Capítulo 3 - Viaje a Numol
Los altos y hermosos lantales de Nande iban abriéndoles el paso a medida que ellos se adentraban cada vez más en las profundidades de la ciudad. Cercanos a la frontera con Jerón, delgados afluentes de un río poco caudaloso, mojaba la incipiente y colorida vegetación que bebía de sus aguas. Miles de hojas diminutas se esparcían por doquier, yaciendo doradas, sobre las oscuras rocas lavadas.
Zalamar coceó inquieto el húmedo suelo y dilató su hollares.
-Eleanor, deberíamos detenernos unos instantes. Los caballos necesitan beber –propuso Devin refrenando firmemente las riendas de su briosa montura. Esta emitió un sonoro bufido en señal de protesta–. Tras cruzar el río, tendremos que ponerlos al galope si queremos llegar antes del anochecer a Numol.
Eleanor, detuvo a la yegua y suspiró con gesto preocupado. Miró con sus grandes ojos claros al muchacho, quien estaba absorto en el terreno que aún tenían que recorrer, tras el río. Al rato, Devin le devolvió la mirada.
-¿Qué ocurre?
El silencio de la joven fue su única respuesta.
Eleanor bajó la mirada al suelo y la clavó en una piedrecilla del camino. Un remolino de hojas mojadas la tapaban casi por completo. La duda y el miedo se arremolinaban desordenadamente en su interior, al igual que aquellas hojas caídas. El recuerdo de la visita del sanador a su casa y la conversación posterior que había mantenido con su padre en privado, no dejaban de acudir a su mente.
Damar le había hablado de la incapacidad de Junab para sanarla, y de la existencia de una extraña mujer, por la cual ella misma había decidido emprender este viaje. Sin embargo, ahora se sentía abatida y sin fuerzas, y no tenía esperanzas de que el malestar que sentía en su cuerpo tuviera curación.
-¿Crees que estamos haciendo lo correcto? –le preguntó en un murmullo, sin levantar la mirada.
Devin, desmontó de su caballo y se acercó a Eleanor.
-¿Por qué dices eso? –le preguntó palmeando cariñosamente el cuello de Medianoche. El animal bajó su musculoso cuello para recibir mejor las caricias. Elen jugueteó nerviosa con las riendas de la yegua.
-Ni siquiera un curandero ha podido sanarme y ahora vamos en pos de los remedios de una supuesta sacerdotisa.
El muchacho, posó delicadamente sus manos sobre las de Eleanor, antes de contestar, con lentitud.
-Seguro que lo es –dijo convencido Devin-. Digan lo que digan los rumores, no se puede curar el espíritu sólo con palabras. Eso es absurdo. La verdad será que se trata de una sacerdotisa que habrá dejado el Templo por alguna cuestión que ni nos incumbe. Lo importante –continuó-, es que nos reciba y te acepte para que pueda sanarte. Entonces nos iremos a casa, y si los dioses quieren, todo esto habrá sido tan sólo una oscura pesadilla.
-Los dioses... –repitió apesadumbrada-, seguramente son los responsables de mi mal. Todavía no sé en qué, pero es muy probable que los haya ofendido en algo y estos me hayan castigado por ello.
Devin, apretó más firmemente las manos de la muchacha, invitándola a que lo mirara. Cuando ésta así lo hizo, pudo ver cómo la sombra de unas lágrimas velaba sus ojos claros. El rostro marcadamente masculino del chico se desdibujaba ante ella, como una acuarela bajo la lluvia.
-Escúchame bien –El tono de Devin sonó firme y protector-. Aunque mis conocimientos no se extienden más allá de cómo hay que pescar y utilizar las redes, estoy casi seguro de que ningún dios se ha dignado a mirar hacia la tierra para perturbar tu alma.
Devin, esperanzado en que la supuesta sacerdotisa solucionara la afección de Eleanor, había apoyado en todo momento la valiente decisión de la joven sobre la necesidad de emprender aquel viaje. Y aunque veneraba a Yahel, como buena parte de los habitantes de las zonas costeras, tenía la impresión de que las divinidades no se inmiscuían en absoluto en la vida de las personas.
Damar se había visto obligado a aceptar la insistente petición de Devin, de acompañar a la muchacha hasta Numol. Aunque aquél se resistió a separarse de su hija, Devin le expuso con evidente lógica, los avatares a los que el duro viaje iba a someterlos. Su avanzada edad y las largas horas a lomos de los caballos, por no hablar de las obligaciones que lo encadenaban a la posada, hicieron ceder finalmente la voluntad del hombre. El joven, le aseguró, no obstante, que cuidaría de ella y que le mandaría noticias con asiduidad.
Eleanor suplicó para sí misma que las palabras del muchacho fuesen ciertas, y que algo de la seguridad que él demostraba, calmara sus temores. Muy a su pesar, las dudas surgían a pares.
-¿Por qué no? –inquirió insistente.
Un intermitente viento comenzó a levantarse filtrándose por entre la maleza. La humedad empezaba a impregnar las ropas de ambos, y el frescor de aquel recodo del camino pronto se convertiría en frío.
-Porque entonces –continuó Devin, retirando un mechó de cabellos rubios que caía sobre la cara de la muchacha y observando sus perfiladas facciones con detenimiento-, con sólo mirarte a los ojos, habría caído irremisiblemente en sus profundidades, presa de tu belleza y ternura...
Eleanor parpadeó sorprendida. Una chispa de excitación surgió repentinamente de la nada, encontrando un hueco hacia las recónditas profundidades de su alma, sin su consentimiento.
Devin calló unos instantes y ladeó la cabeza. Sus cabellos casi tan negros como los del animal que Elen montaba, rozaron sus manos. Una expresión jovial se materializó en su perfecta sonrisa y un brillo divertido bailó en el fondo de sus oscuros ojos.
- ... y desde luego... - terminó cambiando el tono de su voz por otro casi cómico. La magia de aquel momento pareció no haber sido más que un sueño-, jamás habría podido volver a los cielos, convirtiéndose en un pobre y aquejado mortal.
Eleanor no pudo reprimir una sonrisa, y esta dio paso a una sonora carcajada. Devin sintió como si las mismísimas estrellas hubieran tintineado desde lo alto. Hacía tiempo que no escuchaba el sonido su risa, y casi había olvidado lo cristalina que era.
-No sé cómo he aceptado venir contigo, en lugar de con mi padre –dijo Elen un poco más animada.
Devin la ayudó a bajarse de su montura mientras respondía.
-Ya me he dado cuenta de que en términos generales, soy un misterio para ti –Devin sujetó a Medianoche por las riendas y la llevó junto a Zalamar –. Dejemos que los caballos beban un poco antes de continuar.
Elen observó cómo conducía a ambos con especial cuidado y les daba unas palmadas en la grupa antes de soltarlos para que estos calmaran su sed, libremente. En breves momentos, regresó de nuevo a su lado, desandando sus propios pasos.
Ataviados ambos con ligeras ropas de viaje y una saca a medio llenar de provisiones, habían partido hacía aproximadamente unas dos horas de Nande. La parte más fácil pero más cansada de la travesía, estaba aún por llegar. Pues aunque el bosque de Alora era una planicie poco intrincada, sus monturas no contarían de nuevo con agua fresca hasta que llegaran hasta la misma ciudad de Numol. Según la ruta que Devin había trazado, debían bordear la ciudad de Jerón atravesando primeramente la zona boscosa, hasta dar con el acceso a las montañas que precedían a los valles. Aproximadamente, les quedaban por recorrer otras seis horas más, manteniendo una buena velocidad.
Eleanor se frotó los brazos, intentando que su cuerpo entrara en calor. La fina camisa de hilo que había sacado de su armario, dejaba entrar la humedad con bastante facilidad.
Devin, revisó por segunda vez desde el inicio del viaje, las sillas de montar para asegurarse de que estaban bien afianzadas. Zalamar piafó intuyendo que reemprenderían muy pronto la marcha. La oscura piel de la yegua se estremeció, deseosa también por dirigirse a un lugar más cálido y seco.
-Vayámonos ya –dijo él cuando todo estuvo listo, entregándole las riendas de Medianoche a la muchacha-. No quiero que la noche nos sorprenda entre las montañas. Los animales podrían lesionarse en un tropiezo.
Asintiendo, y reanimada por el descanso, la chica se alzó sobre un estribo y se agarró con una mano al pomo de la silla. Con la otra sujetó las riendas de la yegua y dio unos golpecitos a sus costados, instigándola a emprender el paso.
Devin, pasó con Zalamar trotando por su derecha, y fue el primero en cruzar el río. Las resbaladizas hojas de su orilla quedaron atrás. Viendo como poco a poco se quedaba rezagada, Eleanor sacudió sus talones más fuertemente. A su contacto, la obediente yegua apresuró su ritmo y se acompasó al de Zalamar, atravesando con velocidad la entrada al bosque de Alora.
Muy pronto los árboles de delgado tronco y elevadas copas, ofrecieron una imagen móvil y confusa. El breve calentamiento del trote, se tornó en galope y ambos se perdieron como fantasmas dentro de una verde niebla.
A una hora muy temprana de la mañana, Damar se encontraba limpiando y organizando las mesas de la posada. Mientras pasaba el trapo mojado por las tapas de madera, no dejaba de pensar en su hija y en el muchacho. Hacía ya unas horas que ambos habían emprendido el viaje y no veía el momento en el que se sucedieran los días para tener noticias de ambos.
Sentía por Devin una confianza absoluta, pues había sido partícipe de la crianza del muchacho y mantenido una estrecha amistad con su tío. Algo muy importante para él, era saber que su hija –a pesar de los continuos reproches que le dirigía-, también le depositaba su fe. Por ello, cuando Devin había insistido en ser él quien la acompañara durante el viaje, cedió a sus peticiones con la condición de que lo mantuvieran en todo momento informado.
A sus sesenta años, podía considerarse un hombre afortunado. Hacía ya mucho tiempo que había perdido a su mujer, pero en cambio, había tenido la oportunidad de ver crecer a Eleanor día a día y convertirse en una hermosa jovencita. Se sentía tremendamente orgulloso de la muchacha y apreciaba el valor que estaba demostrando al enfrentarse de una manera tan adulta a su extraña y repentina dolencia. Pues había sido su firme decisión, el recorrer los caminos hacia un futuro incierto y afrontarlo con esfuerzo y madurez. Sólo esperaba que aquella encontrara lo que había ido a buscar, fuera lo que fuera, lo que le hubiera deparado el destino... o los mismísimos dioses.
Damar terminó de pasar el trapo a la última de las mesas y echó un rápido vistazo al interior de la posada, antes de abrir sus puertas a los clientes. Satisfecho de la limpieza, se metió en la cocina y cogió su usado delantal. Un escanciador de licor de Lantal, permanecía olvidado sobre una esquina de la encimera. Sin poder evitarlo, su mirada se clavó fija en él y juntando sus manos estropeadas por los años de duro trabajo en los fogones, elevó una plegaria a Los Siete, pidiendo que le trajeran a su hija sana y salva muy pronto a casa.
Zalamar seguía encabezando la marcha, y descendía muy despacio, bajo la atenta guía de Devin. Este lo detenía y desviaba del camino, cuando divisaba una senda alternativa que proporcionara a los corceles más firmeza en sus pasos. Eleanor, que iba detrás muy próxima a ellos, procuraba no estamparse contra los cuartos traseros del rojizo alazán en cada parada, y permanecía muy atenta a las indicaciones que el joven le daba. A pesar de que ella no era una amazona inexperta, no había tenido que enfrentarse hasta ahora a terrenos tan escarpados y peligrosos como aquél y se sentía insegura.
-Refrena a Medianoche –le pidió Devin-. Es mejor que guardes un poco la distancia. Estáis casi encima de nosotros.
La joven, que caminaba al lado de la yegua, tiró temblorosamente de las riendas de esta. Medianoche no dio signos de aminorar el paso. Zalamar presintiéndola muy cerca, se removió inquieto y agitó su cola con energía.
-No puedo –le dijo sintiendo un miedo creciente- ¡Se está resbalando otra vez!
La yegua, fatigados sus músculos por el esfuerzo continuo que suponía el descenso por la pendiente, apoyó sus patas débilmente sobre el corredizo terreno y trastabilló. Piafó y mordisqueó el bocado, nerviosa, salpicando de espuma blanca la grupa de Zalamar. Este último, echó las orejas hacia atrás y dio un fuerte tirón con la cabeza. Todo ocurrió, entonces, muy deprisa.
Devin sintió cómo las riendas de su montura quemaban sus manos, escapándose de su agarre. Emitió un gemido de dolor, y el brioso corcel castaño se encabritó sobre sus dos patas delanteras. Medianoche, con los ojos desorbitados por el terror, intentó recular hacia atrás y perdió totalmente el equilibrio, cayendo por la pendiente.
-¡Suéltala, Eleanor! – le gritó Devin presuroso- ¡Te arrastrará con ella!
Elen, sorprendida y terriblemente asustada al mismo tiempo, cayó hacia atrás sobre el suelo. Se quedó quieta boca arriba, mientras era testigo de cómo el animal se precipitaba hacia abajo a gran velocidad, arrastrando tras ella gravilla y una gran nube de polvo gris.
Devin corrió hacia la joven, ahogado entre toses. La herida que tenía en su mano derecha, había vuelto a abrirse.
- ¡Por Yahel! ¡Estas sangrando de nuevo! –exclamó Eleanor al verla.
- No es nada, no te preocupes -la tranquilizó- ¿Tu estás bien?
Eleanor asintió con la cabeza. Sus rubios cabellos estaban revueltos y sus pantalones se habían arañado con la caída.
-¿Estás segura? –insistió él con voz grave. No podía llegar a imaginar qué habría hecho él si en lugar de precipitarse la yegua por la ladera, hubiera sido ella. Ni siquiera quería detenerse a pensarlo.
-Sí, estoy bien -le aseguró, notando su profunda preocupación.
Devin, suspiró consternado y tomó entonces las riendas de su caballo, a unos cuantos pasos de él. Bajo la atenta mirada de la joven, comenzó a descender internándose dentro la nube de polvo.
-Quédate aquí. No te muevas -le dijo mientras su figura se tornaba difusa, a lo lejos-. Voy a buscar a la yegua. Estaré aquí en unos instantes.
Eleanor se incorporó, inquieta. La idea de quedarse sola en aquel árido paraje, le arañó las entrañas.
-¡No me dejes sola! –gritó al vacío- ¡Devin!
Pero el muchacho ya había desparecido y su respuesta le llegó confusa.
Eleanor miró repentinamente aterrada hacia todos los lados. La escarpada pendiente se alzaba inexpugnable tras ella, y a su alrededor, un mar de arena caliza se extendía hasta donde le alcanzaba su vista. Varios árboles de copa alta y tronco quebradizo salpicando el blanco terreno, eran su única compañía.
La joven comenzó a sentir un miedo profundo, en medio de aquella vasta soledad. Muy a lo lejos, el sonido de los cascos del caballo de Devin dejó de repiquetear, sumándose el silencio a aumentar su malestar.
¡Por los Siete!. ¿Y si en aquel lugar perdido y alejado de toda posibilidad de auxilio, volvían a asaltarle sus miedos?, ¿quién escucharía sus ruegos?, ¿quién la ayudaría entonces?
Eleanor, respiró hondo, pasándose las manos por los cabellos en un intento por alisarlos. Sus dedos se pusieron repentinamente fríos y un conocido resquemor recorrió su cuerpo. La respiración se fue haciendo de nuevo rápida y entrecortada, como en aquella terrorífica noche, y a pesar de su esfuerzo por evitar caer en la vorágine del miedo, su corazón comenzó a latir con más fuerza; la opresión en el centro del pecho volvió a asfixiarla y sus ojos se llenaron de lágrimas.
-¡Devin! –chilló aterrorizada- ¡Por favor!. ¿Dónde estás?
El silencio la envolvió como si el aire se hubiera convertido en plomo. Sus gritos fueron tragados por el vacío, impidiendo que sus ecos llegaran a oídos del joven. La nube de polvo que la yegua había levantado en su caída, ya se había dispersado casi en su totalidad y Eleanor pudo ver cómo a lo lejos, el muchacho se hallaba en cuclillas, con sus manos apoyadas en las patas de un caballo. Con la visión borrosa, no pudo distinguir si se trataba de Zalamar o de la yegua. Al lado de ellos el otro animal daba vueltas, ajeno a las maniobras de Devin.
Tras lo que a ella le pareció una eternidad, el chico se levantó y comenzó a ascender montaña arriba. Eleanor se enjuagó las lágrimas en un ademán rápido y sacudió la suciedad de sus pantalones. No podía permitir que él se diera cuenta del torbellino que acababa de arrasar por segunda vez su interior. Se sentía perdida y avergonzada al mismo tiempo, pues seguía sin comprender lo que le estaba ocurriendo.
Devin cubrió rápidamente el último trecho que la separaba de ella. Estaba visiblemente cansado y la herida de su mano estaba cubierta por una venda parcialmente limpia, que él mismo había atado a la muñeca. Miró a Eleanor, y dijo con voz entrecortada por la falta de aliento.
-Medianoche está bien. Se ha clavado una astilla seca en una de las patas, pero es una herida superficial. Se la he vendado –le explicó, tomando aire entre frase y frase–. Gracias a los dioses no se ha fracturado nada.
Devin se dobló por la cintura, ajeno los pensamientos de la joven que bullían tormentosos, y respiró hondo para llenar sus pulmones.
-Será mejor que bajemos –Se incorporó-. Los caballos nos esperan en un llano un poco más abajo.
Devin levantó la mirada y reparó entonces en el rostro macilento de la joven.
-Todo esto ha sido por mi culpa -dijo Eleanor en un susurro evitando mirar al joven.
Devin se acercó a ella. Acto seguido, le pasó un brazo por sus pequeños hombros y reemprendieron el descenso muy despacio.
-No digas eso –la contravino, protector-. Este terreno es muy escarpado y las rocas se desprenden muy fácilmente. Soy yo el que tenía que haber previsto que esto podía ocurrir. Quizás debimos tomar el camino de Valmor y no cruzar estos bosques.
Eleanor dejó que el peso de su cuerpo reposara cada vez más en él. La calidez y seguridad que desprendía la hacía sentirse segura.
-Menos mal que mi padre no ha venido con nosotros –dijo la muchacha recobrando poco a poco la serenidad-. Ha sido muy considerado por tu parte, ofrecerte a traerme hasta aquí.
Devin negó con la cabeza, y sonrió.
-Lo he hecho con sumo gusto, pequeña. Además –esa expresión de sorna tan característica en él brilló en sus ojos- ¿te imaginas a Damar, con sus sesenta años, dando botes con sus cansados huesos sobre un caballo?
Eleanor rió, divertida. Las sombras de sus miedos sólo restaban en las huellas que las lágrimas habían dejado en sus mejillas.
-Sí. La verdad es que no soy capaz de imaginarlo fuera de su mundo. Aunque me consta, que de no haber sido tu tan tozudo –se atrevió a bromear también-, lo tendríamos aquí con nosotros quisiéramos o no.
Devin asintió sin dejar de sonreír. Unos pasos más y habrían llegado al llano, junto a los caballos.
-Espero que no te incomode montar conmigo en Zalamar –le dijo con tono suave, cambiando de tema-. No conviene forzar más a tu yegua.
Eleanor se sonrojó al instante y apartó la mirada antes de responder.
-¿Por qué iba a molestarme? -Su voz tembló casi imperceptiblemente.
Devin miró hacia el cielo. El atardecer se iba convirtiendo poco a poco en anochecer. En menos de una hora, no podrían ver apenas el camino.
-Tendremos que darnos prisa –le dijo–. Así que tendrás que sujetarte fuertemente a mí –y le guiñó un ojo tan azabache como sus cabellos.
Eleanor se carcajeó soltándose del abrazo del joven. La pendiente se había suavizado y sus pies se sujetaban con mayor firmeza al suelo. Medianoche piafó al verlos llegar y Zalamar avanzó al paso hacia su amo. Devin tomó las riendas de su montura y las pasó por encima de su cabeza. Ató después las riendas de Medianoche a la parte trasera de la silla de su corcel y montó en él. Tendió la mano a Eleanor al decir:
-Ciertamente, no me hubiera perdido este viaje por nada del mundo.
Eleanor aceptó su mano y montó tras él, en la grupa del animal. Devin sujetó con la mano izquierda las riendas de Zalamar y azuzó suavemente sus costados con los talones de sus botas. Ella se sujetó a su cintura y sonrió para sí.
-¿Preparada? – se aseguró el muchacho.
-Adelante –respondió ella a sus espaldas, apretándolo un poco más con sus brazos.
Devin también sonrió antes de dar un toque de nuevo a Zalamar, esta vez con más contundencia, para que éste entrara en galope. Medianoche, que había sido convenientemente atendida y su herida vendada, siguió la marcha del corcel sin dificultad y sin dar muestras de experimentar ningún dolor.

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