domingo, 11 de agosto de 2019

La presentación de "El día del Advenimiento" fue este pasado 9 de agosto de 2019.
Podéis ver el vídeo AQUI

En el vídeo, Andrés L. García, de la editorial Algorfa, hace una pequeña introducción sobre la editorial y el autor. A continuación, David Espada habla de la novela, de cómo se le ocurrió la idea, y una breve explicación del argumento.

El libro está ya a la venta en varios sitios de Internet, entre ellos, AMAZON, y se puede pedir en cualquier librería de España, con el título: "El día del Advenimiento", y la editorial: "Algorfa"



viernes, 2 de agosto de 2019

El día del Advenimiento en Facebook


El día del Advenimiento ya tiene página de Facebook, que podéis encontrar (cómo no), buscando
@Eldiadeladvenimiento en la red social, o en el siguiente enlace:

https://www.facebook.com/Eldiadeladvenimiento/

Sois más que bienvenidos a sumaros a la página. Allí iré actualizando toda la información referente a la presentación, firma del libro, etc

jueves, 4 de julio de 2019

El día del Advenimiento, presentación en Marbella el próximo 9 de agosto


Hola de nuevo, amigos lectores del blog de Daltharem.
Como dije hace un tiempo, el proceso de publicación de "El día del Advenimiento" sigue adelante. Ya tenemos portada del libro (el ilustrador de la editorial ha hecho un trabajo excelente), y fecha de presentación del libro, que sería el 09/08/2019, o lo que es lo mismo, el próximo 9 de agosto, en el Hospitalillo, también conocido como CC Hospital Real de la Misericordia, situado en la Plaza Practicante Manuel Cantos, en Marbella.

Ni que decir tiene que, si tenéis la oportunidad y tiempo, sois más que bienvenidos a asistir a la presentación del libro. Me encantaría teneros allí para compartir esta ocasión.

¡Un saludo!


viernes, 21 de diciembre de 2018

El Dia del Advenimiento, publicación

Ha llovido mucho desde que publiqué las entradas de "El día del Advenimiento" en el blog. Once años, en realidad. En aquel entonces, estaba a medio escribir, pero el libro ha tenido tiempo de terminarse y revisarse por completo un par de veces desde entonces... y de permanecer dormido en un cajón largos inviernos.

He eliminado del blog las entradas en las que compartía con vosotros, incansables lectores, que eran  los cuatro primeros capítulos del libro. Por un lado, lo he hecho porque estaban desfasados; el libro ha cambiado en este tiempo, y es diferente a como lo escribí entonces. Por otro lado, y mucho más importante,  una editorial se ha interesado recientemente en la novela, y la van a publicar en formato impreso en los próximos meses.

Estoy muy ilusionado con el proyecto porque, si bien ya había publicado anteriormente en formato electrónico y de autopublicación, esta va a ser la primera vez que vea físicamente un libro mio en las estanterías de una librería. Es algo que había estado esperando mucho tiempo, desde aquel día con once años en que comencé a escribir mi primera historia.

Espero que compartais conmigo esta ilusión. Os mantendré informados.

jueves, 10 de mayo de 2012

Guerreros del Ocaso - Epilogo a la Primera Parte

Historial del libro:
Introduccion
Capitulo 01
Capitulo 02
Capitulo 03
Capitulo 04
Capitulo 05
Capitulo 06
Capitulo 07


Ha pasado tiempo, pero volvemos la carga con la continuación de esta novela de fantasía épica.
En esta ocasión, presento el epílogo con el que cierra la primera de las tres partes del libro y comienza la segunda.


EPILOGO A LA PRIMERA PARTE.

PROLOGO A GHULDRA

LOS DOS ÚLTIMOS DIOSES.

            En la oscuridad sonó una leve carcajada desprovista de alegría.

-- Se acabó –dijo una voz, la que se había reído-. Finalmente has perdido.
-- No ha sido sin duda por tu poder, ni por tu forma de usarlo.

            La segunda voz era suave, susurrante, y terriblemente sarcástica.

-- Tienes razón en eso, pero no soy yo el orgulloso –contestó la primera voz, grave y serena-. Me basta con saber que después de todos estos siglos, ha merecido la pena quedarse aquí.
-- Bah. Intentas convencerte de que tu presencia ha valido de algo.
-- Y así ha sido. ¿Te atreves a negarlo?
-- No, no, su magnánima deidad –croó la voz, irónica-. Sin duda has sabido despertar muy bien al niño cuando ella estaba en problemas. Casi llegaste tarde alguna vez, pero un dios no puede estar atento siempre, ¿no es así?
-- No sé a qué te refieres –exclamó la voz, perdiendo momentáneamente el control-. Los he ayudado, igual que a todos los anteriores, y al fin han pasado la última prueba.
-- Pero no ha sido por ti. Debes admitir eso. No se puede influir en el corazón de un mortal. Esa es la regla. Nos sirven o no, pero no se los obliga. ¿Acaso lo has olvidado?
-- ¿Dónde quieres ir a parar?

            La susurrante voz rió levemente antes de hablar.

-- Lo han conseguido. Después de más de sesenta años alguien ha rescatado el arma de este mundo muerto para llevarla a Ghuldra, y no puedes admitir que al final, no ha sido por tu intervención. Las ayudas en los momentos difíciles, sacarlos del sueño en el último instante, darles un último soplo de vida antes de hundirlos en el agua... todo eso ha pasado decenas de veces, Duobohr. Yo no podía hacer mucho, como comprenderás. Sólo tratar de pillarte desprevenido alguna vez. ¿Sabes por qué no me preocupaba? ¿Sabes por qué descansaba cuando quería, y te dejaba actuar libremente? –La voz se hizo más susurrante, y habló en un tono más bajo-. ¡Porque eran míos! Puedes salvar sus vidas, estúpido hermano, pero sus corazones son míos. Siempre lo han sido hasta ahora –soltó una carcajada antes de continuar-. De nada te servían tus desvelos, de nada vigilarme continuamente para saber dónde iba a actuar. Todo era un juego, y todos y cada uno de ellos, cayeron antes o después en la auténtica trampa. La ambición es algo arraigado en el arma mortal. El oro encantado no fue idea mía, sino de ellos, los esbirros de ese estúpido mago. ¿No te resulta encantadoramente irónico que nuestra presencia aquí no haya, a fin de cuentas, servido para nada, salvo para entretenernos?
-- Te he mantenido a raya –sentenció firme la primera voz-. Y he ayudado a estos últimos para que consigan su propósito.
-- No, Duobohr. Has jugado conmigo... y con más de cien peones de ajedrez. En cuanto a lo segundo, te repito que no has tenido nada que ver en que consiguieran “su propósito” –dijo estas últimas palabras con una burda imitación del tono que había usado el otro dios-. Ella era especial. La piedra lo dijo, y tenía razón. Algo en su interior... Y es curioso, porque cuando la vi por primera vez llegar a este mundo, cuando supe lo que pensaba, lo que sentía, estuve seguro de que ella sería mía también. Su interior es un caos. Supongo que eso es lo que la ha hecho imprevisible.

            La voz grave guardó un prolongado mutismo, y la sarcástica también. En el aire volvió a hacerse el tan conocido silencio. Finalmente, el primero volvió a tomar la palabra.

-- Me preocupa otra cosa.
-- ¿A ti, oh deidad?, ¿qué podría ser?
-- La roca habló demasiado. Les dijo Su Nombre.
-- ¿Te refieres a aquella exclamación? ¡Ja!
-- Tiendes a dejar de lado asuntos importantes, Thálbhar –le recriminó la voz grave-. Podrían hablar en Ghuldra.
-- Sabes perfectamente que no estaban preparados para conocer de Él –le quitó importancia al asunto con voz susurrante-. Sin duda ya habrán olvidado Su Nombre. Es más, es posible que ni siquiera lo oyeran cuando la piedra lo mencionó.
-- En caso contrario, sin duda te daría igual, ¿no es así? Me pregunto si no debería ir a Ghuldra para asegurarme de que guardan silencio.

            El aire se llenó de carcajadas, tan agudas y gélidas como esquirlas de hielo.

-- ¿Pero que oyen mis oídos? ¿Tú, violando las reglas del mismísimo Uglion? Y yo que me tenía por un dios negro. Sabes perfectamente que el panteón de Ghuldra está completo, y aunque aquellos malditos pusilánimes se mantengan al margen de su historia, eso no significa que no se unieran contra ti en cuanto asomases tu divina nariz. Además, ¿qué ibas a hacer si llegara el caso?, ¿matarlos? Dubohr, la historia ha escapado de tus manos, y también de las mías. Lo que ocurra ahora será asunto de los habitantes de aquel mundo.
-- Quizá te equivoques –le respondió la otra voz-. Esta batalla podría tener muchas más implicaciones de las que piensas. Tanto si vence el hechicero, como si son los magos blancos. En cualquier caso, el paso entre los mundos quedará restablecido para los mortales.
-- Pero igualmente limitado por las reglas naturales. ¡Me encantaría que esto estallase! –la voz susurrante se había vuelto por un segundo vehemente- Ya lo sabes, pero me temo que todo esto no será más que otra chispa de la fragua que muere al llegar al frío suelo. No sé que harás tú, pero creo que yo voy a dar un largo paseo. Mil años de estancia son muy poco para sólo medio siglo de diversión. El Hacedor no se detiene, y ha tenido mucho tiempo. Sin duda alguna, los nuevos mundos serán más interesantes que los antiguos. Este debió morir hace mucho tiempo. Ya es hora de que eso ocurra.
-- En ello convengo, Thálbhar. Los demás dioses se fueron hace demasiado tiempo. Ahora que el arma ha llegado a Ghuldra, Rahoman no tardará en destruir todo este palacio, y acabar con sus criaturas, otra muestra más de que el mal siempre se vuelve contra sí mismo.
-- Sólo los idiotas escarban bajo sus propios pies –siseó la voz-. Quizá no me has oído llamar estúpido antes al hechicero. No ha sido por ayudarlo por lo que he estado aquí novecientos años, te lo aseguro.
-- Tampoco lo has perjudicado.
-- Bah, me he divertido. Y ahora me iré. Es hora de empezar algo en serio en otro lugar. Dentro de muy poco, como has dicho, aquí no quedará nada más que desierto.
-- El desierto eterno. Así lo llamaban los mortales que viajaron aquí cuando podían. Creo que también yo me marcho. Al igual que tú, tengo curiosidad por saber en qué ha empleado el tiempo el Grande. Dejemos que este mundo haga finalmente honor a su nombre.
-- Sí. Por cierto, Dubohr, he de admitir que me has ganado por la mano en un asunto. No creas que no me di cuenta, aunque fue demasiado tarde para que pudiera hacer nada. Debí haber supuesto que un dios blando como tú les ayudaría hasta el último momento.
-- ¿Te refieres a lo del túnel de luz? No podrías haber hecho nada de ninguna manera. Además, la piedra ya lo había dicho. No podía dejar que los tuyos tuvieran una ventaja excesiva allá en Ghuldra.
-- Los míos allá en Ghuldra –afirmó con otra imitación de la voz grave de Dubohr-, no moverían un dedo aunque Uglion les ayudara con su poderosa mano. Pero, bien pensado, tu acción hará de contrapeso a la ventaja de Rahoman, aunque a pesar de ello no baste para salvarlos.
-- Eso, como muy bien has dicho, ya no depende de nosotros.
-- Si. Bueno, es hora de partir. Quizá nos volvamos a enfrentar algún día –siseó la voz.
-- Tal vez. La eternidad es muy larga. Podríamos ser llamados a un mismo mundo.
-- Así es, pero no lo desees, hermano. No lo desees.

            Cuando volvió el silencio, esta vez fue para siempre.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Mundos Paralelos - Capítulo 3





MUNDOS PARALELOS


Capítulo 3 - Viaje a Numol






Medianoche, era una yegua magnífica. De brillante pelambre negra, mediano tamaño y temperamento dócil. Su ritmo era hipnótico, regular y marcaba el paso de manera plácida, bajo la guía de Eleanor. A su lado, Devin montaba un brioso alazán castaño, de gran tamaño y con una pincelada blanca en su frente. Sus movimientos eran, al contrario que los de la yegua, fogosos y difíciles de dominar. Dos años más joven que aquella, Zalagar encabezaba la marcha, deseoso de emprender de nuevo el trote. Sus patas pintadas como calcetines blancos, levantaban la tierra ante la fuerza de sus cascos.

Los altos y hermosos lantales de Nande iban abriéndoles el paso a medida que ellos se adentraban cada vez más en las profundidades de la ciudad. Cercanos a la frontera con Jerón, delgados afluentes de un río poco caudaloso, mojaba la incipiente y colorida vegetación que bebía de sus aguas. Miles de hojas diminutas se esparcían por doquier, yaciendo doradas, sobre las oscuras rocas lavadas.

Zalamar coceó inquieto el húmedo suelo y dilató su hollares.

-Eleanor, deberíamos detenernos unos instantes. Los caballos necesitan beber –propuso Devin refrenando firmemente las riendas de su briosa montura. Esta emitió un sonoro bufido en señal de protesta–. Tras cruzar el río, tendremos que ponerlos al galope si queremos llegar antes del anochecer a Numol.

Eleanor, detuvo a la yegua y suspiró con gesto preocupado. Miró con sus grandes ojos claros al muchacho, quien estaba absorto en el terreno que aún tenían que recorrer, tras el río. Al rato, Devin le devolvió la mirada.

-¿Qué ocurre?

El silencio de la joven fue su única respuesta.

Eleanor bajó la mirada al suelo y la clavó en una piedrecilla del camino. Un remolino de hojas mojadas la tapaban casi por completo. La duda y el miedo se arremolinaban desordenadamente en su interior, al igual que aquellas hojas caídas. El recuerdo de la visita del sanador a su casa y la conversación posterior que había mantenido con su padre en privado, no dejaban de acudir a su mente.

Damar le había hablado de la incapacidad de Junab para sanarla, y de la existencia de una extraña mujer, por la cual ella misma había decidido emprender este viaje. Sin embargo, ahora se sentía abatida y sin fuerzas, y no tenía esperanzas de que el malestar que sentía en su cuerpo tuviera curación.

-¿Crees que estamos haciendo lo correcto? –le preguntó en un murmullo, sin levantar la mirada.
Devin, desmontó de su caballo y se acercó a Eleanor.

-¿Por qué dices eso? –le preguntó palmeando cariñosamente el cuello de Medianoche. El animal bajó su musculoso cuello para recibir mejor las caricias. Elen jugueteó nerviosa con las riendas de la yegua.

-Ni siquiera un curandero ha podido sanarme y ahora vamos en pos de los remedios de una supuesta sacerdotisa.

El muchacho, posó delicadamente sus manos sobre las de Eleanor, antes de contestar, con lentitud.

-Seguro que lo es –dijo convencido Devin-. Digan lo que digan los rumores, no se puede curar el espíritu sólo con palabras. Eso es absurdo. La verdad será que se trata de una sacerdotisa que habrá dejado el Templo por alguna cuestión que ni nos incumbe. Lo importante –continuó-, es que nos reciba y te acepte para que pueda sanarte. Entonces nos iremos a casa, y si los dioses quieren, todo esto habrá sido tan sólo una oscura pesadilla.

-Los dioses... –repitió apesadumbrada-, seguramente son los responsables de mi mal. Todavía no sé en qué, pero es muy probable que los haya ofendido en algo y estos me hayan castigado por ello.

Devin, apretó más firmemente las manos de la muchacha, invitándola a que lo mirara. Cuando ésta así lo hizo, pudo ver cómo la sombra de unas lágrimas velaba sus ojos claros. El rostro marcadamente masculino del chico se desdibujaba ante ella, como una acuarela bajo la lluvia.
-Escúchame bien –El tono de Devin sonó firme y protector-. Aunque mis conocimientos no se extienden más allá de cómo hay que pescar y utilizar las redes, estoy casi seguro de que ningún dios se ha dignado a mirar hacia la tierra para perturbar tu alma.

Devin, esperanzado en que la supuesta sacerdotisa solucionara la afección de Eleanor, había apoyado en todo momento la valiente decisión de la joven sobre la necesidad de emprender aquel viaje. Y aunque veneraba a Yahel, como buena parte de los habitantes de las zonas costeras, tenía la impresión de que las divinidades no se inmiscuían en absoluto en la vida de las personas.

Damar se había visto obligado a aceptar la insistente petición de Devin, de acompañar a la muchacha hasta Numol. Aunque aquél se resistió a separarse de su hija, Devin le expuso con evidente lógica, los avatares a los que el duro viaje iba a someterlos. Su avanzada edad y las largas horas a lomos de los caballos, por no hablar de las obligaciones que lo encadenaban a la posada, hicieron ceder finalmente la voluntad del hombre. El joven, le aseguró, no obstante, que cuidaría de ella y que le mandaría noticias con asiduidad.

Eleanor suplicó para sí misma que las palabras del muchacho fuesen ciertas, y que algo de la seguridad que él demostraba, calmara sus temores. Muy a su pesar, las dudas surgían a pares.
-¿Por qué no? –inquirió insistente.

Un intermitente viento comenzó a levantarse filtrándose por entre la maleza. La humedad empezaba a impregnar las ropas de ambos, y el frescor de aquel recodo del camino pronto se convertiría en frío.

-Porque entonces –continuó Devin, retirando un mechó de cabellos rubios que caía sobre la cara de la muchacha y observando sus perfiladas facciones con detenimiento-, con sólo mirarte a los ojos, habría caído irremisiblemente en sus profundidades, presa de tu belleza y ternura...

Eleanor parpadeó sorprendida. Una chispa de excitación surgió repentinamente de la nada, encontrando un hueco hacia las recónditas profundidades de su alma, sin su consentimiento.

Devin calló unos instantes y ladeó la cabeza. Sus cabellos casi tan negros como los del animal que Elen montaba, rozaron sus manos. Una expresión jovial se materializó en su perfecta sonrisa y un brillo divertido bailó en el fondo de sus oscuros ojos.

- ... y desde luego... - terminó cambiando el tono de su voz por otro casi cómico. La magia de aquel momento pareció no haber sido más que un sueño-, jamás habría podido volver a los cielos, convirtiéndose en un pobre y aquejado mortal.

Eleanor no pudo reprimir una sonrisa, y esta dio paso a una sonora carcajada. Devin sintió como si las mismísimas estrellas hubieran tintineado desde lo alto. Hacía tiempo que no escuchaba el sonido su risa, y casi había olvidado lo cristalina que era.

-No sé cómo he aceptado venir contigo, en lugar de con mi padre –dijo Elen un poco más animada.

Devin la ayudó a bajarse de su montura mientras respondía.

-Ya me he dado cuenta de que en términos generales, soy un misterio para ti –Devin sujetó a Medianoche por las riendas y la llevó junto a Zalamar –. Dejemos que los caballos beban un poco antes de continuar.

Elen observó cómo conducía a ambos con especial cuidado y les daba unas palmadas en la grupa antes de soltarlos para que estos calmaran su sed, libremente. En breves momentos, regresó de nuevo a su lado, desandando sus propios pasos.

Ataviados ambos con ligeras ropas de viaje y una saca a medio llenar de provisiones, habían partido hacía aproximadamente unas dos horas de Nande. La parte más fácil pero más cansada de la travesía, estaba aún por llegar. Pues aunque el bosque de Alora era una planicie poco intrincada, sus monturas no contarían de nuevo con agua fresca hasta que llegaran hasta la misma ciudad de Numol. Según la ruta que Devin había trazado, debían bordear la ciudad de Jerón atravesando primeramente la zona boscosa, hasta dar con el acceso a las montañas que precedían a los valles. Aproximadamente, les quedaban por recorrer otras seis horas más, manteniendo una buena velocidad.

Eleanor se frotó los brazos, intentando que su cuerpo entrara en calor. La fina camisa de hilo que había sacado de su armario, dejaba entrar la humedad con bastante facilidad.

Devin, revisó por segunda vez desde el inicio del viaje, las sillas de montar para asegurarse de que estaban bien afianzadas. Zalamar piafó intuyendo que reemprenderían muy pronto la marcha. La oscura piel de la yegua se estremeció, deseosa también por dirigirse a un lugar más cálido y seco.

-Vayámonos ya –dijo él cuando todo estuvo listo, entregándole las riendas de Medianoche a la muchacha-. No quiero que la noche nos sorprenda entre las montañas. Los animales podrían lesionarse en un tropiezo.

Asintiendo, y reanimada por el descanso, la chica se alzó sobre un estribo y se agarró con una mano al pomo de la silla. Con la otra sujetó las riendas de la yegua y dio unos golpecitos a sus costados, instigándola a emprender el paso.

Devin, pasó con Zalamar trotando por su derecha, y fue el primero en cruzar el río. Las resbaladizas hojas de su orilla quedaron atrás. Viendo como poco a poco se quedaba rezagada, Eleanor sacudió sus talones más fuertemente. A su contacto, la obediente yegua apresuró su ritmo y se acompasó al de Zalamar, atravesando con velocidad la entrada al bosque de Alora.
Muy pronto los árboles de delgado tronco y elevadas copas, ofrecieron una imagen móvil y confusa. El breve calentamiento del trote, se tornó en galope y ambos se perdieron como fantasmas dentro de una verde niebla.






A una hora muy temprana de la mañana, Damar se encontraba limpiando y organizando las mesas de la posada. Mientras pasaba el trapo mojado por las tapas de madera, no dejaba de pensar en su hija y en el muchacho. Hacía ya unas horas que ambos habían emprendido el viaje y no veía el momento en el que se sucedieran los días para tener noticias de ambos.

Sentía por Devin una confianza absoluta, pues había sido partícipe de la crianza del muchacho y mantenido una estrecha amistad con su tío. Algo muy importante para él, era saber que su hija –a pesar de los continuos reproches que le dirigía-, también le depositaba su fe. Por ello, cuando Devin había insistido en ser él quien la acompañara durante el viaje, cedió a sus peticiones con la condición de que lo mantuvieran en todo momento informado.

A sus sesenta años, podía considerarse un hombre afortunado. Hacía ya mucho tiempo que había perdido a su mujer, pero en cambio, había tenido la oportunidad de ver crecer a Eleanor día a día y convertirse en una hermosa jovencita. Se sentía tremendamente orgulloso de la muchacha y apreciaba el valor que estaba demostrando al enfrentarse de una manera tan adulta a su extraña y repentina dolencia. Pues había sido su firme decisión, el recorrer los caminos hacia un futuro incierto y afrontarlo con esfuerzo y madurez. Sólo esperaba que aquella encontrara lo que había ido a buscar, fuera lo que fuera, lo que le hubiera deparado el destino... o los mismísimos dioses.

Damar terminó de pasar el trapo a la última de las mesas y echó un rápido vistazo al interior de la posada, antes de abrir sus puertas a los clientes. Satisfecho de la limpieza, se metió en la cocina y cogió su usado delantal. Un escanciador de licor de Lantal, permanecía olvidado sobre una esquina de la encimera. Sin poder evitarlo, su mirada se clavó fija en él y juntando sus manos estropeadas por los años de duro trabajo en los fogones, elevó una plegaria a Los Siete, pidiendo que le trajeran a su hija sana y salva muy pronto a casa.





El paso a través de las montañas, exigió a los jóvenes desmontar de los caballos en varias ocasiones. El bosque de Alora se comunicaba con una abrupta pendiente de calcáreas rocas que debían cruzar necesariamente para llegar a su destino, y a los animales les costaba sobremanera afianzar sus cascos en ella. La larga galopada había mermado sus energías, y aunque llegado el inicio del atardecer habían realizado un segundo descanso, Medianoche ya no atravesaba el terreno con tanta seguridad. De vez en cuando sus herraduras resbalaban por las blancas y sueltas piedrecillas, perdiendo el equilibrio.

Zalamar seguía encabezando la marcha, y descendía muy despacio, bajo la atenta guía de Devin. Este lo detenía y desviaba del camino, cuando divisaba una senda alternativa que proporcionara a los corceles más firmeza en sus pasos. Eleanor, que iba detrás muy próxima a ellos, procuraba no estamparse contra los cuartos traseros del rojizo alazán en cada parada, y permanecía muy atenta a las indicaciones que el joven le daba. A pesar de que ella no era una amazona inexperta, no había tenido que enfrentarse hasta ahora a terrenos tan escarpados y peligrosos como aquél y se sentía insegura.

-Refrena a Medianoche –le pidió Devin-. Es mejor que guardes un poco la distancia. Estáis casi encima de nosotros.

La joven, que caminaba al lado de la yegua, tiró temblorosamente de las riendas de esta. Medianoche no dio signos de aminorar el paso. Zalamar presintiéndola muy cerca, se removió inquieto y agitó su cola con energía.

-No puedo –le dijo sintiendo un miedo creciente- ¡Se está resbalando otra vez!

La yegua, fatigados sus músculos por el esfuerzo continuo que suponía el descenso por la pendiente, apoyó sus patas débilmente sobre el corredizo terreno y trastabilló. Piafó y mordisqueó el bocado, nerviosa, salpicando de espuma blanca la grupa de Zalamar. Este último, echó las orejas hacia atrás y dio un fuerte tirón con la cabeza. Todo ocurrió, entonces, muy deprisa.

Devin sintió cómo las riendas de su montura quemaban sus manos, escapándose de su agarre. Emitió un gemido de dolor, y el brioso corcel castaño se encabritó sobre sus dos patas delanteras. Medianoche, con los ojos desorbitados por el terror, intentó recular hacia atrás y perdió totalmente el equilibrio, cayendo por la pendiente.

-¡Suéltala, Eleanor! – le gritó Devin presuroso- ¡Te arrastrará con ella!

Elen, sorprendida y terriblemente asustada al mismo tiempo, cayó hacia atrás sobre el suelo. Se quedó quieta boca arriba, mientras era testigo de cómo el animal se precipitaba hacia abajo a gran velocidad, arrastrando tras ella gravilla y una gran nube de polvo gris.

Devin corrió hacia la joven, ahogado entre toses. La herida que tenía en su mano derecha, había vuelto a abrirse.

- ¡Por Yahel! ¡Estas sangrando de nuevo! –exclamó Eleanor al verla.

- No es nada, no te preocupes -la tranquilizó- ¿Tu estás bien?

Eleanor asintió con la cabeza. Sus rubios cabellos estaban revueltos y sus pantalones se habían arañado con la caída.

-¿Estás segura? –insistió él con voz grave. No podía llegar a imaginar qué habría hecho él si en lugar de precipitarse la yegua por la ladera, hubiera sido ella. Ni siquiera quería detenerse a pensarlo.

-Sí, estoy bien -le aseguró, notando su profunda preocupación.

Devin, suspiró consternado y tomó entonces las riendas de su caballo, a unos cuantos pasos de él. Bajo la atenta mirada de la joven, comenzó a descender internándose dentro la nube de polvo.

-Quédate aquí. No te muevas -le dijo mientras su figura se tornaba difusa, a lo lejos-. Voy a buscar a la yegua. Estaré aquí en unos instantes.

Eleanor se incorporó, inquieta. La idea de quedarse sola en aquel árido paraje, le arañó las entrañas.

-¡No me dejes sola! –gritó al vacío- ¡Devin!

Pero el muchacho ya había desparecido y su respuesta le llegó confusa.

Eleanor miró repentinamente aterrada hacia todos los lados. La escarpada pendiente se alzaba inexpugnable tras ella, y a su alrededor, un mar de arena caliza se extendía hasta donde le alcanzaba su vista. Varios árboles de copa alta y tronco quebradizo salpicando el blanco terreno, eran su única compañía.

La joven comenzó a sentir un miedo profundo, en medio de aquella vasta soledad. Muy a lo lejos, el sonido de los cascos del caballo de Devin dejó de repiquetear, sumándose el silencio a aumentar su malestar.

¡Por los Siete!. ¿Y si en aquel lugar perdido y alejado de toda posibilidad de auxilio, volvían a asaltarle sus miedos?, ¿quién escucharía sus ruegos?, ¿quién la ayudaría entonces?

Eleanor, respiró hondo, pasándose las manos por los cabellos en un intento por alisarlos. Sus dedos se pusieron repentinamente fríos y un conocido resquemor recorrió su cuerpo. La respiración se fue haciendo de nuevo rápida y entrecortada, como en aquella terrorífica noche, y a pesar de su esfuerzo por evitar caer en la vorágine del miedo, su corazón comenzó a latir con más fuerza; la opresión en el centro del pecho volvió a asfixiarla y sus ojos se llenaron de lágrimas.

-¡Devin! –chilló aterrorizada- ¡Por favor!. ¿Dónde estás?

El silencio la envolvió como si el aire se hubiera convertido en plomo. Sus gritos fueron tragados por el vacío, impidiendo que sus ecos llegaran a oídos del joven. La nube de polvo que la yegua había levantado en su caída, ya se había dispersado casi en su totalidad y Eleanor pudo ver cómo a lo lejos, el muchacho se hallaba en cuclillas, con sus manos apoyadas en las patas de un caballo. Con la visión borrosa, no pudo distinguir si se trataba de Zalamar o de la yegua. Al lado de ellos el otro animal daba vueltas, ajeno a las maniobras de Devin.

Tras lo que a ella le pareció una eternidad, el chico se levantó y comenzó a ascender montaña arriba. Eleanor se enjuagó las lágrimas en un ademán rápido y sacudió la suciedad de sus pantalones. No podía permitir que él se diera cuenta del torbellino que acababa de arrasar por segunda vez su interior. Se sentía perdida y avergonzada al mismo tiempo, pues seguía sin comprender lo que le estaba ocurriendo.

Devin cubrió rápidamente el último trecho que la separaba de ella. Estaba visiblemente cansado y la herida de su mano estaba cubierta por una venda parcialmente limpia, que él mismo había atado a la muñeca. Miró a Eleanor, y dijo con voz entrecortada por la falta de aliento.

-Medianoche está bien. Se ha clavado una astilla seca en una de las patas, pero es una herida superficial. Se la he vendado –le explicó, tomando aire entre frase y frase–. Gracias a los dioses no se ha fracturado nada.

Devin se dobló por la cintura, ajeno los pensamientos de la joven que bullían tormentosos, y respiró hondo para llenar sus pulmones.

-Será mejor que bajemos –Se incorporó-. Los caballos nos esperan en un llano un poco más abajo.

Devin levantó la mirada y reparó entonces en el rostro macilento de la joven.

-Todo esto ha sido por mi culpa -dijo Eleanor en un susurro evitando mirar al joven.

Devin se acercó a ella. Acto seguido, le pasó un brazo por sus pequeños hombros y reemprendieron el descenso muy despacio.

-No digas eso –la contravino, protector-. Este terreno es muy escarpado y las rocas se desprenden muy fácilmente. Soy yo el que tenía que haber previsto que esto podía ocurrir. Quizás debimos tomar el camino de Valmor y no cruzar estos bosques.

Eleanor dejó que el peso de su cuerpo reposara cada vez más en él. La calidez y seguridad que desprendía la hacía sentirse segura.

-Menos mal que mi padre no ha venido con nosotros –dijo la muchacha recobrando poco a poco la serenidad-. Ha sido muy considerado por tu parte, ofrecerte a traerme hasta aquí.

Devin negó con la cabeza, y sonrió.

-Lo he hecho con sumo gusto, pequeña. Además –esa expresión de sorna tan característica en él brilló en sus ojos- ¿te imaginas a Damar, con sus sesenta años, dando botes con sus cansados huesos sobre un caballo?

Eleanor rió, divertida. Las sombras de sus miedos sólo restaban en las huellas que las lágrimas habían dejado en sus mejillas.

-Sí. La verdad es que no soy capaz de imaginarlo fuera de su mundo. Aunque me consta, que de no haber sido tu tan tozudo –se atrevió a bromear también-, lo tendríamos aquí con nosotros quisiéramos o no.

Devin asintió sin dejar de sonreír. Unos pasos más y habrían llegado al llano, junto a los caballos.
-Espero que no te incomode montar conmigo en Zalamar –le dijo con tono suave, cambiando de tema-. No conviene forzar más a tu yegua.

Eleanor se sonrojó al instante y apartó la mirada antes de responder.

-¿Por qué iba a molestarme? -Su voz tembló casi imperceptiblemente.

Devin miró hacia el cielo. El atardecer se iba convirtiendo poco a poco en anochecer. En menos de una hora, no podrían ver apenas el camino.

-Tendremos que darnos prisa –le dijo–. Así que tendrás que sujetarte fuertemente a mí –y le guiñó un ojo tan azabache como sus cabellos.

Eleanor se carcajeó soltándose del abrazo del joven. La pendiente se había suavizado y sus pies se sujetaban con mayor firmeza al suelo. Medianoche piafó al verlos llegar y Zalamar avanzó al paso hacia su amo. Devin tomó las riendas de su montura y las pasó por encima de su cabeza. Ató después las riendas de Medianoche a la parte trasera de la silla de su corcel y montó en él. Tendió la mano a Eleanor al decir:

-Ciertamente, no me hubiera perdido este viaje por nada del mundo.

Eleanor aceptó su mano y montó tras él, en la grupa del animal. Devin sujetó con la mano izquierda las riendas de Zalamar y azuzó suavemente sus costados con los talones de sus botas. Ella se sujetó a su cintura y sonrió para sí.

-¿Preparada? – se aseguró el muchacho.

-Adelante –respondió ella a sus espaldas, apretándolo un poco más con sus brazos.

Devin también sonrió antes de dar un toque de nuevo a Zalamar, esta vez con más contundencia, para que éste entrara en galope. Medianoche, que había sido convenientemente atendida y su herida vendada, siguió la marcha del corcel sin dificultad y sin dar muestras de experimentar ningún dolor.




Creative Commons License
Mundos Paralelos is licensed under a
Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.

Mundos Paralelos - Capítulo 2




MUNDOS PARALELOS


Capítulo 2 - Umbrales de Marfil




Con sumo cuidado, consciente de que estaba tratando con un ser vivo, la mujer mojó la punta de un trozo de tela en leche de cabra y la pasó delicadamente sobre una hoja. Esta era suave y tersa al tacto. Su tamaño, de un palmo de largo y de unos tres o cuatro dedos de ancho, le facilitó la aplicación. Al roce con la tela, la hoja adquirió un saludable brillo y resaltó aún más su intenso color verde.

De clima templado y muy húmedo, Briana había tenido que procurarle un ambiente en igualdad de condiciones, para que la misma floreciera. Y aunque no había sido difícil mantener la temperatura y la humedad diurna que esta necesitaba, por la similitud entre su clima de origen y el de Numol, sí le había planteado cierto reto recrear una bajada acusada de la temperatura durante la noche. Tras mucho estudio y dedicación, no obstante, aquella maravilla de la naturaleza había florecido.

Cuando hubo terminado con las demás hojas, retrocedió y admiró la belleza de la extraña y tropical planta, satisfecha. Unas flores grandes, de formas igualmente redondeadas y de un color blanco puro, pendían elegantemente. A medio metro de altura, sobre sus hojas, dos esbeltas y flexibles varas que habían brotado de los laterales en su base, se convertían en el lazo de unión.
Gracias a Asrial, la paciencia, la dedicación, unos acertados conocimientos y un ambiente adecuado, habían dado sus frutos.

Briana, limpió y ordenó los materiales que habían estado utilizando durante toda la mañana antes de abandonar el invernadero. Una vez en la puerta se giró y sonrió. Las otras aproximadamente 50 plantas tropicales gozaban igualmente de buena salud. Flores de todos los colores; amarillas, rosadas, anaranjadas, fucsias, blancas de labelo rojo, blancas de labelo amarillo, violetas e incluso bicolores, vivían conjuntamente en aquel recinto particular que durante años había ido construyendo con su marido.

Teniendo especial cuidado en que la humedad creada artificialmente no se evaporara en lo más mínimo, la mujer cerró la puerta de aquel recinto particular.

Una suave brisa y un cálido sol, le acariciaron el rostro al salir. Un simple parpadeo de sus ojos verdes fue suficiente para acostumbrarse al cambio. Respiró hondo y su mirada se perdió en la vasta lejanía.

A su alrededor, los inmensos valles de Numol, vestían con una manta espesa y fresca el fértil terreno. Una amplia gama de tonos verdes y dorados entretejía un tapiz de cálidas formas y colores. Pequeñas casas de tejas rojizas, muy separadas unas de otras, se entremezclaban entre los campos de trigo.

Como cada mañana, Briana esperó a que la placidez que estos emanaban se introdujera en su interior; aquel gesto había comenzado a formar parte de su propio ritual. Sin embargo, también como cada día, percibió cómo aquella sensación se escapaba con la misma facilidad con la que recorría todo su cuerpo. Un dolor sordo en lo más profundo de su alma, pulsaba su latido como una vieja herida de guerra, enturbiando su paz y diluyendo el presente.

-¿De nuevo perdida en tus pensamientos, princesa?-. Una mano ligera y grácil, se posó sobre su hombro.

Briana, sonrió a su marido.

-Estaba admirando estos espléndidos valles –adujo con voz melodiosa, aunque con un deje de pesar-. Después de veinte años observándolos, aún consiguen estremecerme.

Se volvió hacia Tharis y deslizó sus torneados brazos sobre su cuello.

-Igual que tu –agregó besándolo en la frente. Sus ojos recobraron su luminoso brillo cuando lo miró.

Con sus casi cuarenta años, Briana no había perdido la hermosura con el paso del tiempo. De aproximadamente la misa edad que su marido, mantenía una grácil y armoniosa figura. Su rostro delicado y juvenil, sus gestos pausados y una sabiduría lentamente adquirida, la habían llevado hasta las puertas de una compleja madurez.

Tharis, un poco más alto que ella, de constitución delgada y afable carácter, la amaba con ternura.

-¿Alguna novedad de interés? –preguntó con aire jubiloso, fingiendo que no había captado aquel instante de tristeza en su voz.

-Las flores están preciosas –rió ella alegremente-. Pero si me estás preguntado por mis investigaciones... No. Todavía no hay resultados.

El hombre asintió.

-Ya. Sigues buscando lo imposible.

Briana puso un dedo sobre los labios de él, y le rectificó:

-No hay nada que resulte inalcanzable. El mayor impedimento para lograr algo en esta vida es nuestra propia mente; nos autolimitados y perdemos la perspectiva.

-No lo voy a discutir ¡los dioses me libren! –exclamó echando a caminar hacia la casa, situada a sus espaldas.

La mujer le dio un pequeño empujoncito reprobadoramente.

-Verás como algún día te doy una sorpresa –. Lo agarró del brazo y ambos entraron dentro.

Briana atravesó el vestíbulo, subió las escaleras y abrió la puerta de su despacho. Tomando asiento detrás de su escritorio, asió la pluma y la mojó en tinta negra. Se encontraba ya garabateando los resultados de sus experimentos con las plantas, cuando la voz lejana de su marido, cargada ligeramente de ironía, resonó desde la primera planta.

-¿Por qué?... ¿Acaso has pensado en tener otro hijo?

Briana hizo una mueca, acostumbrada a su extraño humor, más no le contestó concentrada en lo que estaba escribiendo.

Un par de apuntes más y pospondría sus estudios sobre el mundo vegetal, para pasar a profundizar en el conocimiento sobre el comportamiento humano. Pues si algo la apasionaba más incluso que el cultivo de aquellas plantas, era entender porqué las personas se comportaban tal y como lo hacían, y qué era lo que estaba detrás de su conducta; la individualidad del ser humano más allá de influencias divinas, su propia esencia en combinación con un entorno siempre dinámico y cambiante, que contribuía en todas las ocasiones a formar parte de una fórmula única y magníficamente enigmática y misteriosa.

En algún momento de su vida plagada de viajes a confines poco explorados y tras haber conocido a gentes de todas las religiones que profesaban su fe a un dios distinto, la visión sobre cómo éstas se enfrentaban a sus miedos y esperanzas con un mismo patrón, le había hecho comprender que “El Todo” era más que la suma de sus partes, independientemente de los dioses a los cuales veneraban. La semilla precursora que la alentaba en cada paso hacia delante, no obstante, era la misma que le producía aquel cruel dolor del que no podía desembarazarse, y la sumergía en el infinito mundo de las preguntas sin respuestas. Pese al misterio que envolvía el camino que había tomado, escindiendo a Los Siete de -hasta entonces- una clara contribución en los planos mortales, tenía un vasto campo aún por descubrir y someter a su particular perspectiva. Y si había resaltar cuál era el rasgo por excelencia de aquella singular mujer, era su tenacidad.

Dejando a un lado la pluma y cerrando el grueso tomo en el cual todo estaba adecuadamente anotado, caminó hasta su habitación y se cambió la ropa por otra más cómoda. Preparada para introducirse en las profundidades de su mente, siendo ella misma la máxima exponente de sus estudios, se dirigió hacia la sala donde practicaba asiduamente una tabla de ejercicios físicos y mentales compuesta por ella misma. Al abrir la puerta, la familiar estancia se mostró ante sus ojos.

Siete metales eran los que componían el cuenco cantor de 15 cms de diámetro: Oro, plata, hierro, mercurio, plomo, estaño y mayoritariamente cobre. Todos ellos estaban aleados en las debidas proporciones, de manera que al deslizar la baqueta por su borde, el cuento producía un sonido limpio, armónico y continuo, que equilibraba el espíritu del que se hallaba en su presencia. De dimensiones poco profundas y apariencia mate, estaba ricamente decorado en su base con voluptuosas filigranas, y una silueta felina muy característica, era el símbolo que había sido elegido por Briana a modo de firma personal.

Esta fantástica y mística campana vibrante se había convertido en una de sus más preciadas adquisiciones de oriente y formaba parte de la cuidadosamente seleccionada decoración de la habitación.

Ataviada sencillamente con una camisa y un pantalón blancos, y portando su oscuro cabello recogido en una cola, tomó posición en el centro de la misma con los pies descalzos y sus brazos y piernas en forma de cruz, e inició así el primero de los 10 ejercicios que llevaría a cabo durante los próximos cuarenta y cinco minutos.

Cerró los ojos y tomó aire hondamente.

La tibieza de la oscuridad y el silencio circundante la trasladaron en instantes hasta las profundidades de su diestra mente. Diversas posturas en las cuales, a veces estaba de pie y en otras se sentaba o tumbaba, se dieron paso unas a otras con estudiada coordinación de movimientos. Era evidente que ya las había practicado con anterioridad, fluyendo el ritmo de las posturas con total naturalidad.

Apoyándose sobre sus rodillas y sus manos, su cuerpo formando un ángulo de 60 grados y manteniendo la cabeza baja, Briana llevó a cabo el último de los ejercicios de su tabla. Con su concentración enfocada en la cadencia de la respiración, inhaló el aire unos instantes, exhalándolo más tarde con procurada lentitud. Un meticuloso repaso mental a sus órganos internos, le reportó el feedback necesario para cerciorarse de que su cuerpo se encontraba preparado para iniciar la siguiente etapa, libre ya de tensiones externas.

Dejando que sus ojos se adaptaran a las penumbras de la habitación, levantó muy despacio la cabeza y se puso en pie.

Un óleo de considerables dimensiones se alzaba a su frente, en la pared. El oscuro muérdago se abría dando paso a una briosa cabeza blanca, de sedosa crin y poderoso cuello nevado. Sus cascos de pequeño tamaño, se posaban apenas levemente sobre las extrañas flores. El mágico cuerno finamente torneado, aparecía hundido en las ondeantes aguas de un lago en calma. Una luz brillante y amarilla penetraba hasta su mismo fondo, pareciendo que el magnífico unicornio de gracia majestuosa, iba a materializarse en cualquier momento, saliéndose del cuadro.

Briana, había imaginado tal escena en movimiento miles de veces en sus visualizaciones. El magnífico animal, trotaba en unas sobre la fresca hierba o cruzaban sus miradas en otras, durante un lapso de tiempo difícil de cuantificar. A veces, una lluvia de pétalos de flores caía del cielo claro, posándose livianamente sobre la quietud del agua, para desaparecer seguidamente en la nada.

Tres velas situadas a su izquierda, proveían a aquella habitación de una tenue y titilante iluminación. Una pequeña fuente de cuarzo rosa a su derecha, hacía brotar un fino chorro de agua de agradable sonido. En su cúspide, una bola de cuarzo blanco veteada, giraba sobre sí misma proyectando la luz incidente hacia el exterior, con agradable cadencia.

Un palo de lluvia, fabricado con bambú y hueco por dentro, colgaba en la pared que daba su espalda. También lo había utilizado en incontables ocasiones para, a través de su espiritual canturreo, calmar los pensamientos.

Bajo sus pies, una gruesa alfombra de lana virgen vestía el centro de aquella habitación; de tonos crudos y naturales, Nuyami, la había tejido especialmente para ella. Aquella anciana mujer, de cuyos consejos había sacado tantas enseñanzas...

Briana, se tendió finalmente boca arriba sobre la alfombra. Su último ejercicio, propiamente de relajación y visualización estaba a punto de comenzar.

Poniendo las palmas boca arriba, los pies un poco separados con las puntas ligeramente inclinadas hacia el suelo, cerró los párpados y concentró su mente en su pie derecho. Sin moverse en absoluto e imaginando todo lo más nítidamente posible el pie, acompañó cada imagen de las siguientes palabras:

“Mi pie derecho pesa..., pesa mucho, ....cada vez más...., y más......, y más.......”
“ No se mueve nada...., nada......, nada.......”

Mientras repetía estas palabras en su mente, susurrándolas para sí misma, casi canturreándolas y arrastrándolas con dulzura, la sensación de que la sangre fluía cálidamente por él, empezó a recorrer esa determinada zona.

Continuando con el ejercicio, se concentró seguidamente en su pantorrilla derecha y repitió el proceso, diciéndose las mimas palabras en completo silencio. Tan sólo el murmullo del agua se elevaba en el ambiente.

“Mi pantorrilla derecha pesa...., pesa mucho....., cada vez más......y más....., y más.....”

“No se mueve nada....., nada....., nada.....”.

La sensación de que su pierna derecha se inclinaba casi imperceptiblemente más hacia el suelo, le indicaba que las frases iban surtiendo el efecto deseado. Los músculos de la pantorrilla colgaban completamente relajados, ajenos a cualquier esfuerzo tanto voluntario como involuntario.

Mi muslo derecho pesa........, pesa mucho......., cada vez más......y más......., y más....”

“No se mueve nada....., nada....., nada.....”.

Briana repaso mentalmente toda su pierna derecha al completo, antes de pasar a relajar su pierna izquierda. El proceso que siguió fue exactamente el mismo, y cuando advirtió que sus piernas estaban totalmente relajadas, quietas, como el resto de su cuerpo, continuó ascendiendo por él y se concentró entonces en abdomen. La zona central de su cuerpo requería un tratamiento selectivo, por lo que tras el abdomen, siguió con el estómago y después subió hasta la zona del plexo solar.

Las palabras acudían suavemente a cada zona de su cuerpo y ella ordenaba que ésta se relajara. Una inmensa calma se iba repartiendo a través de su torrente sanguíneo. Incluso las zonas que no había tratado, se estaba beneficiando de tan preciado ejercicio.

Llegando a la altura del plexo, hizo un alto en las aprendidas frases para practicar un breve ejercicio de respiración. Este ejercicio requería que el aire entrara muy suavemente a través de la nariz, sin mover ni abrir la boca, dejando que éste llegara hasta las profundidades de su abdomen ya relajado. No tenía que forzar absolutamente ningún músculo, pues sabía que la contracción de cualquiera de ellos era precisamente lo que no pretendía. La cuestión estaba en canalizar mentalmente el camino del aire, dejando que éste encontrara por sí mismo los últimos recovecos de sus pulmones, de manera fluida.

Briana, quien ya dominaba tal técnica, inspiró muy lentamente por la nariz y con continuidad. En su mente, viajo con él hasta que llegó lo más lejos que pudo. El abdomen se elevó casi milimétricamente, sus músculos seguían completamente relajados. El sonido del agua moviéndose limpiamente, la acompañaba en su imaginación. Pues el aire era un río de bienestar que inundaba de placer todos sus sentidos.

Retuvo unos instantes el aire, experimentando una maravillosa plenitud y tan lentamente como lo había inspirado, comenzó a dejarlo salir igualmente por la nariz. Esta vez su recorrido fue mentalmente a la inversa. El aire buscó sin avidez la salida, con la misma delicadeza con la que había entrado. Lo acompañó hasta sus últimos restos abandonaron sus pulmones.

Satisfecha y disfrutando del bienestar en cada instante, realizó las respiraciones dos veces más. Era consciente de que este ejercicio bañaba tan profundamente su interior que un exceso en su ejecución, significaba el posible comienzo del mareo. Por ello, a la tercera vez, reanudó el ritmo normal de la respiración y siguió con su ascenso mental a través de su cuerpo.

Tras haber relajado la zona central de su cuerpo, se concentró en las palmas de sus manos, luego en sus antebrazos y por último en sus brazos. En la zona de los hombros y el cuello se concentró especialmente, ya que las tensiones de la jornada tenían tendencia a resistirse a al relajación. Su imaginación viajó por sus hombros, su cuello y los músculos de su espalda de arriba abajo. Las sensaciones de calor, eran inmensamente reconfortantes e hizo hincapié en frases más específicas.

“Los músculos de mi espalda están muy relajados...., muy relajados...., muy relajados....”.

“El calor recorre libremente mi espalda......, el calor recorre mis músculos......, el calor me aporta bienestar.....”

“Mi espalda......relax........, mi espalda.....relax......, mi espalda.......relaaaaaaaaax”.

El ejercicio de relajación muscular estaba prácticamente terminado. Tan sólo debía centrarse en su cabeza. Primeramente en sus ojos, después en los músculos faciales y en la boca. Y para finalizar en su cuero cabelludo, sobre todo, en la parte baja y posterior de la cabeza.

“Mis ojos están suavemente cerrados......, relajados......., calmados”.

“ Mis ojos pesan......, pesan mucho......, cada vez más......., y más........., y más.......”.

“No se mueven nada........., nada......., nada........, nada.......”.
“Mis ojos..........relax......., mis ojos........., relax........, mis ojos......, relaaaaaaaaax.....”

Con todo su cuerpo plenamente relajado, sus músculos distendidos y una agradable sensación de flotabilidad, Briana se perdió en su mente, dejándose llevar hasta las profundidades de sus pensamientos. Estos ya no se sucedían con ritmo frenético e inconexo, sino que flotaban como en un mar de calma, desplazándose débilmente de un lugar inmaterial a otro. Sin detenerse en inspeccionarlos como habría hecho estando en vigilia, los observaba con aprendida distancia y desconexión de la realidad, haciéndolos desaparecer. El dolor oculto en lo más recóndito de su sí misma, pareció diluirse también durante aquel lapso de tiempo, concediéndole momentáneamente la paz.

Su mente estaba en calma, habiendo cedido esta a la relajación.

El espacio y el tiempo se abrieron libremente y la sumergieron en sus espléndidas aguas. Las ondas de un espacio inexistente, la mecieron hasta la orilla de un claro estanque de aguas transparentes. Un ligero roce en su superficie, fue producido por unas sedosas y radiantes crines blancas. Avalon, el unicornio de ojos sabios y poderoso espíritu, bebía mansamente en él. Al sonido de unas notas puras, que llegaron a sus perfectas y pequeñas orejas, éste alzó su contorneado cuello blanco, y se lanzó al trote por las inmensidades de su mente.

Pronto cruzaba senderos de verdes valles ilimitados, mientras los demás animales del bosque se detenían a observarlo a su paso. Con el cuerno de marfil apuntando hacia lo alto, el unicornio galopó etéreamente, con la armonía propia de quien sólo vive en una mente magistralmente educada y trabajada para proporcionarse semejante y placentero relax.





Creative Commons License
Mundos Paralelos is licensed under a
Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.