis levantándose también del sillón.- Aquí viene Jumar.

Ulquier que había permanecido en silencio todo ese tiempo recibió al escudero.

- ¿ Qué ocurre Jumar ?.

- Señor, un hombre está ante nuestras puertas. Pide permiso para entrar.

A Liriel se le secó la garganta. ¿ Era posible que su padre hubiera venido hasta aquí ?.

- Hacedlo pasar a la sala, Jumar.- Le ordenó después de mirar a Travis. Este ultimo asintió con un gesto de cabeza.

El escudero se retiró tras una breve inclinación.

Travis también tenía una expresión tensa. Iba a ver a Kelmor después de veinte años.

Minutos después entraba Jumar acompañado por un hombre alto y ancho de hombros, de ojos negros penetrantes y caminar inseguro.

Cuando vio a los presentes se dio cuenta de que algo no funcionaba bien. Al instante reconoció a Travis allí de pie, mirándole. Liriel estaba a su lado.¿ Qué estaba ocurriendo allí ?. Habían más personas en la gran habitación pero no estaba la que él había esperado ver.

- Tomad asiento Kelmor, o debo decir Boreas.- Era Travis quien había hablado.

El hombre los miró a todos de hito en hito y luego miró a su hija con expresión sobresaltada.

- No os preocupéis.- Volvió a intervenir el maestro de paladines adivinando lo que pensaba el hombre.- Lo sabe todo.

La postura de Kelmor se tambaleó sacudida por un repentino acceso de vértigo. Sus rodillas se doblaron y calló al suelo cubriéndose el rostro con las manos.

Liriel corrió hacia él.

- ¡Padre !.- Ella lo rodeó con los brazos y ambos permanecieron en esa postura varios minutos.

- Perdóname, hija. Perdóname.

El hombre no acertaba a decir otra cosa y Liriel llorando de emoción no dejaba de acunarlo entre sus brazos.

- Perdóname, liriel. Nunca he querido hacerte daño.- Decía él.

Ariana sintió que sus ojos también se humedecían. Era algo terrible ver a un hombre aparentemente tan enérgico doblado por el dolor.

La voz de Egolas interrumpió la dramática escena.

- Levantaos del suelo, señor.- Dijo mientras se dirigía hacia ellos e intentaba incorporar al hombre con la ayuda de Liriel.- Venid. Sentaos con nosotros.

Kelmor soltó un profundo gemido , se dejó caer en un sofá y hundió de nuevo la cabeza entre las manos. Permaneció sin hablar por unos cinco minutos, al cabo de los cuales volvió a levantar la cabeza , y dijo con desaliento mirando a Travis:

- No se cómo me habéis engañado. Yo vine aquí en respuesta a una carta de una persona a la que no veo aquí. Os hablo como sabréis de Calisto de Yavish.

Travis negó con la cabeza.

- No conozco a esa persona. ¿ Debería ?.

- Dadas las circunstancias por supuesto.- Dijo Kelmor.

- ¿ Y quién ese hombre ?.- Preguntó Travis.

- Calisto de Yavish es el verdadero padre del príncipe de Yavish, Saryon Bane.

Los compañeros se miraron unos a otros con sorpresa. Nunca hubieran pensado que el príncipe Saryon fuera hijo ilegítimo del rey de Yavish.

- ¿ Manteníais correspondencia con él ?.- Quiso saber Travis.

- Desde hace años. Pero entonces, si ni siquiera conocíais a este hombre, ¿quién me escribió la carta ?.

Travis lo miró con gravedad.

- La escribí yo para obligaros a venir aquí.

- ¿ Qué la escribisteis vos ?. Eso es imposible. Fuera del Círculo., no hay nadie que conozca el secreto del código que empleamos para comunicarnos.

- ¿ Qué significado tiene ese sello circular con las guadañas opuestas?.

- Es la insignia del círculo.- Explicó el hombre. Y preguntó a continuación. - ¿Cómo conseguisteis descifrar el código ?.

- Fue muy complicado, a decir verdad, pero gracias al mensaje que trajo Liriel y a otros símbolos dibujados en un libro de Nereida, me fue posible completar un abecedario.- Dijo Travis.- Creo que ya va siendo hora de que nos proporcionéis el resto de la información. Hacedlo por vuestra hija al menos. Ella tiene más derecho que todos nosotros a saber la verdad.

Kelmor se encogió de hombros.

- Tenéis razón. Creo que merecéis, todos, una explicación.

Travis se arrellanó en sillón dispuesto a escuchar la historia de labios de su antiguo compañero. Liriel, que se había sentado al lado de su padre, lo cogió de la mano para darle fuerzas.

Kelmor se aclaró la garganta con un carraspeo y comenzó a hablar :

- Yo nací en Oranda, al igual que Nereida. Soy hijo de Valentín Amunia, que fue el fundador del Círculo del Poder - como lo nombramos -. Crecí siendo uno de sus miembros más por ser hijo suyo, que por compartir las convicciones de aquellos hombres que habían caído también bajo las redes de esta hermandad.

Conocí a Nereida cuando yo tenía la edad de mi hija Liriel. Ella era la hija de una de los recién iniciados por entonces. En seguida nos enamoramos y aunque no tenía nada más que mi fuerza y mi energía para ofrecerle ella me aceptó en matrimonio. Mientras tanto Nereida se fue convirtiendo progresivamente en una de las sacerdotisas más veneradas de la época. Su padre, al enterarse de nuestro romance se opuso a que nos casáramos. Nos fugamos a Permand.

Al principio la fortuna fue propicia con nosotros. Conocimos buenos tiempos. Fue entonces cuando conocimos a Travis, el mejor amigo que jamás tuvimos. Quiso el destino que Nereida conociera entonces a Calisto de Yavish en uno de nuestro muchos viajes. Calisto pertenecía también a la hermandad. Según nos contó otros miembros de la orden habían ascendido al poder y mi padre había quedado relegado a mero consejero. Calisto nos mantenía al corriente de los asuntos del Círculo, pues aunque habíamos huido aun pertenecíamos a la hermandad.

Con el tiempo, la orden se fue haciendo terrible. Una vez dentro de su dominio no había manera de escapar. A través de Calisto, uno de los hombres que se mantenía en el poder, dio con nuestro paradero.

Se llamaba Limuar.

Yo noté por sus constantes viajes a mi casa, que algo había llamado su atención.

Cuando hablaba, miraba a Nereida con los ojos inyectados en una pasión furiosa que él llamaba amor. Le dije que ella y yo estábamos casados pero eso no fue impedimento para él. Un día cuando llegué a casa me encontré a Nereida forcejeando con ese hombre tan salvaje. Entonces me lancé sobre él. Le golpeé hasta dejarlo casi sin sentido y cuando recuperó el aliento, huyó de nuestra casa como alma que se lo lleva el diablo.

Ese día nos habíamos creado un enemigo mortal. Pocos días después se celebró una reunión del Círculo a la que habíamos sido citados a través de Calisto. La hermandad chantajeaba a las personas más ricas pidiéndoles grandes cantidades de dinero amenazándolas con la muerte si no cedían. Calisto había sido uno de los desafortunados. Limuar se las apañó para que yo fuera quién debiera ejecutar el castigo a mi amigo. Nunca dudé de que lo había hecho por despecho. Entonces nos negamos a hacer lo que nos pedían.

Era lo que Limuar había querido. Ahora tenía un motivo justificado para ir detrás de nosotros. Nos escribió varios mensajes amenazantes a nosotros también. Fue entonces cuando nos vimos en la necesidad de huir y no decir nada ni siquiera a Travis. Podíamos revelar a ese odioso hombre nuestro paradero y nuestras vidas estarían de nuevo en peligro. Quiso la mala suerte que por entonces la mujer de Calisto se quedara en estado. El pobre hombre, temiendo que la hermandad destruyera toda su familia y matara a su hijo, valiéndose de toda su fortuna consiguió que el rey de Yavish adoptara al pequeño. Además, como el rey no tenía descendencia y su esposa se había quedado infértil al caer por unas escaleras, el niño fue como un regalo caído del cielo. Por fin tendría un heredero que lo relevara en el trono y nadie sospecharía nunca que era ilegítimo, pues el pueblo no se había enterado del incidente de su mujer y achacaban su falta de hijos a que el rey siempre estaba de viaje.

Calistó huyó entonces con su mujer y se ocultó como pudo. Sólo se mantenía en contacto con nosotros a través del mismo código que empleaba la hermandad. Nosotros por nuestra parte nos trasladamos a Winder y cambiamos nuestra identidad.

Un año después nacía Liriel y meses más tarde moría Nereida afectada por el difícil parto. Pasé momentos de terrible soledad. Me había quedado solo con una hija pequeña. Las gentes de Winder se portaron muy bien con nosotros y me ayudaron a criar a mi hija. Estuve tentado muchas veces de escribir a Travis para contarle lo que nos había ocurrido, pero el temor por Liriel más que por mí me hizo desistir en el empeño. Pasaron los años y nuestra vida fue de lo más anónima posible. Yo procuré hacer los menos viajes posibles y a Liriel no la dejé salir nunca de Winder para que nadie la viera, pues con los años se había convertido en una mujercita muy parecida a su madre.

Un desafortunado día me llegó un mensaje de mi antiguo compañero Calisto. La hermandad lo había encontrado. Yo sabía que esto sólo podía suceder si el Círculo descubría que Saryon era hijo adoptivo y a través de él descubrirle a él, pues Calisto se había escondido tan bien como yo y no cabía otra posibilidad. Entonces temí por él y me dispuse a salir a ayudarlo.

Antes mandé a Liriel con mi socio Devin a Henna con el pretexto de que tenía que salir de viaje urgentemente. Quería alejar a mi pobre Liriel de aquellos asesinos de la hermandad. Yo que le había ocultado todo nuestro pasado para que no sufriera como lo he hecho yo toda la vida, me encontraba de nuevo padeciendo miedo por que nos encontraran.

Entonces me desesperé. Estaba cansado de huir continuamente. Me armé de valor y me decidí a hacer frente a los dirigentes de la hermandad. Me enteré de que un carruaje partía de Oranda con destino a Yavish y no tuve la menor duda de que eran ellos, pues la hermandad había estado siempre emplazada en la primera ciudad.

Salí hacia Oranda por la mañana temprano antes de que Liriel se despertara. A medio día intercepté el carruaje entre Jerón y Permand y entonces ataqué. El carruaje llevaba demasiada velocidad cuando yo actué y el cochero salió despedido por los aires, directo a un río que había a uno de los lados del camino. Dentro del carruaje sólo viajaba una persona.

Era Limuar, el máximo responsable de la orden. Me reconoció en seguida y se abalanzó sobre mí. Los dos salimos rodando y caímos en unas zarzas más abajo. Peleamos como dos fieras salvajes. Finalmente yo conseguí hacerle una herida muy profunda. Viendo que iba a matarlo salió huyendo. Yo no lo perseguí. No valía la pena.

Regresé a Winder exhausto y me encontré mi casa vacía. En mi mesa había una nota puesta allí seguramente por Teros que decía que mi hija había salido para Trempos en una misión importantísima y que no me preocupara, ya que estaría entre paladines. Entonces no reparé en que mi antiguo compañero Travis podía reconocer a Liriel, pues aunque nunca le escribí, siempre supe casi con exactitud dónde se encontraba.

Finalmente ayer por la noche recibí un mensaje que creí que era de Calisto, procedía de Trempos. Así que me dispuse a venir hacia aquí a toda prisa pensando que me necesitaba. Esta es la pura verdad. ¿ Acaso creéis vosotros que he debido de actuar de otra manera ?.

Kelmor calló.

La sala se quedó sumida en un silencio casi fantasmal. Nadie habló durante varios minutos. La historia que había contado el padre de Liriel era espeluznate y más terrible de lo que habían pensado todos.

- No, amigo mío. - dijo Travis con el rostro cambiado por la emoción.- Has hecho lo que debías. Lamento que todos te hayamos juzgado como no te merecías. Además, la casa de los Bloshcome os debe ahora un gran favor.

Ariana habló.

- Esta es una buena ocasión para sacar una enseñanza de todo esto.- Dijo.- He aquí el ejemplo perfecto que nos demuestra cuán fácilmente podemos ser engañados por nosotros mismos.

- En efecto.- Intervino Egolas también conmovido por la historia.- Siempre tenemos algo que aprender.

Se hizo otro silencio, esta vez más corto.

Ulquier se pronunció.

- Señor, todavía hay algo que me gustaría preguntarle.- Dijo.

- Adelante.- Concedió Kelmor.- Quisiera que todo quedara claramente explicado.

- Veréis.- Comenzó.- Nosotros los paladines fuimos contratados para salvaguadar el carruaje de posibles agresiones. ¿ Queréis decir que quién nos contrató pertenecía a esa hermandad ?.

- Ignoro por completo todo cuanto se refiere a vuestras idas y venidas.- Dijo Kelmor.- Pero estad seguro de que siendo el que viajaba en el carruaje Limuar, así habrá sido sin duda alguna.

- ¡Por Kiril que habíamos sido contratados por asesinos !.- Exclamó Egolas llevándose una mano a la frente.- Querían que ese mensaje falso llegara a su lugar de destino para provocar una guerra. ¡Y nosotros éramos sus custodios !. Si no llegáis a intervenir, la orden de los paladines hubiera sido terriblemente mancillada y nosotros hubiésemos sido los responsables de una muerte.

- En parte sí, pero sólo indirectamente.- Repuso Kelmor.- La verdadera culpa hubiera sido indudablemte del mismísimo Limuar. No os carguéis con las fechorías de otros. Si yo siguiera vuestro mismo razonamiento, Sir Egolas, estonces yo también sería responsable de la misma pues no maté a Limuar cuando tuve la ocasión de hacerlo, hace ya muchos años.

- Tengo otra duda, señor.- Dijo Ulquier atando cabos.- ¿Cómo hicisteis para deshaceros del carruaje de manera que no quedara ninguna huella en el camino ?. Nadie ha podido encontrarlo por más que se ha buscado.

- No fue fácil.- Dijo Kelmor.- ¿ Sabéis cómo se cazan las bestias ?. Las grandes bestias me refiero.

- Lo ignoro.

- Pues se emplea un mecanismo muy sencillo pero laborioso y complicado.- Explicó Kelmor .- Es necesario hacerse con una gran red y fijarla en un lugar que resista el peso de la bestia. La red se deja abierta por su centro y sus extremos se atan con fuerza en la zona elegida. Luego se cubre su superficie para camuflarla y se coloca un resorte sensible al tacto con la red de manera que si algo la toca por su centro, la red se cierra y se eleva en el aire apresando a la bestia. Es así de sencillo.

- Ya. Pero, ¿ Dónde está el carruaje ?.- Preguntó Ulquier todavía dubitativo.

- Os lo acabo de decir, señor.- Kelmor señaló con uno de los dedos el techo de la sala.- Está en el mismo sitio que estuvo siempre desde la última vez que tocó la tierra. Sólo que a unos metros por encima.

- ¿ Queréis decir que un carruaje tan pesado ha quedado sepultado entre las ramas de los árboles ?.- Dijo Egolas asombrado. Desde luego él había estado allí y ni por asomo había mirado hacia arriba.

- Sí. Ya os he dicho que el proceso es muy complejo y que se necesita emplazar bien la red.- Aclaró Kelmor.- Yo escogí bien la zona antes de montar la trampa. Los árboles era lo suficientemente fuertes y espesos para soportar el peso del carruaje.

- ¿ Y qué ocurrió con el cochero ?.-Dijo Ulquier.

- Cayó del pescante al activarse la trampa. Nadie pudo evitar que el desdichado se rompiera el cuello al caer y que su cuerpo rodara hasta llegar al río.

- ¿ Y qué hay del caballo que tiraba del carruaje ?.- Dijo Egolas.

- Los arneses se desengancharon al activarse la trampa y éstos salieron huyendo. Después borré las huellas que había en el suelo con unas hojas secas que encontré, me subí a mi caballo y me marché.

Los compañeros no hicieron ninguna otra pregunta. Sin embargo a Ulquier se le ocurrió que Kelmor ignoraba algo.

- Nos habéis dicho que ese tal Limuar buscaba la muerte de Calisto.

- Sí.

- Pues creo que, en eso, os equivocasteis.

- ¿ Qué queréis decir ?.- Esta vez fue Kelmor quien se sorprendió.

- Muy sencillo.- Le explicó.- Sir Lenn, el superior de los paladines de Jerón me escribió una carta hace poco diciéndome que se había encontrado cerca del lugar una carta escrita por el hijo del rey de Yavish, Saryon, afirmando en ella que se iba a quitar la vida.

- Eso es mentira.- Respondió Kelmor.- Debe de tratarse de una artimaña de la hermandad, aunque no entiendo qué ganaban con ello.

- Pues yo creo tener una respuesta a eso que os sorprenderá. En realidad, como decís, se trataba de una argucia de la hermandad para provocar una guerra a través de esa muerte que vos habéis evitado.- Dijo Ulquier.- Y apuesto a que ignoráis que el asesinato no iba dirigido contra el padre de Saryon, sino contra él mismo.

-¡ Qué me decís !. ¡ La muerte su hijo !.- Exclamó.- ¡ Y además querían provocar una guerra !. La hermandad esta vez a ido demasiado lejos.

- Por suerte, todos hemos llegado a la conclusión de que la guerra no hubiera llegado producirse ni aunque Saryon fuera asesinado.- Continuó Ulquier.- Las relaciones entre ambas ciudades implicadas es demasiado buena para ello, y el documento falso es también difícil de creer.

- ¡ Malditos miembros de la hermandad!. ¡La destruiré por completo aunque sea lo último que haga en mi vida. !.- Retumbó la voz de Kelmor con furia.

Todos callaron.

La conversación se prolongó toda la tarde hasta que se aclararon todos los puntos oscuros de tan dramático asunto.

Ulquier hizo que Jumar preparara una habitación para Kelmor. Se había hecho demasiado tarde para que este emprendiera el regreso hacia Winder. Liriel y su padre pasaron en vela casi toda la noche hablando y hablando sin parar.

Ya por la mañana Jumar preparó un sólo caballo. Ulquier, Travis , Egolas y Ariana salieron al patio para despedirse de Kelmor...o Boreas, dependiendo de cómo se mirara.

Fue una despedida corta y sentimental. Liriel no pudo evitar que se le humedecieran los ojos cuando miró a su padre de nuevo camino a su casa. Esa casa que ella todavía no vería, pues había aceptado quedarse con el maestro Travis para que la instruyera en arte de la magia y así poder ser una sacerdotisa, como su madre.

Las grandes rejas de hierro se abrieron y el hombre salió lentamente del castillo.

Ariana puso una mano sobre el hombro de Liriel para darle fuerzas. Está se comportó con más entereza de lo que había ella misma pensado. Atrás quedaba de nuevo su pasado y delante lo desconocido. El destino.

Su destino.

Atrás, Habían pasado ya cinco días desde Kelmor se fuera.

Ariana ya no se encontraba sola desde que habían regresado del viaje. Egolas había estado constantemente a su lado y ella estaba aprendiendo a ver su vida a través de un cristal más radiante.

Era por la tarde cuando Ariana entró en la habitación que Ulquier usaba como despacho.

Travis estaba con él.

- ¿ Qué haces hermano ?.- Le preguntó ella.

- Escribo una carta a Sir Lenn explicándole todo lo que nos contó Kelmor.- Le contestó.- Si sus cartas me sorprendieron a mi, esta no hará menos con él.

Ariana se sentó en una silla y dejó que Ulquier terminara la carta. Miró a Travis.

- Maestro.- Lo llamó.

- Dime, querida.

- He estado pensando en la carta que le enviasteis a Kelmor como reclamo para que viniera.- Le dijo ella meditabunda.- ¿Qué le decíais exactamente ?. ¿Por qué creyó Kelmor que era otra persona quien le escribía ?.

Travis sonrió.

Metió una mano en un bolsillo y sacó de él una bola de papel. La alisó con las dos manos y se la entregó a la mujer.

- Probad, Ariana, si sois capaz de leerla.- dijo sin dejar de sonreír.

La carta que le había entregado no contenía ni una sola palabra. Todo en ella eran símbolos :




- Si recordáis el código que os enseñé antes - Le dijo Travis.- veréis que aquí dice :

VEN INMEDIATAMENTE.

Ariana cayó al instante en que Kelmor no había podido negarse puesto que había pensado que aquel mensaje había sido escrito por su antiguo amigo de la hermandad, el único que conocía ese código.

Ahora si que lo entendía todo. Ariana ya no tenía más dudas.

- Ariana.- La llamó Ulquier.- ¿ Me harías el favor de entregar esta carta a Jumar para que llame en cuanto pueda a algún emisario ?.

- Claro, Ulquier.

Ariana tomó la carta y salió de la habitación.

Encontró a Jumar en los establos, atendiendo a los caballos.

- ¿ Estáis muy ocupado ?.- Le preguntó ella amablemente.

- Más de lo que debería.- Le dijo Jumar simulando estar harto de trabajar.- Gracias a Dios la señorita Liriel siempre ronda a mi alrededor preguntando en qué puede ayudarme. Una gran muchacha. Lo supe desde que entró por las puertas del castillo, sí señora.

Ariana sonrió.

- Tenéis razón. Es una joven encantadora.- Y añadió.- Además, será una buena sacerdotisa. Travis ha visto en ella el mismo potencial que tenía su madre.

- Sí,- Jumar asintió.- El río ha vuelto a su cauce. El maestro Travis vuelve a su antigua profesión y por fin puede enseñar aquello para lo que ha estado siempre dotado. Y vos señora - Le dijo permitiéndose un desliz -, por fin habéis abierto vuestro corazón.

Ariana besó a Jumar en la frente y se introdujo de nuevo en el castillo.

Respecto a Liriel y lo que aconteció después...

Bueno, eso ya es otra historia.






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El Círculo del Poder - Capítulo 11







EL CIRCULO DEL PODER


Capítulo 11 - Mensajes Reveladores







Egolas se sentía inquieto con aquella calor. Se había despertado hacía rato. Ulquier roncaba plácidamente a su lado, boca arriba y con los brazos en cruz.

Sin saber por qué Egolas se acordó de Liriel.

Desde que llegara al castillo apenas había conversado con ella y cuando había conseguido una cita para intimar más, había tenido que anularla.

De hecho, se las había apañado para mantenerse casi apartado de la muchacha.

La había conocido siendo una joven tímida. No es que ahora fuera muy distinta, pero había más serenidad en ella. Le agradaba más que antes. Sin embargo había algo que le impedía, de alguna manera, acercarse a ella.

Egolas recordó cuando la vio por primera vez vestida de paladín. Fue todo un espectáculo digno de ver. ¡Qué diferente parecía !...Y sin embargo era la misma de siempre.

Egolas suspiró.

Ahora Liriel iba vestida con un sencillo vestido que le había prestado Ariana. También recordó haberla visto muy hermosa, casi tanto como Ariana. Casi como la mujer paladín.

Sí, Ariana era la respuesta. En presencia de Ariana todo cambiaba. Todo desaparecía. Incluso Liriel. Como habían desaparecido también otras mujeres en su vida.

Ariana era la fuente de la vida para Egolas, pero también de su dolor.

Años atrás había estado enamorado de ella con pasión, pero Ulquier se había interpuesto entre ellos.

Sin saberlo, el hermano había abierto una barrera invisible e insalvable entre la mujer y él. Toda la vida de Ariana daba vueltas alrededor de su hermano y de nadie más. Este había cerrado el lazo invisible muy fuertemente. Tanto, que ni Egolas podía romperlo. Por ello sólo podía perseguir una sombra eternamente y calmar su vació con otras mujeres que se cruzaban en su camino.

Egolas creyó entender por qué se apartaba de Liriel. El paladín no quería que la joven fuese otra de esas mujeres que entraban en su vida y se iban sin dejar rastro.

Liriel era distinta. Tan fresa , tan inocente... No se merecía eso. Liriel se merecía un hombre muy distinto a él. Alguien que apreciara sus cualidades y sobre todo, alguien que la amara por entero y no sólo con una parte de su corazón.

El corazón de Egolas era sólo para Ariana le gustase o no. El paladín estaba convencido de que mientras Ulquier no rompiera ese lazo que mantenía al los hermanos tan unidos, su destino sería irremediablemente la perpetuidad de su presente.

La resignación. El vacío.

Egolas sintió la congoja anidar en su pecho. La opresión era angustiosa. ¡Qué destino más solitario el suyo !. Jamás podría amar a otra mujer. Jamás. Y la mujer a la que amaba se encontraba tan lejos de ser suya...

Sus ojos cansados de permanecer abiertos mirando a la nada se cerraron doloridos. Los ronquidos de Ulquier se hicieron cada vez más lejanos, más suaves.

Egolas volvió a dormirse con una mano cerrada en un puño, cerca de su corazón.

Pasaron tres días más. Los paladines habían esperado pacientemente a que llegaran más noticias mientras ellos seguían buscando la identidad de los que viajaban en el carruaje, como les había pedido Sir Lenn. A pesar de haber indagado en todos los lugares posibles para obtener alguna información, los hombres de Ulquier no habían tenido éxito.

La mañana de ese segundo día llegó un joven solicitando entregar un mensaje en mano personalmente al superior Ulquier. Este último lo tomó en mano y leyó.

El mensaje decía lo siguiente :



“Bien hallado seáis, Sir Ulquier :

Los acontecimientos que voy a relatarle van a sorprenderle con seguridad. En primer lugar, es justo que le comunique que uno de mis hombres ha encontrado esta misma mañana el cuerpo del cochero muerto, cerca del lugar de la desaparición del carruaje. Su cuerpo había caído a un riachuelo de no mucha profundidad. Ha sido necesario que el calor de estos días secara el agua para que lo encontráramos. No presenta signos de violencia ni de haber muerto por ahogo. Más bien parece que cayó del carruaje y que en la misma caída se fracturó el cuello muriendo en el acto. Nadie ha identificado al cochero todavía.

Por otra parte la respuesta de la casa de Bloshcome ha sido impactante. Ahora sabemos que el viaje emprendido por los ocupantes del carruaje tiene mucho que ver con el mensaje que vuestro paladín envió a esta casa.

Lord Bloshcome tuvo la amabilidad de revelarme por carta el contenido del mensaje.

Más o menos venía a decir, que la casa de los Pandúbal lo prevenía contra una posible conspiración que lo afectaba directamente. El hijo menor de los Pandúbal había escuchado por casualidad un rumor inquietante que atentaba contra la ciudad de Seymour. Un carruaje partiría con documentos falsos desde Oranda hasta Yavish instigando el que se produjera una guerra entre esta última cuidad y Seymour. En seguida, escribió el mensaje y se lo entregó personalmente a un paladín llamado Sir Perkal y le hizo jurar que lo protegería con su vida hasta que lo entregase en mano al lord de la casa de los bloshcome, en Seymour. Este, al recibirlo de vuestro paladín, envió a sus mejores hombres de armas para que interceptaran el carruaje e impidieran que esos documentos llegasen a su destino.

Al cabo de unos días, llegaron sus hombres anunciando que no habían visto el carruaje, aunque se habían repartido por los caminos por los que este más probablemente debía pasar.

Nosotros los paladines, fuimos contratados con la orden opuesta :

Proteger el carruaje de posibles ataques, con la excusa - y esto es lo paradójico de la cuestión -, de que en caso de extraviarse, podría producirse una guerra. ¿Quién está detrás de todo esto ?, no lo sabemos. ¿Por qué ha desaparecido el carruaje?.¿ Qué ocurrió realmente ?.Tampoco lo sabemos. Sólo podemos afirmar que quienes quiera que viajasen en ellos han desaparecido junto con los documentos falsos y que estos últimos, al extraviarse, no han producido en absoluto esa guerra inminente de la que tan insistentemente nos previnieron.

Que esos documentos nunca llegaron a su destino, y que la intervención de Lord Bloshcome ha sido del todo innecesaria, pues no han sido sus hombres quienes han detenido el carruaje.

Personalmente, pienso que una disputa interna entre los viajeros fue la causante del aborto de la misión aunque no acierte a comprender cómo es posible que un carruaje haya desaparecido sin más sin dejar rastro.

¿Tienen algo que ver los propios viajeros en la desaparición del mismo ?. ¿Quienes eran y cuántos ?,¿por qué querían provocar una guerra entre ambas ciudades ?, ¿y qué ocurrió realmente cuando se encontraban entre Jerón y Permand ?.

Realmente es un misterio. Aquí acaba todo lo que puedo deciros. Le he relatado todo cuanto sé. Habéis sido de una gran ayuda y os doy las gracias. Ya no será necesario que permanezcáis aquí por más tiempo. Que Kiril os guarde en vuestro viaje de regreso .

Atentamene :


Sir Lenn, de Jenor.”




Ulquier releyó el mensaje por segunda vez para comprender toda aquella información.

Ciertamente la carta lo había dejado sorprendido. Ahora tenía que comunicar todo aquello a los demás paladines y partir de nuevo hacia Trempos.

Su deber allí había terminado, si es que alguna vez lo había tenido.






Cuando todos se habían retirado aquella tarde a dormir una siesta, Travis había permanecido despierto leyendo las ya conocidas historias que Nereida relataba en el libro. Podía recordarlas como si hubiesen ocurrido ayer mismo.

La añoranza de Travis era muy grande. Nunca se había permitido aceptar que la desaparición de la sacerdotisa le había afectado tanto. Se había convencido a sí mismo durante muchos años de que algún día tendrían que separarse. Lo que nunca imaginó fue que ocurriría de aquel modo tan extraño y repentino.

Hubo un tiempo en el que los buscó a ambos hasta que las fuerzas le fallaron. En días desesperados se había dicho que ambos compañeros se habían fugado para permanecer a solas y que todo aquello no había sido nada más que una fuga planeada egoístamente para conseguir intimidad. Pero otros días sabía que aquello no era cierto.

Cuando Travis recibió la carta de Ariana pidiendo que se presentara urgentemente en Trempos tampoco alcanzó a imaginar los motivos que la mujer paladín había tenido para escribirle.

Ver a Liriel allí de pie, a solo dos metros de él, tan parecida a Nereida que le temblaron las piernas...Era algo para lo que no estaba preparado.

Nunca tuvo la menor duda de que Liriel era la hija de Nereida. Ni si quiera durante unos segundos. A la muchacha se le había ocultado el pasado de sus padres por algún motivo que ni a ella misma le había sido revelado.

Ahora compadecía la confusión de la chiquilla y los momentos duros por los que estaría pasando.

Travis había pasado en vela toda la noche rememorando el pasado. Una parte de su ser se resistía a averiguar el porqué ambos compañeros habían desaparecido. Los años habían pasado lentamente y él había sobrevivido a la incertidumbre con dignidad. Ahora, cualquiera que fuese la explicación del hecho no cambiaría su pasado.

El mago, después de haber sufrido la desaparición de sus compañeros había aceptado el ofrecimiento que le había hecho el fundador de la Orden de la Estrella. Sería maestro de paladines. Enseñaría todo lo que había aprendido de la vida y todo cuanto pudiera serle útil a un paladín.

Así habían pasado veinte largos años.

Travis no se reprochó nunca el tomar esta decisión. Ver que podía ser útil a los jóvenes paladines era más que suficiente para él. Transmitir sus conocimientos, llenar el vacío que sentía.

Olvidar. Eso era lo único que quería. Pero, ¿lo había conseguido ?.

De repente, unos golpes llamaron a la puerta sacando de sus cavilaciones al maestro.

- ¿ Quién llama ?.

- Soy yo. Liriel. ¿ Puedo entrar ?.

- Sí, pasad.- Concedió Travis.

Liriel entró temiendo interrumpir al mago en su que hacer.

- Estaba inquieta.- Dijo ella a modo de explicación.- Me preguntaba si habíais descifrado ya las inscripciones.

El maestro se arrellanó en la silla. Inspiró profundamente.

- Estoy en ello.- Dijo él.- Intento familiarizarme con los dibujos. Este código ha sido creado a conciencia para que los personas ajenas a él, en caso de interceptar un mensaje como este, no logren traducirlo.

Liriel abrió mucho los ojos.

- Así que todo nuestro esfuerzo, ¿ha sido inútil ?, ¿no se puede descifrar ?.

- Yo no he dicho eso. - Negó él.- Sólo que necesitaré un poco más de tiempo. Es una tarea difícil.

Se hizo un silencio.

La muchacha suspiró.

- ¿Sabéis ?,- dijo en voz baja.- he estado pensando.

Travis la miró a los ojos.

- ¿ Sobre qué ?.

- Sobre mis padres.

El maestro arrugó la cara en un gesto de preocupación. No creía que fuera saludable que la muchacha andara todo el día cavilando sobre los espinosos asuntos de su familia.

- ¿ Y qué habéis pensado ?.- Le preguntó.

- Pues, he llegado a la conclusión de que tenéis razón.- Dijo ella.- Mi padre me ha ocultado la verdad.

Travis asintió.

Que la joven llegara a esa conclusión era inevitable. Tenía que pasar en algún momento.

- Sí.- Ratificó.- Pero no penséis que ha sido por frivolidad.

- No, ya lo se.- Contestó ella. Ladeó la cabeza.- Habrá tenido sus motivos. Pero he vivido en una mentira.

Travis que había permanecido sentado mientras hablaban se levantó e hizo que Liriel se sentara en la silla. Cuando la tuvo acomodada le habló en voz muy dulce.

- No ha sido una mentira, querida liriel. No tengo la menor duda de que kelmor ha actuado para protegeros de alguien.

- Sí pero, ¿Por qué no iba a contarme a mí la verdad ?.- Dijo Liriel casi al borde de las lágrimas.- Soy su hija. Qué menos que confiar en mí.

- Tal vez no se trate de confianza, Liriel, sino de evitaros algo que pudiera dañaros.

- ¿ Es qué acaso creéis que todo esto no me hiere de igual manera ?.

Travis la atrajo hacia sí y la rodeó con sus brazos.

Liriel se dejó consolar y rompió a llorar desconsoladamente. Las lágrimas corrieron a raudales por sus mejillas. Tanto dolor contenido salía ahora sin ataduras.

Liriel sentía que todo su mundo se venía abajo. ¡Qué más le daba a ella las razones que hubiera tenido su padre !. La realidad era que ella había sido engañada y que ya no podría confiar en él nunca más.

Travis la acunó hasta que la joven ya no tuvo más lágrimas que verter.



Cuando Ulquier comunicó el contenido del último mensaje que había recibido del superior Lenn a los demás, todos estuvieron de acuerdo en volver a Trempos. Al parecer parte del entramado se había solucionado y ellos ya no podían hacer nada allí.

Después de haber buscado infructuosamente a los misteriosos viajantes, Ulquier llegó a la conclusión de que lo mejor que podían hacer era retirarse. Esperarían, como habían hecho hasta ahora, más noticias de Sir Lenn e irían atando los cabos de este escurridizo asunto conforme fueran apareciendo más datos.

Así que todos regresaron, todos menos Yargos.

Este había encontrado un nuevo hogar en Jerón. Decía que era un buen lugar para empezar de nuevo. Que escribiría estupendas baladas y que se convertiría en un bardo famoso.

Tanto los paladines como Ariana estuvieron encantados de perderlo de vista. Ya no tendrían que tomar más remedios contra el dolor de cabeza.

Sin embargo a Liriel, le dio pena perderlo como compañero. Aquel bardo de rimbombantes colores la había hecho reír en los momentos más duros. Liriel le debía mucho y así se lo dijo cuando llegó la hora de la despedida.

- Me alegro de haberte conocido.- Le dijo sinceramente.- Espero que te vaya bien aquí.

Yargos tenía los ojos húmedos y con su pañuelo siempre en la mano, se los restregaba continuamente.

- Yo también, querida. Te echaré de menos.

Liriel le dio un abrazo. El bardo se sonrojó.

- Eres una gran persona, Yargos.- Le dijo ella emocionada.- No dejes que nadie se ría de ti, ni que te insulte. Si alguien no sabe apreciar lo que tiene delante, es porque está ciego.

- Gracias, gracias.- Se sorbió el agüilla que le caía por la nariz. - Pero yo no he hecho nada de especial. Estás exagerando.

- De eso nada.- Negó rotundamente ella.- Me has ayudado siempre con tus palabras alentadoras, e incluso cuando te hiciste cargo de Osses. Tu fuiste quien me animaste a venir aquí y me diste valor. Siempre has sido agradable conmigo y has estado a mi lado cuando me he sentido sola.

El bardo estaba conteniendo las lágrimas con esfuerzo. Las confesiones de Liriel eran demasiado emotivas para un alma tan sensible como la suya.

- ¿ Todo eso he hecho ?.- Dijo entrecortadamente.- Vaya, no tenía ni idea.

Liriel le sonrió.

- Ha hecho eso y mucho más.- Le dijo.- Me alegro por ti porque sé que Jerón está llena de nuevas gentes y nuevos ambientes como tu querías, pero yo también voy a echarte de menos.- Y añadió mirando al perro, que estaba a su lado.- Y Osses también.

El animal, al oír su nombre ladró efusivamente y se puso de pie sobre sus patas traseras. Yargos le cogió las patas para que no cayera al suelo.

- Yo también voy a echaros de menos a los dos.

Osses le dio unos lametones en sus finas y pálidas manos.

- Sí, sí.- Continuó el bardo mientras lo acariciaba en la cabeza.- Eres un buen perro, un buen perro.

Liriel los miró unos instante a ambos.

Desde que ella se fuera con los paladines de viaje, tanto uno como otro se habían hecho inseparables. Incluso cuando Yargos se incorporó a ellos tras seguirlos, Osses había permanecido más tiempo con él que con ella.

- Osses, ven aquí.- Lo llamó.

Al instante, el animal bajó las patas y la miró con la lengua colgando. Tenía la misma expresión de siempre. Liriel lo acarició detrás de las orejas.

- Eres el único perro que he tenido,- le dijo mirándolo a sus almendrados ojos castaños -, pero estoy segura que jamás tendré otro como tu. También has sido una buena compañía y mi más fiel acompañante.

Osses, por toda respuesta, ladró otra vez y miró después a Yargos.

- Sí, Osses.- Le dijo Liriel suavemente.- Quiero que te quedes con él.

El bardo, se llevó el pañuelo a los ojos y estalló en unas escandalosas lágrimas.

- Pero , ¿ qué estás diciendo ?.- Su voz aguda a penas se entendía.- ¿ Cómo vas...a estar tu...sin él ?.- Sollozaba entre palabra y palabra.

- Basta ya Yargos.- Lo reprendió Liriel.- Lo estás haciendo todo más complicado.- Y entonces también ella rompió a llorar.

Cuando pudo controlarse, habló de nuevo.

- Iros ya los dos.- Les dijo con un gesto de la mano. Osses meneó el rabo y se la lamió.- Cuidaos los dos.

Yargos dejó de gemir y llamó al perro a su lado. El animal no supo qué hacer y se quedó en medio.

- Vete.- Lo animó Liriel.- Cuida de él.

- Gracias, Liriel.- Pudo decir él por fin.- Soy yo el que te debe mucho.

- Ya dices tonterías otra vez.

- No. Es verdad.- Dijo, y se sonó la nariz con el pañuelo.- Eres la única persona que me ha soportado a su lado más de dos minutos seguidos. - Reconoció.- Ojalá esa mujer paladín aprendiera de ti un poco de cortesía. Seguro que está celebrando ahora mismo que me marcho.

- Bueno, Yargos.- Le hizo notar ella.- La verdad es que no has sido del todo simpático con ella, siempre te has quejado de algo cuando estaba cerca. Además, las personas somos todas distintas, como tu dices : “ En la variedad está el gusto”.

El bardo asintió.

- Tienes razón, querida Liriel. Tienes razón.

Liriel retrodeció un poco.

- He de irme ya. Me están esperando.

El bardo asintió de nuevo y se atrevió a devolverle el abrazo.

- Sí, vete ya. Será lo mejor. - Miró a Osses, que finalmente había optado por ponerse a su lado.- Y no te preocupes. Lo cuidaré bien.

- Lo sé.

Liriel se giró y comenzó a andar en dirección a su montura, que estaba a unos diez metros de ella. No se dio la vuelta en ningún momento - no se atrevía -, ni siquiera cuando montó en ella y se reunió con los demás paladines.

Liriel espoleó a su montura y el animal emprendió un trote corto, siguiendo a los otros caballos. Pasados unos segundos, tras ella a lo lejos, un aullido largo hendió el aire. Luego, a este le siguió otro y luego otro más.

Liriel lloró en silencio.

Lloró amargamente por lo que dejaba atrás, más sabía en el fondo de su alma que había obrado bien. Su corazón, sin embargo, se había partido en mil pedazos por el dolor y las lágrimas le quemaban el rostro.

¿ Acaso sería ese su destino ?, ¿ separase de todo los que quería ?.

Durante todo el viaje hacia el castillo, Liriel dio vueltas a algo que le había dicho anteriormente el bardo. Este siempre, con sus palabras aparentemente sin sentido, había dado sin embargo sentido a muchas cosas en su vida.

En su mente, aún sonaban aquellas frases que le dijera por las calles de Trempos :

“ Tu no eres de las que se dan la vuelta a la primera de cambio..., atrévete..., ¡ Es el destino, querida !. Es el destino lo que te ha traído hasta aquí.”

Y así, rodeada de pensamientos y sentimientos, Liriel encontró el valor para recorrer otro nuevo sendero de su vida.




Un día como otro cualquiera un nuevo mensaje de Sir Lenn llegó a manos de Ulquier. Como habían supuesto, el asunto iba desenredándose poco a poco. El paladín lo leyó en su habitación, esta vez a solas. Decía lo siguiente :




De nuevo os saludo, Sir Ulquier :

Os vuelvo a informar de más noticias que seguramente le serán de interés. Este asunto se va aclarando por momentos. Me dispongo a relatarle un nuevo suceso ocurrido ayer mismo. Se trata de un hallazgo realizado por una chiquilla de la misma ciudad de Jerón.

La niña, acompañada por su padre se presentó ante mis paladines pidiendo una audiencia. Cuando los tuve ante mí, el padre me entregó un documento de vital importancia.

Al parecer su hija había estado jugando en el mismo lugar de la desaparición del carruaje durante esos días y lo había encontrado oculto en los ramajes. Os escribo a continuación su contenido que también os sorprenderá como anteriormente supongo que lo hizo el último mensaje que os envié.

Dice así :

No puedo soportarlo por más tiempo, padre, y os pido perdón. Vivir me produce más dolor que habitar en los infiernos a los que sin duda iré. Nunca me he atrevido a deciros nada pero ya es hora de que lo deje por escrito ya que no puedo enfrentarme a vos cara a cara y deciros la verdad.

Me avergüenza confesar esto pero no tengo alternativa. Ya que voy a morir pronto, dejaré en estas líneas lo que mi alma ha llevado oculta todos estos años. ¿ Recordáis a mi prometida ?. Aquella dulce muchacha que jamás llegó a ser mi esposa por una muerte repentina. Yo os diré por qué murió realmente. Yo la maté.

Sí, lo hice y me avergüenzo. Pero me pregunto si otro hombre no hubiera hecho lo mismo que yo de encontrarse en mi lugar. Sí, padre, un día la encontré en los brazos de otro. En los brazos del hijo de lord Bloshcome. No pude soportarlo. ¿ Me odiáis por ello ?. Yo lo hago ahora. Sin embargo callé mi asesinato por que no podría enfrentarme a vuestro juicio. Como mi vida no tiene ningún sentido, he decidido quitármela.

Perdonadme padre. Espero que mi prometida allí donde esté lo haga también ahora que muero para redimirme de mi error.

Príncipe Saryon Bane, de Yavish.



Eso era lo que contenía el documento. Como bien sabemos se trata de una falsificación. Tal vez uno de los ocupantes del carruaje planeó la muerte del príncipe de Yavish y pensaba dejar a su lado esta nota simulando un suicidio.

Por supuesto hemos contactado con Lord Bane y nos ha confirmado como supusimos desde un principio, que su hijo se encuentra perfectamente y que para nada tiene en mente el suicidarse. Ambos hombres niegan el contenido de este documento y piden que sigamos investigando en este asunto, pues están muy preocupados.

Se han tomado las debidas precauciones para que el príncipe no sufra ningún atentado. Este documento ciertamente podía haber creado una reyerta entre ambas ciudades aunque creo, entre nosotros, que el hijo menor de los Pandúbal exageró en las consecuencias del mismo. Ciertamente se hubiera provocado una desgracia, pero la posibilidad de que este escrito, tras la muerte del príncipe, fuera el causante de una guerra, es remota. De todas formas debemos dar gracias por que el carruaje no haya llegado a su destino. Con ello se ha salvado la vida del príncipe Saryon que sin duda hubiera muerto asesinado por los malhechores.


Sir Lenn , de Jenor.



Cuando Ulquier hubo terminado de leerlo, dobló la hoja y se la guardó. El asunto estaba prácticamente resuelto. Ahora tenía que asimilar lo que había leído y buscarle un sentido lógico, aunque ya no le preocupaba tanto si lo conseguía o no.

Sir Lenn ya se hallaba de nuevo libre de responsabilidades, pues aunque aún habían muchos puntos oscuros en aquel suceso, todo lo sucedido daba a entender que ya no ocurriría ninguna tragedia. Que esta había sido frustrada por motivos que a él y a los demás se le escapaban. Pero que al fin y al cabo ya podían todos ellos descansar, siempre y cuando se mantuviera una escolta prudencial cerca del príncipe Saryon de Yavish para protegerlo de otros posibles atentados.

Por su parte, Ulquier, ya había conseguido de nuevo la tranquilidad.

En el fondo, deseaba que nadie más los contratara hasta que hubieran pasado una semanas y pudieran por lo menos recuperar las fuerzas y el ánimo. Este suceso los había beneficiado en muy poco. Además de no haber obtenido ningún pago debido a los imprevistos que habían interrumpido la misión, Ulquier había tenido que desplazar a todos sus hombres y ponerlos a trabajar igualmente que en cualquier otro caso. Esto le había supuesto un gasto monumental de dinero contando los desplazamientos de más de una docena de hombres con sus monturas, los pagos por las noches pasadas en la posada de “Manos rojas”, el dinero invertido por los paladines para obtener información, además de haber tenido la carga moral del cuidado de las mujeres y de aquel extraño bardo amigo de la joven.

En definitiva, lo único que quería ahora era descansar y olvidarse de que todo esto le había ocurrido.





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El Círculo del Poder - Capítulo 10







EL CIRCULO DEL PODER


Capítulo 10 - En el Lugar de los Hechos. Nuevas Pistas.






- Bien hallado seáis, Sir Ulquier - Lo saludó formalmente el superior Lenn.

- Bien hallado, Sir Lenn. -Contestó el interpelado.

Los paladines de Ulquier estaban detrás de él formando fila de a tres. Egolas iba a su lado derecho y Banegun a su lado izquierdo. Los dos paladines saludaron también con cortesía al superior de los paladines de Jerón.

El superior Lenn era un hombre de aspecto recio y serio. Lucía un espeso bigote del cual se sentía muy orgulloso y era comedido en sus maneras. No obstante, las ojeras de sus ojos daban a entender que no había dormido desde hacía muchas horas.

Lenn iba acompañado tan sólo por cuatro paladines que lo rodeaban por los cuatro costados. Estos, también cansados, conservaban la compostura sobre sus monturas con gran esfuerzo.

Egolas pensó que a todos les hacía falta un buen sueño.

Los paladines de Jerón no vestían como los de Trempos. Sus ropas eran del estilo propio de las ciudades más cálidas. Pero el distintivo era el mismo : el colgante de la Orden de la Estrella.

Los paladines se habían reunido en un camino ancho, dentro del bosque de Jerón pero cerca de los límites de Permand. Los árboles altos y de hoja perenne filtraban la luz del sol dando más frescor al lugar. Aunque era una estación calurosa, allí se respiraba humedad.

- Hemos venido lo más pronto que las circunstancias nos lo han permitido.- Dijo Ulquier.

- Gracias por venir.- Lenn miró a Ulquier con seriedad. - Nos os lo habría pedido de no ser muy urgente.

- No me cabe la menor duda. - Ulquier asintió con un gesto de cabeza.- Aunque no tenemos ninguna información sobre este asunto del carruaje, tanto de lo que transportaba como de la identidad de sus ocupantes, debe de ser grave.

- Sí ,lo es.- Reiteró el superir Lenn.- Si no hay inconveniente, os explicaré ahora mismo todo lo que sabemos nosotros.

Ulquier mandó romper filas y se adelantó con Lenn a solas. Ambos pusieron a sus monturas al paso.

- Bien, esto es lo que tenemos.- Comenzó a exponer el superior de Jerón.- Un carruaje sale de Oranda con destino hacia Yavish. En el camino, entre Jerón y Permand, desaparece sin dejar rastro. Y cuando sigo sin dejar rastro me refiero a eso exactamente. Mis hombres están agotados de rastrear durante tantas horas, por ello sólo me he hecho acompañar de cuatro de ellos.- Aclaró.- Hemos explorado con todo detalle sobre todo las intersecciones entre Jerón y Permand.

- ¿ Y que habéis descubierto ?.- Preguntó Ulquier.

- De momento sabemos sin lugar a dudas que el carruaje no ha sido desviado hacia ningún sitio.- Dijo Lenn.- Las huellas de sus ruedas estarían marcadas en la tierra.

- ¿ Es posible que haya habido una emboscada ?.

- No, tampoco.- Aseguró Lenn negando con la cabeza.- Por el estado del camino se diría que el carruaje viajó solo todo el trayecto. No hay huellas de ningún otro carruaje ni de nada anormal como ya os dije en los mensajes que os envié. De echo, las huellas del carruaje desaparecen bruscamente en el camino entre Jerón y Permand. Cuando las vimos por primera vez, juraría por mi honor, que no había ninguna otra cerca de ellas. Ni de caballos ni de ningún otro carruaje.

- ¿ Sería posible ver donde fue eso ?.- Sugirió Ulquier.

- Por supuesto, camarada.- Concedió.- Pero he de advertiros que las huellas ya no son tan claras como antes. Mis hombres las han cubierto casi por completo en sus rastreos.

- ¿Está lejos el lugar ?.- Quiso saber Ulquier.

- A pocos minutos de aquí.

- Me gustaría hacerme acompañar por uno de mis hombre si no os importa.- Pidió Ulquier.

- En absoluto.- Y añadió.- Será conveniente tener alguna otra opinión sobre el hecho.

Ulquier levantó una mano desde lo lejos y gritó un nombre. Los dos superiores se habían distanciado bastante del grupo de paladines en su charla.

Egolas miró en la dirección de los dos paladines y oyó como Ulquier lo llamaba. En unos segundos estuvo con ellos.

- Sir Lenn, me gustaría que conocierais a mi más formidable paladín.- Dijo Ulquier haciendo las presentaciones.

- Es un placer, camarada.- Dijo Lenn estrechando su mano. - ¿ Como os llamáis ?.

- Sir Egolas Oribel, señor.- Dijo él en su forma completa.

- ¿Os gustaría acompañarnos al lugar donde se produjo la desaparición del carruaje ?.- Preguntó Lenn acariciándose el cuidado bigote.

- Sería un placer, señor.- Dijo Egolas.- Os acompañaré con mucho gusto.

Los tres paladines pusieron al trote a sus caballos. El superior Lenn iba delante de ellos, seguido por Ulquier y después por Egolas.

El camino ancho en el que habían estado fue progresivamente estrechándose a medida que se acercaban a los límites de Jerón con Permand.

Los árboles eran más espesos y la luz entraba cada vez con menos fuerza por entre los ramajes.

Al cabo de unos minutos, Lenn frenó su montura y todos pararon.

El lugar en el que se habían detenido estaba sumido en las penumbras y se veía con dificultad las señales de las que había hablado el superior.

Lo más visible eran las huellas de las monturas de los paladines que habían rastreado el lugar. Desde luego, Lenn tenía razón. Era imposible distinguir nada en todo ese amasijo de huellas.

Ulquier y Egolas tardaron unos segundos en acostumbrase a la luz del lugar.

- Las huellas del carruaje desaparecen aquí mismo, ¿las véis ?.- Lenn señaló con un dedo hacia una zona que al principio parecía como las demás.

Egolas aguzó la vista. Ahora sí pudo ver las huellas difusas del carruaje.

- Es cierto.- Dijo asintiendo.- Desaparecen bruscamente. Justo aquí.

Ulquier asintió también.

- Es increíble, ¿verdad ?.- Dejo Lenn.- En todos estos años que llevo de servicio nunca me había ocurrido nada igual. Es inexplicable.

Egolas y Ulquier miraron bien por los alrededores pero no encontraron nada sospechoso.

- Ciertamente es incomprensible. Un carruaje no puede desaparecer así como así.- Dijo Ulquier.

- Ahora sabéis por qué estamos tan desesperados.- Dijo Lenn.- Mis paladines y yo éramos los responsables de custodiarlo hasta Trempos, donde debíais haceros cargo vosotros.

- Lamento la situación en la que os encontráis. No me gustaría estar en vuestro pellejo.- Dijo sinceramente Ulquier.- ¿ Qué es lo que podemos hacer por vosotros ?.

Lenn miró a ambos antes de responder.

- Es crucial averiguar quienes viajaban en el carruaje. A nosotros tampoco se nos informó su identidad.- Explicó.- Sólo se nos dijo que tales individuos llevaban unos documentos de especial importancia. Que si no llegaban a su destino podía provocarse una guerra.

Ulquier asintió.

- Perdonádme, señor.- Comenzó Egolas.- Hace menos de unas semanas vi interrumpida mi misión por un mensaje como ese.

- ¿ Qué queréis decir ?.- Lenn lo miró intrigado.

- Cuando me encontraba en Henna,- explicó Egolas - un paladín malherido me suplicó que continuase su misión. Me dijo si mal no recuerdo que el mensaje que llevaba en caso de no ser entregado podía provocar una guerra. Vi con mis propios ojos que llevaba marcado el sello real de la casa de los Pandúbal.

Los ojos de Lenn brillaban excitados.

- ¿ Y qué decía el mensaje ?.

- Tampoco me lo dijeron, señor.- Se disculpó Egolas.

- La casa de los Pandúbal.- repitió Lenn para sí.- Y decidme, ¿qué hicisteis luego ?.

- Lo entregué en el palacio de Bloshcome, en Seymour, como se me pidió.- Dijo Egolas.

- ¿ En Seymour ?.- Lenn se extrañó.- Me pregunto que mensaje llevaría la casa de los Pandúbal a Seymour. Nunca he oído que los Pandúbal tuvieran ninguna relación con los Bloshcome.

Ulquier intervino.

- ¿Podría haber alguna relación entre ambos incidentes ?.- preguntó.

- Poder, podría haber una relación.- Dijo Lenn.- Desde luego esta información le arroja una nueva luz a todo esto.

- Sir, Lenn.- Dijo Egolas.- Podríamos mandar una correo a la casa de los Bloshcome informando de la desaparición del carruaje. Tal vez ellos tengan el otro extremo del hilo que se nos escapa.

Ulquier y Lenn asintieron.

- Es una buena idea, paladín.- Lenn se mesó el bigote pensativo.- Una buena idea. Haremos eso y esperaremos a ver qué ocurre.

Los paladines regresaron con los demás.

Sir Ulquier y Sir Lenn se despidieron formalmente.

Ya en el camino de vuelta a la posada Ulquier felicitó a Egolas por su ocurrencia. No obstante, le comentó, que mandar un mensaje a Bloshcome y esperar una respuesta les iba a obligar a permanecer en Jerón por más tiempo del que habían pensado.

Cuando llegaron a la posada, el posadero informó a Ulquier que tanto Ariana como Liriel habían salido un poco después que ellos acompañadas por el mago y un hombre de rizos pelirrojos. Ulqueir intentó averiguar dónde habían ido pero el posadero contestó que no sabía nada.

Resignado y esperando que Travis supiera por dónde las llevaba, se fue con Egolas a pasear por la ciudad mientras discutían el asunto. Los otros paladines fueron enviados por orden suya a buscar información sobre la identidad de los ocupantes del carruaje. Se dividieron por parejas y se distribuyeron por todo Jerón realizando investigaciones de todo tipo. Algunos se vistieron con ropas de paisano para entremezclarse con los ciudadanos, otros adoptaron el más regio porte militar. Los estilos de sus hombres eran muy variados.

Ulquier rogó que tuvieran suerte en su búsqueda.



La ciudad de Jerón no era precisamente llamativa. Era una ciudad grande y de aspecto agradable pero no había sido edificada para atraer precisamente al turismo. Tenía un par de avenidas grandes y bien empedradas. El resto eran calles pequeñas y no muy regulares, pero a pesar de ello eran bastante transitables.

A Liriel le pareció que la ciudad tenía su encanto. Mientras caminaba con sus tres compañeros y Osses, se fijó en que Jenor rebosaba de tranquilidad. El tiempo era cálido pero no agobiante y las gentes de la ciudad eran de carácter abierto y dicharachero.

Travis los dirigía con buen humor por entre las casas y las plazas de la ciudad. Caminaban despacio y de cuando en cuando les señalaba algún que otro lugar para contarles a continuación alguna historia relacionada con él.

Ariana también se encontraba de buen humor. Había descansado bien, y el ambiente de la ciudad junto con la compañía de su antiguo maestro habían despertado en ella el interés de antaño.

Sólo algo le molestaba. Yargos.

El bardo brincaba como un loco revoloteando sin parar alrededor de ellos y llamando la atención. No dejaba de hablar y de interrumpir a Travis en sus explicaciones. Ariana deseaba que se callara.

- ¿Y a dónde vamos ?.- Preguntaba Yargos en voz chillona al mago.

- Vamos a visitar una biblioteca.- Dijo él pacientemente.- Creo que ya estamos llegando.

- ¿ Y qué se nos ha perdido en una biblioteca ?.- Yargos no encontraba ninguna diversión en esa visita.- Hace un día espléndido para pasear y tomar el aire. El aire de esos sitios es húmedo y desagradable y hace daño a los pulmones.- Dijo él arrugando la nariz con asco.

- Vos si que sois desagradable.- Le espetó molesta Ariana.- Ya os hemos dicho que os quedarais en la posada. ¿ Por qué no os dais media vuelta si no queréis venir?.

Yargos la miró asombrado. Se llevó los dedos a los pelirrojos rizos y los retorció en tirabuzones.

- ¡Que mal carácter tienes !.- Dijo. En su cara se formó una mueca.- Pensaba componer una balada que hablara de este viaje tan magnífico. Recuérdame que te excluya de él.

Ariana se mofó.

- Yo no necesito formar parte de ninguna balada, señor. Y os agradecería que no me tutearais, no os he dado permiso para hacerlo.- Terminó ella con firmeza pero con educación.

- Lo siento, querida,- Dijo el bardo sin inmutarse - pero la costumbre es la costumbre. No puedes cambiar mi forma de ser.

- Es una verdadera lástima.- Respondió ella.

Travis interrumpió el diálogo.

- Mirad.- Y señaló una casa de color ocre oscuro y con una puerta delantera enorme. El interior parecía oscuro como la boca de un lobo a pesar de que por la magnitud de la misma debería entrar gran cantidad de luz. - Esa es la biblioteca. Ya hemos llegado.

Los cuatro miraron ensimismados hacia ella.

Osses, que estaba al lado de Liriel ladró dos veces con fuerza.

- No. Tú te quedarás aquí fuera.- Le dijo ella al perro.- ¿Me has entendido ?.

Osses ladró dos veces más por toda contestación y meneó el rabo.

Travis entró el primero, seguido muy de cerca por Ariana. Yargos se puso al lado de Liriel distanciándose adrede de la mujer paladín.

La biblioteca por dentro era tan oscura como habían supuesto. No habían ventanas y el aire era húmedo y fresco. A primera vista se distinguían dos habitaciones de dimensiones descomunales y repletas de libros hasta arriba. Entre ambas bajaba una escalera hacia lo que parecía que era un sótano.

Había un anciano tras la gran puerta que no dejaba de escribir incluso cuando vio por el rabillo del ojo a los visitantes.

Travis tosió para hacerle notar que estaban allí.

- Disculpe, señor.- Probó.- Me gustaría que me indicase por dónde debo buscar los libros escritos por sacerdotes.

El anciano lo miró sólo a medias y tampoco dejó de escribir.

- Esta biblioteca está repleta de ellos, señor. - Dijo.- Hay miles de ellos en cualquier lugar.

Travis frunció el ceño.

- No me sirve uno cualquiera.- Se explicó.- Busco un determinado tipo de libro.

El anciano dejó la pluma en la mesa.

- Sea más explícito por favor, señor.- Pidió contrariado el anciano.- Tengo mucho trabajo que hacer.

Ariana viendo que Travis se exasperaba retomó el interrogatorio.

- Nos referimos a Nereida.- Dijo escuetamente.- ¿Dónde están los libros escritos por la sacerdotisa Nereida?

Ahora sí que reaccionó el anciano.

- ¡Diantre !.¡Pero haber empezado por ahí !.- Se levantó de su silla y señaló la escalera que bajaba entre las dos salas.- No están todos aquí pero los que hay son muy interesantes. Allá abajo los encontraréis.

Ariana dio las gracias al anciano y todos ellos bajaron las escaleras.

La habitación del sótano era igualmente grande. Los libros podían contarse por miles. Travis suspiró.

- ¡Cuantos libros !.- Liriel jamás había visto tantos juntos.- Esto es una maravilla.

-¿ De veras ?.- Yargos se tapaba la nariz con un pañuelo. Su voz sonó enrarecida.- Aquí no se ve nada con tanta oscuridad y huele a hongos podridos. Es repugnante.

Nadie hizo caso de su comentario.

- ¿Cómo encontraremos los libros, maestro ?.-Preguntó Ariana preocupada.- Me temo que ese anciano no está para más explicaciones. Tendremos que arreglárnoslas por nosotros mismos.

- Tenéis razón, Ariana.- Contestó mirando en todas las direcciones.- Aunque se me ocurre algo.

Yargos estornudó ruidosamente. Entornó los ojos.

- ¿ Encender una tea ?.- Dijo.

- Además de eso.- Dijo Travis.- Apartaos un poco de mí.

Travis desató el báculo que siempre llevaba atado a su cintura y pronunció una palabra en un idioma extraño. Al instante el extremo del báculo adoptó la apariencia del cristal y refulgió una fuerte luz azulada de su interior. La habitación se iluminó.

Travis comenzó a mover las manos.

Los compañeros miraron expectantes al mago esperando a que algo ocurriera. Segundos más tardes, en una de las esquinas de la gran habitación, se proyectó una luz más amarilla esta vez sobre varios libros antiguos y apergaminados. La luz parecía surgir de las mismas sombras.

- Adelante.- Dijo Travis .- Allí los tenéis.

Liriel no salía de su asombro. ¡ Acababa de ver hacer magia por primera vez en su vida !. ¡ Y allí estaban los libros de Nereida !.

Eufórica, fue la primera en correr hacia ellos. Alzó una mano muy despacio y tocó delicadamente uno cualquiera.

Las tapas de cuero estaban frías pero eran suaves. Lo cogió. Era muy pesado.

- Con cuidado.- Dijo Travis.- Tienen tu edad aproximadamente. La humedad de este lugar ha podido dañar sus páginas.

Yargos alzó una mano para coger otro más pequeño.

- ¡Virgen de los virus traicioneros !.Están todos cubiertos de polvo.- Protestó estornudando de nuevo.- Vamos a coger una infección.

Ariana miró a Travis.

- ¿ Debemos buscar entre sus páginas ?.

- No.- Travis observaba todos ellos con pasión.- Sólo al final. Recuerdo haber visto esos símbolos al término de uno de ellos, escritos en otro tinte, como si hubiesen sido un apunte de última hora.

Travis los repasó todos con la mirada. Eligió el que tenía Yargos en sus manos, que era el que le resultaba más familiar.

El bardo se limpió las manos rápidamente en su pañuelo como si se hubiese contagiado de alguna enfermedad.

- Veamos este.- Travis abrió el libro por la contra portada.- Si hemos tenido suerte, se acabó nuestra búsqueda nada más empezar.

Ariana y Liriel se acercaron a él, expectantes.

La luz azulada del báculo se proyectó sobre sus últimas páginas. Liriel apenas podía contenerse de la emoción.

Travis miró los bordes de las páginas con esmero. Estas, a pesar del tiempo estaban en muy buenas condiciones. Sólo el color se había alterado un poco.

De repente pareció encontrar lo que buscaba y su rostro se iluminó.

- Por Kiril ,después de tanto tiempo...- Y dijo con reverencia.- Este es el libro.

Enseñó los garabatos a los compañeros.


Estos eran idénticos a los que había recibido el padre de la joven, pero no había sello. Eran más o menos así:



Liriel los miró estupefacta. No podía creer lo que veía.

- Es asombroso que estos símbolos sean en realidad un código. Y yo que los había visto tantas veces no he sido capaz de sospechar nada.- Dijo Travis.

El maestro pasó otra página del libro.

- ¡Por Kiril !. Aquí hay otra inscripción.



- Posiblemente sea la continuación de la anterior.- Sugirió Ariana.

- Sí. Es posible.- Travis buscó en el resto del libro pero no encontró nada más.

Cogió los demás libros y los ojeó también. No había ningún símbolo más en ellos. Ese había sido el único que los contenía.

- ¿ Y ahora qué haremos ?.- preguntó Liriel.

- Nos llevaremos el libro, por supuesto. En caso de que no nos lo permitan haremos una copia de los dibujos.- Dijo Travis.

Se hizo un silencio.

Entonces Yargos estornudó encima del libro salpicándolo un poco.

- ¡Me estoy enfermando !.- Dijo llevándose una mano a la frente.- Ya os dije que este lugar era insano.

- ¿ Queréis hacer el favor de dejar de importunar de una vez ?.- Lo atajó Ariana. - Vais a estropear el libro. Si la tinta se corre no averiguaremos nada.

Yargos la miró ofendida.

- Muy bien.- Y se giró hacia las escaleras.- Pues ya que nadie me quiere aquí me iré con el perro, fuera de la biblioteca.

Y diciendo eso las subió muy dignamente.

Ariana lo miró hasta que lo perdió de vista. Se dirigió a Lireil.

- No sé cómo lo soportáis.- Le dijo.- A mi me crispa los nervios.

Liriel no contestó. Se sentía un poco mareada. Allí abajo había muy poco aire.

Travis acarició las páginas del libro con una pasada de la mano como si pudiera con ese gesto acercarse más a los recuerdos. Entonces se acordó de algo y cogió otro de ellos. Buscó de nuevo y cuando encontró lo que quería llamó Liriel.

- Venid.- Le dijo .- Quiero que veáis esto.

Liriel se acercó muy despacio a Travis.

Cuando estuvo con él miró por encima de su hombro para ver lo que le mostraba.

Liriel se quedó paralizada.

En la página del libro por la que estaba abierto, había un boceto del rostro de una mujer. Una mujer de ojos grandes y profundos, de unos treinta años. Sus cabellos eran ondulados como los de Liriel. La mirada de aquellos ojos era serena. La expresión de su cara era delicada aunque firme. Podía haber sido un dibujo de ella misma.

Lireil se mareó. De repente hacía calor, mucho calor. Se le nubló la vista. Abrió la boca para respirar aire, pero se ahogaba.

El mundo se desdibujaba ante sus ojos.

- ¡Liriel !.- Ariana corrió hacia ella y la sujetó por los hombros. - Maestro. Voy a llevarla arriba.

Ariana sujetó el peso de la muchacha mientras subían las escaleras. Liriel estaba blanca como un papel. Las manos le sudaban.

- ¡Lo sabía!.- El bardo se llevó las manos al corazón dramáticamente cuando vio a la joven medio desmayada.- ¡ Oh!. Ya lo decía yo.

- ¡Callaos de una vez!.- Le gritó Ariana.- Y apartaos para que Liriel pueda respirar. Sólo está un poco mareada.

Ariana la recostó en la gran puerta de la biblioteca. La luz era demasiado fuerte para ella ahora que habían salido de la oscuridad por lo que tuvo que entre cerrar los ojos.

Liriel respiró agradecida el fresco aire a bocanadas. Se tranquilizó y el mundo pareció volver a la normalidad.

- ¡Que susto nos habéis dado a los dos !.- Dijo Ariana. Travis se reunía en este momento con ellas.- Pensé que ibais a desmayaros de nuevo.

Travis puso una mano en la frente de Liriel.

- Perdonadme.- Se disculpó.- Debería haber tenido un poco más de tacto. No esperaba que reaccionarais de esta manera. Lo siento mucho.- repitió.

Liriel asintió sintiéndose un poco mejor.

- Me encuentro bien.- Dijo a media voz.- No os preocupéis por mí.

Osses gimió e intentó dar a Liriel unos cuantos lametones pero Yargos lo apartó sujetándolo por el cuello.

- Cuando Liriel se encuentre bien nos iremos.- Dijo Travis.- Aquí no hay nada más que ver.

Liriel insistió en que ya estaba mejor y los cuatro dieron media vuelta de camino a la posada.

Travis y Liriel iban muy callados. Cada uno estaba inmerso en su pensamientos.

Ariana intentaba contenerse todo lo que podía para no volver a enzarzarse en discusiones con el bardo. Lo hacía sobre todo por Liriel, quién no estaba para escuchar trifulcas.

Al medio día llegaron a ” Manos Rojas “.

Los paladines los estaban esperando desde hacías horas. Ya habían vuelto todos. Comieron hablando animadamente sobre lo ocurrido esa misma mañana y comentando lo que iban a hacer a continuación. Egolas observó que Lireil estaba muy callada pero no dijo nada. Travis también parecía ensimismado. Ambos se retiraron muy temprano.

Después de comer se echaron todos una siesta, excepto Liriel quien permaneció despierta evocando en su mente la imagen de esa mujer. La historia que mantenían los paladines iba cobrando más fuerza y Liriel se iba sintiendo cada vez más vencida.




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El Círculo del Poder - Capítulo 9







EL CIRCULO DEL PODER



Capítulo 9 - La Carta de Boreas






El viaje a Jenor duró cuatro días. No fue muy pesado ya que paraban a menudo para comer y para dejar descansar a los caballos. Los paladines se repartieron en el trayecto d

e manera que tanto las mujeres como el maestro Travis viajaran en el medio. Ulquier y Egolas fueron delante, junto con Banegun, Hirow, y Lanver. Los demás detrás, excepto el paladín llamado Farlen que iba delante de todos ellos abriendo el camino.

En el primer día, Liriel y Travis, ya recuperados de la primera impre

sión, habían trabado conversación en seguida. La insaciable curiosidad de la muchacha parecía atraer al mago, quien añoraba su profesión de maestro y encontraba en esta una ocasión excelente para transmitir su sabiduría.

Ariana iba un poco más adelante. Quería dejarles tiempo para que se conocieran. De vez en cuando se adelantaba lo suficiente como para situarse junto a Egolas. E

n una ocasión Ariana le habló.

- Egolas.- Lo llamó.

-¿Sí?.- El paladín la miró directamente a los ojos.

- Ulquier lo siente mucho.- Dijo ella de repente. Tenía algo importante que decir.- A veces se deja llevar por su temperamento. Ya sabes que es muy pasional.

Egolas asintió.

- Lo sé, Ariana.- En su voz no parecía haber remordimiento.- Todos decimos en ocasiones cosas que no pensamos.

- Fue a buscarte.- Dijo ella.- Estaba muy afectado.

- Todo está ya solucionado.- Aseguró él.

- ¿Sin rencores?.- Preguntó la mujer.

- No te preocupes más, Ari.- Ariana sintió que algo muy hondo y enterrado en su corazón saltaba en su pecho. Egolas hacía mucho tiempo que no la llamaba así. Ya nadie usaba su diminutivo. De alguna manera despertó recuerdos dormidos.

- No me llames así.- Pidió ella.- Además, debo preocuparme.- Insistió con firmeza.- Sé que la discusión fue por mi causa.

- Siempre que tu hermano y yo hemos discutido ha sido por asunto de mujeres.

Ariana dejó ver una sonrisa en su rostro.

- Siempre os enamorabais de la misma mujer.- Le hizo recordar.- Con tantas que había que se hubiesen desmayado por una mirada vuestra.

Egolas la miró de una manera significativa.

- Siempre no, Ariana, siempre no.

La mujer paladín no captó lo que Egolas había querido insinuar.

- ¿Y aquella rubia que conocisteis hace unos cuatro años qué ?.

Egolas meneó la cabeza.

- Eso fue un amor pasajero.

- Ya. Todos vuestros amores han sido pasajeros desde que os conozco. ¿Cuándo vais a sentar la cabeza ?.- Le preguntó ella inocentemente.- Aunque seáis paladín no veo el motivo para que no os comprometáis.

Egolas habló entonces con la mirada perdida.

- Nunca podría comprometerme con ninguna mujer a no ser que la amara con todo mi corazón.

Ariana se atrevió a preguntar en tono muy suave.

- ¿ Y que hay de Liriel ?. He visto cómo la mirabais.

Egolas frunció el ceño.

- Claro que la quiero. Pero no como pensáis.- Le dijo.- Liriel es una muchacha muy especial. Siento aprecio por ella además de que nos ha hecho un gran favor a todos.

- Sí, lo se.- Afirmó ella.- Pero algunas veces envidio su juventud.

Egolas la miró de nuevo a los ojos.

- No tenéis nada que envidiarle, Ari.- Dijo empleando de nuevo el diminutivo de la mujer.- Poseéis todo lo que un hombre puede desear.

Ariana se ruborizó de los pies a la cabeza. Comenzó a intuir qué era lo había querido decir Egolas. ¿Cómo había estado tan ciega ?.

Egolas se estaba declarando a ella. ¡Por Kiril que ella jamás se había dado cuenta de los sentimientos del paladín!. Y pensar que ella misma había estado locamente enamorada de él hacía tanto tiempo...

A la mujer se le hizo difícil, ahora que el paladín se había sincerado, permanecer cerca de Egolas. Los viejos sentimientos se despertaron. Un poco incómoda, desvió la conversación hacia otros derroteros. Pasados varios minutos se disculpó con el paladín y retrasó su caballo hasta ponerse al lado de su maestro y la muchacha.

No habló con ellos. Solo quería un poco de silencio para poder pensar y recordar su pasado. Aquel pasado, que de tan lejano, parecía de otra persona.



Durante el segundo día de viaje, Ariana se acercó de nuevo a Liriel y a Travis, que seguían viajando muy próximos el uno del otro. Le había parecido oír un comentario interesante.

Sin pensárselo dos veces puso su caballo entre los dos compañeros.

- Maestro.- Dijo.- ¿ Interrumpo algo ?.

- No.- Le contestó Travis.- Liriel me hablaba de su padre.

- ¿ Os importa si os acompaño por un trecho ?.

- No, claro que no.- contestó de nuevo.- Nos encantaría.

Liriel asintió.

- ¿ Y qué decíais ?. Me pareció oír algo de una carta.

- Le contaba a vuestro maestro lo extraño que me resultó que mi padre me pidiera que fuera a Henna hace unos días. - Dijo.

- Oh. Recuerdo que me lo contasteis, sí.- Dijo Ariana haciendo memoria.

- Fue por eso por lo que Egolas y yo volvimos a vernos.

- Sí, si. Ya caigo.

- Yo nunca antes había salido de Winder.- Siguió diciendo Lirel.- Me pareció fuera de lugar que de repente mi padre quisiera que me fuera de allí. Y la manera en que me lo pidió...

- ¿ Por qué pensáis eso ?.- Dijo Ariana.

- Por que me dijo que estuviera en Henna hasta que él me llamara. Quería evitar que me quedara en Winder. Decía que ambos corríamos un gran peligro.

Travis intervino.

- Me decíais que os enseñó una nota.

- Sí.- Afirmó Liriel.- Me dijo que era la causa de que tuviera que marcharse.

- Desde luego eso no tiene nada que ver con que os dijera que permanecierais en Henna. Podría haberos mandado a cualquier otra parte.

- Eso pensé yo.- dijo Liriel.- Lo importante para él era que me marchara de la ciudad cuanto antes. Y luego está lo de la nota.

- ¿ Qué pasa con la nota?.- preguntó Travis.

- Veréis.- Explicó Liriel.- No había en ella ni una sola letra escrita. Eran todo garabatos, y una especie de sello...como una insignia. Yo no pude entender nada.

- Tal vez se trataría de un garabato hecho por algún niño.- Apuntó Ariana.

- No. Estoy segura de que era un mensaje.- Y recordó.- Desde que llegué a mi casa ese día encontré a mi padre muy nervioso. Estaba fuera de sí. Nunca lo había visto de aquella manera.

- ¿ Por qué tendría alguien que darle importancia a unos garabatos y menos ponerse nervioso ?.- Preguntó Ariana de nuevo.

- Tal vez se trate de un código.- Travis elaboraba varias hipótesis.- Kelmor recibe un mensaje en código y...

- Boreas.- rectificó Liriel al maestro de paladines un poco fastidiada.- ¿Por qué seguís creyendo que mi pasado es mentira ? - Liriel todavía no creía que su madre y su padre fueran quienes decían los paladines.

- Como queráis, Boreas entonces.- Aceptó Travis.- La cosa es

que recibió un mensaje en código y que a causa de este tomó las demás decisiones.

- Pero, ¿ por qué iba a querer que no estuviera en Winder ?.- Insistió Liriel.- ¿ Qué peligro podía acecharme ?.

- Pues eso no lo sé.

Los tres callaron un momento.

Entonces Travis recordó algo.

- Liriel, ¿ Cómo eran esos garabatos ?.- Le preguntó.

- ¿ Queréis verlos ?.- Dijo ella para sorpresa del maestro.- He llevado el mensaje desde que salí de Winder. No sé por qué lo he guardado.

- ¿ Y por que no lo habíais dicho antes ?.- Exclamó Travis alzando las manos al aire.- Enseñadmelo, por favor.

Liriel rebuscó en las alforjas de su caballo. El vestido que le había prestado Ariana no llevaba bolsillos y se había visto obligada a guardarlo donde estaban sus demás pertenencias.

Después de removerlo todo, Liriel sacó un papel doblado cuidadosamente.

- Aquí esta. Es este.

Travis lo cogió rápidamente, lo desdobló y lo mantuvo en alto de modo que le diese de lleno el sol.

Los garabatos estaban hechos con carboncillo. Tenían el siguiente aspecto :



Travis los miró largo rato, al igual que a la insignia que figuraba al final, luego dobló en pliegues la hoja y se la entregó de nuevo a Liriel.

- Es lo que me temía.- Dijo.

- ¿ Qué queréis decir ?.- Le preguntó Ariana.

- Los había visto antes. Hace mucho tiempo, en un libro. - Reveló.

Liriel se quedó boquiabierta.

- ¿ Y qué quieren decir ?.- Preguntó.

- No lo sé.- Dijo.- Siempre pensé que eran dibujos sin sentido. ¡ Y pensar que eran un código !.

Liriel se quedó callada.

- ¿ Créeis que pueden descifrarse ?.- Dijo Ariana.

- Sí, por supuesto.- Afirmó Travis.- Estos garabatos han de tener por fuerza un significado. Lo que ocurre es que esta muestra que tenemos aquí es muy breve. Necesitaremos más como estos para descifrarlos.

Ariana asintió.

- ¿Pensáis que estos mismos garabatos pueden alguna relación con la desaparición de ambos, hace tanto tiempo ?.

- Eso es imposible de saber. Creo que estamos divagando demasiado.

- ¿ Y en qué libro lo visteis ?.- preguntó ella ansiosa.

- En uno de los muchos libros que escribió Nereida.- Dijo.- Estoy seguro de haber visto estos garabatos en alguno de ellos, al final de sus páginas si no recuerdo mal.

-¿ Libros ?- Liriel no entendía.- ¿ Qué libros ?.

- Nereida dejó por escrito todo lo que sabía en los libros para que otros pudieran aprender de ella.- Explicó.- Cuando desapareció, fueron entregados a las bibliotecas más importantes. La biblioteca de Jerón fue la que se llevó la mayor parte del lote.

Liriel se sintió sacudida por un escalofrío.

- ¡Por Kiril !.- Dijo henchida de felicidad.- ¡Entonces, cuando lleguemos a Jerón podremos buscarlos y descifrar el mensaje que recibió mi padre !.

- Pero maestro - Ariana estaba confusa -, creo que sería más sencillo escribir una nota a Kelmor ahora que ya sabemos dónde reside para que nos lo aclarara todo.

- Mi querida pupila.- Dijo Travis.- Durante todos estos años he pensado que ambos han debido tener un fuerte motivo para buscar el anonimato. Y ahora que hemos conocido a Liriel y ella está tan a oscuras como nosotros, ¿no os parece que escribirle podría entrañar algún peligro para él y para ella misma ?. Podríamos cometer una imprudencia y que nuestro mensaje fuera un delator de su presencia.

Eso tenía sentido. Ariana no lo había visto de ese modo.

- Posiblemente tengáis razón. Pero, ¿ de qué querrían huir ?.- Se preguntó.

- Eso siempre ha sido un misterio. - Dijo él.- Como lo es el por qué ha huido ahora de nuevo y ha obligado a Liriel a abandonar Winder.

- ¿ Eso creéis ?. ¿ Que ha huido de nuevo ?.

- Es una posibilidad. No sería la primera vez.

Liriel intervino, haciendo memoria.

- La verdad, mi padre ese día no era él mismo.- Comenzó.- Me dijo que no podía explicarme nada, pero que le había surgido algo muy urgente y que él tenía que partir. Estaba aterrorizado.

Travis se llevó una mano a la barbilla.

- Mucho me temo que algo muy oscuro se haya desatado.- Dijo con voz lúgubre. Miró a Liriel.- Y tanto él como vos estáis en el centro de todo.

- ¿ Pero en el centro de qué ?.- Preguntó ella cansada.

- Yo no tengo todas las respuestas, pequeña.- Le contestó el maestro cariñosamente.- Pero si es cierto que estáis en peligro, os ayudaré en todo lo que pueda. Si ir a la biblioteca nos aclara algo, iremos.

La muchacha bajó la vista y aceptó las palabras del hombre en silencio.

Tanto Ariana como Travis callaron, respetando la intimidad de la joven.

Los minutos pasaron y la conversación decayó con el tiempo hasta que permanecieron en silencio durante el resto del día.

Liriel se debatía en su interior sin conseguir definirse en uno u otro sentido. Su vida no había podido ser una mentira, ni siquiera a medias. Pero las piezas del rompecabezas encajaban una a una, dándole a su vida un nuevo sentido.

La más pura lógica la empujaba a dudar y con ello, se estaba alejando cada vez más de lo que había sido durante tanto tiempo la verdad. Ahora, todo era una mera quimera. Todo a sus pies se derrumbaba...

¿ O comenzaba a alzarse ?.


El tercer día transcurrió sin ningún incidente. Las conversaciones entre los paladines eran animadas y entre Liriel y Travis podríamos decir que habían perdido la animosidad. La joven escuchaba al mago pero a veces Ariana tenía la sensación de que ésta, se hallaba muy lejos.

El cuarto día, un paladín de la retaguardia llamó la atención del superior.

- Sir Ulquier.- Lo llamó.- He oído algo por ahí atrás.

- Parad todos.- Ordenó frenando a su montura.- Iremos los dos a ver qué ocurre. Egolas, quédate junto a las mujeres.

Ulquier y el paladín que había advertido los sonidos dieron media vuelta a sus caballos. Ariana los perdió de vista a los pocos segundos entre la nube de polvo que habían levantado los cascos de los caballos.

Todos esperaron en vilo.

Ulquier y el paladín regresaban con alguien más que también montaba a caballo. Cuando Liriel lo tuvo más cerca reconoció al instante. Osses corría a su lado.

- ¡Yargos, Osses!, ¿ Pero qué hacéis aquí ?.

Liril hizo al instante las presentaciones.

A Ariana no le cayó demasiado bien ese hombre. Travis lo ignoró con cortesía.

Cuando el bardo estuvo entre los paladines, Ulquier forzó a éste a confesar qué hacía tras ellos. El, confesó haberlos seguido desde que salieron de Trempos. Adujo en su defensa que no tenía malas intenciones. Sólo quería unirse a ellos. No pudo sacarse nada más de él, porque cuando Lanver insistió en que se lo dejaran para interrogarlo personalmente, el bardo se puso a sollozar lastimeramente.

Desde entonces, Yargos y Osses viajaron con ellos. No podían abandonarlos a su merced.

Al final del cuarto día, cuando era casi de noche, llegaron a Jerón.

Ulquier buscó una posada lo suficientemente grande como para que diera cabida a todos. Eran aproximadamente una veintena. Catorce paladines sin contar a Ariana, las dos mujeres, Travis, Yargos y el perro.

La posada elegida fue ”Manos Rojas“.

El posadero rebosaba de furor pensando en el dinero que se iba a embolsar. Cuando Ulquier le dijo que se iban a quedar unos tres días, los ojos le hicieron chiribitas. Aquello era todo un negocio.

A media noche, todos estaban en sus camas y los caballos ya dormitaban en el establo.

Zaltior, el caballo de Egolas, dormía en el exterior. El paladín había pagado una propina adicional al caballerizo para que lo cuidara bien. Esta vez, Osses tuvo que dormir también en la calle con Zaltior. En la posada no se permitían los perros y menos los de gran tamaño - algunos clientes adiestraban a sus animales para que robaran comida por las noches -.

Ulquier había dado instrucciones a sus hombres antes de retirarse. Por la mañana se reunirían con los paladines de Jenor que al igual que ellos iban a buscar los rastros del carruaje. También dio un mensaje a un mozo para que mandara un mensaje urgente al superior Lenn, que le informaba de su estancia en la posada y de su reunión con él y sus hombres al amanecer.

El grupo se repartió en las habitaciones por parejas.

Liriel y Ariana durmieron juntas en la misma habitación. Egolas y Ulquier en otra. A Yargos le tocó dormir con el paladín Lanver.

El bardo no pegó ojo en toda la noche. Entre el miedo que le tenía y los fuertes ronquidos que salían de su garganta, se desveló por completo. Empezó a canturrearse tímidamente para conciliar el sueño. Lanver se despertó y lo amenazó con estrangularlo y descuartizarlo después. Yargos lo creyó, así que ya no intentó nada más. Ni si quiera dormirse.




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El Círculo del Poder - Capítulo 8










EL CIRCULO DEL PODER


Capítulo 8 - Las Dudas de Liriel








Cuando Liriel abrió los ojos, se encontraba recostada en la cama de su habitación. Alguien, tal vez Egolas, la había llevado a ella después del haberse desmayado. A penas recordaba nada de lo ocurrido, lo único que se mantenía en su confusa mente era la terrible sensación de desamparo que había sentido en esos momentos. No quería volver a pensar en ello, ni siquiera para ordenar tantos pensamientos que revoloteaban fuera de su control y que le exigían constantemente que les prestara atención.

Estaba cansada de tanta intriga y sufrir tantas emociones fuertes. Que ella pudiera recordar, ésta había sido la primera vez que se había desmayado. Jamás le había ocurrido algo semejante. Y era horrible. No quería que ello volviera a repetirse.

Pero, ¿cómo iba a hacer para despejarse, para olvidar ?. Estaba continuamente rodeada por todos aquellos que de alguna que otra manera estaban cambiando su destino.

Desde que conociera a Egolas, la tranquila y apacible vida que había llevado se había esfumado de golpe. Siempre había deseado salir de Winder y vivir su propia vida como si fuera una aventura, y ahora que lo había conseguido, de repente todo se le hacía excesivamente acelerado.

Necesitaba tiempo. Tiempo para asimilar tantas cosas.

Primero estaba la extraña petición de su padre, a la que no había dado más vueltas para evitar sufrir; Después el haber abandonado a Devin en Henna con sólo una nota en un escritorio solitario, para marcharse con un desconocido a una ciudad desconocida y repleta de gentes desconocidas.

Todo aquello era descabellado.

En un principio había creído que estaba preparada para ello, que ya había llegado su hora de madurar, de tomar sus propias decisiones por arriesgadas que fueran. Pero ahora mismo, en aquella habitación que se le antojaba extraña, ya no estaba tan segura de que hubiera obrado bien.

No se arrepentía de nada. O eso se decía constantemente a ella misma, a lo mejor, para darle algún sentido a todo lo que había ocurrido. ¿ Acaso se estaba engañando a sí misma ?. ¿ Habría cometido un error al enzarzarse en semejante lío ?.

No. No podía abandonarse a las dudas ahora. Todo estaba ya hecho y no había vuelta atrás. Debía enfrentarse al futuro con valentía. Tenía que elegir su próximo camino, la llevara a donde la llevara. Pero no sabía qué camino tomar.

Liriel se sentó en la cama y dejó que sus ojos quedaran fijos en la puerta de la habitación. El silencio era denso y la soledad la rodeaba por todas partes.

Recordó entonces la conversación que había mantenido hacía unos instantes con Ariana. Le había prometido que iría con ellos de viaje con la misma actitud que uno podía decir que ya había salido el sol. Ni siquiera había indagado a dónde irían, ni si era conveniente que fuera con ellos. Había aceptado así sin más. Sin hacer demasiadas preguntas, como si todo aquello no fuera con ella.

Bajó los ojos y miró al suelo. Se llevó las manos a la cara y suspiró.

Tal vez estaba actuando demasiado a la ligera. Necesitaba pensar. Ya no se sentía tan segura de los pasos que daba. Su cabeza estaba hecha un torbellino.

Liriel se levantó finalmente de la cama. Se calzó y se arregló el vestido antes de salir de la habitación. Cerró la puerta tras de sí.

No había dado ni dos pasos cuando un ladrido hizo que diera media vuelta. Abrió la puerta y sonrió.

Osses estaba allí sentado, con un montón de plumas blancas metidas en la boca y con la lengua colgando. Su cola se movía de un lado a otro, barriendo el suelo.

Liriel había estado tan absorta en sus propios pensamientos que no se había dado cuenta que no había estado sola en absoluto.

Miró al animal con cariño.

- Osses.- Le dijo suavemente.- Ya has estado jugando de muevo con mi almohada, ¿eh ?. ¿ Etabas debajo de la cama ?.

El perro ladró dos veces como contestación.

Las plumas que llevaba encima revolotearon a su alrededor. Una de ellas alzó el vuelo para volver a caer de nuevo en su hocico. El animal emitió un corto aullido y se puso bizco. Finalmente removió la cabeza haciendo caer la pluma, abrió la enorme boca de dientes blancos y se la comió.

Ella rió por lo bajo y acarició las lánguidas orejas del animal.

- Anda, vámonos.- Le dijo cerrando de nuevo la puerta.- Vamos a tomar un poco de aire fresco.

Liriel observó cuidadosamente los pasillos del interior del castillo. Si quería no perderse debía de atender por dónde pasaba. Tras unos minutos de dar vueltas a la derecha y luego a la izquierda, llegó hasta la entrada principal del castillo.

La luz le dio de lleno en el rostro y se llevó una mano a los ojos para protegérselos. Cuando se acostumbró a los reflejos del sol, entonces observó lo ocurría en el patio.

Los paladines se movían de un lugar a otro, llevando caballos de las riendas, transportando alforjas, trasladando cubetas de agua y otro son fin de cosas. Se estaban preparando para el viaje.

Liriel buscó con la mirada a alguien conocido. Era difícil dar con el paladín porque todos sus compañeros de orden vestían exactamente igual que él. Tras unos momentos de búsqueda se dio por vencida. Tampoco vio a Ariana ni a Ulquier, aunque creyó reconocer a Jumar, el escudero.

Este último estaba cubierto de sudor, con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y ayudando en todo lo que podía a sus señores. Los paladines se cruzaban sin molestarse, cada uno inmerso en su propio que hacer, pero cuando veían a Jumar le daban una u otra orden. Así que el escudero era aparentemente el que más ajetreo estaba sufriendo.

Liriel observó unos instantes más a los hombres.

Era un espectáculo digno de ver cómo éstos se organizaban tan limpiamente para llevar a cabo la faena con tanta precisión y ligereza. A ella le recordaron un reguero de hormigas. Todos hacían su trabajo con decisión y sin titubeos.

Liriel se lo pensó un par de veces antes de avanzar hacia el interior del patio. Quería preguntarle algo a Jumar, pero no se atrevía a molestar en esos momentos.

Esperó pacientemente hasta que las idas y venidas de los paladines se hicieron menos frecuentes y aprovechó entonces para dirigirse hasta el escudero. Este ni siquiera la vio venir y estuvo a punto de derramar una cubeta de agua encima de ella cuando realizó un giro repentino.

Jumar paró en seco el gesto y el agua le salpicó la cara y parte de la camisa.

- Oh.- Exclamó sorprendido.- Perdonad señora, no os había visto llegar.

- No, perdonad vos. Os habéis empapado por mi culpa.- Dijo Liriel avergonzada.

- No tiene importancia.- Dejó la cubeta en suelo y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano.- Al agua es ahora mismo lo que menos me importa.- Reparó en su aspecto.- Espero que disculpéis cómo me encuentro, me hace falta un baño.

Ella sacudió la cabeza.

- Estáis trabajando, señor. Tal vez no he debido molestaros.

- No es ninguna molestia.- Aseguró.- Decidme a qué habéis venido. ¿En qué os puedo ayudarla ?.

Liriel hizo una mueca y desvió la vista.

- Me estaba preguntando...- comenzó -, si sabéis algo de un lugar llamado “ Fuego Fatuo”?.

Jumar arrugó el ceño y se rascó la cabeza haciendo memoria.

- Fuego fatuo...,fuego fatuo ..., sí, se trata de una taberna.

- ¿ Estáis seguro ?.- Quiso saber ella.

- Bueno, creo que he ido un par de veces. ¿ Por qué lo preguntáis ?.

- Alguién me nombró ese lugar.

- Si, es un lugar de reunión. - Le explicó el escudero.- No es la mejor taberna de Trempos pero he oído que a veces realizan funciones de teatro y cosas por el estilo.

Liriel asintió.

- Si, eso me encaja.

Jumar la observó confuso. No quería preguntar nada, pero le daba la impresión de que la joven estaba meditando algo.

- Jumar.- Dijo ella sacándolo de dudas.- Voy a ser sincera con vos.

- Os escucho, señora.- Se cruzó de brazos.

- El mismo día que entré en este castillo conocí a un bardo.- Le explicó -. Me acompañó hasta aquí mismo, ¿ lo recordáis ?.

Jumar asintió.

- Sí, señora.- Se pasó una mano por la cara.- Aquel hombre de cabellos rizados y ropas tan chillonas. Sí,- repitió -, me acuerdo porque me llamó la atención ver a un paladín acompañado de un...- el escudero no sabía como definirlo -, cantor.- Dijo al fin.

Liriel sonrió.

- Sí, a ese me refiero. Lo que ocurre es que quisiera verlo otra vez y si algún paladín preguntara por mí...

El escudero entendió.

- ¿ Cuánto tiempo vais a estar fuera ?

- Sólo un par de horas.- Se encogió de hombros.- Tal vez menos. No quiero que nadie se preocupe por mí si no me encuentran aquí.

- No os preocupéis. Si me preguntan diré que habéis salido a dar un paseo.

Liriel sonrió.

- Gracias, Jumar. Me hacéis un gran favor.- Y sin que el escudero se lo esperara, la joven le dio un beso en la frente.- Ah - recordó -, y perdonad cuando os mentí diciendo aquello de que yo era...ya sabéis, un paladín.

Jumar hizo un gesto con la mano, como si apartara las moscas.

- No hay nada que perdonar.- Le dijo.- Al fin y al cabo, yo no soy más que un escudero. Mi trabajo es atender a quien entre por estas puertas sea paladín o no.

Liriel asintió.

- Gracias otra vez.

Dio media vuelta dirigiéndose a las puertas del castillo.

- Señora.- La llamó él mientras cogía la cuba de agua de nuevo.

Liriel se giró.

- ¿ Qué ocurre ?.

- Para ir a “ fuego Fatuo”- le indicó él -, debéis torcer primero dos veces a la derecha y luego una a la izquierda nada más salir del castillo. Cuando lleguéis a una pequeña plazoleta, entonces mirad a vuestro alrededor. La encontraréis en seguida.

Liriel asintió para hacerle entender que lo había comprendido. Se giró de nuevo y salió por las puertas del castillo acompañada de nuevo por Osses, su fiel acompañante.

Tardó mucho menos tiempo del que había pensado, para llegar a la plazoleta que le había mencionado Jumar. Efectivamente, un cartel que ponía “ Fuego fatuo “ se recortaba claramente en uno de los locales.

Liriel se dirigió hacia él, se paró unos instantes ante sus puertas y palmeó un par de veces el dorso de Osses.

- Entremos.- Dijo hablando más para sí que para el animal.- Veamos si a sido buena idea venir hasta aquí.

Y acto seguido entró en su interior.

Un ambiente anaranjado, cálido, la recibió. Debido a que la taberna no tenía más que una pequeña ventada a su fondo, en lo alto de la pared, la luz entraba muy tenuemente por ella, sumiendo al lugar en las penumbras.

Nada más pasar, Liriel advirtió que las tinajas de barro rojizo, de esas que son grandes y pesadas, formaban una parte importante de la decoración. Había por lo menos siete u ocho de ellas repartidas por la estancia. Un grupo de ocho, de diferentes pero proporcionados tamaños, se situaban en una de las esquinas haciendo compañía a una gran mesa redonda, brillante y solitaria. En lugar de sillas o bancos donde sentarse, habían pequeños barriles vacíos a modo de taburetes.

Otras mesas más pequeñas, con menor número de barriles a su alrededor, terminaban de ocupar el lugar. También observó Liriel que el techo de “ Fuego fatuo” estaba construido al completo por enormes vigas de madera oscura y atravesada. Y que sus paredes, de piedra, contenían numerosos grabados sobre ella.

La taberna no estaba muy llena, sólo habían unas cuantas personas tomando un tentempié, en silencio y calmadamente. El posadero se recostaba sobre un codo encima de la barra, mientras que con la otra mano tamborileaba con los dedos aparentemente aburrido.

Osses dio un potente ladrido, reclamando atención.

El posadero levantó la vista y se fijó en el perro y luego en Liriel. Se incorporó.

- Eh, muchacha - le dijo señalando al animal con un dedo acusador -, en mi bar no están permitidos los chuchos. Llévatelo de aquí.

Osses ladeó cabeza y ladró dos veces más, enfadando al posadero.

- Calla, Osses.- Lo reprendió Liriel - Lo vas a estropear todo.

- ¿ Es que no me has oído ? - Continuó el hombre viendo que la joven no hacía ademán de marcharse. Es más, incluso avanzó unos pasos hacia él.

- Perdone, señor.- Dijo ella intentando ser cortés .- Estoy buscando a una persona.

El posadero señaló con una mano a la gente que había sentada en las mesas.

- Si no lo ves ahí, no está.

Liriel carraspeó. Aquel tipo era realmente antipático. Dio un par de pasos más.

- ¡Eh !, - Se quejó de nuevo el posadero con la cara avinagrada - Te acabo de decir que no quiero que entre el chucho. ¿Es que estás sorda ?.

E hombre salió molesto de detrás de la barra y se situó frente a ella. Cuando estuvo a medio metro sacó algo parecido a un hueso fino de su delantal y se hurgó con él los dientes.

A Liriel le entraron arcadas. El aliento de aquel hombre apestaba a alcohol.

- Osses no es un chucho.- Lo corrigió apartando un poco la cara de aquella pestilencia - Es un podenco amaestrado y no le creará problemas. Sólo dígame si está aquí la persona que busco, y en caso contrario me marcharé.

El hombre, de tez morena y cabello negro azarcillado, puso mala cara. Miró al perro e intentó tocarlo en la cabeza. Osses, al ver el gesto, le enseñó los dientes y gruñó roncamente. El hombre retiró la mano al instante y retrocedió un paso.

Liriel era la primera vez que lo veía plantar cara a alguien.

- ¿ A quién buscas ?. - La voz del hombre era como un latigazo.

- A un bardo llamado Yargos. - Dijo Liriel acariciando a Osses.- Me dijo que lo encontraría aquí.

El posadero chascó la lengua.

- Ah. Ese estúpido afeminado.- Negó con la cabeza.- Debería de haber venido hace unas horas, pero tiene tan poco cerebro que no extrañaría que se hubiera caído a un pozo. Tiene mal fario.

Liriel suspiró.

- ¿ Sabe cuándo puedo encontrarlo ?.

El posadero escupió un trozo de carne que se había sacado de los dientes.

- ¡ Y yo que sé !.- Se quejó malhumorado.- ¿No te acabo de decir que es un mequetrefe que no sabe por dónde va?.

Liriel comenzó a sentirse incómoda.

No le gustaba aquel lugar sombrío y era seguro que aquel hombre hosco no iba a ayudarla nada en absoluto. Lo mejor era que se fuera de allí y regresara al castillo. Al fin y al cabo, su búsqueda había resultado infructuosa e incluso desagradable.

- Gracias, señor.- Dijo retirándose.

Dio media vuelta seguida del perro y cruzó la puerta.

Al salir de la taberna el aire fresco inundó sus pulmones. Respiró profundamente como si le faltara oxígeno.

- Osses, - le dijo al animal -, aquí no podemos hacer nada más. Volvamos con Egolas y los demás.

El perro la miró con la misma cara de bueno de siempre y meneó la cola alegremente. Cuando escuchó el nombre del paladín soltó un ladrido.

- Sí, volvemos al castillo.

Y echaron a andar en esa dirección.

Liriel, regresó por donde había venido, recordando el camino que había tomado antes. Cuando llevaba ya una buena parte recorrida, Osses se apartó de ella y corrió hacia adelante entremezclándose con la gente.

Liriel se sobresaltó y llamó al animal.

Este había emprendido un trote corto y avanzaba decidido sin obedecer a su ama.

De repente, una voz a lo lejos la alertó.

- Eh, joven paldín, - escuchó ella -, ¿ Otra vez has perdido a tu perro ?.

Liriel reconoció esa voz aflautada.

Era Yargos indudablemente, que venía hacia ella.

Esta, esperó a que él se acercara. Osses se alzaba sobre sus patas traseras alcanzado casi la altura del bardo con su húmedo hocico. En su alegría, intentaba lamerle la cara.

- Me vas a tirar - dijo dirigiéndose al perro -, abajo. Vamos, baja. Eso es, buen perro.

Liriel ladeó la cabeza.

- ¿ Cómo lo haces ?.- Le dijo ella.- Te adora. Y eso que no te ha visto más que una vez.

Yargos, iba vestido de la misma manera que cuando los había conocido. Su cabello tenía el mismo rizo vivaracho de entonces y la sonrisa de su cara era igual de amable y atractiva.

- Por que soy su salvador, querida.- Dijo él haciéndole una reverencia cortés.- Siempre que el animalito está en apuros, me encuentra a mi. Además, tengo encanto para los animales.

Ella le sonrió.

- De eso no me cabe la menor duda. Pero para decirte la verdad, - le explicó -, esta vez Osses no se ha perdido. De hecho me atrevo a decir que ha salido corriendo porque te ha visto.

Yargos acarició la cabeza del perro.

- ¿ Es eso verdad, Osses ?.

El podenco dio un par de vueltas alrededor del bardo y se alzó de nuevo sobre sus patas, reclamando más mimos,.

- ¡Eh !, ¡cuidado con mis ropas ! - Yargos lo apartó de nuevo -, ¿ No ves que son de gran calidad, querido ?. Me costaría una eternidad encontrar otras como estas.

Liriel chascó los dedos, el perro acudió a su lado y se sentó con la respiración agitada.

- Vamos, quieto de una vez.- Lo reprendió - No te muevas más.

Yargos, que se atusaba las mangas de su camisa estridente, comenzó a hablar para sí en una jerga indescifrable. Cuando se dio cuenta de que la joven la miraba, paró en seco y mostró sus manos al aire.

- Bueno, querida Liriel. - Y la miró de arriba a bajo por primera vez.- Estás muy distinta. ¿Qué hay de ese uniforme de paladín ?. ¿ Es que estás en misión secreta ?.

Liriel negó con la cabeza.

- En realidad no soy un paladín.- Y señaló su vestido.- Me han prestado estas ropas.

El bardo alzó las cejas.

- ¿ Y cómo es eso ?.

- Es una historia muy larga.

El bardo dio un par de pasos hacia adelante.

- ¿ Y a dónde ibas ahora ?. Puedo acompañarte.- Se ofreció.

- Pues, acabo de volver de la taberna “ Fuego Fatuo”.- Dijo como quien no quiere la cosa.- Había ido a buscarte. Como me dijiste que podía ir a verte...

Yargos cogió uno de sus rizos cobrizos con sus dedos y se lo retorció.

- ¡Vaya !. ¡ Virgen de lo inesperado !, ¡ esta sí que es buena !.

Liriel rió.

- ¿ Y a qué se debía la visita ?.- Preguntó Yargos hinchado de placer.- ¿ Tanto me echabas de menos ?. Ya sé que soy entrañable y todo eso... pero he de reconocer que no esperaba volver a verte más.

Liriel se encogió de hombros.

- Bueno, la verdad es que yo tampoco - susurró por lo bajo -, pero estaba tan sola y confusa que de repente me acordé de ti.

Yargos comenzó a caminar, Liriel y el perro lo siguieron.

- Uuuummm...sola...confusa..., no eres un paladín...- Y preguntó en tono agudo y exagerado -. Te llamas Liriel ¿no ?.

Esta se rió de nuevo. Aquel hombre era divertido. Siempre lo había dicho.

- Sí, si. Me llamo Liriel.

Yargos suspiró haciendo sonar en aire entre sus labios.

- Bueno, entonces, ¿ qué es lo que me he perdido ?.- Le preguntó él.

- ¿ Tienes tiempo ?.

- Claro. Todo el tiempo del mundo.- Le aseguró haciendo un mohín.

Liriel arrugó la naricilla.

- Ese jefe tuyo no opina lo mismo.- Comentó ella -. Según me ha dicho, te está esperando desde hace horas.

El bardo se carcajeó comedidamente, con finura.

- Ese botarate no es mi jefe. Trabajo para él cuando me manda llamar. - Le explicó.- Pero de ahí a que sea mi jefe...Además, que espere. Me debe dinero, ¿sabes ?. Y yo soy un gran bardo. No pienso poner más los pies en ese cuchitril hasta que me pague...y me pida perdón.

- ¿ Perdón ?.

- Sí, - se quejó él dolido -, dice cosas terribles sobre mí. Mi alma es muy sensible.

- Ah, claro.

Liriel no quiso entrar en detalles.

- Entonces, ¿ me vas a contar ya por qué una joven y hermosa damisela se siente sola y confusa ?.- La expresión del cantor era toda inocencia - ¿ Y que hace vestida de paladín, cuando no es paladín, dentro de un castillo de paladines ?.- Negó con la cabeza. Los rizos se movieron de arriba abajo en un extraño vaivén .- ¿ Y cómo has conseguido que te presten ropas en lugar de cortarte en minúsculos pedacitos cuando se han enterado de la verdad?. - Y entonces se paró como si lo hubiera fulminado un rayo.- Porque lo saben, ¿no ?.

- Sí, lo saben.- Asintió ella.

- Y no te persiguen, ¿ verdad ?. - Dijo mirando a todos lados, preocupado.- A lo mejor nos están siguiendo.- Y dio un respingo, histérico. - ¡ A lo mejor nos matan a los dos !. ¡Por Kiril, soy joven para morir ! -, se tocó la cara -, ¡ Y no estoy maquillado !.

Liriel no sabía si romper en risas o sacudir al bardo por el cuello.

- No digas tonterías. No me persigue nadie y no corro ningún peligro de muerte.- Añadió para mayor tranquilidad de él.- Y tu tampoco. Si me dejaras explicarme, tal vez...

- Sí, si, si.- Dijo él pasándose un sedoso pañuelo por la cara, limpiándose un sudor imaginario.- Tienes muchas cosas que explicarme querida, muchas cosas.

- Entonces, escucha. Y no me interrumpas.

Liriel , mientras continuaban con el paseo, le contó todo lo referente a su viaje a Trempos. De hecho omitió ciertos datos que consideró prudente que no supiera, pero su relato fue prácticamente el mismo que le había contado unos días antes a la mujer paladín. Además, le contó los nuevos acontecimientos que habían sucedido desde que llegara al castillo. El asunto referente a su madre y el parecido con esa misteriosa sacerdotisa se lo ocultó.

Cuando ella terminó de hablar, Yargos le tomó la palabra.

- Qué historia más interesante.- Dijo.- Casi podrías escribir un libro con lo que me has contado. Es increíble.

- Sí, es verdad.

El bardo se sujetó la barbilla.

- ¿ Y qué piensas hacer respecto a lo del viaje ?. ¿ Irás ?.

Liriel meditó unos instantes antes de contestar.

- No lo sé. Antes estaba segura.- Le confesó.- Ahora ya no tanto. ¿ Tu qué harías ?.

Yargos sonrió de oreja a oreja.

- Oh, vamos, querida. Yo iría, ¡por su puesto !.- Exclamó alegremente.- Nunca hay que darle la espalda a la aventura.

- La aventura.- Liriel sonrió para sí.- No sé. Tal vez debería volver a mi casa y ver si mi padre está allí, si Teros le dio la nota. Estoy preocupado por él y no sé qué hago yo aquí.

El bardo alzó un brazo coloreado al aire, con pompa.

- ¡ El destino, querida !. Ha sido el destino lo que te ha traído aquí.- Dijo recreándose en sus propias palabras.- No te quepa la menor duda.

- Yo no creo en esas cosas.- Le contestó ella.

El bardo puso cara de niño travieso.

- Eso no tiene importancia. El destino cree en ti.

Liriel arqueó las cejas, incrédula. No sabía si el bardo estaba hablando en serio o decía tonterías. A veces pensaba que hablaba por hablar.

- Bueno. Ya veré qué hago.- Dijo finalmente.

- Irás.

- Eso no lo sabes, no lo he decidido aún.

- Lo veo en tus ojos.- Yargos sonreía enigmáticamente. - No eres de las que se dan media vuelta a la primera de cambio.

- Dices tonterías otra vez.- Se quejó ella un poco incómoda por el comentario.- Tu no me conoces.

- ¿ Entonces por qué me cuentas todo esto si no piensas que puedo ayudarte ?.- Pudo las manos en jarras.- Claro que irás. Lo que pasa es que te has dado cuenta de tu vida ha dado un cambio de ciento ochenta grados y ahora tienes miedo.

Liriel lo miró estupefacta. Tardó en hablar.

- Es posible. A lo mejor.- susurró.

- Es eso mismo.- Insistió él. - Mira, puedes hacer dos cosas : O marcharte y echar a perder un futuro que nunca conocerás para volver a la vida que siempre tenías, o ser valiente y atreverte a dar el salto.

- ¿ Qué salto ?.

- ¡El salto hacia tu nueva vida, querida !.- Dijo Yargos casi desesperado por la pasividad de la chica.- Vamos, atrévete. Hazlo.

Liriel refunfuñó.

- Me lo pensaré.

- Hazlo, no te arrpentirás.- Insistió él.

- ¿ Y tú cómo lo sabes ?. Tu vida es siempre la misma. - Le recriminó.- Un día cantando aquí, otro allá...pero siempre haces lo mismo.

Yargos frunció el ceño, dolido.

- Oye, jovencita.- La miró con sus ojos azules entrecerrados.- Que sepas que si a mi me dieran la oportunidad de ver mundo, lo haría sin pensármelo un ápice. ¡Ya querría ir yo también y ver ciudades nuevas, gentes diferentes, y todo lo demás !.

- ¿ Y qué te lo impide ?. Ves solo.

El bardo negó con la cabeza.

- Odio la soledad.- le confesó.- Es mi debilidad.

Liriel se serenó.

Había sido ella la que había venido a hablar con él, amistosamente, para que calmara su turbación. Y en lugar de agradecer su compañía lo criticaba e incluso lo recriminaba.

- Perdona. - Dijo disculpándose.- Me estoy metiendo en lo que no me llaman.

- No te preocupes. Además, tienes razón.

A su lado, Osses ladró fuertemente. Se estaba haciendo de noche.

- ¿ Y qué voy a hacer con el perro si me voy ?.- Dijo para sí ella.

Yargos miró al animal.

- Llévatelo.

- No puedo, van a ser varios días de viaje. No puedo obligarlo a venir conmigo.

Osses, al ver que hablaban de nuevo de él, se removió y ladró otra vez.

El bardo lo acarició.

- Si quieres puedes dejarlo en el castillo.

- No, todos se van. No habrá nadie dentro.

Osses lamió la mano del hombre.

- También puedes dejármelo a mi.

Liriel lo miró de hito en hito.

- ¿ De veras me harías ese favor ?.- Le preguntó asombrada.

El bardo sonrió.

- Casi me haces el favor a mi.- Dijo dándole unas palmadas en el lomo al perro.- Es un animal magnífico, y me haría compañía.- Añadió bromeando -. Sólo espero que no me babee las zapatillas.

Liriel sonrió, agradecida.

- Oh, no te preocupes por eso.- Le previno.- Sin embargo, ten cuidado con tu almohada.

Yargos la miró extrañado, pero no preguntó nada. Miró el cielo.

- Está oscureciendo. Vamos, te acompañaré al castillo.

Liriel llegó allí bastante más tarde de lo que le había prometido a Jumar. Había estado fuera por lo menos cuatro horas. Cuando el escudero la vio, suspiró aliviado. Miró de reojo su a estrambótico acompañante y luego los hizo pasar.

- ¿ Se ha enterado alguien de que he salido ?.- le preguntó ella una vez dentro del castillo.

- No, señora.- Respondió Jumar.- Los paladines han estado tan ocupados que no han reparado en vuestra ausencia. Pero si hubierais tardado un poco más...

- Gracias, Jumar.- Le dijo.

Luego se dirigió al bardo

- Y tu cuida bien de Osses. No te olvides de darle de comer y de beber... y le gusta que le acaricien detrás de las orejas.

Yargos asintió.

Sabía perfectamente cómo cuidar un perro. Había deseado tener uno toda su vida.

- Y también gracias.

- No te preocupes. Tendrá más atenciones que mis ropas, si cabe.- Le aseguró él.

Osses ladró y permaneció al lado del bardo. El inteligente animal parecía entender que debía quedarse con él.

Yargos se despidió con un gesto de la mano y desapareció seguido del perro. Cuando hubieron salido, Jumar se dirigió a Liriel.

- La cena estará servida en unos instantes, señora.

- Gracias, Jumar. - Y le preguntó.- Por cierto, ¿cuando partimos de viaje?.

- Mañana, al amanecer. Yo la avisaré.

- Sois muy amable.

Liriel, tras despedirse también del escudero, se dirigió a su habitación. Cuando estuvo dentro se echó en la cama y cerró los ojos. Estaba agotada. Este había sido un día especialmente complejo. Por unos instantes, tuvo la sensación de que Osses iba a saltar de un momento a otro encima de la cama. Con esas plumas colgando de la lengua y esa cara de “ yo no he roto un plato”. Pero Osses ya no estaba con ella, sino con Yargos.

Suspiró. Se levantó de la cama y se dispuso a cepillarse el pelo. Tenía que estar presentable antes de cenar. Una vez que ya estuvo lista, abrió la puerta y se dirigió al salón con el resto de los paladines. Probablemente la estarían esperando. Mientras caminaba por los pasillos, resonaron en su mente las palabras del bardo.


“ ¡El destino, querida !. Ha sido el destino.”







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El Círculo del Poder - Capítulo 7










EL CIRCULO DEL PODER


Capítulo 7 - Una Decisión Importante








Era a primera hora de la mañana cuando se recibió la esperada noticia de que el carruaje no había llegado a su destino.

Varios hombres habían recorrido todos los puntos por dónde tendría que haber pasado el mismo. El carruaje debía atravesar cuatro ciudades de entre las cuales Trempos era la penúltima. La ciudad de partida había sido Oranda y el lugar de destino era Yevish.

El carruaje debía pasar en este orden por Jerón, Permand y Trempos, hasta llegar a Yevish.

Ulquier mandó de vuelta un mensaje que notificaba que el carruaje no había pasado por Trempos. Incluso, el correo que había venido con la noticia, informó a los paladines de que el mismo, tampoco había pasado por Permand pero sí lo había hecho por Jerón.

Evidentemente el carruaje se había extraviado entre estas dos ciudades.

- ¿Quién iba a bordo ?.- Le preguntó al mensajero Ulquier.- ¿Y qué transportaban ?. Nuestro remitente seguramente os habrá puesto al corriente del contenido del mensaje que habéis traído.

El mensajero se encogió de hombros y negó con la cabeza. El no sabía nada más allá de lo que era su deber.

- Está bien muchacho, puedes marcharte.- Dijo.

Junto a Ulquier estaban todos los paladines. Al recibir la noticia habían acudido rápidamente junto a su superior. Todos estaban a la expectativa. Aquel asunto había sido enigmático desde el principio y querían saber de una ver por todas lo que había ocurrido realmente.

Todos vieron cómo partía el correo de vuelta y esperaron ávidamente que llegaran más noticias.

Egolas, por este mismo motivo, tuvo que aplazar su cita con Liriel. Prometió que más adelante, cuando aquel asunto terminara, cumpliría su palabra. El deber era lo primero, y los placeres después.

Por la tarde llegó un segundo mensaje que decía lo siguiente :

”Sin noticias del carruaje desaparecido. Una partida de reconocimiento procedente de Jerón ha rastreado el camino y no sabe nada del mismo.“

- Esto es inaudito.- Decía Ulquier caminando nervioso hacia todos lados.- Algo le ha ocurrido al carruaje entre Jerón y Permand.

Banegun que estaba a su lado contestó.

- Sin embargo, no hay posibilidad de apartarse del camino sin dejar rastro.

- ¿Lo habrán atacado ?.- Se preguntó Egolas.

Ulquier pensó las alternativas que tenía.

- Mandaré otro mensaje. Daremos instrucciones para que revisen de nuevo todo el trayecto y se fijen en cualquier cosa anormal. No han buscado bien, de eso estoy seguro. Un carruaje no desaparece así sin más.

Los paladines esperaron la respuesta nerviosos. Ya cercana la noche un muchacho vino con un mensaje.

Egolas leyó :

” Lamento tener que retrasarme un par de días por asuntos personales.

Travis .“

Ulquier suspiró.

- Tranquilicémonos, caballeros. Todavía es pronto para una contestación.- Dijo a los demás compañeros.- Seguramente llegará mañana.

La noche fue larga para todos. Los nervios estaban a flor de piel y ningún paladín pudo dormir más de dos horas seguidas.

A la mañana siguiente llegó otro mensaje. Era muy temprano. Sólo Egolas y Ulquier estaban despiertos. Fue este último quien lo leyó :

”La Segunda partida de reconocimiento no ha tenido éxito. No se ha encontrado ningún detalle fuera de lo corriente. Agradeceríamos vuestra presencia en Jerón. “

- Esto es desesperante.- Ulquier se mesó los cabellos.- No es nuestra responsabilidad lo que le haya ocurrido al carruaje. No obstante, me siento en el deber de hacer algo.

- Te comprendo, amigo.- Egolas posó una mano en su hombro.- Si crees que no debemos ir no iremos. Sabes que nunca cuestionamos tus órdenes.

Ulquier lo miró agradecido.

- Nos conocemos hace tiempo.- Dijo muy seriamente.- No se me encoge el estómago por dar mi ayuda si me la piden aunque no me concierna el asunto.

- Lo sé.- Asintió Egolas- No tienes por qué darme explicaciones.

- No pretendía hacerlo.- Respondió el superior.- Es por Ariana.

Egolas lo miró.

- Siempre la dejo sola aquí con jumar.- Se explicó Ulquier.- No me gusta nada hacerlo. Además, Travis se va a retrasar.

- Eso me han dicho.- Egolas se llevó una mano a la barbilla mientras pensaba.- Si lo crees más conveniente podemos esperar a que Travis venga.

- Desde luego estaría más tranquilo.- Ulquier vió por el rabillo del ojo que Egolas sonreía a medias.- Ya sé lo que piensas. Que Ariana es ya una mujer adulta y que sabe cuidarse por sí sola, y estoy de acuerdo. Pero no me negarás que con Jumar y tan solo cuatro guardias podría pasarle cualquier cosa.

- Como tu digas.

- Y no te olvides de la muchacha..- Añadió Ulquier .- Es evidente que no se siente totalmente a gusto aquí. Este no es su sitio. Una joven sureña en un castillo austero y carcomido por los años. Admite que no es el ambiente ideal para ella y sola se sentiría peor todavía.

Egolas asintió.

- Tu siempre tan atento a todo.- Apuntó.- En el fondo eres un sentimental.

Ulquier lo miró de soslayo.

- De todo menos eso.- Rectificó.- Es solo que me preocupo por el bienestar de quienes están bajo mi protección.

Egolas rió abiertamente.

- No voy a contradecirte camarada, he aprendido a callar cuando no tengo oportunidad de salir victorioso en una conversación. Y sobre todo contigo.

Ulquier alzó una ceja advirtiendo el tono de burla con el que había hablado Egolas.

- Eres incorregible, Egolas.- Sentenció.- Mejor será que volvamos dentro del castillo e informemos a los demás antes de que nos enfrasquemos en una charla trascendental. No la soportaría.

Egolas aceptó.

Cuando los demás se enteraron se levantó una ola de comentarios más o menos vario pintos. En lo que estaban todos de acuerdo era en partir hacia Jerón para descubrir qué había ocurrido. Estar ahí parados sin poder hacer nada era contrario a sus necesidades de acción.

- No digo que no vayamos.- Decía Ulquier.- Sólo que esperemos a que venga Travis.

Lanver rugió.

- Travis es un hombre viejo.- Su gran cuerpo se arrellanaba todo lo que podía en la estrecha silla del salón de reuniones. Estaban todos sentados en la gran mesa ovalada y Ulquier expresaba su opinión de pie para que todos pudieran verlo bien. Ariana y Liriel no estaban con ellos.- Las mujeres no estarían más seguras con él que con un niño de pecho.

Ulquier frunció el ceño. Aquel paladín tenía los días sentenciados.

- Travis es un hombre respetable y poderoso. -Objetó.- Olvidáis, Sir Lanver, que nos ha ayudado numerosas veces en nuestras misiones. Además no permitiré esa falta de respeto.- Dijo muy serio.- Travis ha sido el mejor maestro de paladines que yo haya conocido y nada más que por eso se merece nuestra mayor admiración..

- Yo sólo digo que no creo en esas paparruchadas que hace.- Dijo molesto.- Magia lo llama él.

Banegun intervino en favor del no presente, además de para que su superior no montara en cólera. Era evidente que poco le faltaba. Sólo la consideración que sentía hacia todos ellos retenía su lengua. Las recriminaciones las llevaba a cabo en privado.

- Lo subestimáis.- Dijo dirigiéndose al paladín de tan formidable temperamento.- Es un gran mago.

- Fue un gran mago.- Rectificó él - Además, la magia nunca será rival para una tropa de hombres armados.- Y diciendo esto golpeó la mesa con un golpe seco de su mano derecha para remarcar sus palabras. - Un grupo de bárbaros podrían asaltar el castillo y aplastar a cualquier mago por poderoso que fuera antes de que pudiera decir la primera palabra.

Egolas intentó mediar.

- Todos conocemos vuestra forma de pensar desde que servís de paladín, Sir Lanver.- Dijo.- Nos habéis dejado bien claro cual es la forma de proceder que tenéis en casi todas las situaciones. Y he de admitir que a veces no os falta la razón.- Continuó él.- Pero habéis de dejar espacio para otras opiniones igualmente válidas.

Lanver se frotó las barbas y ceñudo guardó silencio.

Otro de los paladines, llamado Farlen, se levantó de su asiento.

- Estoy de acuerdo con Sir Egolas.- Dijo .- Pero según mi forma de ver las cosas, a Sir Lanver tampoco le falta razón. Yo opino que el maestro Travis no es suficiente escolta para las mujeres.

Lanver mostró una ancha sonrisa de satisfacción.

- Yo propongo,- Continuó Farlen sin dejar de mirar a su superior - que dado que llegar a Jerón y rastrear el carruaje perdido además de volver a Trempos de nuevo nos supondría en total más de dos semanas fuera del fuerte...lo mejor sería, que las mujeres vinieran con nosotros.- Terminó .

Ulquier se quedó momentáneamente sin habla.

- Eso sería lo adecuado, en efecto.- Dijo Egolas pensándolo bien.- Estarían bien protegidas de eso no hay duda alguna. Aunque también esa opción tiene sus peligros.

- ¡Por supuesto que los tiene !.- Estalló Ulquier con voz de trueno cuando pudo reaccionar.- ¡Es una idea de lo más absurda !. Además - añadió cayendo en la cuenta de algo obvio -, abandonar el castillo por nosotros es su totalidad, nos obligaría a enviar un destacamento solamente para su protección. Y no dispongo del mismo. Alguien debe de quedarse aquí obligatoriamente.

Egolas levantó una mano para reclamar la atención. A eso último tenía una buena contestación.

- No. No es obligatorio.- Y argumentó.- Ariana es también un paladín. Y su deber como paladín es estar con nosotros. Respecto a lo del destacamento, tampoco sería necesario.

- ¿ Cómo que no ?.- Si algo tenía claro Ulquier era eso, que el castillo no podía quedarse sin defensas.- ¿ Acaso habéis pensado bien lo que decís ? .

- Escuchadme primero, Ulquier.- Pidió.- Después juzgad por vos mismo.

Su superior lo miró unos instantes en silencio antes de asentir a regañadientes.

- De acuerdo.- Le concedió.- Os escucho.

Los demás paladines se arrellanaron en sus sillas, expectantes. Todas las miradas estaban puestas en Egolas.

- Pues bien.- Comenzó éste.- Se trata de lo siguiente : Puesto que como mantenemos todos, o casi todos - añadió sin mirar a lanver-, que el maestro Travis es un gran mago - y al llegar aquí hizo una pausa significativa- , el desalojar por entero el castillo de protección no es en absoluto un problema. Me refiero a la protección que normalmente mantenemos. El uso de otro destacamento para defenderlo no sería necesario en caso de procurarnos... otro tipo de protección.

Egolas hizo otra pausa. El silencio era arrebatador.

- Continuad - ordenó Ulquier-, y sed más explícito.

- Veréis.- Siguió Egolas con voz susurrante.- Si Travis es un mago, un gran mago, y no podemos contar con protección...natural, pues deberemos recurrir a la protección...sobrenatural.

Ulquier ya había comprendido a dónde quería llegar a para el paladín, como todos los demás, no obstante preguntó para aclarar las cosas.

- ¿ Os estáis refiriendo a que Travis utilice su magia para proteger el castillo ?.

Egolas se encogió de hombros.

- ¿ Por qué no ?. Así tanto las mujeres como él vendrían con nosotros y el castillo estaría resguardado de cualquier incursión.

Se levantaron al momento las voces de los demás paladines coreando las palabras de Egolas con euforia. Aquella era realmente una idea sorprendente práctica e ingeniosa.

- Puede que esa sea una buena solución - reconoció Ulquier-, pero no estamos hablando de un viaje de placer.- Objetó todavía. Las voces se acallaron.- No voy a exponer la vida de mi hermana ni la de la otra joven. Que quede claro. Sigo pensando que deberían quedarse aquí a pesar de todo.

- Yo creo que eso lo tienen que decidir ellas.- El tono de Egolas fue quizás demasiado cortante y áspero. Era evidente que el paladín estaba cuestionando la perspectiva de su superior y que la desaprobaba totalmente.

Ulquier se dio cuenta de ello al instante, y la cólera comenzó a hacerse patente en él. Miró a Egolas como si esperase que de un momento a otro la tierra se abriera de bajo de él y se lo tragara.

- Aquí, quién toma las decisiones soy yo y nada más que yo.- Dijo Ulquier con voz perentórea.

Egolas podía notar la furia que destilaba en los ojos de su viejo amigo. Había tocado un tema delicado y lo sabía.- Espero no tener que recordárselo más veces, Sir Egolas.

Ulquier había remarcado las formalidades entre ellos, cosa que nunca hacía. Egolas sabía que no podía atacar de nuevo. Debería de convencer de su error a Ulquier en la intimidad.

- Si señor.- Contestó aparentemente vencido.

- Bien.- Ulquier estaba muy dolido por la insubordinación de Egolas. Ariana era responsabilidad suya y nadie le iba a decir que era lo mejor para ella. Ni siquiera él.- ¿Alguna otra opinión?.

Los demás paladines habían observado el breve enfrentamiento con inquietud.

El aire podría cortarse con un cuchillo de lo espeso que era. Ninguno osó contestar. Si Egolas no había podido convencer a su superior, ellos no tenían nada que hacer.

Ulquier asintió ante la muda respuesta de los paladines.

- Podéis marcharos.- Dijo.- Sir Egolas, vos quedaos.

Cuando todos hubieron salido de la sala los viejos amigos quedaron frente a frente.

- Ulquier,- Comenzó a explicarse Egolas.- solo pretendía hacerte comprender...

- No tengo que comprender nada, Egolas.- Ulquier era inflexible.- Me has puesto en evidencia y eso no te lo consentiré por muy amigos que seamos.

Egolas endureció la expresión de su rostro.

- Estás equivocado.- Levantó un dedo acusador.- Ariana es un paladín y no le das la oportunidad de demostrar lo que vale. La proteges tanto que eres tu mismo quien la limita. No esperes que todos los demás se den cuenta de ello y finjan que lo entienden.

Ulquier no cedió. Es más, arremetió con fuerza.

- No sabes la responsabilidad que tengo. - Lo acusó.- Ariana es lo único que me queda, tu no puedes entenderlo.

- Siento mucho por todo lo que habéis tenido que pasar, pero te repito que te estás equivocando.

- Eso es fácil de decir para ti.- Ulquier habló con rabia casi sin pensar.- Tu no has perdido primero a tus padres y luego a tu mujer y a tus hijos. No sabes lo que es perder a un familia.

Egolas sintió un dolor sordo en el estómago. Ese comentario había sido un golpe bajo.

- No. No se lo que es perder una familia,- corrigió en un susurro.- porque nunca he tenido ninguna si es a eso a lo que has querido referirte.

Ulquier sintió la bilis en la garganta.

Se había excedido.

- Lo lamento.- Se disculpó, pero el daño ya estaba hecho.- No había querido insinuar eso. Discúlpame, por favor.

Egolas asintió. Todavía dolía.

- No hay nada que perdonar.- Su tono de voz era frío.- Tienes razón. No soy nadie para entrometerme en los asuntos de familia. Tu mejor que nadie sabes lo que más os conviene a los dos.

Egolas se dirigió a la puerta de la sala sin mirarlo.

- Egolas.- Lo llamó cuando ya la abría.- Tu siempre has formado parte de nuestra familia.

Egolas respondió sin girarse.

- Eso pensaba Ulquier, eso pensaba.

Ulquier vio cómo su amigo salía de la sala sin decir nada más y cerraba la puerta con brusquedad.

Al momento se sintió como el más sucio gusano que viviera en la tierra más fangosa. Había caído muy bajo. Egolas era un hermano para él y a pesar de ello su destemplado carácter no dejaba de ensañarse en la vieja herida siempre que tenía la ocasión.

Lamentando su error estaba, cuando Ariana entró en la sala.

- Ulquier.- Ariana tenía el rostro descompuesto.- ¿Qué ha ocurrido ?. He visto a Egolas montar en Zaltior y salir del castillo como si se lo llevara el demonio. No has visto su cara.

Ulquier no miró a su hermana . No se atrevía.

- Sí. La he visto.- Habló con la voz perdida.- Yo he tenido la culpa. Hemos discutido.

Ariana recuperó en parte su expresión serena.

- ¿Qué ha sido esta vez ?.

- Tardará en perdonarme, lo sé.- Dijo para él.- He hurgado en la vieja herida.

Ariana se dejó caer en una silla y se llevó las manos a la cara.

- A veces eres cruel.- Dijo en voz apenas audible.- Muy cruel.

Ulquier estalló sin poder contener tanta frustración y remordimientos .

- ¡No lo hice a propósito !. Yo solo quería defenderte de...

- Ya lo sé.- Dijo ella.- Lanver hablaba de todo lo que había sucedido aquí dentro en voz tan alta que mañana se habrá enterado toda la ciudad.

Ulquier bajó la mirada y no contestó.

- Sé que tienes buena intención, hermano.- Ariana le tocó el brazo.- Pero Egolas tiene razón. No puedes protegerme toda la vida.

Ulquier sollozó.

- No soportaría perderte a ti también, Ariana.- Cuando la miró brillaban las lágrimas en sus ojos.- No pude salvar a mi familia pero no permitiré que te ocurra algo a ti.

- No tuviste la culpa, Ulquier.- Ariana le habló cariñosamente.- Las guerras son así.

Ulquier había perdido a su mujer y a sus dos hijas pequeñas durante una guerra ocurrida hacía unos años. El estaba en una misión muy lejos de su familia cuando esta se produjo. Nunca superó el hecho de no haber estado con ellas en sus últimos momentos. Ariana era entonces una adolescente, tendría unos dieciséis años. Era la única familia que le quedaba. Ulquier se prometió a sí mismo que nada le ocurriría a su hermana si él podía evitarlo.

Ulquier se levantó de repente y se dirigió a la puerta .

-¿ A dónde vas ?.- Le preguntó ella temerosa de lo que pudiera hacer.

- A buscar a Egolas.

Ariana agachó la cabeza y la enterró de nuevo entre las manos. Sus pensamientos se perdieron en el pasado. Un pasado muy doloroso, no obstante, siempre presente.



Por la tarde, ni Egolas ni Ulquier habían regresado todavía. Todos los paladines esperaban impacientes. Mientras tanto, otro mensaje llegó pidiendo una respuesta y demandando urgentemente ayuda. No se sabía nada todavía del paradero del carruaje y sus ocupantes.

Ariana no había comentado a Liriel el incidente y esta no parecía sospechar nada.

Liriel.- Le dijo ella.- Si emprendiésemos un viaje, ¿vendrías con nosotros ?.

A Liriel le centellearon los ojos.

- Claro. Me encantaría.- Dijo alegremente.- ¿Pero a dónde ?.

- Bastante lejos.- Le explicó.- Dime, ¿estás segura ?.

Liriel asintió.

- Sí. Aunque, - dudó - ¿qué pasará con ese tal Travis ?.

- No hay problema. Vendrá con nosotros.- Ariana se llevó una mano a los cabellos.- Estaremos aproximadamente unas dos semanas fuera.

Liriel meditó la propuesta.

- Iré. - Dijo sin más.

Dos horas más tarde, Ulquier y Egolas entraban en el castillo.

Ariana los miró al pasar intentando descubrir qué habia pasado. No pudo sacar nada en claro. Tanto el rostro de uno como el del otro eran absolutamente ilegibles.

Cuando los demás los vieron, se arremolinaron a su alrededor esperando órdenes.

- Preparáos, camaradas.- Dijo Ulquier con voz grave.- Nos vamos hoy mismo.

Y después se dirigió a Ariana.

- Tu también vienes, si quieres claro.- Añadió para no parecer autoritario.- En cuanto a la joven...

- También viene.- Dijo Ariana sonriente.- Ya se lo he comentado. Por cierto, gracias.

- No hay por qué darlas. Como muy bien me dijo Egolas, eres un paladín y es tu deber acompañarnos.- Ulquier le devolvió la sonrisa antes de desaparecer entre sus hombres.

Todo parecía haber vuelto a la normalidad.

Ariana suspiró.

Cuando todo estaba apunto para partir y los caballos estaban ensillados y preparados para el viaje, Jumar anunció a los hermanos que Travis había llegado.

Ariana salió presurosa a recibirle.

Travis no había cambiado.

Era un hombre de mediana estatura. Rondaría casi los cincuenta años aunque no lucía ni una sola cana en su cabello castaño. Era en general atractivo. Tenía los ojos oscuros, aguzados e inteligentes. No era muy fornido pero tampoco era delgado. Se cubría con una túnica de color tierra y por todo adorno llevaba sujeto a la cintura un báculo igualmente sencillo. A la espalda colgaba una pequeña y pesada bolsa.

- ¡Travis !.- Ariana lo abrazó con cariño.- ¡Mi querido maestro !.

El hombre sonrió.

- Niña, estáis tan preciosa como siempre.- Su voz era de hombre joven y enérgico.- Siempre habéis sido mi mejor discípulo.

- Gracias por venir.- Dijo ella con sinceridad.- ¿Cómo ha ido todo ?.

- Desde la última vez que os vi han ocurrido muchos acontecimientos. Pero ya os contaré todo con más tiempo. Por lo que veo os vais a marchar.- Dijo al ver los caballos ensillados.

Ariana miró hacia atrás un momento.

- Sí. Y nos gustaría pediros que nos acompañarais una vez más. - Dijo Ariana ilusionada como una niña pequeña.

El hombre fingió pensárselo unos segundos.

- ¿Cómo voy a negarme, querida ?.- Travis acarició su pelo con suavidad.- Además he venido para quedarme por un tiempo.

Ariana sonrió de buen grado.

- Todo el que queráis.- Concedió ella.- ¿Necesitaréis algo para el viaje que yo pueda proporcionaros ?.

Travis alzó las manos.

- Siempre llevo todo lo que tengo a cuestas.

- Siempre a punto.- Dijo Ariana.

- Eso mismo.

- ¡Nuestro viejo Travis !.- Ulquier venía hacia ellos con los brazos abiertos.- ¡No habéis cambiado ni siquiera un ápice !.¿Cómo lo hacéis ?. Yo me veo más viejo cada día.

Travis sonrió al verlo. Deseaba este encuentro desde hacía tiempo.

- Vamos , vamos, cachorro.- Dijo cariñosamente.- Sólo hace cinco años que no nos vemos.

- Suficiente, maestro, más que suficiente.- Los dos palmearon la espalda.- Pero ya no soy ningún cachorro, os lo aseguro.

-¿Y que eso tan urgente por lo que me habéis llamado ?- Quiso saber Travis.

Ariana miró a su hermano antes de contestar.

Este asintió por toda respuesta.

- Juzgádlo por vos mismo.- Y con un gesto de la mano hizo que Egolas y Liriel se adelantaran para que el hombre pudiera verla bien.

Al principio Travis reconoció a Egolas y una sonrisa se pintó en su rostro. Pero cuando reparó en Liriel, se puso blanco como el papel.

No hizo falta que nadie le dijera nada más.

Travis se adelantó hasta ponerse a medio metro de ella. Sus ojos permanecían fijos en la muchacha. La miró y la remiró desde todos los ángulos durante unos minutos que a ella se le antojaron interminable. Aquel hombre tenía la mirada clavada en ella con una intensidad que le resultaba casi molesta. Cuando hubo terminado, Travis se apartó un poco y llamó a Ariana con un gesto de su mano.

Travis se apoyó levemente en el brazo que Ariana le tendió. Esta notó que su maestro de antaño estaba profundamente conmovido. Ahora no tenía dudas. Sus sospechas se confirmaran.

- Nereida.- Dijo él en un susurro.- Nunca he podido olvidarme de ella a pesar de los años. Y tampoco me he olvidado de Kelmor.

- Todos hemos notado el parecido con vuestra antigua compañera.- Dijo Egolas.

- ¿ Creéis que es posible el parentesco ?.- Le preguntó Ariana.

Su maestro la miró seriamente.

- Sin duda alguna, esta muchacha es hija de ambos.- Sentenció.- ¿ Pero que hace ella aquí ?. No creo que la hayan mandado para dar explicaciones. No ahora, después de tanto tiempo.

- No.- Contestó Ariana.- Egolas la encontró por casualidad en Henna y el motivo por el que ha llegado aquí es una historia muy larga de contar. Además ella no sabe nada sobre el pasado de sus padres.

Ariana puso al corriente en unos minutos al maestro sobre lo que Liriel les había contado.

- No sé por qué no me sorprende.- Dijo Travis cuando Ariana hubo terminado.- No sólo no escriben y desaparecen, sino que además le ocultan a su hija la verdad.

Liriel sintió que le temblaban las piernas. ¿Qué estaban diciendo ?. Este extraño afirmaba conocer a su madre. Nereida había dicho que se llamaba. Pero su madre se llamaba Geneva. Y su padre Boreas no Kelmor. ¿Y Por qué decía que ella no sabía nada de sus padres ?. ¿ Qué era lo que tenía que saber ?.

La cabeza le dio vueltas. Su madre estaba muerta. Ella nunca la había conocido. Pero sabía que había sido una mujer corriente no una sacerdotisa.

Entonces recordó aquella conversación con Teros, en la posada. El le había dicho que su madre era especial, que jamás había conocido a nadie como ella. Y su padre...también le decía constantemente lo mismo. Era lo único que hablaba sobre ella.

También recordó que Teros la había comparado con su madre. Sus ojos,- había dicho-, eran como los suyos. Y su padre, antes de partir, había asegurado que eran como dos gotas de agua.

Como dos gotas de agua...Su madre era especial...ella era especial...su madre, Geneva..., Nereida.

Egolas miró a Liriel.

Esta también se había puesto blanca y había observado un ligero vaivén en su cuerpo. La cogió por el brazo. Ella ni se dio cuenta. Estaba temblando de los pies a la cabeza.

- Liriel.- La llamó. Ella no contestó.

De repente Egolas se encontró sujetando a la muchacha.

Liriel se había desmayado.






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