Mostrando entradas con la etiqueta Guerreros del Ocaso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerreros del Ocaso. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de mayo de 2012

Guerreros del Ocaso - Epilogo a la Primera Parte

Historial del libro:
Introduccion
Capitulo 01
Capitulo 02
Capitulo 03
Capitulo 04
Capitulo 05
Capitulo 06
Capitulo 07


Ha pasado tiempo, pero volvemos la carga con la continuación de esta novela de fantasía épica.
En esta ocasión, presento el epílogo con el que cierra la primera de las tres partes del libro y comienza la segunda.


EPILOGO A LA PRIMERA PARTE.

PROLOGO A GHULDRA

LOS DOS ÚLTIMOS DIOSES.

            En la oscuridad sonó una leve carcajada desprovista de alegría.

-- Se acabó –dijo una voz, la que se había reído-. Finalmente has perdido.
-- No ha sido sin duda por tu poder, ni por tu forma de usarlo.

            La segunda voz era suave, susurrante, y terriblemente sarcástica.

-- Tienes razón en eso, pero no soy yo el orgulloso –contestó la primera voz, grave y serena-. Me basta con saber que después de todos estos siglos, ha merecido la pena quedarse aquí.
-- Bah. Intentas convencerte de que tu presencia ha valido de algo.
-- Y así ha sido. ¿Te atreves a negarlo?
-- No, no, su magnánima deidad –croó la voz, irónica-. Sin duda has sabido despertar muy bien al niño cuando ella estaba en problemas. Casi llegaste tarde alguna vez, pero un dios no puede estar atento siempre, ¿no es así?
-- No sé a qué te refieres –exclamó la voz, perdiendo momentáneamente el control-. Los he ayudado, igual que a todos los anteriores, y al fin han pasado la última prueba.
-- Pero no ha sido por ti. Debes admitir eso. No se puede influir en el corazón de un mortal. Esa es la regla. Nos sirven o no, pero no se los obliga. ¿Acaso lo has olvidado?
-- ¿Dónde quieres ir a parar?

            La susurrante voz rió levemente antes de hablar.

-- Lo han conseguido. Después de más de sesenta años alguien ha rescatado el arma de este mundo muerto para llevarla a Ghuldra, y no puedes admitir que al final, no ha sido por tu intervención. Las ayudas en los momentos difíciles, sacarlos del sueño en el último instante, darles un último soplo de vida antes de hundirlos en el agua... todo eso ha pasado decenas de veces, Duobohr. Yo no podía hacer mucho, como comprenderás. Sólo tratar de pillarte desprevenido alguna vez. ¿Sabes por qué no me preocupaba? ¿Sabes por qué descansaba cuando quería, y te dejaba actuar libremente? –La voz se hizo más susurrante, y habló en un tono más bajo-. ¡Porque eran míos! Puedes salvar sus vidas, estúpido hermano, pero sus corazones son míos. Siempre lo han sido hasta ahora –soltó una carcajada antes de continuar-. De nada te servían tus desvelos, de nada vigilarme continuamente para saber dónde iba a actuar. Todo era un juego, y todos y cada uno de ellos, cayeron antes o después en la auténtica trampa. La ambición es algo arraigado en el arma mortal. El oro encantado no fue idea mía, sino de ellos, los esbirros de ese estúpido mago. ¿No te resulta encantadoramente irónico que nuestra presencia aquí no haya, a fin de cuentas, servido para nada, salvo para entretenernos?
-- Te he mantenido a raya –sentenció firme la primera voz-. Y he ayudado a estos últimos para que consigan su propósito.
-- No, Duobohr. Has jugado conmigo... y con más de cien peones de ajedrez. En cuanto a lo segundo, te repito que no has tenido nada que ver en que consiguieran “su propósito” –dijo estas últimas palabras con una burda imitación del tono que había usado el otro dios-. Ella era especial. La piedra lo dijo, y tenía razón. Algo en su interior... Y es curioso, porque cuando la vi por primera vez llegar a este mundo, cuando supe lo que pensaba, lo que sentía, estuve seguro de que ella sería mía también. Su interior es un caos. Supongo que eso es lo que la ha hecho imprevisible.

            La voz grave guardó un prolongado mutismo, y la sarcástica también. En el aire volvió a hacerse el tan conocido silencio. Finalmente, el primero volvió a tomar la palabra.

-- Me preocupa otra cosa.
-- ¿A ti, oh deidad?, ¿qué podría ser?
-- La roca habló demasiado. Les dijo Su Nombre.
-- ¿Te refieres a aquella exclamación? ¡Ja!
-- Tiendes a dejar de lado asuntos importantes, Thálbhar –le recriminó la voz grave-. Podrían hablar en Ghuldra.
-- Sabes perfectamente que no estaban preparados para conocer de Él –le quitó importancia al asunto con voz susurrante-. Sin duda ya habrán olvidado Su Nombre. Es más, es posible que ni siquiera lo oyeran cuando la piedra lo mencionó.
-- En caso contrario, sin duda te daría igual, ¿no es así? Me pregunto si no debería ir a Ghuldra para asegurarme de que guardan silencio.

            El aire se llenó de carcajadas, tan agudas y gélidas como esquirlas de hielo.

-- ¿Pero que oyen mis oídos? ¿Tú, violando las reglas del mismísimo Uglion? Y yo que me tenía por un dios negro. Sabes perfectamente que el panteón de Ghuldra está completo, y aunque aquellos malditos pusilánimes se mantengan al margen de su historia, eso no significa que no se unieran contra ti en cuanto asomases tu divina nariz. Además, ¿qué ibas a hacer si llegara el caso?, ¿matarlos? Dubohr, la historia ha escapado de tus manos, y también de las mías. Lo que ocurra ahora será asunto de los habitantes de aquel mundo.
-- Quizá te equivoques –le respondió la otra voz-. Esta batalla podría tener muchas más implicaciones de las que piensas. Tanto si vence el hechicero, como si son los magos blancos. En cualquier caso, el paso entre los mundos quedará restablecido para los mortales.
-- Pero igualmente limitado por las reglas naturales. ¡Me encantaría que esto estallase! –la voz susurrante se había vuelto por un segundo vehemente- Ya lo sabes, pero me temo que todo esto no será más que otra chispa de la fragua que muere al llegar al frío suelo. No sé que harás tú, pero creo que yo voy a dar un largo paseo. Mil años de estancia son muy poco para sólo medio siglo de diversión. El Hacedor no se detiene, y ha tenido mucho tiempo. Sin duda alguna, los nuevos mundos serán más interesantes que los antiguos. Este debió morir hace mucho tiempo. Ya es hora de que eso ocurra.
-- En ello convengo, Thálbhar. Los demás dioses se fueron hace demasiado tiempo. Ahora que el arma ha llegado a Ghuldra, Rahoman no tardará en destruir todo este palacio, y acabar con sus criaturas, otra muestra más de que el mal siempre se vuelve contra sí mismo.
-- Sólo los idiotas escarban bajo sus propios pies –siseó la voz-. Quizá no me has oído llamar estúpido antes al hechicero. No ha sido por ayudarlo por lo que he estado aquí novecientos años, te lo aseguro.
-- Tampoco lo has perjudicado.
-- Bah, me he divertido. Y ahora me iré. Es hora de empezar algo en serio en otro lugar. Dentro de muy poco, como has dicho, aquí no quedará nada más que desierto.
-- El desierto eterno. Así lo llamaban los mortales que viajaron aquí cuando podían. Creo que también yo me marcho. Al igual que tú, tengo curiosidad por saber en qué ha empleado el tiempo el Grande. Dejemos que este mundo haga finalmente honor a su nombre.
-- Sí. Por cierto, Dubohr, he de admitir que me has ganado por la mano en un asunto. No creas que no me di cuenta, aunque fue demasiado tarde para que pudiera hacer nada. Debí haber supuesto que un dios blando como tú les ayudaría hasta el último momento.
-- ¿Te refieres a lo del túnel de luz? No podrías haber hecho nada de ninguna manera. Además, la piedra ya lo había dicho. No podía dejar que los tuyos tuvieran una ventaja excesiva allá en Ghuldra.
-- Los míos allá en Ghuldra –afirmó con otra imitación de la voz grave de Dubohr-, no moverían un dedo aunque Uglion les ayudara con su poderosa mano. Pero, bien pensado, tu acción hará de contrapeso a la ventaja de Rahoman, aunque a pesar de ello no baste para salvarlos.
-- Eso, como muy bien has dicho, ya no depende de nosotros.
-- Si. Bueno, es hora de partir. Quizá nos volvamos a enfrentar algún día –siseó la voz.
-- Tal vez. La eternidad es muy larga. Podríamos ser llamados a un mismo mundo.
-- Así es, pero no lo desees, hermano. No lo desees.

            Cuando volvió el silencio, esta vez fue para siempre.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Guerreros del Ocaso - Cap 07



CAPITULO 7

MUERTE EN VIDA.


-- Has debido pisar algún resorte –susurró Christine desde la oscuridad. Su voz levantaba apagados ecos.

-- No hay nada de luz –contestó Nicolás, también en voz baja-. Desde fuera parecía haber ventanas.

-- Quizá fuera en pisos superiores.

Sonó un apagado ruido de roce, y luego con un pequeño chasquido, un haz de luz iluminó el suelo.

-- ¡Funciona! –murmuró Nicolás-. Creí que después de la catarata se habría estropeado.

-- ¡La linterna!, por supuesto. Había olvidado que tenías algo así.

-- En realidad es lo único que no he perdido en el río.

La luz tembló un poco, y perdió algo de intensidad. Un instante después recuperó su brillo. Comprobaron que se encontraban en una amplia habitación, cuyo techo se alzaba a más de cuatro metros de altura. La sala era cuadrada, y completamente desprovista de todo, si se exceptuaban la puerta de entrada, y tres más, situadas en las respectivas paredes restantes. Todas menos la primera estaban abiertas, y hasta donde podía verse, tampoco las salas a las que daban paso tenían mobiliario alguno.

-- ¿Alguna idea? –preguntó Nicolás-. La piedra no dijo el camino que deberíamos seguir.

-- No lo sabía, de todos modos. ¿Qué tal si vamos por la derecha?

-- ¿Por qué no?

Pasaron a través de esta puerta y se encontraron otra habitación idéntica a la anterior, salvo dos detalles: que no tenía puerta al exterior, y que en una esquina había una escalera descendente, cuyo pasamanos brillaba con piedras preciosas incrustadas. Nicolás se dirigió allí, y Christine siguió la estela de luz.

-- Es increíble –murmuró el chico, acariciando una esmeralda tan grande como la uña de su pulgar-. Podríamos desengarzarlas y quedárnoslas.

-- No estamos aquí para eso –lo conminó severamente ella-. Hay cosas más importantes.

-- Si, tienes razón –convino Nicolás avergonzado. En ese momento, la luz de la linterna volvió a parpadear-. Maldita sea. Las pilas eran nuevas.

-- Pueden haberse desgastado con el agua, o con el calor –opinó Christine-. Mejor que nos demos prisa. No me gustaría perderme en esta oscuridad. En algún lugar debe haber una antorcha.

Siguieron avanzando hacia la derecha, atravesando muchas habitaciones. Comprobaron que todas estas eran iguales, salvo el detalle de las escaleras. Algunas bajaban, y otras ascendían. Por lo demás, tenían la impresión de pasar siempre por el mismo sitio. Casi sin darse cuenta llegaron a una sala en la cual ya no pudieron seguir avanzando hacia delante, y supusieron que habían llegado al final del palacio por ese lado. No podían menos que asombrarse del modo en que estaba construido aquello por dentro. Ni una mesa, ni una silla, ni un cuadro... nada que denotara que allí vivía alguien. Sólo puertas, escaleras, y salas llenas de ecos. Sin pensárselo mucho, tomaron la puerta que quedaba a la izquierda, y siguieron avanzando en la nueva dirección. De este modo, caminando sobre la pared lisa de la derecha, y tras efectuar otros dos giros a la izquierda, volvieron finalmente de nuevo a la sala que les había dado paso al palacio. Esta vez tomaron la puerta del frente, la que les llevaría al corazón de esa planta, y trataron de orientarse entre las habitaciones. Llegó un momento en que ya no sabían dónde se encontraban, ni si habían pasado dos veces por el mismo sitio. En cualquier caso era evidente que toda la primera planta estaba dispuesta de ese modo, como un simétrico tablero de ajedrez cuyas casillas fueran habitaciones.

Sólo que había muchas más de ocho en cada hilera.

La linterna parpadeaba más a cada momento, lo cual no contribuía a tranquilizar sus inquietudes. Se detuvieron a decidir el siguiente paso, que no podía ser más que arriba o abajo. Ambos deseaban subir. Podían quedarse a oscuras en cualquier momento, y arriba habría ventanas. Aún así, ninguno de los dos sugirió este camino. De algún modo sabían (temían) que su camino era hacia abajo, en dirección a los cimentos del palacio. En silencio, y con sus corazones latiendo deprisa, tomaron la primera escalera, acariciando con sus dedos el enjoyado pasamanos, descendiendo hacia una oscuridad que parecía incluso más compacta que la precedente.

El piso inferior se reveló muy similar al superior, con pocas diferencias. En realidad, la única distinción era el número de escaleras que encontraron en las habitaciones. Casi todas ellas subían al piso superior, mientras que apenas encontraron cuatro o cinco que llevaban aún más profundo en la tierra. Por otro lado, les pareció que el techo de esta nueva planta estaba más elevado, pero eso podía ser debido a una impresión errónea. Los ecos resonaban más apagados, como si el aire poseyera una cualidad más densa, y empezaban a sentirse asustados sin un motivo real. Notaban que algo marchaba mal. Estaba siendo todo demasiado fácil. A pesar de la peculiar disposición de aquella construcción, no se trataba de ningún laberinto. Por un sencillo sistema de eliminación acabarían encontrando el arma que había mencionado la piedra. ¿Dónde estaba la dificultad?. ¿Dónde habían fallado los ciento treinta anteriores?. Sentían sus bocas secas, como si aún estuvieran recibiendo el ardoroso sol del desierto. En realidad allá abajo la temperatura era bastante suave, e incluso dirían que se notaba cierta humedad. Esto unido al suave olor a moho que se percibía en el aire, hacía que pareciera que avanzaban por una cueva. Aún así, si hubieran podido preguntarse a sí mismos, posiblemente ambos hubieran preferido estar arriba, bajo la justicia de los soles, antes que en aquellas profundidades, sin saber qué les deparaba la siguiente esquina. Avanzaban en silencio, sin pronunciar palabra, apenas levantando ecos. Lo último que deseaban era alertar a cualquier tipo de criatura que pudiera vivir allí dentro.

Tras un rápido examen que reveló la ausencia de cualquier objeto allí, descendieron aún más. En la nueva planta si que encontraron diferencias. Por un lado, el techo se había lanzado a más de cinco metros de altura, y las salas eran sensiblemente mayores, de modo que los ecos nacían con demasiada facilidad al menor roce del calzado sobre el suelo, o el simple murmullo de la ropa. Por otro lado, y esto fue de agradecer, cada cuatro o cinco habitaciones había una antorcha encendida, de modo que pudieron prescindir de la linterna cuando ya apenas les iluminaba mortecinamente unos metros alrededor. A pesar de esto, no era nada tranquilizador ver aquellas antorchas encendidas, y prendidas en las paredes. Era evidente que alguien las había puesto allí, y que cada cierto tiempo aparecería para renovarlas. Decidieron extremar las precauciones. La última diferencia la pasaron por alto durante un buen rato, hasta que Nicolás hizo una señal a Christine indicándole que parara. Quedaron completamente inmóviles y en silencio. El chico le pidió que escuchara, aunque ella no lograba oír nada más que el eco de su corazón en los oídos. Nicolás pareció llegar a idéntico resultado, ya que sacudió la cabeza, pero en lugar de seguir avanzando, tendió la antorcha a Christine, y se inclinó sobre el suelo para pegar su oreja al frío y dorado material.

-- Escucha –susurró tan bajo como pudo.

La chica se agachó también, y pudo sentir un débil golpeteo, muy apagado, como si sonara a través de cientos de gruesos muros. Cuando se levantó, apenas podía oírlos, a pesar de saber que estaban ahí. Se encogió de hombros, y Nicolás le devolvió el gesto. No sabían qué era.

A la luz de la antorcha, visitaron aquella planta, en completo silencio, escuchando atentamente antes de entrar en cualquier habitación para evitar cualquier sorpresa inesperada. Aún así, su búsqueda en esta planta también se reveló infructuosa. Sólo habían encontrado tres escaleras que bajaran a la planta inferior, y aunque no habían tomado de momento ninguna de estas, a través de los huecos descendentes les llegaba un difuso resplandor, señal de que abajo debía estar mejor iluminado.

Cuando no les quedó otra habitación por visitar, bajaron finalmente, y a mitad de la escalera se detuvieron de pronto como si sus cuerpos se hubieran transformado en sólida piedra.

Aquella planta era distinta a las anteriores. Para empezar habían desaparecido todas las paredes, quedando sólo aquí y allá grandes columnas para sustentar todo el peso del palacio. De esta manera existía sólo una ciclópea habitación, cuyo techo se disparaba a más de diez metros de altura, y perfectamente iluminada por antorchas en todas las columnas.

Pero no fue esto lo sorprendente.

En aquel lugar estaba apilado el mayor tesoro que pudieran o hubieran podido imaginar en sus más locos sueños. Montañas de monedas de oro y plata se extendían en todas direcciones, gigantescos montones de joyas engarzadas de todos los tipos y tamaños, de piedras preciosas, de perlas blancas y negras, algunas tan grandes como puños de niño. En otros lugares habían amontonadas armas increíbles, espadas, hachas, mazas, cuyas empuñaduras laboriosamente talladas habían sido esculpidas en oro puro, con piedras engastadas. Junto a estas se veían sus vainas, fundas no menos ostentosas, ricas ropas con bordados en hilo de oro, letras en plata, y caros adornos. Podían distinguirse aquí y allá cuberterías talladas en metales preciosos, medallones, y una inacabable colección de estatuillas, ídolos y grandes imágenes cuyos ojos no dejaban de ser rubíes, o zafiros, o...

Desde su posición en aquella escalera que descendía, los chicos pudieron ver este paisaje hasta donde alcanzaba la vista en cualquiera de las cuatro direcciones en que mirasen. A través de esta rica geografía, había pequeños senderos transitables que llevaban a todos los lugares, a veces discurriendo por angostos desfiladeros cuyas paredes eran montañas de lujosos objetos que amenazaban desprendimientos.

Christine despertó de aquella maravillosa hipnosis, y cobró súbita consciencia del delicado lugar que ocupaban, sosteniendo una inútil antorcha, y a la vista de cualquiera que no estuviera oculto tras uno de aquellos montones. Dio un codazo en las costillas a Nicolás, y le indicó que bajase rápidamente. El chico debió ver al menos parte de esta angustia reflejada en su rostro, porque del suyo se borró de pronto la expresión de soñadora incredulidad, y se lanzó a esconderse en silencio detrás de una pila de joyas que no tendría menos de dos metros de altura. El camino que pasaba por allí rodeaba esta pila, dirigiéndose en dos direcciones distintas, sorteando acumulaciones de objetos, de modo que era imposible saber a donde llevaba si no era siguiéndolo. Christine se agachó junto a él, y apagó la antorcha pisándola. Luego la dejó a un lado.

-- Gracias a Dios aquí no se producen tantos ecos –murmuró Nicolás.

-- Si, pero apuesto el cuello a que hay oídos esperando escuchar cualquier ruido.

-- ¡Qué maravilla! –exclamó Nicolás, igualmente en voz baja, mientras dirigía su mano a coger un broche de plata con filos de oro que tenía una esmeralda en su centro.

-- ¡No! –dijo Christine más alto de lo que hubiera querido, deteniendo al chico en su intención. Apretó los dientes y continuó más bajo-. No estamos aquí por eso. ¿Crees que yo no tengo ese impulso?. Piensa. Piensa. La roca nos dijo que este palacio no había sido creado por nada bueno. Podría ser una trampa. Aún no hemos visto ningún peligro, y sigo preguntándome qué pudo hacer caer a tantos otros antes que nosotros. ¿Qué diablos crees que pudo ser tan inocente como para no levantar sospechas, y al mismo tiempo tan atrayente como para atraparlos a todos?

Nicolás apartó lentamente su mano de la pila de joyas. De pronto se sentía demasiado cerca de ella.

-- Estás loca –susurró a la chica, pero no creía en lo que estaba diciendo.

-- No podemos pensar con lógica si hay magia por medio –dijo ella, apremiante, con la cara reflejando el esfuerzo por hacerle comprender algo que ella tenía como claro. Tomó de su bolsillo, rápidamente, el tirachinas que milagrosamente no había perdido en el río. Era tan pequeño que entraba en su palma. Lo tapó con la otra mano, y luego cerró rápidamente ambos puños, como desafiando al chico a elegir en cual estaba escondido, mas no era esa su intención. Seguidamente abrió ambas manos, y el objeto había desaparecido.

-- Pero... –comenzó Nicolás, y ella le puso un dedo en los labios

-- Sólo quiero que comprendas –siguió diciendo-. Por favor confía en mi. Esa es magia falsa, una simple ilusión. Esta, sin embargo, la que nos rodea, es verdadera. No toques el oro, por favor, tengo un presentimiento.

Nicolás la miró largo rato, como si de pronto viera en la chica a alguien distinto a quien no conocía.

-- Me debes una historia –dijo finalmente.

-- Prometido –afirmó ella, sonriendo vagamente-, en cuanto salgamos de esta.

Cerró su puño derecho, y tras pasar la palma izquierda sobre este, lo abrió de nuevo, mostrando el tirachinas, que guardó sin más preámbulo y sin mirar a Nicolás, en su bolsillo.

Permanecieron en silencio durante un momento, tratando de escuchar cualquier sonido peculiar, intentando determinar hacia donde debían avanzar. De pronto al chico se le ocurrió algo terrible.

-- Christine –susurró.

Ella lo miró, y él abarcó con un gesto de su brazo un ángulo de más de ciento ochenta grados.

-- ¿Cómo es ese arma que buscamos? –preguntó-, ¿y dónde está?

Ella le devolvió una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.

-- No sé dónde está –le contestó-, pero estoy convencida de que la reconoceremos cuando la veamos.

-- ¿Qué te hace pensar eso?

-- Otro presentimiento –miró a un lado y otro-. Es curioso. Hasta hace unas horas yo era la analítica, la que buscaba explicación a todo, y tú el que aceptaba las cosas como eran. ¿Hemos cambiado los papeles, Nic?

Sin esperar contestación, comenzó a avanzar hacia la izquierda, ocultándose detrás de cualquier pila de objetos que pudiera protegerla de ojos escrutadores. Nicolás bufó con el ceño fruncido antes de seguirla.

Se movieron a través de los senderos, ocultándose cuanto podían, y mirando a su alrededor con ojos atentos. Christine avanzaba delante, como una auténtica exploradora, agachada, mirando tras cada esquina antes de avanzar, y haciendo señas a Nicolás cuando no había peligro. El chico, por su parte, miraba también a su alrededor. Se preguntaba cómo demonios iba a distinguir aquello cuando lo viera. No compartía la fe de Christine. Si se suponía que el objeto en cuestión iba a ejercer una influencia sobre él, cualquiera de los que le rodeaban podía ser el que buscaban. Mirara donde mirara, sus ojos se posaban en objetos de innegable belleza, aparte de su gran valor. Si se esforzaba podía ver un brillo especial en cada uno de ellos. La verdad es que no se veía capaz de distinguir el verdadero, si este se presentaba ante sus ojos, pero no dijo nada. Se limitó a seguir a la chica y a estar alerta a cualquier presencia extraña.

Poco a poco fueron avanzando en alguna dirección, aunque no estaban seguros de cual. Desde que habían bajado a ese nuevo nivel, no habían encontrado ninguna pared, aunque era evidente que debía haberlas, cuando menos, las que delimitaban la sala. Los caminos se entrecruzaban, giraban, y a veces volvían en la misma dirección. Otras veces llevaban a sitios por donde no se podía seguir adelante, salvo que decidieran saltar por encima de alguna pila de joyas, o escalar alguna montaña de monedas. En cualquiera de los casos, habrían acabado provocando desprendimientos, y revelando su posición a los guardias... si es que los había. A medida que avanzaban, fueron relajándose más y más, aunque la chica no dejó de extremar las precauciones. Era inconcebible que nadie estuviera guardando aquel tesoro, que nadie vigilara allí.

Sin embargo así fue, al menos hasta que llegaron al corazón de aquella planta.

Estaban perdidos hacía rato. Habían seguido caminos que los habían conducido a través de pilas de tesoros muy similares unas a otras, y habían girado tanto y tan parecido que tenían la impresión de caminar en círculos. Entonces llegaron a un lugar distinto de los demás. El paisaje era el mismo que hasta entonces, pero en aquel punto había una acumulación de pilares tal como no habían visto antes. Cuatro grandes columnas ascendían hasta el invisible techo, formando los vértices de un rectángulo de unos cinco metros de ancho, y aproximadamente el doble de largo. En cada uno de estos soportes había cuatro antorchas, no simplemente una, como hasta el momento, y en el interior del área que delimitaban, pudieron ver un sencillo montón de monedas de oro, bastante bajo en comparación a los otros que abundaban por aquella planta, y sobre el mismo, un boomerang dorado.

Ambos se sintieron inmediatamente atraídos por el objeto. Lo miraron durante largo rato, desde el punto donde se encontraban, aún fuera de aquel rectángulo. Algo en su forma... o en su color... algo en él les atrapó la atención. Christine no tuvo ninguna duda de que aquel era el arma de que la piedra les había hablado. Sentía el poder nacer de su interior. Se giró hacia el chico, y lo encontró serio, preocupado. Le dio un codazo en las costillas y luego le ofreció una sonrisa. Seguidamente se dirigió hacia allí.

Inesperadamente sintió como Nicolás la cogía del brazo, impidiéndole dar otro paso. Se volvió hacia el chico con furia, pero su expresión la hizo callar. Nic, con el ceño fruncido, le señalo algo que le había pasado desapercibido a la chica. La columna que tenían más cerca producía una extraña sombra en el suelo. “Una de tantas”, estuvo a punto de decir Christine, “maldita sea, todo este lugar está lleno de sombras extrañas”. Pero calló abruptamente, cuando aquella sombra se movió y cambió de lugar. Había alguien oculto allí, a apenas unos metros de ellos. Aún sujeta del brazo, sintió como la sangre le bajaba varios grados de temperatura en sus venas.

Se movieron sigilosamente hacia un lado. Querían saber cual era el aspecto de la criatura antes de pensar como actuar. Cuando la contemplaron, a través de un delgado hueco entre una pila de estatuillas y otra de joyas, hubieran preferido no verla. Aquel ser tenía aproximadamente un metro y medio de estatura, más bajo incluso que Nicolás, pero sus rasgos eran monstruosos. Sostenía con sus manos terminadas en garras la empuñadura de una espada. No podían verlo muy bien, ya que casi les daba la espalda, pero bastó para que percibieran sus orejas gruesas y puntiagudas, su frente abultada, como la de los hombres primitivos, y su boca, sin labios, en la que se percibían puntiagudos dientes. En cuanto a sus ojos, prefirieron no poder verlos.

Christine se llevó la mano a su boca para no emitir ningún sonido. Nicolás le apretó suavemente el hombro para calmarla, aunque él mismo estaba muy asustado. Cuando la chica se giró a él, ambos se agacharon en su escondite. Ella enarcó las cejas en un gesto bastante significativo. ¿Cómo iban a hacer para conseguir el arma?. Nicolás, tras pensarlo un momento, hizo ademán de darle en la cabeza con algo contundente. Ella negó con la cabeza, y volvió a encogerse de hombros. ¿Con qué?

El chico puso cara de fastidio, y miró a un lado y a otro. En la pila de estatuillas, que quedaba a su izquierda, encontró pronto un objeto que serviría; un cetro de oro macizo, de medio metro de largo más o menos, cuya cabeza había sido tallada con la forma de un águila. Alargó su mano para cogerlo.

Christine estuvo a punto de lanzar un grito cuando vio el gesto. Se contuvo, y en su lugar, intentó detener al chico en su acción. Un repentino pánico se había abierto paso en su mente, un conocimiento extraño, un presentimiento, el mismo que le había hecho anteriormente decirle a Nicolás que distinguirían el arma en cuanto la vieran. Tenía que detenerlo. Tenía que pararlo. No debía tocar aquel objeto de ninguna manera. Cogió el brazo del chico y tiró en su dirección.

Demasiado tarde. Nicolás había aferrado ya el mango del cetro, y siguió empuñándolo mientras a su alrededor comenzaba a sonar un silbido agudo, como si de todas las columnas presentes en la sala escapara vapor a una gran presión. Sonó un ruido delante de ellos, y Nicolás comprendió que aquella criatura se dirigía en su dirección. Sin pensarlo dos veces, reptó hasta quedar oculto tras otra montaña de joyas. El ruido se iba haciendo más fuerte por momentos. Christine no pudo reaccionar a tiempo, y permaneció allí cuando aquella cara horrenda se fijó en ella. Le vio los ojos, y no pudo evitar comenzar a temblar. Bajo las cejas lampiñas sólo había dos profundos agujeros, en el fondo de los cuales brillaban pequeñas ascuas rojas. Su voz, cuando habló, tenía un tono parecido al de la roca: ronco, como el de un animal salvaje. De algún modo, logró escucharlo a pesar del pitido que le destrozaba los tímpanos. Aquel ser no parecía percibirlo.

-- Otro mocoso –exclamó, casi con alegría-. ¿Quién me iba a decir a mí que sería yo el afortunado?. Y además una dama. Esto sí que es especial. Me felicitarán cuando les muestre tu cabeza. Ya hacía mucho tiempo desde el último.

Christine cayó sentada en el suelo, cuando trató de retroceder. Se empujó con los pies hacia atrás, mientras buscaba frenéticamente el tirachinas en su bolsillo. La criatura no tardó un instante en desenvainar su espada, y saltó por el punto más bajo de la pila de tesoros. En un segundo estaba apenas a dos metros de la chica, que seguía temblando, y retrocediendo. Por fin logró sacar aquello de su bolsillo, pero era consciente de que no lograría extraer un proyectil a tiempo. A pesar de ello, llevó la mano a su cuello, y arrancó la bolsita, partiendo el delgado cordón de cuero. Sus manos temblaban incontrolables mientras se esforzaba por abrirla todo lo rápido que podía. Si al menos cesase el ruido, ese infernal ruido.

La criatura dio unos pasos en su dirección. Ahora se alzaba delante de ella. Si su boca hubiera sido más expresiva podría haberse dicho que sonreía. Alzó la espada lentamente hasta dejar la punta a medio metro de la cabeza de la chica. Esta seguía empujándose con los pies, cuando de pronto sintió que su espalda chocaba con algo duro, y un pequeño alud de monedas calló sobre ella, haciendo que sus dedos resbalaran cuando había logrado asir el nudo. Maldijo en voz alta, y levantó la vista para clavarla sobre la criatura. Entonces vio algo que recordaría durante mucho tiempo. Cuando el ser levantaba la espada para asestar el golpe que separaría su cabeza de su cuerpo, a su espalda, alguien saltó igualmente sobre la pila de joyas, empuñando una espada resplandeciente, y bramando de furia incluso por encima del agudo silbido. Christine apenas reconoció a Nicolás en aquel personaje que casi atravesó al monstruo de una estocada. Por desgracia, su grito lo había prevenido, y este se dio la vuelta para recibir a su oponente. Cuando los ojos de la chica se fijaron en el combate, olvidó completamente el tirachinas, y también el saquito que seguía sosteniendo en sus manos, y que contenía aquellos proyectiles con los que jamás erraba el tiro. Delante de ella se estaba sucediendo una serie de embates y defensas de los que jamás hubiera considerado capaz al niño. Manejaba aquella arma como si lo hubiera hecho desde su cuna, parando ataques, amagando, y lanzando después furiosas réplicas que hacían retroceder continuamente a su contrincante. En pocos segundos, que parecieron largos minutos, lo acorraló entre dos pilas de tesoros y no perdió tiempo de atravesarle el corazón con el arma. De la herida brotó sangre tan oscura que parecía negra.

Se volvió a la chica, y la ayudó a levantarse del suelo.

-- Tenías razón –exclamó para que ella pudiera escucharla-. El tesoro debe tener alguna trampa. Mejor que cojamos ese arma, y salgamos de aquí corriendo.

Ella asintió, aún atónita. Saltó hacia el rectángulo y voló hasta la pila que sostenía aquel objeto. A pesar de las prisas, no pudo evitar detenerse unos segundos, y disfrutar del momento en que sus dedos sostuvieron el peso del boomerang. Un leve cosquilleo se extendió a lo largo y ancho de todo su cuerpo, poniéndole la carne de gallina. Su corazón se aceleró a ritmos que no había conocido hasta entonces, como un caballo salvaje que pretendiera escapar por su garganta... mas la sensación no tenía nada de desagradable. Al contrario, se sentía poderosa, capaz de aplastar al mundo con su puño si lo deseaba. No albergó ninguna duda de que aquel objeto era el que buscaban.

La sensación desapareció tan rápido como había llegado, dejándola vacía, y haciéndole tomar repentina consciencia de que estaban en grave peligro, y que aquella alarma, si es que era eso, seguía sonando. Miró a su alrededor, y vio a un par de metros un montón de ricos ropajes amontonados. Allí había algo parecido a unas alforjas, o un bolso de viaje, ricamente adornado con hilos de oro y plata. Ya daba igual lo que tocaran, de modo que arrancó aquello de su emplazamiento, e introdujo el arma en su interior. Seguidamente se pasó las correas por el cuello asegurándose de que no se soltaran.

-- ¿Por dónde? –gritó al chico, que parecía absorto en la contemplación de aquella espada teñida de sangre. Ella se acercó, y le apretó el hombro con gesto firme-. Me has salvado la vida de nuevo, Nic. Eso, fuera lo que fuera, no era humano. No dejes que te remuerda la conciencia.

Él asintió levemente. Christine había dado en el clavo. Pasado el primer furor que lo había inundado, se había dado cuenta de que había matado. En su mente las letras de la palabra aparecieron en mayúsculas. Él, Nicolás, había MATADO, por primera vez en su vida, a algo más grande que una cucaracha. Trató de desprenderse de los pensamientos tumultuosos que comenzaban a inundarlo y se centró en la sirena, que seguía sonando. Tendría que matar de nuevo si no escapaban de allí. Asintió de nuevo, con más fuerza esta vez, ante las palabras de la chica, y comenzó a correr en una dirección cualquiera. De momento ignoró aquel fuego ardoroso que se había extendido por su brazo cuando soltó el pesado cetro y empuñó aquella espada que casi era invisible entre todo el oro que la rodeaba. Ya tendría tiempo más tarde, si sobrevivía, de pensar que por unos momentos había sido otra persona, había luchado como un guerrero... y no lograba comprender cómo había sucedido.

Christine corría detrás del chico, sin saber muy bien a donde se dirigía. Posiblemente tampoco él lo sabía. Buscaban algo, algún medio de seguir bajando. La salida de ese mundo no podía estar hacia arriba. El arma había estado abajo, y más abajo aún, habían escuchado aquel golpeteo apagado. Ahora era imposible escuchar nada. Ni tan siquiera cuando los pesados objetos de oro caían al suelo si atajaban saltando sobre alguna pila de tesoros poco elevada. Buscaban una escalera. Una escalera que los llevase hacia abajo, hacia el golpeteo, posiblemente hacia el peligro, pero también hacia Ghuldra.

Finalmente, encontraron lo que buscaban, aunque no fue sino por casualidad. La escalera que encontraron no era una de esas ostentosas que habían utilizado anteriormente, con gran pasamanos lleno de piedras preciosas. En lugar de esto, una sencilla trampilla, abierta, en la cual estuvieron a punto de caer ambos, daba paso a un túnel vertical. Una de sus paredes tenía peldaños de metal anclados a ella. Nicolás sujetó la empuñadura de la espada con su cinturón, y se disponía a bajar cuando la sirena cesó bruscamente, dejando en sus oídos un persistente pitido. Al mismo tiempo comenzaron a escuchar voces provenientes del agujero. A todas vistas, un nutrido grupo se disponía a subir por el mismo camino que ellos pensaban emplear.

El chico estuvo a punto de maldecir. Sólo se detuvo ante la posibilidad de empeorar las cosas. Christine miraba a su alrededor desesperada, mientras terminaba de desatar el fuerte nudo de la bolsita. Vació las tres bolas de metal que contenía en su mano, y arrojó el saquito tras un montón de monedas. Cogió al chico del brazo, arrastrándolo en silencio hacia el refugio de una pila de lingotes de oro, dispuestos como una pequeña pirámide de un metro y medio de altura. Se agacharon, y miraron con ansiedad a través de los agujeros que quedaban abiertos entre los bloques.

En menos de un minuto, las voces se habían hecho más fuertes, y aproximadamente unas veinte criaturas como la que Nicolás había vencido poco antes surgieron por la abertura, agrupándose a cuatro metros del lugar donde ellos estaban escondidos. Aunque todos gritaban, uno de ellos parecía ser el jefe, e impartía confusas órdenes a unos y otros. El lenguaje que estaba utilizando era el propio de los chicos, y el mismo que el otro monstruo había utilizado para hablar a Christine, pero apenas fueron capaces de entender alguna palabra suelta, tal era la velocidad y la confusión de las frases que surgían por su boca. Los demás si debieron entenderlo, porque se fueron desmembrando en grupos de tres o cuatro, distribuyéndose por la sala. Uno de estos grupos pasó junto la pila de lingotes, tan cerca de ellos que si uno sólo de sus miembros hubiera desviado la cabeza, los hubiera visto allí agachados. Por suerte, ninguno esperaría que estuvieran ocultos tan cerca de la trampilla. Los últimos en alejarse eran dirigidos directamente por el jefe y se encaminaron hacia el lugar donde había estado el arma (eso pensaban), no sin que este dejase antes un pequeño grupo de protección compuesto por dos de ellos para guardar la entrada.

Aunque sus corazones no disminuyeron su acelerado ritmo, al menos se permitieron respirar algo más relajados cuando quedaron solos con los dos guardias. A través de los agujeros pudieron ver como estos no separaban sus manos de las empuñaduras de sus espadas. Sin embargo, no parecían tomarse la vigilancia demasiado en serio. De ningún modo parecían contemplar la posibilidad de que los infiltrados hubieran llegado tan lejos. Charlaban en voz muy baja, tranquilamente, mientras echaban frecuentes miradas por encima del hombro. A diferencia de la criatura que habían matado poco antes, estos estaban ataviados con armaduras y yelmo. Seguramente se habían vestido así después de comenzar a sonar la alarma, y antes de salir en su búsqueda.

Christine acercó sus labios al oído de Nicolás, y habló tan bajo como pudo.

-- ¿Puedes encargarte de uno?

El chico asintió, pero le indicó con gestos que esperasen hasta que estuvieran de espaldas, cosa que ocurría con relativa frecuencia. Una apagada voz en su interior le indicó que se disponía a atacar a un ser vivo por la espalda, sin darle ninguna oportunidad, pero recordó la cifra que había mencionado la piedra (ciento treinta y uno), y ahogó sin piedad este asomo de remordimiento. Podía apostar el cuello a que ellos no habían dado muchas posibilidades a sus víctimas a lo largo de todos esos años, posiblemente siglos. Recordó también un momento mucho más cercano, cuando aquella criatura se disponía a cortar la cabeza a Christine, indefensa en el suelo. Se preguntó cuantas otras Christine habían existido anteriormente que no habían sido auxiliadas en el último momento. Apretó los dientes, al tiempo que su puño apretaba la empuñadura del arma. Apenas fue consciente de que aquel poderoso guerrero volvía a controlar su cuerpo, llenándolo de furiosa adrenalina. El Nicolás de trece años, el niño, nunca había estado más lejos que entonces.

Los dos guardias miraron un momento al lugar donde ellos se agazapaban, y Christine temió que los hubiera delatado algún ruido. Luego se volvieron de espalda, comenzando a alejarse unos pasos. La chica soltó el aire que había mantenido en sus pulmones, y dirigiendo una rápida mirada de complicidad a Nicolás, se levantó, empuñando aquel diminuto tirachinas que incluso podía esconderse en su mano. Aquel que Nicolás había llamado juguete no hacía tanto tiempo. Lo sujetó firmemente con la mano izquierda, mientras tensaba la cazoleta con la derecha, fuerte, hasta que la goma no dio más de sí; lo había hecho cientos de veces. Conocía aquel arma, y también aquella munición. Le dio tiempo a sonreír, imaginando lo que pensaría el chico cuando viera lo que podía hacer aquel “juguete”. Entonces soltó el elástico, y casi en el mismo momento en que lo hacía, un agujero sangrante apareció en la parte posterior del cuello de una de las criaturas, en la base del cráneo, donde su yelmo no protegía. Sin un solo ruido, se desplomó en el suelo. El segundo de los guardias miró antes allí que a su espalda, y cuando aún se preguntaba qué era lo que le había pasado a su compañero, la hoja de Nicolás abrió un amplio tajo en su cuello, no lo suficientemente grande para separar la cabeza, pero si bastante para seccionar la tráquea y las venas que pasaban por allí. Calló al suelo, sobre el otro cuerpo, gorgoteando y sujetándose la herida con ambas manos, como si de ese modo pudiera detener el fluyo de la sangre. En pocos segundos quedó igualmente inmóvil.

Christine alcanzó a Nicolás y le dio una palmada en la espalda. Luego se acercó a la trampilla y se arrodilló para mirar dentro.

-- Creo que necesitaremos otra antorcha –afirmó en voz baja-. No se ve luz allá abajo

El chico asintió, y cogió una de las que había cerca. Seguidamente regresó y se la pasó a Christine, que ya estaba con medio cuerpo dentro del agujero. Pensó que no era correcto que bajase ella primero, pero no pudo decírselo. Tan pronto como sostuvo la antorcha empezó a descender hacia la oscuridad, y en cuanto Nicolás gozó del espacio suficiente, la siguió.

El hueco se prolongaba durante más de veinte metros. Finalmente se abrió a una gruta, o quizá una mina. A pesar del pitido que seguía persistiendo en sus oídos dañados, ahora también pudieron escuchar mucho más claro aquel sonido de golpeteo, como martillazos, que habían percibido anteriormente.

A la vacilante luz de la antorcha pudieron ver que la gruta era muy grande, y que de ella partía un pasillo cavado en la roca. Siguiendo este, llegaron muy pronto a una habitación iluminada por tres antorchas, donde pudieron ver una mesa, muchas sillas alrededor, y un armario, abierto y vacío. Había dos puertas, una justo delante, cerrada, y otra a la derecha, entreabierta. La empujaron, y quedó a su vista una nueva sala, muy grande, llena de camastros de paja. Christine debió hacer esfuerzos para resistir la tentación de prender fuego a aquel polvorín. Quizá hubieran de utilizar ese camino de vuelta. Aquella habitación no tenía otra salida, así que volvieron a la primera y probaron el picaporte de la otra puerta. No estaba cerrada con llave, y tras esta, el pasillo continuaba. Los martillazos eran mucho más audibles aquí.

El nuevo pasillo desembocó en un barranco, parcialmente iluminado. Un poco a la derecha, había un puente de cuerda que cruzaba el abismo, muy cerca del techo. Al otro lado pudieron utilizar una escalera de caracol, tallada y excavada en el corazón de la piedra, que los hizo descender hasta la base de aquella gigantesca sala. Desde allí pudieron ver la fuente de la débil luz; un par de antorchas dispuestas a ambos lados de la entrada a un nuevo túnel.

Hacia allí se encaminaron, sintiendo que poco a poco se acercaban a aquel pasadizo del que les había hablado la piedra. Aún no sabían que podía ser aquel misterioso ruido. Rezaban porque no hubieran de luchar con cada ser que empuñara un martillo. Sonaban demasiados. El ruido se fue haciendo más fuerte, hasta que llegaron a una inmensa sala iluminada en muchos puntos. El ruido provenía de allí. Optaron por la prudencia, y apagaron la antorcha, antes de que pudiera llamar la atención de alguien.

Quedaron sumidos en la penumbra, y se fueron acercando sigilosamente a la fuente lo los martillazos. De tanto en tanto sonaba algún otro ruido, distinto del monótono golpear; el chasquido de un látigo, un gemido como respuesta. En unos momentos se hicieron cargo de la situación. Al fondo de la sala, y armados con pesados martillos y largos cinceles de hierro, un numeroso grupo de cuerpos, encadenados unos a otros, horadaba lentamente la pared. Otro grupo más pequeño reunía los escombros, y los cargaba en carritos de madera que un tercer grupo se encargaba de llevarse por una gruta secundaria. Nicolás notó como le hervía la sangre ante aquella injusticia, y se aprestó para el combate. No tardó en localizar la fuente de los latigazos. A primera vista no había más que un guardia, y hacia él se encaminó el chico, antes de que Christine pudiera detenerlo, blandiendo la hoja, manchada de sangre ya dos veces. El capataz, otra de esas repulsivas criaturas, lo vio llegar y tardó un segundo en reaccionar. Seguidamente soltó su látigo y empuñó su propia espada curva, mientras daba gritos a la oscuridad en una lengua desconocida. Los gritos no duraron mucho rato. Evidentemente era más diestro con el látigo que con la espada. Nicolás, nuevamente en su inexplicable papel de diestro guerrero, no tardó en poner fin a su vida. Christine se acercó a él, con el tirachinas preparado entre sus manos, alerta a cualquier movimiento sospechoso. En la sala se había hecho un repentino silencio. Muchos ojos los miraban con curiosidad, pero ninguna alegría.

Nicolás miró a un lado y a otro. No esperaba que le dieran las gracias, ni que estallasen en vítores, pero lo que desde luego no había esperado era aquellas miradas vacías, como si se tratara de estúpidos animales, y no de personas.

Sonaron unos apresurados pasos, y del pasadizo donde habían estado llevando los carritos cargados de piedras, llegó una segunda criatura, armada con una espada. Christine tensó su arma y disparó desde más de quince metros de distancia, forzando al máximo la flexibilidad de la banda de goma. Ninguno de estos dos guardias había tenido armadura metálica puesta, y este, que ahora asomaba por la puerta soltó la espada para sujetarse el pecho. Sus ojos ardían con ese mortecino brillo rojo. Dio unos cuantos pasos en su dirección, se tambaleó, pero siguió avanzando. Nicolás se acercó para rematarlo, y luego se volvió a la congregación de mudos esclavos. Se dio cuenta de que en su mayoría eran niños o jóvenes, aunque también los había adultos, y unos cuantos de avanzada edad.

El silencio fue el único soberano durante un largo minuto. Nicolás acabó perdiendo la paciencia. Se dirigió al primero de la larga fila que había estado golpeando la pared de roca.

-- No se qué demonios os pasa –exclamó-, pero si queréis ser libres, poned vuestras cadenas sobre alguna piedra para que pueda cortarlas.

Todos guardaron silencio, y muchos bajaron la mirada al suelo, pero ninguno de ellos hizo otro movimiento, salvo aquel al cual se dirigía el chico. Este lo miró con ojos vacíos de todo.

-- Pierdes el tiempo –dijo con una voz pastosa que les recordó las suyas propias cuando habían estado tiempo sin beber agua-. No podéis hacer nada por nosotros.

-- Tenemos un poco de prisa -intervino Christine acercándose también a aquel hombre. Debería tener unos treinta años, y su cuerpo estaba sudoroso y flaco-. Por favor, tiende tus cadenas para que podamos liberarte.

El hombre no hizo tampoco ahora el menor gesto.

-- ¿Y luego? –preguntó cansado.

Nicolás y Christine se miraron mudos de asombro. No entendían una palabra de lo que estaba ocurriendo. Exceptuando las palabras de ese hombre, y las frases que ambos pronunciaban, podrían haber estado solos en la gruta, tal era el silencio que allí imperaba. Nadie movía un solo músculo, y por lo tanto ninguna cadena tintineaba. Un escalofrío recorrió la espalda de la chica, haciéndola estremecer. Repentinamente recordó aquella vez que había estado en el museo de cera, siendo muy pequeña. Ella no quería entrar en la sala del terror, pero sus padres tenían ganas de verla. Allí dentro hacía frío, y todo estaba en silencio, pero mirara a donde mirara veía monstruos, espectros, escenas terribles. Parecían moverse en la periferia de su visión, mas cuando dirigía sus ojos asustados a ellos, estaban mortalmente quietos, como si esperaran el momento idóneo para atacarla. En la gruta era algo parecido, como si aún estuviera en aquel museo de cera, y las esculturas hubieran cobrado vida, pero a pesar de ello no quisieran moverse.

-- ¡Pues luego nos iremos! –estalló Nicolás, ¿o es que os preferís quedar aquí?. Hay un túnel en algún lugar por aquí que lleva a otro mundo.

-- Sólo los vivos pueden viajar a su través –dijo el hombre, bajando sus ojos.

Los chicos sintieron como se congelaba la sangre en sus venas.

-- ¿Qué estás diciendo? –murmuró Christine.

Él inspiró aire, y la miró fijamente a los ojos. La chica retrocedió un paso. Había visto sus miradas apagadas, pero ahora se dio cuenta de qué era lo que faltaba. No había brillo, no había color, no había nada. Sus ojos eran negros pozos que descendían hasta tierras heladas de terror y muerte. Muerte.

Aquel hombre estaba muerto, y por alguna razón, seguía moviéndose.

-- La vida huyó de nuestros cuerpos hace mucho tiempo –continuó el hombre con voz casi inaudible-. No tenemos almas, no tenemos ilusión. La magia anima nuestros cuerpos para que podamos seguir trabajando aquí, eternamente, sin esperar jamás descanso. Es el castigo con el que nos obsequió Rahoman.

-- ¿Vosotros...? –comenzó Nicolás, pero hubo de tragar saliva antes de seguir-, ¿vosotros sois los que intentaron recuperar el arma de este mundo antes que nosotros?

Nadie dijo nada.

Hubo unos momentos de silencio, y de pronto, todos aquellas esculturas vivientes se empezaron a mover al mismo tiempo. Lentamente, giraron sus cabezas de modos extraños, como si escucharan algo, y poco a poco, comenzaron a volver al trabajo. En breves instantes el ruido de martillazos los rodeó otra vez. El único que no trabajaba era el hombre con el que habían estado hablando. Sin embargo, ya había empuñado el martillo y el cincel.

-- Vuelven –dijo sencillamente.

-- ¿Cómo lo sábeis? –preguntó la chica.

-- Se aprende a percibirlos –se giró, y se disponía a retomar su trabajo, aunque esperó un momento y añadió algo antes-. Rahoman es el hacedor de esto. Él posee nuestras almas. Su muerte nos dará descanso.

Sin otra palabra, sus golpes se unieron a todos los de sus compañeros. Parecían zombies, vacíos de voluntad propia. Seguían con su trabajo, pasando incluso sobre los cadáveres de los dos guardias que habían muerto. Lo único que percibieron de emoción humana, y no estuvieron seguros de que fuera real, era la saña con que pisaban los cuerpos cuando pasaban sobre ellos. Si esa animosidad nacía de su interior, no se reflejaba en la expresión de sus rostros.

Unos gritos rompieron sus cavilaciones. Muchos pasos sonaban por el pasillo que los había traído hasta allí, avanzando deprisa hacia ellos. Se giraron, y comenzaron a correr hacia delante por la gruta. No había más que una salida, así que cogieron una de las antorchas sujetas a la pared y tomaron aquel pasadizo por el cual los que acarreaban los carritos iban y venían. Encontraron a algunos, y los vieron arrojar las rocas a través de un agujero abierto en la pared, escuchándose después apagados ecos de chapoteos muy abajo. El pasadizo siguió adelante durante casi un kilómetro más allá del lugar donde habían encontrado a los esclavos, curvándose a un lado y otro, pero sin ninguna bifurcación, lo cual fue de agradecer, ya que no hubiera sabido por donde avanzar. Los ruidos de pisadas sonaban más cerca, pero con los ecos de la gruta era imposible saber a qué distancia.

Repentinamente, al girar a la derecha, se encontraron con la entrada a un túnel de luz azul cuyas paredes, hechas de una espesa bruma, giraban sin cesar, como un gigantesco vórtice que quisiera absorberlos.

Dejaron caer la antorcha al suelo. No era necesaria, ya que aquella mágica luz azul les iluminaba los rasgos. Se miraron a los ojos durante unos momentos, y se sonrieron. Aquel era el camino que habían estado buscando. Tenían el arma, y estaban a un paso de Ghuldra. Nadie los detendría ya, a pesar de que los pasos sonaban inminentemente cerca. Nicolás se sujetó la espada de nuevo en su cinturón, y dio un paso hacia delante. Christine lo detuvo suavemente, tomándolo del brazo.

-- ¿Te importaría que entráramos cogidos de la mano? –el chico la miró, ampliando su sonrisa, y ella se apresuró a añadir-. Sólo por si hubiera alguna posibilidad de perderse por el camino.

-- Por supuesto –dijo él, y le apretó con firmeza la mano. Notó que temblaba un poco, y que estaba muy fría.

Ella asintió con la cabeza, y dieron un paso hacia delante, los dos a la vez. Sus pies se posaron en aquella neblina, y de pronto, se sintieron impulsados hacia delante. Un viento poderoso nació de algún lado, y fueron tragados por el remolino. Los gritos que habían sonado a sus espaldas de pronto se hicieron muy lejanos y desaparecieron. Sabían que iban hacia delante, pero en aquel universo de luz, los conceptos de arriba o abajo, izquierda o derecha, no tenían ningún sentido. Lo único que sus cuerpos sentían era como si hubieran saltado desde un avión sin paracaídas, el vértigo aferrado a sus estómagos, la velocidad de descenso, todo contribuía a imbuirles un miedo terrible a lo desconocido. ¿Y si estaban realmente cayendo?, ¿y si su primer contacto con Ghuldra era un terrible golpe a más de doscientos kilómetros por hora contra el suelo?. Lentamente, todo se fue confundiendo. La luz se apagó, y todas estas emociones se fueron haciendo más y más difusas, como si únicamente formaran parte de un enrevesado sueño. Ya no importaba nada, y nada quedaba. Sólo la sensación de sus manos unidas, ese vínculo que los hacía un solo viajero a través de las estrellas, los mundos... Ese contacto de sus manos fue lo último que recordaron cuando finalmente fueron tragados por la nada.



Creative Commons License
Guerreros del Ocaso is licensed under a
Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
-------

Guerreros del Ocaso - Cap 06



CAPITULO 6

EL DESIERTO ETERNO.


Cuando Nicolás abrió los ojos, la luz penetró a través de ellos, como una lanza blanca que le perforase el cerebro. No sabía nada, ni donde estaba, ni quien era, ni qué hacía allí, ni cuanto hacía que estaba tendido en el suelo, con medio cuerpo dentro del agua fría. Ignoraba cualquier cosa que no fuera el terrible dolor de su cabeza.

Desde el mismo momento en que había recuperado la consciencia, el dolor había estado allí. No necesitó hacer ningún épico esfuerzo por sacar su cuerpo del agua. Sabía de antemano que no lo lograría. El interior de su cráneo era como una cueva en la cual ecos desconocidos susurrasen palabras incomprensibles para él, cosas sin sentido... risas... algún llanto. Con los ojos cerrados trató de recordar su nombre. ¡Oh, diablos!, qué importaba. No podía. No podía. Dolía mucho. En sus labios tenía un sabor conocido. Metálico. ¿Sangre?. Una aguja conocida apareció en el desordenado pajar de sus pensamientos. Por supuesto. El desierto le había hecho sangrar los labios. ¿Pero cuándo...?. Oh, Dios, no era posible. Eso había sido algún tiempo atrás. Entonces...

Lentamente, como una vela a la que se agota la cera, volvió a caer en la inconsciencia.


Tiempo más tarde, el interruptor de su mente se encendió de nuevo, mas las piezas seguían rozando allí dentro. Nicolás abrió los ojos, y la luz había disminuido un poco, o quizá alguna sombra lo estaba cobijando. A pesar de ello el dolor no había desaparecido. Notaba un pulsar constante en sus sienes, como si algún grupo de forzudos le estuviera poco a poco aplastando la cabeza, coordinando esfuerzos... ¡Ahora!, ¡ahora!, ¡ahora!.

Y ese ruido... Ese endiablado ruido. ¿De donde salía?. Hizo un esfuerzo por girarse para mirar. Lo consiguió, pero a un precio demasiado alto. Tenía que ocurrir, y ocurrió. Los forzudos lograron su propósito. ¡Ahora!, y en ese momento, su cráneo estalló en dolor. Se dio cuenta, al tiempo que volvía a perder el conocimiento, que el ruido procedía de una cascada. ¡Claro, la catarata!.


La tercera vez que surgió de la oscuridad, sólo encontró más oscuridad a su alrededor. Había un leve resplandor, pero la débil fuente de luz debía estar escondida. Una de las primeras cosas de las que se dio cuenta fue el terrible frío que hacía en aquel lugar. Su cuerpo estaba sumergido hasta la cintura en agua, y recordó que era la segunda vez que pensaba en ello. Alargó sus manos hacia delante para poder salir de allí. Le llevó un gran esfuerzo, pero pacientemente, logró su propósito.

Entonces trató de recordar. El ruido seguía sonando, y logró identificar la catarata. De algún modo, sabía que ella había tenido algo que ver. Debía haber caído desde allí arriba. Eso explicaría por qué estaba casi sumergido en el agua. Lo último que lograba recordar era la balsa. La balsa surcando el río. Surcándolo demasiado deprisa. Ese había sido el fallo. No deberían haber acelerado tanto. ¿Pero qué...?. ¡Qué tonterías estaba pensando!. Las balsas no se aceleran.

Sus manos tocaron una superficie rocosa, y con los ojos cerrados, se alzó para descansar allí su espalda. Este esfuerzo revolvió su estómago, y vomitó a un lado lo poco que tenía. Debía haber tragado mucha agua, pero ya no se encontraba allí. Los esfuerzos producidos por las arcadas despertaron de nuevo el dolor de sus sienes. “Malditos forzudos de circo”, pensó, pero no supo de donde le había llegado esta idea. Se llevó la mano al cráneo para sujetárselo en su sitio, y notó un punto especialmente magullado. Seguramente había recibido algún fuerte golpe allí, porque no solo era la fuente de gran parte del dolor que le mareaba, sino que notaba una pronunciada inflamación, que al ser tocada parecía clavar un puñal a través del hueso. Al menos, suponía que no estaba roto. En algún lado había oído que las fracturas de cráneo eran mortales. Y si no tenía el hueso roto, razonó, entonces no tenía nada.

Pero ese nada dolía como un condenado.

Se tocó los bolsillos para ver si había perdido algo y comprobó que así era: desde su navaja con empuñadura de madera, regalo de su abuelo, hasta los trozos de pan que le quedaban. Sólo conservaba la linterna de bolsillo, que en ese momento parecía una auténtica cantimplora.

Ese pensamiento le recordó otra cosa. “Cantimplora”... y el pan. El no tenía pan en sus bolsillos cuando había caído por la cascada. No lo tenía porque... porque Christine y él lo habían comido a lo largo del viaje por el desierto.

El pensamiento estalló dentro de él como una bomba. ¡Christine!. Miró a ambos lados, y el movimiento lo obligó a sujetarse la cabeza con sus manos para evitar que se desmontara en dolorosos latidos. El sol de la noche debía estar en algún lado, posiblemente tras la pared rocosa por la cual seguía fluyendo el agua de la cascada. Esta ausencia de luz apenas le permitió ver un reducido círculo a su alrededor; algunos metros de la orilla del lago natural, piedras y más piedras. Algunas cosas parecían flotar en el agua, sin poderse distinguir sus formas. Hizo caso omiso de su dolor, levantándose para introducirse en el agua. En aquel lugar no había mucha profundidad, y pudo llegar hasta alguno de estos objetos. No eran más que troncos. Sólo eso. Debían habían formado parte de la balsa, pero había muy pocos allí. ¿Dónde estaba el resto de la balsa?... ¿y dónde estaba Christine?.

Salió del agua para dejarse caer de nuevo en la arena, boqueando en busca de oxígeno. Necesitaba descansar un momento. La imagen que le proporcionaban sus ojos aparecía desenfocada, y no paraba de dar vueltas.

-- ¡Christine! –gritó tras llenar de aire sus pulmones.

Los ecos rebotaron de roca a roca, sin tener respuesta. Nicolás repitió esta llamada dos veces más con idénticos resultados. Si esperar más, se incorporó de nuevo, haciendo esfuerzos por ignorar el mareo que hacía oscilar el suelo bajo sus pies. Tenía que encontrarla.

Miró a lo lejos. No se había equivocado antes al suponer que el sol de la noche se hallaba tras aquella maldita cascada. A cierta distancia, el río seguía fluyendo mansamente desde el lago que se formaba con el agua que caía en torrente. Allí la luz iluminaba con la tonalidad mortecina que ya conocía bien. Sin embargo, el lago seguía estando en penumbras. Trató de forzar la vista. Allí flotaban muchos objetos pequeños, pero ninguno de estos le interesaba. El lago, sin ser inmenso, tenía unos veinticinco o treinta metros de anchura en aquel punto. Suficiente para no poder distinguir el tamaño de los bultos que flotaban en la otra orilla... y también suficiente para no poder llegar nadando hasta allí en su estado. La catarata tronaba a su izquierda, produciendo nubes de agua vaporizada. El río fluía a su derecha. Comenzó a caminar en esta segunda dirección, arrastrando los pies por las arenas. En pocos minutos, el cauce era lo suficientemente estrecho y tranquilo para cruzarlo a nado con unas cuantas brazadas. Nicolás así lo hizo, regresando acto seguido al lago por la otra orilla para repetir su examen con idéntico resultado. Christine no era ninguno de los objetos que flotaban en el agua, y a pesar de no haberla encontrado, esto le trajo al chico cierta esperanza. Si hubiera estado allí, sin duda habría sido muerta. Trató de aferrarse a esta posibilidad, aún sabiendo que su cuerpo podía haber sido arrastrado por la corriente, o que podía haberse hundido en el lago. Era más que posible que la chica estuviese muerta. ¡Por Dios!, ¿cuánta altura tenía aquella caída?. A su pesar, las lágrimas asomaban a sus ojos.

-- ¡No está muerta! –exclamó a las montañas.

Sin embargo no estaba allí, esa era la única certeza verdadera en aquel momento.

-- ¡No está muerta! –volvió a gritar, y se limpió los surcos de sus lágrimas con un furioso gesto, al tiempo que se lanzaba a caminar a todo el paso que podía en su precaria situación.

Se aferró al hecho de que su cuerpo no había aparecido. No quería pensar lo que haría si lo encontraba, si la veía flotando en el agua y cuando se acercaba a ella no estaba viva. Ella había sido su fuerza; la maldita y gruñona Christine. Ella le había salvado la vida, y lo había conducido hasta aquel río, donde quizá había muerto... por su culpa. Tendría que haberse dado cuenta mucho antes de que la velocidad podría impedirles acercar la balsa a la orilla. Si la llegaba a encontrar muerta...

Alejó todos estos pensamientos. Lo meditaría a su debido tiempo, pero por lo pronto, no la había visto. Se negó rotundamente a hacer cualquier suposición hasta que esto no ocurriera.

Siguió caminando río abajo. Pronto, las sombras de aquellas paredes rocosas dejaron de caer sobre él, logrando de este modo una luz más que suficiente. El río fluía a su derecha, lentamente, como un espejo. En su superficie, aquí y allá, se veían trozos de madera flotando, más o menos pequeños. A veces un gran bulto sobresalía levemente del agua, y el corazón del chico se aceleraba a un ritmo frenético, hasta que comprobaba que no era más que otro trozo de la balsa.

¿De verdad había sido tan grande la plataforma?. Daba la impresión de que si uniera todos los pedazos diseminados por el río podría construir otra mucho mayor.

El dolor de su cráneo se había reducido a un latir sordo, quizá porque él no le hacía caso. No podía ignorar, sin embargo, el cansancio y el mareo, que lo hacían avanzar dando tumbos. Los minutos se fueron transformando en horas. Cuando miraba sobre su hombro, las escarpadas paredes llenas de desniveles habían quedado muy distantes. Allí estaban los mayores picos de las montañas. La zona por la que ahora andaba estaba llena de montes de menor altura, simples desniveles pronunciados, como los que habían encontrado antes de entrar en la cordillera. Era evidente que las montañas tan ansiadas habían quedado atrás sin dar ninguna alegría... mientras quedaban pendientes las tristezas.

A medida que los metros se iban acumulando, el desconsuelo se filtraba en su ánimo. Era demasiado probable que Christine descansase ahora en algún punto del fondo del río, mientras que la probabilidad de que hubiese flotado viva hasta tan lejos era remota. Él podía seguir mirando. Podía seguir avanzando hasta el horizonte, pero se engañaría a sí mismo. No la iba a encontrar, y la verdad es que sin ella no quería seguir adelante. Recordaba cuando había llegado al desierto. Recordó aquel primer paso que lo adentró en el reino de las arenas, y como había encontrado una fuerza desconocida que lo había llevado hasta ella.

Aquella fuerza había muerto en su interior. Fuera lo que fuera, había desaparecido. Sin Christine estaba solo en medio de la inmensidad, y de algún modo, encontró un sentido a la palabra en el que no había reparado hasta entonces.

“SOLO”. Kilómetros y kilómetros de arenas ardientes a su alrededor, cruzadas por un río que bien podía ser el Estigia de la mitología. Sin un rumbo definido, sencillamente vagando “solo”.

Un desolado mundo, entero para él.

La palabra era demasiado abrumadora. Le robaba el resto de ánimo que pudiera aún anidar dentro de él. Un poco más adelante, una piedra plana sobresalía de la arena. Se dirigió allí para descansar. No sabía hasta cuando pensaba permanecer en el lugar. Quizá hasta que aquella fuerza volviese, si es que lo hacía alguna vez.

Cuando se inclinaba para dejarse caer sobre la roca, vio algo brillar en el río. No era nada extraño. El sol-luna lanzaba continuos destellos dorados desde el agua. Sin embargo, ese destello borró por un momento sus deseos de sentarse. Podía encontrar otro lugar un poco más adelante. Si quería sentarse, había muchas piedras. Sólo necesitaba andar un poco más allá antes de hacerlo.

Había avanzado cerca de una hora más cuando vio algo flotando en el agua, lejos hacia delante. “Otro tronco”, supuso, y realmente daba ese aspecto. Se mecía en el centro del río, avanzando sin prisas en la dirección de la corriente, como cualquier otro trozo de la balsa que se hubiera desmembrado con la caída. Sin embargo, pensó que este parecía más grande.

Siguió andando poco a poco, con el corazón golpeándole con furia el pecho. Quería encontrarla a Christine, pero si lo hacía... sería muerta. ¿Qué haría si eso ocurría?. ¿No podía ser peor tenerla muerta a su lado que ignorar si había perecido?

No. Tenía que estar equivocado. No podía ser ella. Seguía acercándose, y mientras más cerca estaba, más le parecía que aquel tronco tenía forma humana. Las lágrimas comenzaron a anegar sus ojos, dificultándole la visión. Aquel bulto seguía meciéndose en el agua.

-- No, maldita sea, maldita sea –murmuraba para sí.

Flotaba de forma rígida, pero a unos metros de él, ya no pudo ignorar, por mucho llanto que le tapase la visión, que aquella figura tenía brazos y piernas... y hermosos cabellos dorados.

Se limpió los ojos con el dorso de las manos, y miró fijamente al cuerpo, con el corazón estrujado dentro de su pecho, dispuesto a aceptar la realidad. Entonces dio un salto.

Me he equivocado, me he equivocado otra vez.

Era Christine. De eso no cabía duda, pero no flotaba en el agua. Reparó en la forma rígida de oscilar que había percibido. Debajo de ella había un minúsculo trozo de balsa que permanecía compacta. Allí apoyaba su cabeza y su tronco. Las piernas y brazos estaban sumergidos, pero a sus pulmones debía estar llegando aire... contando con que aún respirara. Quizá tras la caída, con sus últimas fuerzas había logrado subir allí antes de perder el conocimiento.

Por favor, que sólo esté desmayada, por favor que sólo esté desmayada, por favor, por favor, por favor...

Repetía esta frase una y otra vez, como una oración, mientras se lanzaba al agua en dirección a la chica. El río era bastante profundo en aquel lugar, a pesar de que era tan manso como una piscina. Nicolás aferró un trozo de cuerda y arrastró la plataforma hasta la orilla. Allí sujetó a Christine para incorporarla un poco. Su cabeza colgó floja hacia atrás. Pesaba demasiado para él.

Oh, Dios, ¡qué fría está!

Acercó los oídos a sus labios tratando de encontrar algún soplo vital. No lo logró. Se había mojado la cabeza al rescatarla, y sus oídos estaban fríos e insensibles. Acercó sus manos a su cuello para tomarle el pulso. No sabía como hacerlo, pero lo había visto en alguna película. Pulso arterial. ¡Maldita sea!, ¿dónde estaba?. No conseguía encontrar nada. Quizá alguna pulsación aislada, pero podía ser el eco de su corazón desbocado en las yemas de sus dedos. Acercó sus propios labios a la chica, y entonces sí notó un leve soplo cálido. Muy leve, que surgía de sus labios entreabiertos...

Ahogó el repentino impulso de posar un beso en su boca, e hizo un esfuerzo por sacarla completamente del agua. Quizá fue la alegría de saber que estaba viva lo que le dio las fuerzas. Cogida por las axilas, Christine quedó tendida sobre arena seca.

¿Qué tenía que hacer ahora?. Ojalá se acordara de algunas charlas que había escuchado sobre primeros auxilios. A veces los adultos habían hablado del tema, pero él era sólo un niño. No tenía razón para escuchar aquello, ya que no se iba a encontrar jamás en un caso así en el que no hubiera un adulto al lado.

¡Joder!, pues ahora estaba en esa situación. Se maldijo por no haber prestado más atención entonces. La miró, y meditó distintas posibilidades. El boca a boca estaba fuera de lugar, ya que ella parecía respirar. Si respiraba era que el corazón le seguía latiendo. Entonces, ¿qué más podía hacer él?

Secarla, y darle calor. La temperatura no subiría hasta que el sol del día asomara por el horizonte, y no sabía cuanto faltaba aún para eso. Sus ropas estaban empapadas y frías. Muy frías, pero no sabía si era conveniente quitárselas. Supuso que no, o prefirió creer que no. En lugar de ello, se quitó su propia camisa y la estrujó para escurrirle el agua hasta que las costuras crujieron. Luego pasó esta por el cuerpo de la chica, tratando de secarla lo más posible, aunque no valió de mucho. Luego tomó sus brazos, y comenzó a frotarlos vigorosamente. Esperaba que eso la ayudara a entrar en calor. Tenía la espantosa sensación de estar tocando a un cadáver, a pesar de haber percibido aquel soplo en sus labios. Estaba lacia, fría y muy pálida.

Nicolás murmuraba su nombre continuamente a medida que pasaba de un brazo a otro. Finalmente después de lo que parecieron horas, el cuerpo pareció reaccionar. De pronto, el brazo que estaba frotando empezó a temblar. Le siguió el otro, y a continuación toda ella. La respiración comenzó a ser audible, al salir en cortas ráfagas a través de sus dientes apretados. Los músculos del brazo, que aún sujetaba, se pusieron en tensión, y se dio cuenta de que lo mismo parecía ocurrir con todos los demás músculos de su cuerpo. Temblaba violentamente.

Él no sabía que hacer. Daba la impresión de haber despertado, pero aún no había abierto los ojos. Sin ocurrírsele otra cosa, la alzó del suelo, y abrazó su tronco fuertemente. Los brazos de ella le rodearon y le apretaron la espalda desnuda, como si trataran de robarle su calor. Nicolás notó en su propio cuerpo la frialdad que brotaba del interior del de ella. La cabeza de la chica se apoyó en su hombro, respirando furiosamente en sus oídos. Supuso que las fricciones no estaban de más, y siguió pasando sus manos fuertemente por la espalda de la chica, mientras pronunciaba palabras tranquilizadoras en sus oídos.

Poco a poco, la respiración se fue haciendo más normal, aunque todo su cuerpo se siguió estremeciendo largo rato. Nicolás sentía como su propio calor menguaba. Era como abrazar una escultura de hielo cuya temperatura no subiera jamás. A pesar de ello, siguió apretándola contra su pecho. En ese momento, y sin esperarlo, una frase sonó en su oído, casi inaudible, pronunciada lentamente, a golpes de sílaba...

-- L- lo del león e- era broma, p- pero no te to- tomes liber- t- tades.

Nicolás rió sin poderlo evitar, mientras lágrimas de alegría corrían por su cara. La apretó con más fuerza, y ella devolvió el abrazo sin dejar de tiritar.

-- Te he echado de menos –dijo el chico.

Poco a poco, Chritine fue entrando en calor, ya fuera por el propio calor compartido de sus cuerpos, por las fricciones en su espalda, o por el movimiento que se generaba al temblar. Nicolás se separó finalmente, y a su pesar, de ella.

-- Pensaba que... me habías dejado –dijo en voz baja, sin poder contener la emoción.

Ella asintió en silencio, con los dientes apretados, mientras trataba de controlar sus temblores lo mejor que podía. Apenas tenía sensibilidad en los brazos y trataba de devolverlos a la vida siguiendo los vigorosos masajes que el chico había iniciado.

-- A ti tampoco te ha f- faltado mucho –dijo llevando una vacilante extremidad a la cabeza del chico-. Tienes t- t- odo el pelo apelmazado de sangre.. y el cuello t- también.

Él se encogió de hombros. Sentía que ella se lo hubiese recordado, porque casi había logrado olvidar su dolor de cabeza.

-- Me habré dado un golpe.

-- Uno grande...

-- Uno grande, sí, pero me dolió más cuando desperté y no estabas allí.

Christine sonrió. El gesto apenas iluminó su tez pálida.

-- Supongo que perdiste la camisa mient- t- tras corrías a buscarme –dijo, señalándo su torso desnudo. Él chico, que había también olvidado esto, enrojeció.

-- No –se apresuró a decir-. En realidad yo...

Fue interrumpido cuando ella puso un dedo sobre sus labios.

-- Te gusta dar demasiadas explicaciones –murmuró entrecortadamente.

-- Y a ti interrumpirme cada vez que voy a hablar –replicó sin malicia. Ella se rió, una simple sombra de su cristalina risa, pero era mejor algo que nada.

-- Sí –admitió-. Es una mala costumbre.

Christine hizo un esfuerzo por ponerse en pie, pero volvió a quedar sentada. Estaba demasiado débil, y las piernas no parecían querer obedecerle. Aún así lo volvió a intentar, ignorando el mareo y la abrumadora debilidad de su cuerpo. Esta segunda vez Nicolás ya estaba incorporado para ayudarla. Ella se apoyó en él, que pareció doblarse por el peso, pero no dijo nada. Juntos parecían las débiles ramas de un arbusto azotado por el viento. A su pesar debió admitir que no estaba lista para seguir avanzando. Por el horizonte el sol del día parecía a punto de aparecer. “Mejor así”, pensó la chica. Lo necesitaba desesperadamente. No lograba echar de su interior a esa maldita sensación helada que se había instalado allí.

La chica perdió el equilibrio, y Nicolás hizo todo lo que pudo para evitar la aparatosa caída. Todo quedó en un torpe aterrizaje de culo sobre las ahora frías arenas.

-- Necesito moverme un poco para ent- trar en calor –dijo Christine respirando profundamente, aunque su cuerpo seguía estremeciéndose-, pero creo que necesito más aún descansar.

-- Si quieres puedo tumbarme a tu lado para darte calor –se ofreció Nicolás, aunque sin duda no había pensado bien lo que decía, porque repentinamente enrojeció de golpe.

Christine desvió la vista tan pronto como percibió el cambio de expresión del chico, y simuló no haberse dado cuenta de ello. Frotó su brazo izquierdo, que parecía necesitar más ayuda, y contestó en un tono de voz neutral, aunque por dentro lucía una sonrisa. Parecía evidente que el chico se sentía continuamente azorado por su presencia, cada vez que de alguna manera se recordaba que ella era una chica. La situación iba más allá de la simple timidez, y se preguntó si Nicolás no se sentiría atraído por ella. Casi decidió rechazar el ofrecimiento, pero ciertamente lo necesitaba.

-- Sería una buena idea –dijo finalmente-. Túmbate de lado, si no te importa, y yo me apretaré contra ti.

Nicolás así lo hizo, y un momento después Christine se tumbó también, apretándose a su espalda, y pasando un brazo sobre el tórax del chico para descansarlo en su pecho. La posición era cómoda, y ella no tardó en entrar en calor, sumiéndose en un sueño ligero. Nicolás no logró pegar ojo, principalmente preocupado porque la extremidad con que la chica lo abrazaba estaba situada, casualidad o no, justo sobre su corazón... y este latía tan furiosamente que incluso un sordo hubiera podido oírlo.


Cuando la chica comenzó a moverse y a desperezarse, el sol había salido ya, bañando todo alrededor con sus abrasadores rayos. Ella retiró su brazo distraídamente, y se incorporó hasta quedar sentada. Nicolás se levantó también, sin saber si alegrarse o lamentarse de ello. Christine lo miró y le sonrió. Su expresión no era mucho mejor que cuando la había sacado del río unas horas antes, pero al menos logró levantarse sin ayuda y mantenerse erguida.

-- Creo que te debo la vida una vez más –dijo ella, mientras oscilaba y estaba a punto de caer al suelo. Nicolás la sostuvo.

-- ¿Estás bien? –preguntó el chico con el ceño fruncido.

-- Todo lo bien que puedo estar dadas las circunstancias –contestó ella, su voz cansada-. Pero no podemos quedarnos más tiempo por aquí. De verdad, no me mires así. Estaré mejor en cuanto haya caminado unos minutos.

-- Sigamos avanzando río abajo –propuso él, pero sin mucho entusiasmo, mientras recogía la camisa para volver a ponérsela. Sólo en ese momento vio que por un lado estaba manchada de sangre. Dio un brinco al pensar que podía ser de ella, aunque enseguida recordó su herida de la cabeza-. Pero iremos despacio.

-- ¿Estás cansado? –bromeó ella.

-- No. En realidad estoy preparado para el abordaje –dijo con cierta ironía, que apenas reconoció como suya-. Pero aún así, no correremos.

Se pusieron de nuevo en marcha, siguiendo el camino que había propuesto el chico. En pocos minutos el sol acabó caldeando sus cuerpos todo lo que habían deseado durante las últimas horas... y mucho más.

-- Es la tercera vez que me salvas la vida –repitió ella, mientras caminaban-. Tendré que apuntarlo, o perderé la cuenta. Yo sólo te he salvado una vez.

Las palabras habían sido pronunciadas más con un tono ligero que grave, pero Nicolás no sonrió. En su interior seguía pensando que él podría haber evitado el desastre tan sólo dándose cuenta un poco antes de que la posibilidad de parar se les estaba escapando de las manos. Estaba a punto de revelar sus pensamientos a la chica cuando esta habló de pronto, y él vio aquel resplandor en el horizonte.

-- ¿Qué es eso? –dijo Christine, protegiéndose los ojos con la mano.

Nicolás no pudo contestar.

El sol reflejaba en alguna gran superficie metálica, y este brillo, sumado a la enorme distancia, les impedía determinar de qué se trataba. Lo único claro es que era grande. Muy grande.

...Y que el río fluía imperturbable en aquella dirección.

Durante unos minutos, el sol siguió enfocando aquel brillo cegador sobre sus ojos. Después, el reflejo se fue desplazando, y pudieron distinguir sus formas.

Era una construcción. Aunque todavía estaban muy lejos para poder apreciarla, dos cosas eran claras incluso desde allí. La primera, que el material que habían utilizado parecía oro, o al menos brillaba como tal. La segunda era que tenía proporciones colosales. Si la idea no hubiera sido absurda, hubieran pensado que la habían construido tallando laboriosamente una montaña. La razón por que no lo habían visto antes se puso de manifiesto cuando el sol dejó de reflejar en sus muros; aquel brillante material tenía una tonalidad amarillenta que lo hacía pasar desapercibido entre los colores del desierto. Llevaban viéndolo durante un par de horas en la lejanía, sin haber reparado en que estaba allí.

-- ¡Dios mío! –exclamó Nicolás-. Es enorme.

-- Es un palacio –murmuró Christine, embelesada-. El palacio de algún gigante.

-- Preferiría que eso no fuese verdad.

-- Es lo primero que se me ha ocurrido –aclaró la chica-, pero mejor que no nos precipitemos en las conclusiones.

Ambos se mostraron de acuerdo en esto, y también en que no tenían otro camino que seguir. Desde que habían llegado a aquel mundo, no habían buscado nada que no fuera vida... alguna muestra de civilización. Alguien con quien hablar, y a quien preguntar qué había ocurrido; por qué ellos dos estaban allí.

Parecía que eso podría arreglarse finalmente, aunque ninguno de ellos lograba hacerse una idea aproximada del tipo de seres que podrían habitar en aquel lugar. Ambos tenían una imaginación fructífera, y se preguntaban si no tendrían que salir corriendo ante alguna aparición horrenda. A medida que sus pasos los acercaban cada vez más a aquel lugar, el miedo y la admiración crecían en consonancia. La entrada principal, aquella a la cual se acercaban, estaba adornada con una avenida de gigantescas estatuas de elefantes, que surgían de la arena. Cada una de ellas mediría al menos tres o cuatro metros de altura, y seis de largo. El río que parecía dirigirse todo el camino hacia aquel lugar, viró finalmente a la izquierda, alejándose hacia el horizonte cuando el palacio estaba todavía a unos kilómetros de distancia. Dejaron, su cauce para caminar hacia aquel, el último objetivo. Al menos, en ello tenían puestas sus esperanzas.

Alrededor de media hora más tarde, comenzaron a caminar, inquietos entre parejas de esculturas enfrentadas. Todos los elefantes tenían una pata levantada, como si se dispusieran a dar un paso hacia delante, invadiendo el pasillo central. A pesar de estar tallados en aquel material dorado (los dos se preguntaban si después de todo, no sería realmente oro la materia prima que había servido para construir todo aquello), la calidad de los detalles era pasmosa. En medio de aquel silencio, sólo roto por el murmullo del viento y el lejano rumor del río, caminar por entre aquellos colosos era casi aterrador. Nicolás en aquel momento no tuvo ninguna duda de cómo se habría sentido Atreyu, el valiente protagonista de la Historia Interminable, cuando pasó por la puerta de las Esfinges, cuya mirada se decía, podía llegar al corazón de un hombre.

Involuntariamente, aceleraron el paso hacia la puerta principal, que ya quedaba a la vista. Era un portón, también dorado, encajado en unas jambas de más de diez metros de altura. Nada era de madera, nada de piedra. Una vez más, todo estaba hecho de bloques pulidos de aquel material.

El camino de la avenida no estaba ni mucho menos limpio. Había piedras, algunas rocas, y montones de arena. Algunas de las imágenes estaban medio enterradas por dunas que se habían formado junto a ellas, quizá durante alguna tormenta. En cierto modo, era un milagro que el camino estuviera tan despejado. Existía la posibilidad de que alguien se hubiera encargado de cuidarlo. Si había sido así, sus huellas se habían borrado con el tiempo.

Se encontraban a pocos metros de la entrada a aquel edificio, admirando, con el cuello dolorido, sus paredes, sus ventanas, sus balcones y sus torres que parecían querer llegar a las nubes, cuando por fin, después de semanas de vagar solitario por aquel páramo desértico, escucharon el primer sonido de una voz que no perteneciera a alguno de ellos dos.

-- ¡Vaya! –exclamó con un apagado rugido ronco. Les recordó de algún modo, a un león que hubiera aprendido a vocalizar-. Dos juntos. Esto si que es peculiar.

El sonido no tenía un origen definido. Se percibía muy cerca de ellos, y sin embargo, también a su alrededor, quebrándose en apagados ecos. Christine y Nicolás se volvieron en direcciones opuestas, espalda con espalda, para hacer frente a quien hablara. No vieron a nadie. Nada había cambiado.

-- ¿Dónde estás? –preguntó el chico en voz alta. Algo pareció crujir, como si alguna piedra se resquebrajase con el sol.

-- ¡No, por favor! –dijo aquella voz, lentamente-. Otra vez el mismo episodio de siempre no.

Nicolás casi pudo diferenciar el lugar del que provenía el sonido, pero los ecos, y ese tono tan grave apenas le permitían saber la zona exacta. Aún así, le parecía que el origen estaba entre los dos últimos elefantes de la hilera de la derecha. Había más de veinte metros entre uno y otro, pero no podía ser más preciso. Quizá quien hablaba estaba oculto detrás de las estatuas, o detrás de algunas de las grandes piedras que habían esparcidas por allí. Christine parecía haber llegado al mismo razonamiento, porque dio dos pasos en aquella dirección. El chico prefirió quedarse donde estaba.

-- ¿Por qué te ocultas? –volvió a preguntar, y como respuesta, sonó de nuevo aquel ruido de resquebrajamiento, esta vez más prolongado. Casi se pareció a un llanto muy ronco.

-- Nicolás –dijo Christine, mientras se acercaba aún más-. Ven.

-- Puede ser peligroso –repuso él, pero ella se rió un poco.

-- No es peligroso –contestó-. ¿No lo ves?. Es la piedra.

-- ¿Qué? –preguntó Nicolás.

-- ¿Qué? –inquirió al mismo tiempo aquella voz ronca y difusa. Las dos preguntas se fundieron en una sola, y Christine sonrió.

-- No estaba equivocada –dijo, inclinándose junto a una roca de aproximadamente metro veinte de altura, llena de grietas y erosionada por el sol y el viento del desierto-. Es ella la que habla.

Un prolongado silencio siguió a sus palabras. Nicolás se acercó sin ganas a aquel lugar, mientras la chica lo miraba a él, y a la piedra con idéntico interés.

-- ¡Vamos! –lo apremió, en voz baja.

La voz volvió a sonar, más alta esta vez, y entonces incluso el chico pudo ver que realmente aquel sonido parecía provenir del interior de la piedra, pero muy dentro, como si bajo ella hubiera alguna gruta, y el sonido se generase a kilómetros de distancia.

-- ¡La primera vez en siglos, por el gran Uglión! –exclamó-. Mujer, ¿cómo lo has sabido?

-- No lo sabía –contestó ella azorada-. Sólo... que me pareció que así era.

-- No es lo más común determinar que una piedra hable –siguió diciendo el rugido. Nicolás podía sentir como la arena a su alrededor temblaba y se desmoronaba cuando la roca hablaba-. Quizá sea una señal. Odio siempre tener que explicar que soy yo quien habla, y todo lo demás. Los otros suelen poner una cara como la del hombre que te acompaña. Odio eso.

Nicolás relajó inmediatamente el ceño fruncido, y trató de borrar el asombro de sus rasgos. Le daba miedo la roca. Hasta donde él sabía, una roca no podía moverse, pero hasta donde sabía, tampoco podía hablar.

Christine dirigió una rápida mirada al chico, mas la desvió enseguida, absorta por la piedra.

-- No estás aquí por casualidad, ¿verdad? –preguntó.

La roca emitió el conocido sonido de resquebrajamiento, como si algo la devorase por dentro, pero en esta ocasión no fue bajo y prolongado, sino corto, y a golpes. Parecía una risa suave.

-- Dos señales en un minuto –tronó la voz-. ¿Qué más puedes decirme?

Ella sonrió, nerviosa, pero el gesto desapareció casi tan rápido como había venido.

-- Creo que eres tú quien tiene algo que decirnos.

-- Tres... y tienes razón, pero antes dime, ¿no te extraña estar hablando con una piedra?. Todos los demás, salvo alguna excepción, reaccionaron como lo ha hecho este hombre.

Christine sonrió. A pesar de la naturalidad con que hablaba con aquella piedra... No podía explicar qué le estaba ocurriendo. En aquel momento se sentía como otra persona. Era como si su mente se hallara dividida en dos partes, y la racional hubiera quedado encerrada tras unos barrotes de acero, desde donde chillaba, gritaba e increpaba a la otra parte para que se diera cuenta de que aquello era de locos, que no tenía ningún sentido, que debía haber perdido el juicio. Este segundo lado de ella escuchaba esas voces, pero las ignoraba. De algún modo, lograba no hacerles caso, igual como habría escuchado la lluvia golpeando los cristales, sabiendo al mismo tiempo que por mucha furia que acumulase, jamás podría llegar a mojarle. Negó con la cabeza, lentamente, y luego lo dijo de voz, al pensar que quizá la piedra no podía verla.

-- Eres especial, mujer –dijo la piedra, y ahora había algo parecido a la añoranza en los sonidos que producía-. Me pregunto si no serás tú la elegida, después de tanto tiempo.

-- ¿Elegida para qué? –preguntó la chica.

-- Elegida para sacar el Arma de Grahier de este mundo, y llevarla de regreso a Ghuldra, mi mundo natal, que ahora estará en peligro, si es que aún sigue existiendo –Christine guardó silencio, confusa, y la voz continuó explicando-. Yo soy una piedra Stoarh, procedente de la montaña que lleva el mismo nombre, aunque cuando yo me fui, los humanos que solían frecuentarla, la llamaban la Montaña Del Eco que Habla. De aquello hace muchos años. Para los que han viajado por los planos, Ghuldra no les parecería gran cosa, pero son muy pocos los que lo han hecho, y la mayoría de la gente ignora que existan otros mundos. Vosotros, sin embargo, ya habéis comprobado que no es así. Conocéis dos mundos, y aún puede ser que conozcáis uno más.

-- ¿Quieres decir que hay muchos mundos, y que algunos pueden viajar entre unos y otros cuando quieres? –Christine, por fin, parecía anonadada.

-- Así era –fue la respuesta tronante-, pero ya no. Los caminos se sellaron hace mucho tiempo. Nadie viaja ahora.

-- Sin embargo, nosotros hemos viajado –se defendió la chica-. Nosotros no somos de este mundo.

-- Lo sé –la voz parecía impaciente, y Christine optó por callarse y escuchar-. Esa es parte de vuestra maldición. El gran Hongak creó esos caminos hace miles de años, pero uno de sus descendientes, Grahier, los cerró al morir. Al menos, cerró todas las rutas que pudieran escapar de Ghuldra, esperando evitar así que Rahoman huyera llevando el caos por todos los planos, algo de lo que era muy capaz. Eso significa que vosotros, como todos los anteriores, entrareis en este palacio e intentareis recuperar el arma que contiene el poder de Grahier, para llevarlo a mi mundo, a través de la única ruta entrante que queda, y entregarlo a un mago blanco. Ahí terminará vuestra taréa. Después todo quedara en sus manos.

-- ¿Rahoman? –preguntó Christine. Nicolás volvió a fruncir el ceño inconscientemente. Le sonaba ese nombre, aunque ignoraba de qué.

-- El hechicero –explicó la piedra-. No conozco su historia. Supongo que los magos blancos la podrán contar mucho mejor que yo, ya que tiene mucho que ver con la suya propia. Sólo sé que fue su ambición la que puso en peligro a mi mundo, y la que originó todo lo que está pasando, incluido el que vosotros estéis aquí.

-- ¿Entonces dices que sólo tenemos que entrar ahí, coger ese arma, y buscar un camino que conduzca a... a Ghuldra?. Pero, ¿por qué?. Me refiero, ¿por qué nosotros?.

-- Ojalá tuviera todas las respuestas –respondió triste la piedra-, pero está más allá de mi capacidad darlas. Me has preguntado que por qué vosotros. Supongo que estabais muy cerca de uno de los árboles de Hongak, y fuisteis atrapados. Ya he mencionado que algunas rutas entrantes han quedado abiertas, pasando antes por El Desierto Eterno. Vosotros habéis utilizado alguna de estas rutas. Pero también habéis comprobado que no podéis volver por las mismas. Eso será así hasta que Rahoman muera. Así me fue dicho, y así lo he comunicado a todos los que antes vinieron a mí. Todos ansiaban volver a sus mundos, y todos entraron por esas puertas sabiendo que su parte en la cadena era recuperar el arma, y llevarla a Ghuldra –la voz bajó el volumen hasta una simple vibración, apenas audible-. Supongo que todos perecieron en el palacio, o en caso contrario, la batalla se perdió en mi mundo. El último de los descendientes de Hongak me prometió que volvería aquí en cuanto los caminos quedaran abiertos de nuevo. Él habría mantenido su palabra.

Christine no dijo nada durante un buen rato, y la piedra tampoco continuó hablando, de modo que el silencio los cubrió durante unos minutos. En cuanto a Nicolás, aún luchaba con la sensación de estar soñando. Trataba de convencerse de que Christine estaba hablando con una piedra... y a ratos lo lograba, pero en estos momentos, no se le ocurría pregunta alguna que hacer.

-- Dices que antes hubieron otros –murmuró la chica.

La voz respondió tronante.

-- He estado aquí durante más de cincuenta años, y en ese tiempo he recibido a ciento treinta y un visitantes. Vosotros sois los siguientes, y como a tales os debo advertir. Ignoro qué hay dentro de ese palacio, pero sed cuidadosos. Grahier mandó aquí ese arma para que estuviera fuera de su alcance, y Rahoman no puede hacer nada al respecto. Él, al igual que todos los demás, está atrapado en Ghuldra, pero hay otros poderes interesados en que el arma se pierda para siempre, o que sea devuelta. Esos poderes han estado actuando sobre vosotros desde que llegasteis. Supongo que lo habéis notado. Su influencia se dejará sentir aún dentro del palacio, y supongo que el lado del mal se hará más fuerte a medida que os aproximéis al arma. Deberéis esperar cualquier cosa.

-- Hemos notado algunas casualidades que nos han salvado la vida –dijo la chica, reflexiva-, y otras que nos han puesto en peligro. ¿Son esos los poderes que nos han estado observando?

-- Así lo supongo. Este fue uno de los primeros mundos creados, y casi todos sus habitantes eran dioses o semidioses. La práctica totalidad de ellos se marcharon hace eones, para dominar otros mundos, pero pudiera ser que algunos se quedaran aquí. Ellos también siguen con interés los acontecimientos de Ghuldra, e influyen según sus deseos. Por otro lado, podría ser que el poder de Rahoman fuera suficiente para llegar aquí, incluso a pesar de la distancia. Hay demasiadas posibilidades.

-- Dioses... magos... todo esto es tan extraño.

-- ¿Acaso en vuestro mundo no hay dioses y magos? –repuso la roca-. Al menos magos. Sé que en algunos mundos los dioses no se han manifestado, o prefieren mantenerse al margen de lo que ocurre en él. Pero nunca he tenido noticias de un mundo en el que no hubiera algún tipo de magia.

-- Pues el nuestro es un buen ejemplo. ¿Acaso los que llegaron antes que nosotros no te lo dijeron?. Nos has dicho que se sorprendieron al verte.

-- En ningún mundo hay piedras parlantes, mas que en Ghuldra –retumbó la roca, orgullosa, y luego añadió con algo más de humildad-, que yo sepa. En cualquier caso, los anteriores visitantes pudieron haber sido de otros mundos diferentes del vuestro. Hay varios canales abiertos. Pero para responder a tu pregunta, la verdad es que no recuerdo haber hablado del tema de la magia con los otros. Ellos no me preguntaron, y yo di por sentado que la conocían... aunque la temieran. Hay unos pocos mundos donde la magia es muy escasa, y los que la practican son temidos e incluso perseguidos a veces. Pero ese no es motivo para no conocer de su existencia. Por otro lado, más valdrá que os habituéis a sus usos si queréis pasar desapercibidos en Ghuldra. Eso incluye también un cambio de indumentaria en cuanto tengáis la oportunidad. Si es que llegáis allí –terminó en un ronco murmullo.

-- Llegaremos, confía –afirmó Christine, sin haber tenido tiempo para hacer una valoración de los posibles peligros-. ¿Qué más puedes decirnos que nos sea de utilidad?

-- Eres muy abierta a lo nuevo, mujer, y eso además de una ventaja podría ser un inconveniente. No te fíes de todo lo que veas, ni creas todo lo que te digan. Limítate a buscar a un mago blanco, y entrégale el arma del poder. Por otro lado, si tienes la oportunidad de visitar la montaña del eco que habla, o encuentras a otra piedra Stoarh, podéis confiar en su palabra tanto como en la mía. Además, ellas os podrán poner al tanto de todo lo que ha ocurrido en Ghuldra durante los últimos tiempos. Lo que sabe una piedra Stoarh, lo saben todas. En cuanto a este palacio, no lo construyó ningún poder benigno. Por fuera es dorado, pero su interior huele a podrido. Tened cuidado, los dos.

La chica se quedó pensando en lo que había dicho antes la roca. Al final preguntó.

-- Pero si lo que sabe una piedra lo saben todas, ¿cómo es que no puedes saber que está pasando en tu mundo?

-- La comunicación no puede hacerse a ese nivel, a través del vacío que separa los mundos. A todos los efectos, yo he muerto para mi comunidad, al menos hasta que pueda regresar.

Christine asintió gravemente con la cabeza, y tras un corto silencio, preguntó:

-- ¿Sabes como entrar?. No creo que tengamos fuerzas para mover esos portones.

-- Hay dos esculturas talladas en la puerta, una a cada lado de esta. Apretad los pies de la de la derecha.

Ella se dirigió allí, y Nicolás la siguió. Observaron las dos estatuas. Parecían un poco las que entregaban en los premios Oscar. Representaban dos hombres ataviados con pesadas armaduras, y sosteniendo una espada por la empuñadura, cuya punta descansaba entre sus pies ligeramente separados. Algo en los ojos de las estatuas les parecía siniestro, aunque no supieron diferenciar qué. Christine apartó la mirada de allí arriba, y buscó el resorte que había mencionado la piedra. Una vez encontrado, lo pulsó, y todo el lateral de la pared, retumbó con el sonido de un antiquísimo mecanismo. Una pequeña porción del portón del tamaño de un hombre alto, se desplazó abriendo el paso a la oscuridad. Un olor a moho surgió de allí dentro, haciéndolos arrugar la nariz.

Christine se acercó a la entrada, y la contempló largamente. Por fin tenían un objetivo. Por fin podrían sacar sus pies de la arena. Por fin sabían, al menos un poco, por qué estaban allí, y lo que se esperaba de ellos. Todas las respuestas estaban allí dentro, todos los posibles futuros... en la oscuridad. Se volvió una última vez en dirección a la roca.

-- Lo conseguiremos –sentenció-. Puedes confiar en nosotros.

-- Suerte –fue la sencilla respuesta de la piedra, y tras esta, guardó total mutismo.

Traspasaron el umbral, primero Christine, y luego el chico.

-- ¿Te das cuenta de que has estado hablando con una piedra, Christine? –habló este, por primera vez.

En ese momento, volvió a sonar el ruido del mecanismo, y la puerta se cerró a sus espaldas, dejándolos sumidos en la más absoluta de las oscuridades.



Creative Commons License
Guerreros del Ocaso is licensed under a
Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.
-------